Domingo 27 B 2012

Comunidad en servicio

Y levantándose de allí (Cafarnaún) Jesús se fue a los confines de Judea, más allá del Jordán, y de nuevo se le juntaron muchedumbres en el camino y Jesús les enseñaba como solía.
Se le acercaron unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo:
─ ¿Es lícito al marido repudiar a su mujer?
Él, respondiendo, les dijo:
─ ¿Qué les mandó Moisés?
Ellos dijeron:
─ Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.
Pero Jesús, les dijo:
─ Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto; pero al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por esto dejará el varón a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios juntó, el hombre no lo separe.

En casa los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo:
─ Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo:
─ Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10, 2-16).

Contemplación
Hago esta contemplación en el marco del Encuentro Nacional de Manos Abiertas en Jujuy, cuyo lema de este año es “Comunidad en servicio”.
La composición del lugar, que San Ignacio recomienda para entrar en la contemplación, unas veces es la que propone el evangelio y otras veces es la del lugar existencial en el que uno está, la del momento que está viviendo, especialmente si se trata de un tiempo intenso.
Estos días he estado rezando por Jujuy y nuestra gente amiga de allá. Jujuy es para mí un Norte lejano en la superficie de mi vida, porque no he vuelto a ir, pero allí tengo raíces hondas, personales y comunes, jesuíticamente hablando. En Palmasola, extremo austral del Gran Chaco donde misionaron nuestros mártires Gaspar Osorio s.j. y Antonio Ripario s.j., hice el mes de misión como primera prueba para entrar en la Compañía. En San Pedro fue la primera vez que “dormí en la calle”, esperando la madrugada en la que me vendría a buscar un rastrojero para llevarme a la Capilla de Palmasola donde me esperaba otro compañero. El telegrama que les mandó nuestro maestro de novicios llegó “traducido”: van dos “novillos”, decía, para regocijo del remisero.
Para los jesuitas Jujuy es tierra de esfuerzos de evangelización que no tuvieron el éxito de las reducciones del Paraguay pero sí el mismo espíritu. Lo que queda como recuerdo de nuestros mártires del Chaco es “la alegría que les hacía saltar de gozo al escuchar hablar del Chaco a donde querían entrar a evangelizar. Ripario decía que a él San José, el esposo de nuestra Señora no le negaba nada y lo que le había pedido era la gracia de dar la vida por los pueblos del Chaco (chiriguanos, matacos, vilelas, tobas, mocovíes y abipones). Estos padres –nuestros mayores, como los llamamos nosotros- no solo cartografiaron todo el país que recorrieron a pie sino que lo regaron con su sangre y su alegría. Así como nosotros ahora hacemos hospederías y hogares para los más pequeños y abandonados, ellos hacían sus reducciones con los pobladores originarios. Se sigue tratando de lo mismo: del servicio de la gente pequeña, que es lo que uno rescata cuando quiere encontrar la fuente de nuestra identidad como país y como cristianos. Esa fuente de identidad y pertenencia son los pequeños que sirvieron a los pequeños y no los grandes que quisieron dominar y utilizar a los demás. Para hacer que nos sintamos hermanos nada mejor que honrar con nuestra memoria a los que “saltaron de gozo” caminando –para servir a sus hermanos- esta geografía que hoy nos cobija y nos sustenta.
………………….
El evangelio es Palabra de vida que entra en diálogo con nuestra vida. Y cuando hay mucha vida hay que profundizar , hay que destilar los sentimientos para centrarse en lo esencial.
En este evangelio lo esencial es, nuevamente, como en el caso de la discusión acerca de quién era el más grande, la imagen de los niños, de los pequeñitos.
Jesús zanja la discusión sobre el divorcio con pocas y justas palabras. Muestra claramente que no tiene deseo de seguir con el tema y, por el contrario, se muestra encantado de poder dedicar su tiempo a atender con cariño a las familias que le acercan a sus hijitos y de abrazar y bendecir a cada uno.
Me imagino al Señor preguntándole el nombre a los más chiquitos, sonriéndoles, charlando de las cosas sencillas que uno charla con las mamás y los papás…
El evangelio dice que le presentaron unos niños, en plural, así que debían ser varias familias. Los discípulos, que se habían quedado enganchados con lo de la licitud del divorcio, querían seguir con lo que les parecía que era sumamente importante y por eso apuraban la cosa, con tal ansiedad que terminaron retando a la gente.
Esto hizo que Jesús se indignara.
No podemos no caer en la cuenta de que el Señor no se indigna con los planteos farisaicos (y eso que Marcos hace notar que le querían tender una trampa) y se llena de indignación cuando los discípulos son desconsiderados con los niños y sus familias. Es un nuevo “gesto profético” de Jesús el hecho de “tomar los niños en brazos y bendecirlos poniendo las manos sobre ellos” mientras anuncia que “el reino es de los que son como niños” y que “el que no recibe el reino como un niño no entrará en él”.

