Domingo 21 B 2012

El lenguaje de la comunión en la justicia

Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron:
– ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?’
Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo:
– ‘¿Esto los escandaliza?
¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero?
El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha.
Las palabras que Yo les he hablado son Espíritu y son Vida.
Pero hay algunos de entre ustedes que no creen.
Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían
y quién era el que le había de entregar.
Y decía:
– ‘Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí a no ser que le sea concedido por mi Padre’.
Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás
y no andaban ya en su compañía.
Dijo pues Jesús a los Doce:
– ‘¿Acaso también ustedes quieren marcharse?’
Le respondió Simón Pedro:
– ‘Señor ¿a quién iremos?
Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios’.
Jesús les respondió: ‘¿No los he elegido yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un diablo.’ Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce (Jn 6, 60-69).

Contemplación
“Es duro este lenguaje” y “andar en su compañía”.
Son las dos frases que me gustan para contemplar este último evangelio sobre la Eucaristía.
Simón Pedro sintetiza las cosas, sin duda por gracia del Padre, que lo hace ir hacia Jesús y adherirse a él con toda la fe de su corazón, diciendo: “Señor ¿a quién iremos?”, con quién más se puede “andar en compañía” sino con Vos, nuestro Amigo fiel, el que siempre nos busca, nos enseña y nos alimenta.

¿Lenguaje duro el de Jesús? Quizás suene duro a veces, pero Pedro y sus amigos saben que son “Palabras de vida eterna” y que sólo Jesús las tiene.
…….
Lenguaje duro.
Me resuena esta expresión porque hace cuajar varias experiencias de estos días en torno a la dureza de lenguaje.
Comienzo con mi propia dureza. Muchas veces me dicen que mi lenguaje es duro. Por el tono, por la vehemencia, porque mis palabras traslucen enojo, porque enuncio mis verdades muchas veces de modo que hacen sentir que descalifico los argumentos del otro… Hay algo de carácter, como le pasa a cualquiera, pero también algo que tiene que ver con mi trabajo. Como profesor de filosofía mi tarea es buscar y abrir camino a la verdad última. Y cuando alguien pretende quedarse en una verdad penúltima, como quien dice “bueno vos pensás así y yo pienso distinto”, ataco argumentando como perro que no suelta el hueso.
No es porque me moleste que otro piense distinto. Al contrario. Siempre busco con más interés al que piensa distinto que al que piensa igual. Lo que me impele a seguir discutiendo y profundizando es la convicción de que no es bueno mantener posiciones contrarias como si fueran lo mismo. Tarde o temprano, las diferencias teóricas se convierten en diferencias de vida. No acepto la postura postmoderna de que se puede convivir pensando distinto “sin dialogar”. Es más, allí donde las diferencias son notorias el diálogo debe ser permanente. El ámbito discutido tiene que estar permanentemente abierto. No debe ser objeto de “cerrarlo políticamente”. Esto, como verán, es altamente conflictivo. Crear espacios donde se pueda “discutir en paz”, donde los problemas más agudos no sean objeto de “chicanas políticas” para derrotar al otro, sino señal de que ahí hay algo importante para la vida, algo que no se resuelve con una o dos frases dogmáticas ni con una ironía ni con un voto mayoritario, algo que tiene que ser hablado todo lo que haga falta hasta que –fatigosamente- se vaya haciendo la luz para todos los que dialogan.
Los obispos le decían a los senadores y diputados que el debate sobre la vida, el matrimonio y la familia deben durar todo lo que sea necesario. No son cosas para resolver “urgentemente” de cualquier manera.
Para dejar esto abierto lo sintetizaría diciendo que la dureza para con las verdades “penúltimas” (y ni hablar para “las de cuarta”) es blandura y apertura común para con las verdades últimas. Y viceversa.
………..
Varios me dijeron que “el lenguaje de Liliana, la chica que la semana pasada me recriminó que no la hubiéramos atendido en el Hogar cuando estaba embarazada (me dijeron que el bebé que tuvo se lo llevó su marido, porque ella andaba en la droga) había sido muy duro. Y bien, aceptar ese lenguaje duro sin replicar en ese momento “existencial” del otro con argumentos “penúltimos” (formales), lleva a abrirse a la verdad última del otro, a su reclamo de compasión creativa, que, más allá de las leyes, encuentre la manera de ayudarlo y no le ponga excusas. Escuchar este lenguaje es duro. Porque habla de una comunión (una bandejita de comida) que el otro necesita en ese momento. Estar en comunión, andar en compañía, con Jesús pobre, en el mundo de hoy, es difícil. Porque nuestras mismas estructuras para ayudar y acoger, por la complejidad de los problemas sociales y personales, al mismo tiempo que ayudan a muchos, para otros no tienen respuesta en el momento en que el otro necesita y eso hace que se vivan como injustas o expulsivas.
Estar dispuesto a escuchar con respeto y en silencio muchos reproches como el de Liliana, es condición si uno quiere realmente ayudar. La fortaleza debe venir de otro lado: del Jesús resucitado que nos conforta para recibir al Jesús crucificado. A mí me ayuda pensar que hay reclamos que la gente no puede hacer en ningún lado y que sientan que se lo pueden hacer a un sacerdote es buena señal. Como los reclamos de los hijos a los padres: son signo de reconocimiento de la paternidad.
…………
Paso aquí a otro lenguaje duro de esta semana: el comunicado de los familiares de la tragedia de Once leído a duo, con el último aliento, por Paolo Menghini y María Luján Rey, los papás de Lucas. Así como para ellos dos fue durísimo leerlo al final de la jornada de “doce horas por la justicia”, es un acto de justicia leerlo entero.
El miércoles a la tarde, después del Hogar fui a Once y me acerqué a Paolo para darle la mano. Necesitaba acercarme, y en el breve diálogo, ya que era mucha la gente que lo requería, me dijo que a las 20 hs. iban a leer un comunicado y, bajito y yendo a atender a otro agregó: si querés acompañarnos…
Eran las cinco de la tarde así que me fui a terminar unos trabajos en la imprenta y a las 19 volví. No éramos muchos pero estaban todos los medios (que no publican todo el comunicado sino partes). El matrimonio Menghini-Rey lo leyó con lo que para mí, como aquella primera carta que mandaron a los medios, fue una verdadera oración ciudadana, de simples pero incansables ciudadanos, como se definen ellos al final:
“Así, entre todos, inclaudicables, fuertes, invencibles, sin banderías políticas y como simples pero incansables ciudadanos llegaremos al momento de ver a los responsables bajo el peso de su condena. Gracias por acompañarnos.”

