Domingo 26 B 2012

A favor

Le dice Juan:
─ Maestro, vimos a uno, que no anda con nosotros,
expulsar demonios en tu Nombre, y se lo prohibimos.
Pero Jesús dijo:
─ No se lo prohíban, porque no habrá nadie que obre un milagro en mi Nombre
y pueda luego hablar mal de mí. Porque quien no está contra nosotros está a favor de nosotros.
Y quien les dé de beber un vasito de agua en nombre de que son de Cristo,
en verdad les digo que no quedará sin su recompensa.

(Y como digo esto, también les digo:) al que escandalice a uno de estos pequeñitos que creen en mi, sería un bien mayor para esa persona que le fuera colgada al cuello una piedra de moler y así fuera arrojado al mar.
Si tu mano te es motivo de escándalo, córtala; más te vale entrar manco en la vida que no con las dos manos irte a la gehena, al fuego inextinguible.
Y si tu pie te hace tropezar, córtalo; más te vale entrar rengo en la vida que no con los dos pies ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue.
Y si tu ojo te escandaliza, sácalo; más te vale con un ojo entrar en el reino de Dios que no con los dos ojos ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue (Mc 9, 38-48).

Meditación
La de hoy es una meditación. Un trabajo de reflexión sobre los valores que nos presenta Jesús y un intento de discernir cómo cultivarlos y defenderlos contra toda tergiversación. Espero que no sea muy abstracta y que lleve a seguir pensando.
……………….

A favor. Qué linda alocución!
Jesús es el que está a favor de los hombres, “de todos los hombres y de todo el hombre”.
Pablo lo expresa con una de las frases más consoladoras de la Nueva Alianza:
“Si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros? (Rm 8, 31).
¿Quién o qué podrá apartarnos del amor de Cristo?
¿Quién podrá hacer que no valga lo que Jesús iluminó como valioso a los ojos del Padre –el reclamo de los pobres, la fe de los pequeñitos, la oración en lo secreto de la pieza, las dos moneditas de la viuda, el vaso de agua de la Samaritana, los cinco pancitos…-
Por eso, para cuidar el “a favor” de todos, las frases duras de la segunda parte del pasaje. Porque si el amor de Cristo es tan inmenso e incondicional de su parte lo único que puede apartarnos de él es un escándalo.
Es decir: algo torcido, algo mezclado, un lobo con piel de cordero, un seductor que utiliza lo sagrado para sus propios intereses perversos.

¿Quién podrá apartar del amor de Cristo a algún ser humano? El que escandaliza.

El escándalo es algo delicado.
Tiene relación directa con el “a favor”.
Examine cada uno si está bien lo que digo: aunque cuando nos toca en carne propia uno dice ¡qué escándalo! si los que le roban matan a un ser querido sin necesidad, uno termina viendo cierta “lógica”. Que los malos sean más malos de lo que se podría esperar no escandaliza tanto como que alguien bueno defraude o haga el mal. Eso sí escandaliza y Jesús siente que atenta directamente contra lo que él vino a hacer y a anunciar.
Cada persona elige libremente cuán “a favor” de los demás quiere estar y Dios “ama al que da con alegría”. Ahora, el que acepta cargos o roles “a favor” del bien de los demás y los aprovecha para beneficio propio, en mayor o menor medida, escandaliza.
El escándalo mina y corroe la credibilidad en esa bondad ilimitada que Jesús testimonió en la Cruz. Por eso el Señor se toma las cosas personalmente y labra la imagen de tirar a uno al lago con una piedra de molino atada al cuello que sólo Él puede pronunciar (nosotros no porque “el que esté sin pecado que tire la primera piedra”).
Al cristiano se le permite y recomienda apropiarse “a favor” de otros del juicio que hace Jesús sobre todo lo bueno que se haga en su Nombre y valorar las intenciones cristianas que se verifican tanto dentro como fuera de la Iglesia.
En cambio, con respecto al juicio de Jesús “en contra” de los escándalos, si leemos bien, la recomendación del Señor cambia de dirección.
Al que hacía milagros en su Nombre sin ser del grupo, el Señor les dice a los discípulos: “no se lo impidan”.
Al que escandaliza, el Señor no dice “átenle una piedra de molino y tírenlo al mar”. No dice “accionen contra él”, sino que nos manda que dirijamos la mirada a lo que en nosotros es motivo de escándalo para que cada uno se corrija a sí mismo sin esperar a que lo tenga que hacer otro.

Esta enseñanza de Jesús fue y sigue siendo novedosa, distintiva del cristianismo.

El Señor introduce el principio de la autocorrección, de la confesión del propio pecado y de la penitencia que uno mismo se impone por amor al que “nos perdona mucho”.
Es el principio totalmente contrario al del fariseísmo, que tapa el pecado propio y acusa a los demás.
El cristiano no es uno que anda “colgando piedras de molino en el cuello de los otros”. El cristiano es uno que primero se acusa a sí mismo y lucha por “eliminar de raíz” lo que en él mismo es motivo de división interior y por tanto de escándalo. Las imágenes de “cortar la mano o el pie y de arrancar el ojo pecaminoso” son duras a nuestros oídos. Pero son bien gráficas: cuando una parte (un tumor) amenaza al todo, hay que extirpar. Toda persona y todo ser viviente defiende su unidad como defiende su vida: lo que amenaza nuestra unidad amenaza nuestra vida misma, tanto física como espiritual.