Para que entendamos: cuando se arman las grandes discusiones que nos inquietan a los hombres (no solo le inquietaba el tema a los fariseos sino que los discípulos también se sentían tocados) –sobre el dinero, el poder y el divorcio- Jesús enfila para el lado de los pequeños. Busca a un niño que anda jugando por la casa y lo pone en medio o aprovecha que llegan algunas familias con sus chicos y se pone a charlar con ellos y a bendecirles a sus hijitos.
Es una “liturgia bautismal” esto de tomar en brazos a los bebés, imponerles la mano y bendecirlos.
En esa tarea quiere encontrar Jesús a sus discípulos.
Allí se juega la vida del Reino.
Para expresarlo dramáticamente podemos decir que ante la inquietud por los puntos conflictivos que lleva al fastidio con los pequeños, Jesús opone una tranquila dedicación al cuidado de los pequeños que, paradójicamente, hace que se vuelvan claras sus palabras acerca de esos grandes temas. Porque el valor de la indisolubilidad del matrimonio se ilumina cuando en el centro está el cuidado de los niños. Lo de una sola carne es real en los hijos.

Hago ahora una bajada de esto que siento como dos imágenes contrastadas a propósito por el Señor: la de la discusión de temas conflictivos que lleva al fastidio con los pequeños vs el cuidado tierno y tranquilo de los pequeños que proporciona nueva luz a los grandes problemas. Me suele pasar (y observo que les pasa a otros) en medio de la vida del Hogar que la discusión sobre “temas importantes” me hace andar acelerado y por ahí despacho sin mucho cariño a algún pobrecito que siento que se me acerca a preguntarme cualquier cosa o que me pide algo que podría resolver otro. Esta “caricatura mía” de uno que “porque anda preocupado con el conjunto del Hogar es desatento con uno de sus huéspedes” hizo que me viniera a la mente una frase de Hurtado. No me acordaba de las palabras justas pero sí que trataba precisamente esto. Me llevó un rato encontrarla pero como me acordaba que era de las que le dijo a Marta Hollay al final de su vida y que ya había utilizado en otra contemplación, al fin la hallé. Les decía Hurtado a sus colaboradoras:
“Que aumente la caridad en Uds. Que Cristo crezca en cada una de Uds. y estén atentas –se lo decía ayer al Padre Balmaceda–, que las construcciones, los proyectos que tengan, para mejorar la suerte de los pobres, no aminoren lo que hay que hacer hoy. Que los detalles para dignificar al pobre sean lo más importante”.

Esta era La palabra: “los detalles”. Los detalles que no son “detalles”. Cuando se trata de los pequeños y de los más pobres, los detalles que dignifican o los detalles que denigran, son lo esencial. Tanto como las construcciones y los proyectos para mejorar su suerte o las exclusiones estructurales. Cada uno, en los detalles en los que se ve implicado, muestra si está encarnando los valores del Reino o si se le ha encarnado la levadura de las estructuras injustas de este mundo.
El que discute por el poder o por quién tiene razón de manera tal que se agría en su trato con los compañeros (comunidad) y con los pequeños (servicio) es que tiene encarnadas no las uñas sino la mentalidad de este mundo. El que está ocupado en cuidar con ternura y atención a los más pequeños va encontrando las palabras justas que encauzan los conflictos serenamente. El espíritu de Jesús siempre nos da la gracia de aprovechar las dificultades del servicio para estrechar vínculos como comunidad. El mal espíritu, por el contrario, nos tienta a utilizar como excusa los problemas que surgen al servir para enfrentarnos y dividirnos entre nosotros.
Aquí ayuda tener claro que “una comunidad en servicio” es una gracia que sólo puede consolidar el Espíritu de Jesús. Sin ese espíritu que nos hace “hacernos pequeños y los últimos de todos para servir a los pequeños” es imposible formar Comunidad con mayúsculas, Iglesia católica, comunidad que incluye a todos. A lo sumo se formarán “comunidades aisladas” que se van dividiendo a medida que entra gente distinta y que surgen problemas diversos.
Hay que cambiar entonces la pregunta de los fariseos y de los discípulos. La pregunta no es ¿es lícito repudiar –a la esposa, al esposo, al compañero de comunidad, a la otra institución, al diferente…?

La pregunta es ¿caemos en la cuenta de la gracia inmensa que significa que Dios bendiga nuestras uniones para el servicio –familias e instituciones-?

Por la dureza de nuestro corazón, lo común es que la vida familiar y social (y también eclesial) se estructure en gran medida de repudio en repudio (o que esto sea lo más visible superficialmente).
Pero a los que “entran en el reino”, a los que se hacen como niños y se juntan para servir eligiendo cada uno el último lugar, Jesús les bendice su sueño y su trabajo con la pertenencia a una comunidad en servicio que supera fronteras y tiempos. Y uno se encuentra con que tiene el ciento por uno de “hermanos y hermanas, padres y madres, hijos e hijas” en todas las provincias y en todos los tiempos.
Diego Fares sj