Digo que hay que leer el comunicado porque nuestros oídos están necesitando de ese aire fresco que tienen las palabras verdaderas dichas por simples ciudadanos. El comunicado es un modelo de cómo hablar sin violencia ni verbal ni material, con la palabra clara y firme de quienes tienen todo el tiempo de su vida para luchar por la justicia:
“Tenemos todo el tiempo de nuestra vida para luchar por justicia, por más que se extiendan los plazos aquí seguiremos, recordando a la sociedad que este caso tampoco habrá ni olvido ni perdón. La cara visible de la corrupción es la muerte, y su cómplice es el silencio. Por eso estamos acá, para no callarnos, para proponer cambios, siempre desde las palabra firme y clara y nunca usando la violencia, ni verbal ni material”.

El comunicado es una llamado a la comunión en la lucha por la justicia:
“De ese modo, siempre serán bienvenidos, como han sido bienvenidos hoy todos ustedes para compartir estas 12 horas por justicia, que se replican en cada minuto de cada día, que se sostienen en cada paso que damos en conjunto, creyendo siempre que tenemos la obligación de apoyarnos unos a otros, que no hay cambio posible sin la unión, sin el esfuerzo y el compromiso”.
Los familiares acotan bien su pedido de justicia en el caso puntual que les atañe personalmente y que involucra a personas y estamentos empresariales y estatales bien precisos. Así, aspiran a sumar a todos, cada uno desde su puesto de lucha y de trabajo por la justicia. El comunicado es todo lo contrario del lenguaje abstracto de muchos políticos y también del lenguaje de quienes se ven superados por su dolor y reparten culpas a diestra y a siniestra. En este caso se nota mucho trabajo de los familiares de ser ellos mismos justos aún con los injustos.
Creo que en una sociedad llena de lenguajes duros que hieren y excluyen, este de los familiares de la tragedia de Once es el más parecido al de Jesús. La dureza es que busca, interpela, exige “comunión”. Y comunión no negociable, comunión en la lucha por la justicia. El “si querés acompañarnos” y el “gracias por acompañarnos” –dichos bajito y a voz en cuello- requieren corazones como los de Pedro, que digan “señores, si no, a quién iremos”, de qué otras palabras nos alimentaremos en la Argentina de hoy.
Los familiares ya han juntado cien mil caras por la justicia. Faltan 400.000 (Juan Carr dijo que faltaban 39.900.000 caras). Creo que hay que sacarse la foto, aunque sea con un cartel hecho a mano, como hicimos en el Hogar, y mandárselas. Los que han perdido la mirada de sus seres queridos necesitan ver nuestra cara. Para que el salir todos juntos apretaditos en esos carteles gigantes, sea fruto de una opción de comunión y no de un amontonamiento obligado y anónimo como en el tren.
Diego Fares sj

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