Muchas veces la sociedad se burla de nuestras “confesiones” por nuestras recaídas: “se confiesan y cuando salen de la iglesia son peores que los demás”. Pero Jesús nos defiende: uno no puede “confesarse” y “enseguida hacer el mal”.
A la larga, la humildad de la confesión vence al mal con el bien.
También se burla y se escandaliza la sociedad cuando este principio de autocorrección se revela fraudulento: “cambian de lugar al pedófilo o al que malverso fondos y reincide”; o “se ocupan más del victimario que de las víctimas”. Nuestra sociedad que es garantista en lo “no religioso” parece reclamar “mano dura” en lo religioso. Es verdad que cuando un principio óptimo, como el de la autocorrección, se usa mal, el daño es mayor: “corruptio optimi, pessima” –la corrupción de lo óptimo es pésima-. Pero eso no quiere decir que haya que nivelar para abajo.
Como decía el cardenal Newman: “los cristianos debemos avergonzarnos de nuestros pecados, pero eso no es motivo para esconder el evangelio de Cristo”.

Si abandonamos la esperanza que nos regaló Jesús en el principio de que todo hombre desea hacer el bien y corregirse del mal y puede ser redimido y convertirse, abandonamos lo humano a lo demoníaco. No es así: Jesús dio la vida por todos y murió perdonando a sus enemigos. Nuestro Padre quiere que todos los hombres alcancen en su Hijo la salvación.
Esto no quiere decir que no seamos realistas en cuanto al mal y al demonio. Pero nuestra actitud como hombres redimidos es “esperar la salvación de todos, desearla y trabajar por ella”.
La Iglesia se ha animado a que salga a la luz todo lo que está corrupto y a poner los medios para corregirse. Aunque ahora sea algo muy doloroso para nosotros, causa escándalo para la gente de buena voluntad y motivo de burla para los que no nos quieren, esta “autocorrección de la Iglesia” será bendecida y dará buenos frutos para adelante.

Volvemos a la primera parte del pasaje:
El que no está contra está a favor de nosotros.
¡Qué amplitud la de Jesús!
Con esta pequeña frase se abre el mundo entero para la mirada cristiana.
Cuando uno mira el mundo desde la perspectiva de Jesús ve infinita cantidad de gente a favor. Lo que dice Jesús no es tanto que la gente esté explícitamente a favor de nosotros (más bien parecería lo contrario) sino de que nosotros estamos a favor de la mayoría de la gente.
El cristiano apuesta hasta el último instante a favor de todos.
El cristiano siempre da otra oportunidad.
El cristiano, al que ataca alguna de sus convicciones, no lo rebate enseguida ni mucho menos de cualquier manera. Primero trata de “salvar la proposición del prójimo” como recomienda Ignacio en los Ejercicios.
Al cristiano le interesa todo lo que hay de verdad en donde sea, aunque vaya en desmedro propio y tenga que corregirse a sí mismo.
Nada más alejado del evangelio que eso que hoy llaman “el relato” y que, de última, tiene como presupuesto algo así como “el que no está total y plenamente con nosotros está contra nosotros”. Y aún esto es “dialogable” cristianamente, al ver lo que está detrás de los otros “relatos” que, bajo la apariencia de apertura democrática, terminan destruyendo al que no se defiende duramente.
La lógica del enemigo no es la de Jesús ni la de su Iglesia. Por eso hay que estar atentos a no pisar el palito y reaccionar “como quien siempre está en contra”. Nosotros estamos fundamental y decididamente “a favor” de todo lo bueno. Y el palito de “lo más perfecto” no nos tiene que poner en la vereda de enfrente de los que “buscan algún bien”, aunque sea para algunos y en desmedro de otros bienes. El discurso para defender los bienes comunes y más altos nunca debe quedar preso de “tener que atacar” un bien particular o “menor”. Hay que ser astutos como serpientes para hacer brillar la genialidad de Jesús “por desborde” de sabiduría y de humanidad sin quedar atrapado por discusiones menores.
El que no está contra nosotros está a favor de nosotros y no quedará sin recompensa nada bueno que se haga, por más pequeño que sea.
Ahí vamos nosotros: buscando siempre lo que está a favor, sin apagar la velita que humea ni partir la caña cascada. Desde que Jesús le dijo que sí al Padre y dio su vida por nosotros, la positividad a toda prueba es el sello de lo cristiano. Y se traduce en esperar aún contra toda esperanza, en creer y confiar sin dejar resquicio a la duda, en perdonar a los enemigos y en amar hasta dar la vida por los amigos.

Diego Fares sj

Domingo 25 B 2012

No soltar al que servimos (ni las canastas con las que servimos)

Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea
Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos y les decía:
‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres;
lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará’.
Pero los discípulos no comprendían tales palabras y tenían miedo de preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó:
‘¿Qué discutían el camino?’
Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo:
‘Si alguno quiere ser el primero,
tiene que ser el último de todos y el servidor (diakono) de todos’.
Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:
‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe,
y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado’ (Mc 9, 30-37).

