Domingo 30 B 2012

Elegir en quién creer

(Iban de camino subiendo a Jerusalén…) Y llegan a Jericó… Y saliendo Jesús de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una multitud considerable, el hijo de Timeo –Bartimeo-, un ciego mendigo, estaba sentado al costado del camino. Y cuando oyó decir que era Jesús el Nazareno, comenzó a dar gritos y decir:
─ ¡Hijo de David, Jesús ¡Ten misericordia de mí!
Le increpaban muchos para que se callara,
pero él gritaba mucho más:
─ ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!
Deteniéndose Jesús dijo “llámenlo”.
Entonces llaman al ciego diciéndole:
─ ¡Animo, levántate! El te llama.
Él, tirando su manto, se puso de pie de un salto y fue a Jesús. En respuesta Jesús le dijo:
─ ¿Qué quieres que haga para ti?
El le respondió:
─ Rabboní, (haz algo para) que vuelva a ver.
Jesús le dijo:
Vete. Tu fe te ha salvado.
Y al instante comenzó a ver
y lo seguía en el camino (Mc 10, 46-52).

Contemplación
Cuando predico a los chicos siempre les hago trampita con Bartimeo. Voy contando la historia tal cual, teatralizando un poco los gritos del ciego mendigo y cómo tiró el manto y se puso de pie de un salto y fue hacia Jesús que, en respuesta, lo orientó con su voz: “¿Qué quieres que haga por ti?”, y el ciego: “Señor que vuelva a ver” (parece que no era ciego de nacimiento) y Jesús le dice: “tu fe te salvado” y al instante comenzó a ver y… (aquí les cambio el final) entonces Bartimeo le dijo: “Muchas gracias Jesús, ahora voy a poder ver la tele. Me voy a ver los dibujitos un rato y después te sigo”. Los chicos sonríen y los grandes reflexionamos. Siempre me llamó la atención cómo Bartimeo pasa “instantáneamente” de ver a seguir a Jesús. Lo primero que vio fue el rostro de Jesús y se ve que no quiso ver nada más sino que se fue tras Él y lo seguía en el camino. Pero la otra gente también veía a Jesús y no todos lo seguían. A todos les llamaba la atención, pero no con la misma intensidad. Algunos dejaban todo para seguirlo y otros lo miraban pasar nomás.
La pregunta que me hago y les hago es sobre la fe: ¿qué significa ese “tu fe te ha salvado”? Y se desdobla en otras dos: ¿qué vio Bartimeo –que ven los que Jesús alaba por su fe- y de dónde surge esa visión, cómo se hace para creer?

Nos detenemos en la última pregunta: ¿Y cómo se hace para creer? Fijémonos bien en un detalle: primero el Señor le bendice a Bartimeo su visión espiritual, que es la de la fe y, al instante, recupera la vista sensible. El hecho de que el evangelio de Marcos no diga que lo ayudaron a llegar hasta Jesús sino que fue solo, orientado por la pregunta del Maestro, que me imagino no esperó a que llegara sino que apenas vio que pegaba un salto le habló y él se guió por su voz, nos da una clave para nuestra fe. Es como que la fe comienza por la escucha y la relación se establece entre dos que se hablan. Bartimeo “oyó decir” que pasaba Jesús (le había llamado la atención el ruido del gentío) y estableció contacto a los gritos. Gritaba, sí, pero no cualquier cosa. Se ve que había estado pronunciando y eligiendo las palabras en su interior. Los títulos con que llama a Jesús son fruto de una meditación: “hijo de David, Jesús, Rabboní” son llamados personales. Bartimeo fue directo al corazón del Señor, que no desoye ningún llamado pero algunos le conmueven íntimamente.
“Hijo de David” es como para llamar la atención de un rey.
“Jesús” es índice de esa confianza que tienen los más humildes. Son pocos en el evangelio los que utilizan el Jesús a secas. De pasajes como este San Ignacio sacó la costumbre de tratar a todos por el nombre, tanto en la Compañía como a la gente de fuera. Y llamaba a personas importantes no por su título sino por su primer nombre, allanando el trato, ya que en el Señor todos somos pares en humanidad.
“Rabboní” es nombre de uno que se considera discípulo muy amigo de su Maestro. Y el Señor no lo rechaza, como sí puso distancia del nombre de “bueno” que le puso el joven rico.

¿Cómo se hace para creer? Por lo que podemos ver en Bartimeo, hay que jugarse a ponerle nombres a Jesús y, cuando se da la ocasión, llamarlo –a los gritos si hace falta- y estar atentos a si responde.
¿Qué te va a responder a vos? pensará alguno o nos dirán esos otros que son como los que le chistaban al ciego.
Es cuestión personal lo de insistir y redoblar la apuesta como Bartimeo.
Cuestión personal significa que es “libre”.
Esto es lo esencial de la fe: inteligencia espiritual significa “inteligencia libre” (no la que piensa con clichés y pensamientos estándar, según el paradigma de moda, sino la que piensa creativamente e “inventa” nombres por amor).
La originalidad de la psicología bíblica es la de considerar los pensamientos como “creados” por el hombre, engendrados por su libertad en lo secreto de su corazón. El hombre es creador de sus pensamientos. Uno elige qué pensar o, mejor, uno elige “en quién confiar” y allí se vuelve creativo el pensamiento.
Y así como la realidad “responde” al que le pregunta también Dios responde al que le pregunta confiando en Jesús.

