Domingo 30 B 2012

Elegir en quién creer

(Iban de camino subiendo a Jerusalén…) Y llegan a Jericó… Y saliendo Jesús de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una multitud considerable, el hijo de Timeo –Bartimeo-, un ciego mendigo, estaba sentado al costado del camino. Y cuando oyó decir que era Jesús el Nazareno, comenzó a dar gritos y decir:
─ ¡Hijo de David, Jesús ¡Ten misericordia de mí!
Le increpaban muchos para que se callara,
pero él gritaba mucho más:
─ ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!
Deteniéndose Jesús dijo “llámenlo”.
Entonces llaman al ciego diciéndole:
─ ¡Animo, levántate! El te llama.
Él, tirando su manto, se puso de pie de un salto y fue a Jesús. En respuesta Jesús le dijo:
─ ¿Qué quieres que haga para ti?
El le respondió:
─ Rabboní, (haz algo para) que vuelva a ver.
Jesús le dijo:
Vete. Tu fe te ha salvado.
Y al instante comenzó a ver
y lo seguía en el camino (Mc 10, 46-52).

Contemplación
Cuando predico a los chicos siempre les hago trampita con Bartimeo. Voy contando la historia tal cual, teatralizando un poco los gritos del ciego mendigo y cómo tiró el manto y se puso de pie de un salto y fue hacia Jesús que, en respuesta, lo orientó con su voz: “¿Qué quieres que haga por ti?”, y el ciego: “Señor que vuelva a ver” (parece que no era ciego de nacimiento) y Jesús le dice: “tu fe te salvado” y al instante comenzó a ver y… (aquí les cambio el final) entonces Bartimeo le dijo: “Muchas gracias Jesús, ahora voy a poder ver la tele. Me voy a ver los dibujitos un rato y después te sigo”. Los chicos sonríen y los grandes reflexionamos. Siempre me llamó la atención cómo Bartimeo pasa “instantáneamente” de ver a seguir a Jesús. Lo primero que vio fue el rostro de Jesús y se ve que no quiso ver nada más sino que se fue tras Él y lo seguía en el camino. Pero la otra gente también veía a Jesús y no todos lo seguían. A todos les llamaba la atención, pero no con la misma intensidad. Algunos dejaban todo para seguirlo y otros lo miraban pasar nomás.
La pregunta que me hago y les hago es sobre la fe: ¿qué significa ese “tu fe te ha salvado”? Y se desdobla en otras dos: ¿qué vio Bartimeo –que ven los que Jesús alaba por su fe- y de dónde surge esa visión, cómo se hace para creer?

Nos detenemos en la última pregunta: ¿Y cómo se hace para creer? Fijémonos bien en un detalle: primero el Señor le bendice a Bartimeo su visión espiritual, que es la de la fe y, al instante, recupera la vista sensible. El hecho de que el evangelio de Marcos no diga que lo ayudaron a llegar hasta Jesús sino que fue solo, orientado por la pregunta del Maestro, que me imagino no esperó a que llegara sino que apenas vio que pegaba un salto le habló y él se guió por su voz, nos da una clave para nuestra fe. Es como que la fe comienza por la escucha y la relación se establece entre dos que se hablan. Bartimeo “oyó decir” que pasaba Jesús (le había llamado la atención el ruido del gentío) y estableció contacto a los gritos. Gritaba, sí, pero no cualquier cosa. Se ve que había estado pronunciando y eligiendo las palabras en su interior. Los títulos con que llama a Jesús son fruto de una meditación: “hijo de David, Jesús, Rabboní” son llamados personales. Bartimeo fue directo al corazón del Señor, que no desoye ningún llamado pero algunos le conmueven íntimamente.
“Hijo de David” es como para llamar la atención de un rey.
“Jesús” es índice de esa confianza que tienen los más humildes. Son pocos en el evangelio los que utilizan el Jesús a secas. De pasajes como este San Ignacio sacó la costumbre de tratar a todos por el nombre, tanto en la Compañía como a la gente de fuera. Y llamaba a personas importantes no por su título sino por su primer nombre, allanando el trato, ya que en el Señor todos somos pares en humanidad.
“Rabboní” es nombre de uno que se considera discípulo muy amigo de su Maestro. Y el Señor no lo rechaza, como sí puso distancia del nombre de “bueno” que le puso el joven rico.