Contemplación
¿De qué discutían? La pregunta de Jesús nos viene bien a todos.
¿De qué discutimos? Si uno hace una pausa en medio de la vida de cualquier familia, en medio del trabajo de cualquier institución, en medio de la vida del país, esta pregunta divide las aguas: o discutimos acerca del poder o dialogamos acerca del servicio y del testimonio.
Jesús saca al sol los trapitos del corazón de los seres humanos. Y no se escandaliza. El viene enseñando a los suyos que tendrán que “recibir” su pasión, que tendrán que ser testigos de su muerte en cruz para salvarnos y de su resurrección gloriosa, y ellos caminan en otra sintonía: se están repartiendo los puestos y discutiendo acerca de quién es el que tiene la última palabra. El problema concreto suele ser ocasional y no importa tanto; va variando. Lo que importa es reconocer la genialidad de Jesús que conecta discusión y poder por un lado y, por el otro, servicio cariñoso de los pequeños y diálogo cordial.

No siempre que se discute es por el poder, dirá alguno. Bueno, que lo pruebe en su corazón, que se sincere y vea si es verdad que “un tema justo o buenísimo” justifica eso que llamamos “discusión”, es decir: el tono fuerte, la lucha por convencer al otro en esta reunión, el uso de argumentos que descalifican o lastiman porque el otro los usó primero…

Hay discusiones positivas, dirá otro. De acuerdo. Y es humano que en las discusiones por cosas buenas se mezclen sentimientos y cosas no tan buenas y que, si hay buena voluntad, se llegue a buen término. Pero el punto es discernir que cuando alguno “salta y discute”, es señal de que “quién es el más grande” entró en juego.

Pero miremos a Jesús, que es más interesante: Él también podría haber entrado en el juego y, con todo derecho (el es el único que tiene derecho a reafirmar su posición porque “Es” el más grande) les podría haber dicho: “otra vez con lo mismo. Córtenla, viejo. Yo me rompo todo para explicarles que la cosa viene por el servicio, que tengo que morir en la cruz y ustedes me tienen que ayudar, tienen que dar testimonio, y en vez de eso dale con que si la autoridad la tiene el Papa o hay que dar más participación a los obispos, etc… (la extrapolación es para indicar que la discusión sigue siendo la misma: este es el problema que divide a la Iglesia católica ad intra y con las otras iglesias, protestantes y orientales…).

Sin embargo, nada de eso. Fijémonos cómo hasta el tono de Jesús es “diametralmente opuesto” – diría Ignacio- al tono que hace que uno sienta que ha entrado en una discusión (que hay posiciones tomadas).

Jesús se toma tiempo, pregunta primero y deja que el silencio se haga espeso. Espera a que todos se callen, lo cual muestra su autoridad, porque muchas veces cuando alguno de arriba pregunta “de qué discuten” la discusión se enciende de nuevo y hasta el que iba a ser árbitro termina tomando parte.
Luego, con gesto propio de Maestro, Jesús se sienta y acerca a un niño.
Marcos dice que esto sucedió “una vez en casa”. El Señor se aguantó en silencio una discusión que duró “todo un camino”. Me imagino que la cosa habrá tenido sus etapas, que él habrá ido más adelante, como siempre destaca Marcos. Quizás iría con alguno y los otros, más atrás, en grupitos, irían discutiendo y haciendo como que no pasaba nada cada vez que se detenían a descansar un poco.
La imagen de Jesús que nos pregunta “de qué discuten” quedó fijada en el pasaje de los discípulos de Emaús, que aquí tiene su semilla y adelanto. Es la imagen de un Jesús respetuoso de nuestros procesos, que se nos pone al lado. Saber “sentirlo” en medio de las más virulentas discusiones, es una gracia. El no se mete, espera hasta que estemos “en casa”.
La casa era la de Simón y, como en toda casa de familia, había niños. Contemplemos el clima que crea Jesús. Se sienta como Maestro, llama a los Doce (como cuando los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar) y hace (ahora caigo en la cuenta) un segundo llamamiento solemnísimo: el llamamiento y la elección para el servicio. El que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos.
Mi contemplación iba para el lado de destacar el gesto de acercar a uno de los chicos y de ponerlo en medio abrazándolo, para que la frase universal se concretara (ya que el bien siempre se concreta en algún servicio o gesto de cariño al más próximo), pero me llamó la atención lo de sentarse y llamar a los Doce.
Este llamamiento al servicio (y al servicio que se realiza eligiendo el último lugar) Jesús lo hace contradiciendo la discusión por el poder. Y lo hace solemnemente. Eso es lo que hoy el Papa Benedicto traduce a nuestro lenguaje actual cuando dice que los servicios de la caridad social (porque la caridad siempre es social y tiende hacia la promoción del otro y a incluirlo para que participe creativamente de lo que se le dona y él también de a otros) son parte de la esencia de la Iglesia, junto con los sacramentos y el evangelio.
El llamamiento en la Casa, luego de una discusión por el camino, es tan solemne como el llamamiento en el Monte (“Jesús subió al monte, llamó a sí a los que quiso y ellos se acercaron a él –Mc 3, 14). Y la misión de “estar con él y predicar” es tan esencial como la de “hacerse servidores de todos”.