¿Cómo se hace para creer? Uno es libre de elegir en quién confiar –dejándose guiar por la intuición que nos atrae hacia gente como Bartimeo- y de crear pensamientos que establezcan un diálogo lindo y franco con esas personas. Personalmente confieso que estas contemplaciones nacen de esa fe en que con el evangelio se puede entrar en diálogo con Jesús, que ese diálogo es el más interesante y que no se agota nunca sino que con el tiempo mejora y se vuelve indispensable.
Hay que insistir en esto de que uno elige en quién confiar o “a quién escuchar”, que es lo mismo, porque escuchar lleva tiempo y la materialidad de las palabras tiene su poder. Eso es lo que le reprochamos a alguien cuando le decimos: te llenaron la cabeza que es como decir no estás pensando libremente.
El mundo de hoy “nos llena la cabeza” y elegir a quién escuchar implica también la decisión firme de “no ponerle la oreja” a todo discurso que anda suelto por ahí.
Es clave en la vida de cada uno esto de elegir “a quién uno escucha” y perseverar fielmente. La infidelidad comienza por el oído, por el gusto de escuchar “cosas que nos gustan” y “la voz de los seductores que te endulzan el oído” hasta terminar por “hablarse uno mismo” en ese lenguaje y no sólo “creérnosla” sino pasar a ser “predicadores” vanos.
Aquí es donde no hay criterio que no pase por el testimonio de la vida. Hablar discursos encantadores pueden muchos –el mismo demonio tiene discursos que son como los de un ángel de luz-.
Pero lo más profundo de la inteligencia humana consiste en “discernir” personas.
Ser inteligente es elegir en quién confiar –y cultivar esa relación cada día-. Ser necio es elegir mal –y perseverar es ser… (que cada uno ponga la palabra).

No se trata tanto de qué es lo que me dice sino de quién es el que me lo dice. Uno podrá decir que se equivocó en alguna verdad objetiva que creyó que era cierta y luego vio que no. Pero entre personas no hay “equivocación”: o hay fe o hay defraudación o hay fidelidad o hay traición.
Ante cada encrucijada y cada conflicto entre personas de confianza o se dice la verdad de corazón o se miente y se engaña. Uno elige en quién confiar y construye una relación de escucha mutua. La fe en las personas es inteligencia libremente elegida y cultivada.
Esto va directa y agresivamente en contra de la mentalidad actual, que nos trata como si nuestra inteligencia fuera un lugar de paso, sin ningún ámbito de exclusiva intimidad, donde cualquiera puede decir cualquier cosa y nosotros no podemos cerrar el oído a nada de lo que se dice a riesgo de no ser auténticos. Dado el grado de sofisticación que manejan los que estudian nuestros comportamientos para vendernos desde dentífrico hasta modelos políticos, es suicida aceptar que nuestra inteligencia es fuerte y capaz de escuchar a cualquiera que nos dice cualquier cosa. Sin embargo, algunos conciben que es signo de autoritarismo o de imposición aquello de que “con el mal espíritu no se dialoga”.
Nos quedamos por hoy en este punto de la fe que salva: Jesús bendice la fe con que Bartimeo juzgó que podía confiar totalmente en Él y eligió los nombres que le tocarían el corazón y la petición que nunca podría desoír aquel que es la Luz: Señor, que vuelva a ver.
Si la fe es “pensamiento libre” lo que debo examinar si siento que tengo poca fe no son los contenidos del catecismo que me parecen más o menos creíbles desde la ciencia actual, sino que debo revisar mis opciones libres. A quién elegí escuchar, a quién estoy escuchando cuando digo que “me escucho a mi mismo en mis dudas más hondas”.
Si profundizo con franqueza y guiándome por mi inteligencia espiritual –la que discierne personas- seguro que “veo” claramente quién me habló con la verdad y me acercó a Jesús y quién, como persona, me defraudó. Allí está la fuente de mis otros pensamientos. También puedo utilizar el criterio de la creatividad: con quién cuando dialogo me vuelvo creativo en el amor exigente a los demás y con quién me enrosco en diálogos narcisistas que se alimentan de chismes de pasillo y no tienen fecundidad apostólica.
Hoy nos quedamos en unir la fe y la libertad. La semana que viene veremos cómo la fe es inteligencia pura y no simple “creencia”.
Diego Fares sj