¿Cómo se hace para creer? Por lo que podemos ver en Bartimeo, hay que jugarse a ponerle nombres a Jesús y, cuando se da la ocasión, llamarlo –a los gritos si hace falta- y estar atentos a si responde.
¿Qué te va a responder a vos? pensará alguno o nos dirán esos otros que son como los que le chistaban al ciego.
Es cuestión personal lo de insistir y redoblar la apuesta como Bartimeo.
Cuestión personal significa que es “libre”.
Esto es lo esencial de la fe: inteligencia espiritual significa “inteligencia libre” (no la que piensa con clichés y pensamientos estándar, según el paradigma de moda, sino la que piensa creativamente e “inventa” nombres por amor).
La originalidad de la psicología bíblica es la de considerar los pensamientos como “creados” por el hombre, engendrados por su libertad en lo secreto de su corazón. El hombre es creador de sus pensamientos. Uno elige qué pensar o, mejor, uno elige “en quién confiar” y allí se vuelve creativo el pensamiento.
Y así como la realidad “responde” al que le pregunta también Dios responde al que le pregunta confiando en Jesús.

¿Cómo se hace para creer? Uno es libre de elegir en quién confiar –dejándose guiar por la intuición que nos atrae hacia gente como Bartimeo- y de crear pensamientos que establezcan un diálogo lindo y franco con esas personas. Personalmente confieso que estas contemplaciones nacen de esa fe en que con el evangelio se puede entrar en diálogo con Jesús, que ese diálogo es el más interesante y que no se agota nunca sino que con el tiempo mejora y se vuelve indispensable.
Hay que insistir en esto de que uno elige en quién confiar o “a quién escuchar”, que es lo mismo, porque escuchar lleva tiempo y la materialidad de las palabras tiene su poder. Eso es lo que le reprochamos a alguien cuando le decimos: te llenaron la cabeza que es como decir no estás pensando libremente.
El mundo de hoy “nos llena la cabeza” y elegir a quién escuchar implica también la decisión firme de “no ponerle la oreja” a todo discurso que anda suelto por ahí.
Es clave en la vida de cada uno esto de elegir “a quién uno escucha” y perseverar fielmente. La infidelidad comienza por el oído, por el gusto de escuchar “cosas que nos gustan” y “la voz de los seductores que te endulzan el oído” hasta terminar por “hablarse uno mismo” en ese lenguaje y no sólo “creérnosla” sino pasar a ser “predicadores” vanos.
Aquí es donde no hay criterio que no pase por el testimonio de la vida. Hablar discursos encantadores pueden muchos –el mismo demonio tiene discursos que son como los de un ángel de luz-.
Pero lo más profundo de la inteligencia humana consiste en “discernir” personas.
Ser inteligente es elegir en quién confiar –y cultivar esa relación cada día-. Ser necio es elegir mal –y perseverar es ser… (que cada uno ponga la palabra).

No se trata tanto de qué es lo que me dice sino de quién es el que me lo dice. Uno podrá decir que se equivocó en alguna verdad objetiva que creyó que era cierta y luego vio que no. Pero entre personas no hay “equivocación”: o hay fe o hay defraudación o hay fidelidad o hay traición.
Ante cada encrucijada y cada conflicto entre personas de confianza o se dice la verdad de corazón o se miente y se engaña. Uno elige en quién confiar y construye una relación de escucha mutua. La fe en las personas es inteligencia libremente elegida y cultivada.
Esto va directa y agresivamente en contra de la mentalidad actual, que nos trata como si nuestra inteligencia fuera un lugar de paso, sin ningún ámbito de exclusiva intimidad, donde cualquiera puede decir cualquier cosa y nosotros no podemos cerrar el oído a nada de lo que se dice a riesgo de no ser auténticos. Dado el grado de sofisticación que manejan los que estudian nuestros comportamientos para vendernos desde dentífrico hasta modelos políticos, es suicida aceptar que nuestra inteligencia es fuerte y capaz de escuchar a cualquiera que nos dice cualquier cosa. Sin embargo, algunos conciben que es signo de autoritarismo o de imposición aquello de que “con el mal espíritu no se dialoga”.
Nos quedamos por hoy en este punto de la fe que salva: Jesús bendice la fe con que Bartimeo juzgó que podía confiar totalmente en Él y eligió los nombres que le tocarían el corazón y la petición que nunca podría desoír aquel que es la Luz: Señor, que vuelva a ver.
Si la fe es “pensamiento libre” lo que debo examinar si siento que tengo poca fe no son los contenidos del catecismo que me parecen más o menos creíbles desde la ciencia actual, sino que debo revisar mis opciones libres. A quién elegí escuchar, a quién estoy escuchando cuando digo que “me escucho a mi mismo en mis dudas más hondas”.
Si profundizo con franqueza y guiándome por mi inteligencia espiritual –la que discierne personas- seguro que “veo” claramente quién me habló con la verdad y me acercó a Jesús y quién, como persona, me defraudó. Allí está la fuente de mis otros pensamientos. También puedo utilizar el criterio de la creatividad: con quién cuando dialogo me vuelvo creativo en el amor exigente a los demás y con quién me enrosco en diálogos narcisistas que se alimentan de chismes de pasillo y no tienen fecundidad apostólica.
Hoy nos quedamos en unir la fe y la libertad. La semana que viene veremos cómo la fe es inteligencia pura y no simple “creencia”.
Diego Fares sj

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