Esto ya lo sabemos, dirá alguno. Quizás sí, pero se puede profundizar ¿no?

La liturgia que el Señor inventa –lo de sentarse, convocarlos, tomar a un niño y ponerlo en el medio, abrazándolo mientras habla- tiene mucho de Eucaristía. El “tomen y coman” suena igual que “el que reciba así al más pequeño, me recibe a mí y no sólo a mí sino al Padre que me ha enviado”.
Lo cual quiere decir, por ejemplo, que el servicio cristiano se brinda como quien está en misa. ¿Hay alguno que vaya a comulgar discutiendo con el de al lado? Y sin embargo, muchas veces servimos discutiendo. Mientras estamos llevando los platos a las mesas estamos discutiendo con el que se nos cruza por el camino o con el que nos alcanza las paneras. Mientras tratamos el caso de alguna persona (si entra al hogar o a la casa de la bondad) discutimos y peleamos acerca de… ¿acerca de quién tiene la mejor idea o acerca de cómo defiendo la cuota de poder que me da tener razón?
El gesto litúrgico de Jesús de abrazar al pequeñín hace patente que “si uno está abrazando” no puede estar discutiendo. Si realmente estamos “abrazando” al más desvalido y desamparado con un abrazo comunitario (que implica reuniones, reglas, horarios, roles, dispositivos, y muchos brazos) no hay lugar para la discusión. Para discutir hay que “soltar” al otro. Para enfrentar al enemigo hay que soltar al que uno abraza. Y de lo que se trata es de no soltar al que servimos.

Eso es ilusión, dirá alguno. Discutir es necesario para “después” servir bien (y así hay algunos que nunca empiezan siquiera a servir a nadie por que todavía están discutiendo el método mejor (¿o será que están discutiendo quién es el más grande?). En cambio hay otros que cada día se ponen el delantal y sirven y mientras tanto van “dialogando” con los demás. Como no sueltan la escoba o no se saltean ningún turno o no se salen de tema y charlan de lo que propone el que organiza el servicio común…, se van quedando «sin tiempo para discutir”. No es que no haya cosas que están mal y que hay que charlar, pero la Misa (el servicio) no es el momento para discutir. Sí para conversar y dialogar como uno hace cuando está en presencia de los chicos y “no puede discutir” porque delante de los chicos no se discute.
Y entonces, cómo se hace con lo que “hay que discutir porque está mal”. Es que no hay que discutir. Para “dialogar” acerca del mejor servicio –sin soltarlo- hay que crear espacios. Eso es lo que nos enseña Jesús que espera a llegar a la Casa y abre el espacio poniendo al niño en el medio. El no discute por el camino. Habla en la Casa, sentado, abrazando el niño en medio de los Doce y allí, como cuando tomó el pan y lo bendijo y nos encomendó que comulgáramos con él, nos dice que “sirvamos”. Recibiendo (sin soltar) al que servimos, como cuando recibimos la Eucaristía.
La imagen de Fano, del niño dando el pan a Jesús y de los apóstoles que están a mil, la elegí entre otras porque es la foto de los que “no pueden soltar las canastas”. Es como la imagen contraria de la que los mostraba “discutiendo por el camino”.
En el Hogar, cuando tenemos reuniones de servicio (el servicio de planificar, el servicio de evaluar, el servicio de diagnosticar, el servicio de discernir, el servicio de aprender…), siempre suele ser fuente de luz y de paz imaginar que “ponemos en medio de la mesa” a los que servimos.
Jesús da un pasito más y los abraza.
Cuando procedemos así, las cosas se aclaran siempre un poco más.
Cuando hay discusión suele ser que, en medio de la mesa, en vez de uno de los que servimos, alguien se puso a sí mismo como el más grande (o a otro le dio esa impresión y, como le gustaría ponerse él en ese lugar, por eso ha comenzado a discutir).
Ojalá que las ganas de abrazar al pobre y de dialogar en casa, cada uno contentísimo de pode elegir el último lugar, sean realidades más apasionantes que las aburridísimas y desgastantes peleas por “la ilusión del poder”. Porque el poder es una ilusión, la única realidad es el servicio.
Diego Fares sj

Domingo 24 B 2012

El Amén a la Cruz y la comunión

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino los interrogaba preguntándoles:
─ « ¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos le respondieron:
─ «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.»
─ «Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?»
Pedro respondió:
─ «Tú eres el Mesías.»
Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.
Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo.
Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo:
─ « ¡Sal, ve detrás de mí, Satanás! Porque no disciernes según los criterios de Dios, sino según los criterios de los hombres.»
Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo:
─ «El que quiera venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8, 27-35).