Domingo 29 B 2012

La puerta de la fe, puerta de servicio

Andaban en el camino, subiendo a Jerusalén. Jesús se les adelantaba y ellos se sombraban. Le seguían pero tenían miedo. Y tomando consigo de nuevo a los Doce … (les anunció por tercera vez la pasión)
Se le acercan entonces Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen:
Maestro, queremos que lo que te vamos a pedir nos lo concedas.
El les dijo: ¿Y qué quieren que haga Yo con ustedes?
Ellos le dijeron:
Concédenos que nos sentemos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Gloria.
Jesús les dijo:
No saben lo que están pidiendo. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado?
Podemos – le respondieron ellos.
Pero Jesús dijo:
El cáliz que yo bebo, ustedes lo beberán y con el bautismo con que voy a ser bautizado, serán bautizados también ustedes, pero hacer que alguien se siente a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quienes está preparado.
Los otros diez, como escucharon esto, comenzaron a indignarse con Santiago y Juan.
Jesús, llamándolos junto a sí les dice: Ustedes saben que los que figuran como jefes de las naciones tratan despóticamente a la gente como si fueran sus dueños absolutos y los grandes de las naciones las oprimen, abusando de su poder y autoridad contra ellos.
No es así entre ustedes:
sino que el que quiera convertirse en el más grande entre ustedes,
será su servidor (diakono)
y el que quiera ser el primero entre ustedes,
será siervo (doulos) de todos.
Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido
sino para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 35-45).

Contemplación
La puerta de la fe, que nos abre Jesús, es, ante todo, una puerta de servicio. Puerta de servicio en sentido de «puerta estrecha»: la puertita de atrás, no la principal.
Uno entra a creer no por un acto solemne ni por una declaración pública sino cuando acepta algún servicio humilde de Jesús (que nos lave los pies y nos perdone los pecados, que nos parta el pan o nos ilumine con alguna de sus parábolas…) y recibe la gracia de adherirse a Jesús de todo corazón.

La fe implica también trabajo de parte nuestra: “la obra de Dios, es que crean en Aquel que envió”. Confiar, adherirse a Jesús de corazón, tratar de ver las cosas desde su perspectiva, echar las redes en su Nombre, es una flor de tarea.

La fe en un Jesús que camina y que trabaja, como trabaja el Padre, es una fe que actúa por la caridad y que se muestra en obras.
No es una fe meramente intelectual sino que se traduce en acciones y compromisos concretos.
Santiago desafía: “muéstrame tu fe sin obras que yo, en mis obras te mostrare mi fe”.
Además, está claro que la fe es expansiva. No es un acto privado sino que se profesa en común, con toda la Iglesia, y se predica. La fe viene por la predicación (el Espíritu Santo confirma y consolida la experiencia de Dios en el que recibe una Palabra predicada y se adhiere a ella y la pone en práctica) y en la medida en que la recibimos sentimos la necesidad de comunicarla.

Se ve claro en el evangelio de hoy que Santiago y Juan veían en Jesús una puerta abierta. ¿A qué? Por el pedido que le hacen podemos imaginar que tenían un proyecto “religioso-político”. Proyecto buenísimo para Israel, sometido en ese entonces a Roma, con la mayoría del pueblo añorando un reino esplendoroso como el que habían tenido con el Rey David.
Creo que Santiago y Juan, los hijos del trueno, veían en Jesús a un nuevo David y querían estar a su lado. Lo de sentarse a su derecha y a su izquierda lo expresaría con una frase que se utiliza hoy: “construir poder”. Un poder orientado al bien del pueblo, por supuesto, pero poder al fin. Y Jesús “desmitifica” el poder del poder. Transforma el poder en servicio. Y lo hace en todas las dimensiones en que el poder despliega su poder.

En primer lugar, Jesús clarifica el fin de su venida: El ha venido a servir y a dar la vida en rescate por muchos. No busca ser servido sino servir. Su tarea es recapitular todas las cosas para la Gloria del Padre. Jesús no busca su propia gloria como los poderosos de este mundo, ávidos de su propia imagen.
Esta dimensión creo que todos la tenemos clara, al menos en teoría. Jesús es Alguien “todo para nosotros y todo para su Padre”. Sin embargo, persisten en la vida de la Iglesia “pedidos” como los de Santiago y Juan.
Por eso es importante clarificar que la fe en Jesús es adhesión no sólo al fin de su plan de salvación, sino que es adhesión concreta y de corazón también a los medios que el Señor utiliza para ese fin. El Señor desautoriza todo intento de “construir poder” para luego servir, por eso, en la Cena, agarra directamente la palangana y se pone a lavar los pies de sus discípulos como gesto último que da ejemplo y transforma eficazmente todo poder en servicio humilde.

Desmenucemos un poco esto de los medios.
En segundo lugar, el Señor se desliga de toda relación con los cargos (los asientos que le piden los dos hermanos). Los cargos, en cuanto implican relaciones de poder, tienen su costo y sus beneficios. Suscitan adhesiones y rechazos, provocan admiración y celos, lealtades y envidias… Nuestra mirada comparativa se fija en quién está a la derecha y a la izquierda, en si un título es más grande que otro, en si alguno se saltó un paso en el escalafón…

Entre ustedes, nada de eso.

