Domingo 22 B 2012

Donde haya un hueco en tu vida, llénalo de amor al Bien

Se reunieron ante Jesús los fariseos y algunos de los escribas que habían venido de Jerusalén y como vieron que algunos de sus discípulos estaban comiendo sus panes con las manos impuras, es decir, sin lavar (pues los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos hasta la muñeca, no comen, porque se aferran a la tradición de los ancianos. Cuando vuelven del mercado, si no se lavan, no comen. Y hay muchas otras cosas que aceptaron para guardar, como los lavamientos de las copas, de los jarros y de los utensilios de bronce y de las camas) le preguntaron:
─ ¿Por qué no andan tus discípulos de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen su pan con las manos impuras?
Y Jesús les respondió diciendo:
─ Bien profetizó Isaías acerca de ustedes, hipócritas, como está escrito:
‘Este pueblo me honra de labios, pero su corazón anda lejos de mí.
Y en vano me rinden culto, enseñando como doctrina los mandamientos de hombres. Porque dejando los mandamientos de Dios, se aferran a la tradición de los hombres’.
Y llamando a sí otra vez a toda la multitud, les decía:
─ Óiganme todos y entiendan: no hay nada que siendo externo al hombre, entre en él y sea capaz de contaminarlo; las cosas que contaminan al hombre son las que salen del (interior del) hombre. Si alguno tiene oídos para oír, oiga.
Cuando entró en casa, aparte de la multitud, sus discípulos le preguntaron acerca de la parábola (enigma). Y les dijo:
─ ¿Así que también ustedes están sin entendimiento? ¿No comprenden que nada de lo que entra en el hombre desde fuera le puede contaminar? Porque no entra en su corazón sino en su estómago, y sale a la letrina. Así declaró limpias todas las comidas. Y decía:
─ Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque desde adentro, del corazón del hombre, salen los razonamientos retorcidos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, los adulterios, el deseo avaro de tener más sin preocuparse por los otros, las maldades, el engaño doloso, la indecencia, el ojo envidioso, la difamación, la arrogancia del hacerse ver como superior a los otros y la locura e insensatez. Todas estas maldades salen de adentro y contaminan al hombre (Mc 7, 1-23).

Contemplación
Me llamó la atención la palabra que se utilizaba en tiempos de Jesús para expresar “lo que contamina” o “lo impuro”. Los judíos utilizaban la palabra “común” (koinos), en el sentido de lo ordinario, lo que no está “consagrado”, lo profano.
Es significativo porque da la sensación de que hasta en el lenguaje la pureza se les fue volviendo “ritual”, hasta el punto de transformarse en algo “especial”, separado de la vida común y corriente.
Y Jesús va por el lado contrario; Jesús apunta a santificar la vida cotidiana, apunta a hacer santo lo de todos los días, a que podamos “adorar al Padre en cualquier lugar en espíritu y en verdad”.
Por eso el Señor se preocupa en ayudarnos a discernir esta tendencia a querer “justificarnos” desde el exterior (o a creer que lo que contamina es lo de afuera).
El Señor centra la pureza en un amor sincero al bien que se traduce en obras buenas. Es decir: en una amor de corazón y con obras.

La lista de pecados que Jesús enumera es fuerte (el lenguaje duro del que se quejaban algunos discípulos el domingo anterior). Los fariseos plantean una discusión en torno a algo inofensivo, si se quiere, como es la cuestión de comer el pan sin lavarse las manos y Jesús saca a la luz una lista de pecados gravísimos que parten de los razonamientos torcidos y terminan en la locura.
Los pecados que Jesús destaca (y que no tienen nada de formal sino que son realidades terribles) deberían bastar para no creer que con algunas prácticas religiosas nos podemos salvar de quedar contaminados. El misterio del mal no se soluciona con ningún maquillaje ni con ningún tipo de negociación “políticamente correcta”. No es cuestión de “éticas de mínimos”, como se dice ahora.
Jesús propone un amor al bien que nazca del corazón. Y habla de una lucha sin cuartel a favor del bien y en contra del mal en todas las dimensiones de la vida. Hurtado decía: donde haya un hueco en tu vida, llénalo de amor.

Hoy en día muchos se burlan de lo escrupulosos que eran los fariseos –todos esos lavados de manos y prescripciones para la comida y el trato social-, y sin embargo, en nuestra época se repiten las mismas actitudes con distinto ropaje.

Hablar de pureza es hablar de aquello con lo que uno se justifica.
Hablar de pureza es hablar de coherencia, de buena intención, de honradez, de ser justo… Todas cosas que uno busca y reclama para sí.

Por eso puede ayudar hacernos la pregunta Y yo, ¿desde dónde me justifico?

En política, está de moda que el criterio para justificarse es el enemigo. Lo único real, dicen algunos, es tu enemigo. Esta lógica del enemigo es nefasta, contamina toda nuestra vida política actual. Nada más lejos del “trabajar por el bien común”.
Contra este criterio que lleva a mimetizarse con el enemigo y terminar siendo todos iguales, el Señor nos pone la parábola del trigo y la cizaña. Sabe que la cizaña la sembró un enemigo pero no reacciona “contra el mal” sino “a favor del bien”. El criterio último es cuidar el trigo, no “arrancar a toda costa la cizaña”. El criterio último es el amor al Bien por el bien mismo.

En la sociedad civil plural en la que nos movemos, asistimos a una curiosa forma de fariseísmo al revés. Hay un frenesí por legislar minuciosamente leyes que permiten todo e igualan todo, lo bueno, lo mediocre y lo malo.

A nivel religioso se dan diversas tentaciones de fariseísmo. La clásica es la que pone la pureza en el pasado y ve como profano todo lo actual. Como si en sí mismo fuera más puro el latín o la misa de san Pío X que la misa de Pablo VI.
Pero no es menos fariseísmo el que pone la pureza en el futuro, como si las supuestas cosas que la iglesia “permitirá” en el futuro volvieran impuras y obsoletas las costumbres vigentes. Curiosamente, ambos fariseísmos se lamentan por el presente: unos por los bienes que se perdieron y otros por los bienes que aún no se consiguen.
Lo que hace Jesús es centrarnos en el bien –que siempre se concreta en algún gesto y en alguna obra con nuestro prójimo aquí y ahora. Y si me animo a confesar que es de adentro mío, del mi corazón , que salen los razonamientos retorcidos, también me animaré a ver que de allí brota la fe y sus razonamientos correctos; y me consolaré sintiendo que mi corazón puede ser fuente de pureza, de generosidad, de cuidado de la vida, de fidelidad, de compartir, de ser bueno y sincero, decente; agradeceré que por la gracia del Espíritu mi corazón puede ser fuente de aliento para los demás de quienes es lindo considerarme servidor, con humildad y sensatez.
Animarse a asumir el mal, cada uno en la medida en que siente que participa de él con sus pecados, animarse a confesarlo y tratar de reparar no es un camino fácil. Lo lindo que tiene es que al mismo tiempo se interioriza el bien y uno se libera de esperar a que venga de fuera porque lo ama en su corazón. Y este amor tiene su recompensa en sí mismo.
La frase de Hurtado, fácil de practicar en todo momento, va en este sentido: Cuando haya un huequito en tu vida, llénalo con algún gesto de amor –de alabanza a Dios o de servicio al prójimo-. Confesar los pecados es algo parecido a “crear ese hueco”, es quedar vacío (en vez de estar lleno como un sepulcro blanqueado). Ese hueco bueno –ese vacío de autojustificación- atrae irresistiblemente al Espíritu, que nos plenifica y nos llena de amor al Bien.

Diego Fares sj

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.