Contemplación

En la fiesta de Regina Martyrum –de Nuestra Señora de los dolores y Reina de los mártires- el evangelio de hoy se ilumina de manera especial.
Mártir es testigo y vemos que al Señor le interesa tener testigos: “Y Uds. ¿quién dicen que soy Yo?”.
María es La Testigo fiel, la que nos da testimonio acerca de quién es su Hijo Jesús nuestro Señor.
En la Cruz, su testimonio es particularmente requerido.
Cristo quiere que ella consienta a todo lo que Él realiza en su Pasión.
Y así como lo quiere de Ella, lo quiere de toda la Iglesia y de cada alma cristiana: que asintamos a su Pasión: “Uds. serán mis testigos”.
Sin el sí de María la Pasión de Jesús nos queda lejana, incomprensible.
Lo que importa para nosotros y en lo que me quiero detener, es en ese misterioso deseo de Jesús de tener testigos, de que lo que Él vivió y realizó sea comunicado por sus testigos.
Eso es lo que significa “perder la vida por la buena noticia”, quedar dedicado a dar testimonio de lo que hizo Jesús por nosotros, para salvarnos.

Aquí adquiere valor la Misa, la Eucaristía: Jesús quiere que comulguemos con su cuerpo entregado por nosotros y con su sangre derramada por nosotros, quiere que comulguemos con su Pasión redentora, que le digamos amén –sí- a lo que Él padeció por nosotros.

Lo que quiero decir es que la comunión no es “el premio” solamente, no es su cuerpo y su sangre como frutos, sino que es comunión interior en el sentido de adhesión a su padecimiento –cuerpo entregado, sangre derramada para el perdón de los pecados-.
Y no se trata de que nos condolamos más o menos. El sentimiento de dolor y de compasión a veces se nos da como gracia y otras estamos como bloqueados. Lo importante es que asintamos, que comulguemos, que digamos sí a lo que el Señor hizo por nosotros, más allá de que lo entendamos o no.
Como nuestra Señora, que estaba al pie de la Cruz.
Ella nos enseña a comulgar con Jesús, a estar y a asentir a su Pasión.
Ella nos enseña a “dejar que Él haga todo”, apoyándolo de corazón.
María es mártir en el alma, como se dice. El dolor no es lo que cuenta por sí mismo.
El dolor sella la comunión, eso sí.
Cuando se sufre con otro, el amor y la amistad quedan selladas, pero lo importante no es el dolor sino el amor sellado por el dolor, el amor llevado hasta el extremo, testimoniado hasta el fin.
Digo que el problema no es el dolor porque el dolor viene solo en la vida, no hace falta forzarlo.
Lo que importa es el testimonio y María da testimonio de toda la vida del Señor.
Así pues, vemos que el Señor necesita testigos, gente que traduzca lo que Él hizo, que diga lo que significó la Vida de Jesús para su vida.
En esto María es la Testigo privilegiada, la que nos contagia diciendo que el Señor hizo maravillas en su vida. Ella fue Testigo de Jesús desde la Encarnación. Ella comulgó con Jesús toda la vida, asintió y dijo que sí –hágase en mí según tu Palabra- a todo lo que el Señor hizo y le propuso.
Viéndola a ella al pie de la Cruz, asintiendo en silencio a la Pasión de su Hijo, entendemos la diferencia con la actitud de Pedro. Pedro por un lado da testimonio de que Jesús es el Mesías pero cuando el Señor les revela que va a tener que dar su vida en la Cruz, Pedro es tentado y siente que no puede consentir a eso. Como que hay aspectos de la vida de Jesús que sólo María está dispuesta a consentir y a dejar que Él haga como quiera.
Por eso la imagen de Regina Martyrum es imagen para contemplar larga y silenciosamente dejando que ella vaya “reinando” sobre nuestro testimonio, vaya pacificando nuestros no a la pasión de Jesús en nuestra vida y los vaya reconvirtiendo en sí, de manera tal que asintamos y comulguemos con Jesús-crucificado tal como nos sale al paso en nuestra vida cotidiana y en lo que cada uno vive en su interior.
Le pedimos, de corazón a corazón, que mirando a Jesús en la Cruz con sus ojos, nos imprima su asentimiento a los dolores de su Hijo por nosotros. Ella ve que “eran necesarios”.
¿Qué ejemplos podemos buscar para comprender mejor lo que significa esta comunión que Jesús anhela, este deseo que Él tiene de que comamos su cuerpo entregado por nosotros, esta necesidad que tiene de que celebremos la Eucaristía en memoria suya, de que nos hagamos presentes a aquel Viernes Santo a las tres de la tarde y miremos al que traspasamos? ¿Por qué quiere Jesús testigos a lo largo de toda la historia, por qué quiere la misa cada día?
Fijémonos que estamos poniendo el acento no en “incorporar la eucaristía bendita para llevárnosla en nuestro interior a la vida” sino en asistir a la consagración y en decir amén, comulgando con el sacrificio del Señor en la Cruz. Estamos poniendo el acento no en el “producto” que consumimos y nos llevamos sino en “estar presentes” a lo que Jesús hace prestando nuestro asentimiento. Caer en la cuenta que la comunión no es algo pasivo, solamente, algo que Jesús nos da, sino que el Señor nos permite ser activos, consentir a que se nos dé así –que haya padecido y que quiera que lo comamos-, esto permite que luego en la vida cotidiana también podamos “comulgar” con el Jesús que nos sale al paso, consintiendo también a recibir su amor y dando testimonio de su presencia. Sentir el valor que le da Jesús a nuestra presencia, sentir que en la misa podemos “estar junto con María, Juan y María Magdalena y con las otras mujeres que miraban de lejos” al pie de la Cruz y prestar juntos nuestro asentimiento a su Pasión, nos hace Iglesia, nos hace sentir ganas de participar de la Eucaristía. El Señor no quiso ni quiere padecer solo, quiso hacerlo bajo la mirada de su Madre y de Juan y en torno a este sí que ambos le dieron los unió como madre e hijo. Allí se nos permite entrar a nosotros y participar, ahijándonos y tomando a María como madre. Se requiere nuestro asentimiento, nuestro amén sacramental para luego poder decir amén en la vida.
Dice von Balthasar que “el consentimiento en el sacrificio del Señor es un misterio centralmente femenino”. Y siguiendo a Adrienne von Speyr hace notar los tres sí de las tres Marías. El sí de María de Betania que es un “estar a los pies de Jesús”, en actitud de disponibilidad total que contrasta con el ajetreo de Marta, su hermana y que luego se expresará en una oblación total de sí rompiendo el frasco de perfume de nardo. El Señor acepta esta actitud y la explica diciendo que lo ha ungido para la sepultura. Le da el valor de una comunión (sin que ella sea quizás muy consciente de los detalles) con su Pasión. María de Betania le dice Amén a todo lo que el Señor dice y hace y a Jesús eso le agrada y lo valora. Comunión contemplativa y litúrgica, si queremos llamarla de alguna manera.
El otro consentimiento a su sacrificio es el de María Magdalena, que representa a la Iglesia pecadora perdonada. No sólo comulga asintiendo a lo que el Señor hace en la Cruz sino que permanece junto al sepulcro, comulgando con todo lo que le pasa al cuerpo muerto del Señor sin saber que ya ha resucitado. Y luego, consiente a que el Señor “se vaya al Padre” y ella no pueda tocarlo, sino que esa comunión total con Cristo la hace obedecer e ir a anunciar la buena noticia a sus hermanos.
Comunión misionera, diríamos. Comunión que la lleva a salir de sí y a perder su vida (también la vida linda de estar sólo con Jesús) por el anuncio del evangelio.
En el centro y en lo más alto está el consentimiento de nuestra Señora. “Ella no hace nada ni dice nada, está. Y el Hijo en la Cruz dispone de ella: la entrega como Madre al otro hijo. No le pregunta, cuenta con su amén, con su aquiescencia. En María el Amén se da siempre por supuesto. Y esto que tanto le agrada a Jesús se convierte en beneficio para nosotros, para su pueblo: contamos siempre con su Amén. Ella comulga con todos, con cada uno de sus hijos, ahora y en la hora de nuestra muerte. Esta comunión con los demás nace de la comunión con su Hijo. Por eso María es modelo de la actitud Eucarística, es la que nos enseña a comulgar.