El Señor no niega esta realidad pero se desentiende de ella. El no reparte cargos. Eso lo deja en manos del Padre, lo que equivale a decir que no sabemos cuáles son los criterios que se utilizan para repartir los cargos. Lo mismo hace el Señor con la cuestión del fin del mundo: eso lo sabe sólo el Padre. De esta manera –genial- nos libera de dos “ansias” que afectan al servicio. No importa si el mundo termina hoy o dentro de mil años y no importa quién sea el Papa, el obispo o el que me manda: “vos seguime a mí” nos dice Jesús y ponete a servir a mi lado. El no tiene puestos a su izquierda y derecha sencillamente porque no está sentado, porque está caminando siempre a buscar a quién servir y a quién predicar.

En tercer lugar, y esto es más sutil, el Señor quita el poder de todas las mediaciones, que es donde se enquista el poder de los que dicen que no ambicionan ningún cargo. Hay gente a la que le gustan los oropeles, los títulos, los asientos… Y otra gente a la que esto no le va ni le viene. Pero hoy en día el poder no pasa por lo estático sino por lo dinámico. Un paro en “los medios” paraliza el país. Un anuncio en “los medios” quema para siempre la fama de una persona.
Todos hemos experimentado en algún momento el abuso de poder a que nos somete algún empleado que no es el responsable de las decisiones pero que las retarda o las complica por no acudir a su jefe. Hay un poder sutil e instantáneo que algunos ejercen en los lugares de paso con exquisitez de verdaderos estrategas. No tienen ningún cargo, es cierto, pero esperan a que pases por su lugar de trabajo y, en vez de servirte, te hacen sentir, si sos un par, que ellos son los que están ahí desde hace tiempo y que mejor que te ubiques y que les preguntes a ellos, y si sos su jefe o encargado, que vayas aprendiendo a ejercer tu cargo porque se ve que no tenés ni idea ya que te olvidaste de algo que es obvio que tendrías que haber previsto y si no para qué aceptaste el cargo.
Perdón si en el ejemplo se nota la saña del perro que agarra un hueso y no lo suelta, pero no puede ser que Jesús agarre la palangana como último gesto de su vida y en la Iglesia la ambición de poder se enquiste igual en esos “ámbitos intermedios” difíciles de precisar. Porque asistimos a veces a peleas por “quién sacó la escoba de su lugar” en las que las caras tienen el rictus de los que libran una guerra fría.
Entre ustedes, nada de eso.
Las tareas que propone Jesús siempre están ligadas a un servicio directo. Jesús en persona lavará los pies a sus discípulos y repartirá los cinco pancitos. Creo que lo de ser servidor “de todos” –de los de abajo, de los pares y de los que mandan- es la clave. De todos significa siempre. Es una cuestión de actitud. En el momento en que estoy sirviendo un plato a un comensal puedo servir también a mi compañero que se apuró y me desordena un poco el servicio sin que nadie lo note (y después, si hace falta, charlarlo) o aprovechar para que todo el mundo note lo eficaz que soy yo, lo desordenados que son los demás y lo inútiles que son las autoridades que no organizan bien y el desastre que es la Providencia que al fin y al cabo, si le creemos a Jesús, es la que puso a estos inútiles que están a cargo…
Entre ustedes, nada de eso.

En cuarto lugar, el Señor desenmascara el poder que se muestra en el estilo. El ámbito anterior es cuantitativo: los “eficaces” ejercen su poder en las mediaciones y “demuestran” que los demás son unos inútiles. Aquí se trata de un matiz cualitativo. Hay una manera de hacer sentir que uno es superior y que se da en el estilo principesco con que algunos se manejan. No se cómo pero hay gente que sirve toda la vida y nadie se da cuenta, se mimetizan con su tarea. Uno recién lo nota cuando desaparecen: ¡mirá todo lo que hacía, cómo llenaba estos espacios que hoy están huecos! Y, al revés, hay gente que agarra un trapo de piso y sale por cadena nacional. En una propaganda del subte salía hace un tiempo un político que estaba plantando árboles en una plaza. Tenía guantes porque había agarrado la pala y ataba los arbolitos. Se le acercó una señora humilde y le dio la mano con el guante puesto! Es cierto que lo apuraron un poco, pero si hubiera sido la reina de Inglaterra seguro que se sacaba el guante. Creo que a esto apunta Jesús cuando al servidor de todos agrega “el esclavo de todos”. Los esclavos tenían que ser “invisibles”, identificados y mimetizados con su rol. Hasta allí llega la recomendación de “ser servidores” y no “dominadores”.
Y no se trata para nada de un imperativo sino de conectarnos con la fuente de la verdadera alegría: si hacen esto, serán felices.

El que sirve así, el que se arremanga y pone manos a la obra en una tarea concreta que busca el bien y la alegría del otro, el que, mientras realiza su tarea, asume la posición de quien obedece a sus jefes y ayuda a sus compañeros, se separa del poder y suscita otro tipo de sentimientos en el que es servido y en la comunidad entera: principalmente agradecimiento.
El servicio humilde, cariñoso y desinteresado, abre la puerta del corazón. El que es servido, especialmente si quien lo sirve es “mayor” que él, se siente honrado como persona y, en el desinterés material de su servidor, valora su amor.
El servicio, cuando el que sirve es “mayor” que el que es servido, iguala los corazones, establece la igual dignidad de las personas, más allá de su situación y condición. Por eso es que la puerta del servicio es la puerta para la fe. Un servicio así nos hace creer que somos valorados como personas.
Diego Fares sj

Domingo 28 B 2012

En los 30 años de vida de El Hogar de San José

Y cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué he de hacer para tener derecho a heredar la Vida eterna?
Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.
El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico.
Jesús mirándolo a los ojos, lo amó, y le dijo: Te falta una cosa, ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.
El se quedó frunciendo el ceño a estas palabras y se marchó malhumorado, porque era una persona que tenía muchas posesiones.
Jesús, mirando a su alrededor, dijo a sus discípulos:
¡Cuán difícilmente los que posean riquezas entrarán en el Reino de Dios!
Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras.
Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió:
¡Hijos, cuán difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.
Los discípulos se pasmaban más y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse?
Jesús, mirándolos a los ojos, les dijo:
Para los hombres, es imposible; pero no para Dios, pues todas las cosas son posibles para Dios.
Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna.
Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros (Mc 10, 17-31).

Contemplación
Como siempre: primero la Palabra de Dios. Con el libro de la Sabiduría “invocamos al Señor y le pedimos que nos de Espíritu de sabiduría” para saborear estos 30 años de vida del Hogar de San José. Les quiero contar y compartir que hemos venido saboreando esta fiesta al prepararla en medio de la vida del Hogar. Y creo que todos concordamos –veo los rostros cansados y contentos- en que el peso de la belleza de la fiesta –exigente en su organización como un casamiento- ha sido y es mayor que el peso del trabajo cotidiano del Hogar. Paradójicamente, como sucede en las cosas del Reino- el peso de la fiesta ha sido yugo suave que nos ha hecho más llevadera la cruz de cada día.
El Hogar tiene esas cosas: de golpe uno cae en la cuenta de que hay una puerta abierta al Reino y de que está viviendo una parábola, en este momento la de la Fiesta (como en esa propaganda en la que en medio de una fiesta un amigo se fija en la gente y le dice a su amigo: no digás nada pero estamos en una propaganda de Quilmes. Mirá: todos los vasos tienen la misma cantidad de espuma y miran con el logo para adelante…) . Pues bien, si alguno no se dio cuenta “estamos en una Misa del Hogar” –las ofrendas, San José, los colaboradores… Mis compañeros me cargan con cariño diciendo que yo todo lo uso como excusa –prédicas, clases y charlas- para comentar algo del Hogar (en el Hogar, por ejemplo…). Y es verdad. Es que siento que no hay peligro de exagerar, porque la puerta del Hogar está abierta al Reino – a que entren y salgan los pobres, Jesús y todo el que quiera colaborar-. Entrar por la puerta del Hogar no es entrar a un club exclusivo, es entrar a la realidad, la de esta tierra y la del cielo, con toda su crudeza y su esperanza de redención. Nuestras obras de caridad social son como parábolas vivientes del Reino y uno siempre que entra allí sale mejorado.