Diego Fares sj

Domingo 23 B 2012

El sacramento de la Apertura

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón
y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.
Entonces le presentan a un sordo que hablaba con dificultad
y le ruegan que ponga sobre él su mano.
Jesús tomándolo aparte lejos de la multitud,
le metió sus dedos en las orejas
y con su saliva tocó su lengua (teniéndola firmemente).
Después, levantando los ojos al cielo (al Padre),
suspiró (el Espíritu) y le dijo:
‘Effetá”, que significa ‘ábrete’.
Y al instante se abrieron sus oídos y se le soltó la atadura de su lengua
y hablaba correctamente.
Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie,
pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban
y, en el colmo de la admiración decían:
‘Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 31-37).

Contemplación
¡Es hermosísimo el pasaje de Marcos: la curación del sordo balbuciente!
Y brilla más toda la liturgia del Effeta que celebra Jesús (y que repetimos con los dos pequeños gestos de tocar con el dedo la orejita y la lengua de los bebés que se bauti-zan diciendo: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te permi-ta muy pronto, escuchar la Palabra y profesar la fe para gloria y alabanza de Dios Pa-dre), si caemos en la cuenta de que ese sordo balbuciente es imagen del hombre –de cada persona- en el mundo actual.
Me imagino como si yo mismo en primer lugar y cada uno de nosotros, inmersos en las discusiones de sordos de la sociedad moderna, fuera siendo tomado aparte por Jesús, lejos de las multitudes, y el Señor metiera sus dedos en mis orejas y me agarrara fir-memente la lengua y la tocara con su saliva y luego suspirando y levantando sus ojos al Padre me dijera “Abrite” y al instante se me abriera el oído para escuchar su Palabra y encontrara el lenguaje que andan necesitando mis hermanos y que muchas veces me desespera no encontrar. Es que el amor a la Palabra de Jesús y la convicción de que el evangelio tiene las palabras que pueden saciar la sed de todos están en mi corazón siempre en lucha, porque uno dice “no puede ser que teniendo una Palabra así –tan fuente de Agua Viva que salta hasta la vida eterna- no le llegue a tantos que se tragan otras palabras muertas y vacías. No puede ser que se impongan a la sociedad discursos que tienen apariencia de ser light y abiertos para todos y que en realidad esconden una violencia inusitada y envenenan y destruyen.
Cuando uno gusta la Palabra de verdad que sólo Jesús pronuncia, el lenguaje de me-dias mentiras resulta más violento que la violencia física. La violencia física puede matar el cuerpo y no te hace nada más. La violencia del lenguaje, la mentira, violentan la intimidad de nuestros pensamientos y nos hacen dañarnos a nosotros mismos, no sabiendo a veces cómo defendernos de criterios que se nos imponen con sus falacias y nos fuerzan a destruir con nuestras propias palabras estructuras de pensamiento que hasta hoy nos ayudaban a hacer el bien y en su reemplazo no nos dan nada, nos dejan en la calle. Bajo apariencia de libertad y mediante críticas sutiles a cosas que puede ser que estén revestidas con ropa fuera de moda, pero que nos mantenían en contacto con realidades buenas y verdaderas, hay discursos que nos llevan a dejar cosas santas como la reconciliación, la eucaristía, la limosna, la oración, por no hablar del valor de la familia, del no robar de ninguna manera, de respetar a las autoridades, de ser fieles a la verdad…