Primero la Palabra de Jesús, que como dice Pablo, es viva y eficaz. Así como hemos visto que se trata de una Palabra hermosa, que nos abre el corazón a la belleza de vivir en el reino y uno siente que es verdad que Jesús nos da Vida eterna y que tenemos el ciento por uno de hermanos y hermanas, madres e hijos, y que en días como hoy el Hogar se transfigura y, como veremos en la exposición interactiva, cada uno siente que su trabajo es una fiesta y en el Hogar hay música, dibujo y pintura, artesanías, trabajo en cooperativa, diálogo en torno al sentido de la vida y a aquello que cada uno recibió como un don y que el trabajo social le ayuda a redescubrir y hasta comidas de cumpleaños con torta de verdad…, también la Palabra es espada de dos filos y en el Hogar se muestran las intenciones más hondas de nuestro corazón.
Porque el “tuve hambre y me dista de comer” no es una palabra retórica sino hambre del pan nuestro de cada día que muchos conciudadanos nuestros sienten de verdad, y el “vendé todos tus bienes y dáselos a los pobres” no es tarea para mañana sino trabajo de servicio cansador de cada día, que nos deja molidos y contentos, y también gasto de toda la plata que nos donan, que no se nota porque San José inspira a que muchos nos renueven todo cada dos meses (ahora con la inflación, el milagro de la multiplicación de los cinco pancitos se está acelerando a todo cada mes…).
Y como privilegiamos la Palabra última de Dios –que es Fiesta y Fiesta gloriosa- privilegiamos también (y quizás por eso el Hogar es fecundo desde hace 30 años) la Palabra primera que es Bondad (“vio Dios que todas las cosas eran buenas”): la bondad del pan nuestro de cada día y del líbranos del mal.
El Hogar nos permite, como sociedad, no sólo como individuos (si es que existe algo así como el individuo postmoderno, puro disfrute y consumo egoísta), decir –clara y explícitamente, con las manos y las obras, con pequeños gestos de gran amor, como decía madre Teresa- esa primera Palabra de Dios que es Bondad que se dona sin reservas y que, por la desastrosa situación de calle en la que nos ha dejado el pecado, desde aquel día en que nuestros primeros padres Adán y Eva se perdieron el paraíso, se tiene que traducir inmediatamente casi en toda vida por la Palabra Misericordia. Sí, porque aunque la primera Palabra de Dios es Bondad, enseguida nos pasa lo que al joven rico, que los bienes se nos convierten en “nuestras posesiones” y le fruncimos el ceño al Maestro Bueno que nos parece demasiado exigente porque nos quiere hacer que dejemos nuestros bienes en manos de los pobres y lo sigamos. Misericordia entonces, para los que nos apoderamos de los bienes y para aquellos a los que despojamos.
Pero la gracia inmensa del Hogar, que nunca terminaremos de agradecer, es que cuando llegamos a ese punto en la vida en el que uno deja sus cosas y sale corriendo al sentir que pasa Jesús (y tira el manto pulguiento, como Bartimeo, o se sube a un sicómoro, como Zaqueo o como este joven que lo corre a Jesús y se le arrodilla…) para preguntarle qué tengo que hacer para tener una vida (cada uno tiene sed de vivir a pleno y no se conforma con que le regalen un rato de vida por TV), cuando cada uno, al escuchar a Jesús que lo quiere conformar diciendo: “Estás cumpliendo bien”, le pide más y el Señor le dice el famoso “sólo una cosa te falta” y nos manda a darle todo a los pobres, la gracia, decía, del Hogar, es que los pobres ya los tenemos con nosotros y nosotros ya estamos con ellos. En el Hogar uno se puede gastar todo sirviendo cada día y luego, ir a Jesús –seguirlo- en la Eucaristía, que tiene otro sabor, el del ciento por uno. Y si un día no fue a trabajar en la Viña, como el hijo que dijo sí y después no fue, siempre puede arrepentirse y volver. Y si se le pasó el llamado de la hora del desayuno puede ir al mediodía o al turno tarde, porque el Padre siempre está saliendo a buscar trabajadores para la cosecha. El Hogar siempre tiene la puerta abierta para el que quiere decir –con sus labios, sus manos y su corazón- esa palabra mágica “misericordia” que restaura nuestra naturaleza caída a su dignidad original y lo vuelve a uno sujeto de su propia historia. Esa palabra mágica que te saca de la calle y mientras te brinda un plato caliente y una cama limpia y te va escuchando tu historia, te orienta para la cooperativa.

Primero la Palabra, seguimos manteniéndolo y con renovado fervor en este año de la fe. Porque la fe viene por la Palabra predicada y testimoniada con obras. Dios no da el Espíritu sino cuando dos o más se ponen en esta situación dialogal de uno que predica el Evangelio de Jesús y otro que escucha y se adhiere con su Fe. Allí el Señor envía su Espíritu que consolida la Palabra y la hace crecer y dar fruto. La Palabra no es un hecho natural ni una construcción humana solamente sino que es Palabra de Dios. Y tenemos que decir que no es fácil tener fe en la Palabra del Señor y ponerla primero.

No es fácil vivir creyendo que la Palabra Bondad es la primera, porque la miseria crece y la bondad se tiene que traducir en misericordia, que es bondad que se anima a pasar por la Cruz. Para hacer un bien que lo ponga al otro de pie y lo haga sentir protagonista de su propia historia hace falta toda la organización del Hogar y su programa integral. Programa que es una denuncia profética a esta sociedad que quiere controlar la pobreza con subsidios y prebendas. El trabajo institucional del Hogar es un llamado a crear instituciones que den vida en todos los niveles de la sociedad. Menos que eso, es un engaño y una bofetada a la justicia.

No es fácil vivir creyendo que la palabra última de Dios es “Fiesta”, porque la Fiesta hay que prepararla y luego ponerse el traje de fiesta –hay que ponerse la camiseta- y disfrutarla. Y nuestra sociedad separa el trabajo y la fiesta porque nos educa para consumir, no para ser contemplativos en la acción, no para gozar trabajando.
Para hacer una Fiesta “al estilo de Jesús” en el Hogar tuvimos que organizar cuatro (y una doble, la de los comensales del primero y segundo turno). La segunda fue con los huéspedes. Esta es la tercera, con todos ustedes nuestros familiares, amigos y bienhechores y la última será en intimidad, entre todos los colaboradores (y ya la estamos vislumbrando como un día de descanso en el Señor).
Espero que cuando pasen al patio de Regina, que ha quedado hermoso, y participen de nuestra exposición interactiva, sientan que es un regalo que les hacemos a ustedes y a nosotros mismos, un regalo que hacemos en la fe, porque creemos de todo corazón que nuestro trabajo en el Hogar es una fiesta –una fiesta que nos deja molidos físicamente, con una linda paz saboreada en el corazón y necesitadísimos de que Jesús nos resucite y nos pague el ciento por uno para volver a trabajar el lunes y un día nos de esa vida eterna que tan lindo suena en su boca fiel.
Diego Fares sj

Domingo 27 B 2012

Comunidad en servicio

Y levantándose de allí (Cafarnaún) Jesús se fue a los confines de Judea, más allá del Jordán, y de nuevo se le juntaron muchedumbres en el camino y Jesús les enseñaba como solía.
Se le acercaron unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo:
─ ¿Es lícito al marido repudiar a su mujer?
Él, respondiendo, les dijo:
─ ¿Qué les mandó Moisés?
Ellos dijeron:
─ Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.
Pero Jesús, les dijo:
─ Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto; pero al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por esto dejará el varón a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios juntó, el hombre no lo separe.

En casa los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo:
─ Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo:
─ Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10, 2-16).

Contemplación
Hago esta contemplación en el marco del Encuentro Nacional de Manos Abiertas en Jujuy, cuyo lema de este año es “Comunidad en servicio”.
La composición del lugar, que San Ignacio recomienda para entrar en la contemplación, unas veces es la que propone el evangelio y otras veces es la del lugar existencial en el que uno está, la del momento que está viviendo, especialmente si se trata de un tiempo intenso.
Estos días he estado rezando por Jujuy y nuestra gente amiga de allá. Jujuy es para mí un Norte lejano en la superficie de mi vida, porque no he vuelto a ir, pero allí tengo raíces hondas, personales y comunes, jesuíticamente hablando. En Palmasola, extremo austral del Gran Chaco donde misionaron nuestros mártires Gaspar Osorio s.j. y Antonio Ripario s.j., hice el mes de misión como primera prueba para entrar en la Compañía. En San Pedro fue la primera vez que “dormí en la calle”, esperando la madrugada en la que me vendría a buscar un rastrojero para llevarme a la Capilla de Palmasola donde me esperaba otro compañero. El telegrama que les mandó nuestro maestro de novicios llegó “traducido”: van dos “novillos”, decía, para regocijo del remisero.
Para los jesuitas Jujuy es tierra de esfuerzos de evangelización que no tuvieron el éxito de las reducciones del Paraguay pero sí el mismo espíritu. Lo que queda como recuerdo de nuestros mártires del Chaco es “la alegría que les hacía saltar de gozo al escuchar hablar del Chaco a donde querían entrar a evangelizar. Ripario decía que a él San José, el esposo de nuestra Señora no le negaba nada y lo que le había pedido era la gracia de dar la vida por los pueblos del Chaco (chiriguanos, matacos, vilelas, tobas, mocovíes y abipones). Estos padres –nuestros mayores, como los llamamos nosotros- no solo cartografiaron todo el país que recorrieron a pie sino que lo regaron con su sangre y su alegría. Así como nosotros ahora hacemos hospederías y hogares para los más pequeños y abandonados, ellos hacían sus reducciones con los pobladores originarios. Se sigue tratando de lo mismo: del servicio de la gente pequeña, que es lo que uno rescata cuando quiere encontrar la fuente de nuestra identidad como país y como cristianos. Esa fuente de identidad y pertenencia son los pequeños que sirvieron a los pequeños y no los grandes que quisieron dominar y utilizar a los demás. Para hacer que nos sintamos hermanos nada mejor que honrar con nuestra memoria a los que “saltaron de gozo” caminando –para servir a sus hermanos- esta geografía que hoy nos cobija y nos sustenta.
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El evangelio es Palabra de vida que entra en diálogo con nuestra vida. Y cuando hay mucha vida hay que profundizar , hay que destilar los sentimientos para centrarse en lo esencial.
En este evangelio lo esencial es, nuevamente, como en el caso de la discusión acerca de quién era el más grande, la imagen de los niños, de los pequeñitos.
Jesús zanja la discusión sobre el divorcio con pocas y justas palabras. Muestra claramente que no tiene deseo de seguir con el tema y, por el contrario, se muestra encantado de poder dedicar su tiempo a atender con cariño a las familias que le acercan a sus hijitos y de abrazar y bendecir a cada uno.
Me imagino al Señor preguntándole el nombre a los más chiquitos, sonriéndoles, charlando de las cosas sencillas que uno charla con las mamás y los papás…
El evangelio dice que le presentaron unos niños, en plural, así que debían ser varias familias. Los discípulos, que se habían quedado enganchados con lo de la licitud del divorcio, querían seguir con lo que les parecía que era sumamente importante y por eso apuraban la cosa, con tal ansiedad que terminaron retando a la gente.
Esto hizo que Jesús se indignara.
No podemos no caer en la cuenta de que el Señor no se indigna con los planteos farisaicos (y eso que Marcos hace notar que le querían tender una trampa) y se llena de indignación cuando los discípulos son desconsiderados con los niños y sus familias. Es un nuevo “gesto profético” de Jesús el hecho de “tomar los niños en brazos y bendecirlos poniendo las manos sobre ellos” mientras anuncia que “el reino es de los que son como niños” y que “el que no recibe el reino como un niño no entrará en él”.