Por eso la necesidad imperiosa de apropiarnos, cada uno como pueda, de este “sa-cramento de la apertura” que instaura Jesús con sus manos, sus ojos, su suspiro y hasta su saliva.
Si la Eucaristía la instituyó partiendo el pan con las manos y si la confirmación soplando el Espíritu sobre los apóstoles, aquí vemos que están presentes todos los gestos juntos, como diciendo a nuestros oídos sordos: miren que para abrir el corazón tienen que recibir mi imposición de manos, mi suspiro y mi saliva. Miren que es necesaria la Trinidad Santísima obrando en simultáneo para abrir la mente y el corazón de un hombre.

Tanto trabajo que se tomó el Señor no puede pasar desapercibido. No fue una cura-ción de palabra ni con un solo gesto sino que desplegó todo un rito.

Podríamos sacar de aquí la primera lección que nos haga sentir algo así: si para co-mulgar hay que celebrar la Eucaristía, para escuchar y predicar la Palabra hay que celebrar el Effetá, la apertura. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo instituir este sacramento (signo eficaz de la gracia)?

Lo primero que se me ocurre es que, al menos en mi vida, la apertura tiene que ver con esto de dedicarle la mañana de los sábados a la contemplación y de invitar a otros a hacer lo propio.
Se trata de darle un tiempo específico a la Palabra, de tratar de escuchar lo que dice el Evangelio de cada domingo, sin muchos agregados. Simplemente eligiendo la palabra que más me gusta y comenzando a charlar con el Señor desde mi situación de la semana, desde lo que me pasó y desde el pulso que le siento a la vida.

Me gusta pensar que esta gracia (a la que le abrí el oído en el 2001) tiene un presu-puesto: si no me considerara un sordo balbuciente no me presentaría ante el Señor cada semana para que me impusiera las manos y me abriera el oído y me permitiera soltar un poco la lengua.
Esto de “estar sordo” (o ensordecido), este convencimiento de que “si no obro mejor es porque no estoy escuchando bien a Jesús, es una gracia impresionante. La verdad es que es tan grande que no produce ni asomo de pudor compartirla. Por un lado porque es paradójico vivir como una gracia lo que es un defecto: que a uno Jesús le tenga que gritar “abrite” para que oiga. Y por otro lado porque lo decisivo viene después y consiste en si uno es fiel a lo que escucha (quizás por eso a veces uno se hace el sordo y como que no quiere escuchar).
Pero más fuerte que esto que dije es la reflexión de que la necesidad de una apertura especial de Jesús tiene como causa la magnitud de la Palabra misma. No es tanto que uno sea sordo sino que la Palabra es tan plena y la voz del Pastor tan hermosa que no hay apertura humana que la registre sino que se requiere una Apertura especial.
Lo que quiero decir es que por más oído absoluto que uno tenga, la música del Espíritu requiere unos audífonos especiales que pasan por los dedos de Jesús en nuestra oreja.
Así, ya en las puertas del año de la fe esta palabra “Abrite” es el preámbulo justo y necesario para inciarnos en este camino que nos propone el Papa Benedicto, cuya pasión por la Verdad es de todos conocida. Y este pasaje de Marcos puede ser la gran parábola para introducirnos al año de la fe: la liturgia, decía, que el Señor celebra para abrirle los oídos a este sordo y soltarle la lengua.
Sentirse sordo de esta Palabra tan especial (por haber sido en muchas ocasiones una de esas ovejas que escucharon su Voz y anhelarla tanto que todo lo demás es mudez) es la primera actitud a cultivar y la que lleva al primer rito: el de confrontarse con el Evangelio cada semana y dedicarle un tiempo de escucha atenta: de lectio, de meditación y de contemplación.

Otra manera de apropiarnos de esta liturgia puede consistir en imaginar cómo están presentes los gestos de Jesús en nuestra vida actual.