Para que entendamos: cuando se arman las grandes discusiones que nos inquietan a los hombres (no solo le inquietaba el tema a los fariseos sino que los discípulos también se sentían tocados) –sobre el dinero, el poder y el divorcio- Jesús enfila para el lado de los pequeños. Busca a un niño que anda jugando por la casa y lo pone en medio o aprovecha que llegan algunas familias con sus chicos y se pone a charlar con ellos y a bendecirles a sus hijitos.
Es una “liturgia bautismal” esto de tomar en brazos a los bebés, imponerles la mano y bendecirlos.
En esa tarea quiere encontrar Jesús a sus discípulos.
Allí se juega la vida del Reino.
Para expresarlo dramáticamente podemos decir que ante la inquietud por los puntos conflictivos que lleva al fastidio con los pequeños, Jesús opone una tranquila dedicación al cuidado de los pequeños que, paradójicamente, hace que se vuelvan claras sus palabras acerca de esos grandes temas. Porque el valor de la indisolubilidad del matrimonio se ilumina cuando en el centro está el cuidado de los niños. Lo de una sola carne es real en los hijos.

Hago ahora una bajada de esto que siento como dos imágenes contrastadas a propósito por el Señor: la de la discusión de temas conflictivos que lleva al fastidio con los pequeños vs el cuidado tierno y tranquilo de los pequeños que proporciona nueva luz a los grandes problemas. Me suele pasar (y observo que les pasa a otros) en medio de la vida del Hogar que la discusión sobre “temas importantes” me hace andar acelerado y por ahí despacho sin mucho cariño a algún pobrecito que siento que se me acerca a preguntarme cualquier cosa o que me pide algo que podría resolver otro. Esta “caricatura mía” de uno que “porque anda preocupado con el conjunto del Hogar es desatento con uno de sus huéspedes” hizo que me viniera a la mente una frase de Hurtado. No me acordaba de las palabras justas pero sí que trataba precisamente esto. Me llevó un rato encontrarla pero como me acordaba que era de las que le dijo a Marta Hollay al final de su vida y que ya había utilizado en otra contemplación, al fin la hallé. Les decía Hurtado a sus colaboradoras:
“Que aumente la caridad en Uds. Que Cristo crezca en cada una de Uds. y estén atentas –se lo decía ayer al Padre Balmaceda–, que las construcciones, los proyectos que tengan, para mejorar la suerte de los pobres, no aminoren lo que hay que hacer hoy. Que los detalles para dignificar al pobre sean lo más importante”.

Esta era La palabra: “los detalles”. Los detalles que no son “detalles”. Cuando se trata de los pequeños y de los más pobres, los detalles que dignifican o los detalles que denigran, son lo esencial. Tanto como las construcciones y los proyectos para mejorar su suerte o las exclusiones estructurales. Cada uno, en los detalles en los que se ve implicado, muestra si está encarnando los valores del Reino o si se le ha encarnado la levadura de las estructuras injustas de este mundo.
El que discute por el poder o por quién tiene razón de manera tal que se agría en su trato con los compañeros (comunidad) y con los pequeños (servicio) es que tiene encarnadas no las uñas sino la mentalidad de este mundo. El que está ocupado en cuidar con ternura y atención a los más pequeños va encontrando las palabras justas que encauzan los conflictos serenamente. El espíritu de Jesús siempre nos da la gracia de aprovechar las dificultades del servicio para estrechar vínculos como comunidad. El mal espíritu, por el contrario, nos tienta a utilizar como excusa los problemas que surgen al servir para enfrentarnos y dividirnos entre nosotros.
Aquí ayuda tener claro que “una comunidad en servicio” es una gracia que sólo puede consolidar el Espíritu de Jesús. Sin ese espíritu que nos hace “hacernos pequeños y los últimos de todos para servir a los pequeños” es imposible formar Comunidad con mayúsculas, Iglesia católica, comunidad que incluye a todos. A lo sumo se formarán “comunidades aisladas” que se van dividiendo a medida que entra gente distinta y que surgen problemas diversos.
Hay que cambiar entonces la pregunta de los fariseos y de los discípulos. La pregunta no es ¿es lícito repudiar –a la esposa, al esposo, al compañero de comunidad, a la otra institución, al diferente…?

La pregunta es ¿caemos en la cuenta de la gracia inmensa que significa que Dios bendiga nuestras uniones para el servicio –familias e instituciones-?

Por la dureza de nuestro corazón, lo común es que la vida familiar y social (y también eclesial) se estructure en gran medida de repudio en repudio (o que esto sea lo más visible superficialmente).
Pero a los que “entran en el reino”, a los que se hacen como niños y se juntan para servir eligiendo cada uno el último lugar, Jesús les bendice su sueño y su trabajo con la pertenencia a una comunidad en servicio que supera fronteras y tiempos. Y uno se encuentra con que tiene el ciento por uno de “hermanos y hermanas, padres y madres, hijos e hijas” en todas las provincias y en todos los tiempos.
Diego Fares sj