Abrirse
– Tengo una pesadilla espantosa Dr.
– Cuénteme amigo.
– Sueño que tengo una puerta delante con un cartel y empujo y empujo y no puedo abrirla y todas las mañanas me despierto agotado.
– Y qué dice el cartel?
– Tire.
El chiste puede servir para tratar de identificar dónde Jesús me está diciendo “abrite” y yo siento que no puedo. Quizás es que en vez de empujar tengo que abrir para aden-tro. O lo que es lo mismo, escuchar en vez de sentenciar, acoger al otro en vez de tratar que haga lo que yo le digo.
Muchas cerrazones vienen de hacer mal la fuerza: lo que se quiere abrir se cierra más.
Preguntar qué sentís en vez de responder rápido a lo que creí entender. Dejarte tiempo para que digas varias veces todo lo que te pasa antes de decirte lo mío…

Suspiritos
Cuando los chicos se confiesan, el suspirito es la señal de que ya está. Y cuando uno lo imita, se les suelta la sonrisa y es señal de que ya sintieron el perdón. El suspiro es una señal del Espíritu.

El maestro Fiorito tenía la gracia del bostezo. Te escuchaba atentamente sin decir na-da y de golpe se pegaba un bostezo maleducado que para el que conocía la clave era como la señal de que habías descargado lo que tenías que decir y de alguna manera misteriosa el Espíritu lo había resuelto. La charla terminaba con algún material para leer, pero afectivamente la señal del Espíritu había estado en el bostezo.

Hay abrazos paternos y maternales que provocan el suspiro de los hijos y uno siente que todo está bien.
Estar con el Evangelio “hasta que suspire” es otra clave. Una manera de expresar lo del “sentir y gustar” de San Ignacio. Cuando alguna palabra “suspira”, es señal de que la asimilamos: allí quedarse.

Del dedo en la oreja, el agarrar la lengua, la saliva y los ojos al cielo, no se me ocurre nada por ahora pero quedan picando. Ante quien te tapás los oídos, quién te cierra la boca, quien sentís que te escupe el asado y cuando aparece quién levantás los ojos al cielo… Por ahí, bajo forma contraria, cada uno puede meditar si al hacerlo con el pró-jimo no se lo estará haciendo a Jesús, y prueba, en vez de empujar, tirar, a ver si se abre.

Cerrar filas (Un pequeño excurso)
En el Hogar estamos atentos a los cambios de lenguaje en la gente que atendemos. De golpe aparecen planteos y reclamos de una justicia que en el momento nos des-conciertan…
El Jueves mientras se hacía la invitación al cine debate por los comedores una persona le reclamó a la coordinadora con muy malos modos diciendo algo así como:“y para qué hacen cine si queda gente afuera”. Cuando se le trató de explicar que no discriminábamos a nadie sino que como el espacio era limitado íbamos invitando hasta donde podíamos y dábamos prioridad a los que se habían quedado a otros debates…. , esta persona redobló su mal modo y siguió cuestionando: decía que a él no le importaba el cine pero que lo decía por los compañeros. Y hasta llegó a decir que la persona que le explicaba las cosas (con razones que para él se ve que como lo confrontaban las vivía como enojo) era el demonio el que la enojaba! Es muy significativo el hecho y sintomático de algo que se está desplegando potentemente en nuestra sociedad: demonizar al otro, gritar, no escuchar, enfrentar…
Hemos identificado que hay un nuevo discurso (en lo que hace a nuestro trabajo) que bajo el pretexto de defender los derechos de las personas en situación de calle avanza contra otros derechos, como el de hacer el bien a los que uno puede sin por eso estar obligados, como institución privada, a ayudar a todos. De golpe uno nota un lenguaje duro y nota a la vez que la persona que lo utiliza se muestra sorda a cualquier diálogo. Y hay que estar atentos y charlar mucho sobre cómo responder porque detrás de estos reclamos hay una ideología que busca ponernos en la vereda de enfrente de los pobres. Es la lógica del enemigo, que está de moda, y que provoca la tentación de confrontar. El reclamo de esta persona ante la invitación al cine-debate era responder allí: “y bueno, si no les gusta cómo hacemos las cosas, suspendemos el cine”. La tentación contraria al abrite es la de cerrar filas.
En medio de una discusión grupal puede que la cosa quede así planteada, entre pos-turas extremas antagónicas. Sin embargo, no todo es antagonismo en la sociedad. Después que pasó este primer turno de invitaciones y me contaron lo que había pasa-do, salí a la calle a ver cuántos se habían quedado a esperar por el cine y me conmovió ver la carita de tres o cuatro que estaban esperando en fila (el joven que nos había maltratado se había ido). Sentí que hay mucha gente que no habla, que no reclama, pero que con su presencia apoya las cosas que se hacen bien. Y que por ellos hay que trabajar. Y que vale la pena encontrar ese lenguaje común que exprese esta adhesión silenciosa de la mayoría al bien.
Hay más gente de la que uno cree que ha sido curada de su sordera y que habla co-rrectamente. Sólo hay que darles espacio para que se expresen y lugares de participa-ción.
Diego Fares sj