Domingo 15 B 2012

De dos en dos y sólo con un bastón

Jesús recorría los pueblos de los alrededores enseñando a la gente.
Entonces llamó junto a sí a los Doce y los envió de dos en dos
dándoles poder sobre los malos espíritus.
Y les ordenó
que no tomaran nada para el camino
sino sólo un bastón;
ni pan, ni mochila, ni monedas en la faja;
sino que se calzaran sandalias
y que no vistieran dos túnicas.
Les dijo:
‘Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir de ese lugar.
Y si en algún lugar no los reciben
y la gente no los escucha,
al salir de allí,
sacudan hasta el polvo de sus pies
en testimonio contra ellos’.
Entonces ellos salieron a predicar exhortando a la conversión;
expulsaron a muchos demonios
y curaron a numerosos enfermos ungiéndolos con óleo (Mc 6, 7-13).

Contemplación
De dos en dos y sólo con un bastón. La imagen de los apóstoles así enviados es una imagen llena de dinamismo evangélico: en el corazón el anuncio y la mirada puesta en el camino.
¿Y en qué consiste la misión? Hay que leer bien y mirar la escena del envío una y otra vez, en cada evangelista, para darle al evangelio la oportunidad de sorprendernos, de ser “buena nueva”, hoy, para nosotros.

Lo primero que resalta en el pasaje, si uno quiere ver bien de qué se trata el envío es, por tratar de decirlo de alguna manera, un freno a toda interpretación funcionalista y un movimiento inverso que tiene una fuerza irresistible: el pasaje del envío en Marcos nos retrotrae a Jesús.
Si uno lee bien en Marcos, sorprende un poco que Jesús no les dice “a qué los envía”. Lo deducimos por los últimos versículos, en los que describe lo que dijeron y lo que hicieron –exhortar a la conversión, expulsar demonios y ungir con óleo a los enfermos-.

Cuando uno envía a un cadete sigue el movimiento del evangelio –lo llama, le dice: “Vení un momentito”, pero inmediatamente agrega: “llévame esto a tal parte y decile a fulano…”-. Uno lo acerca al otro pero para hacer hincapié en lo que tiene que hacer. Lo que le interesa es que el sobre o la plata llegue rápido al otro.

Mateo sigue esta lógica: dice que Jesús “llamó a los Doce y les dio autoridad sobre los espíritus impuros…” y señala inmediatamente el fin práctico “para expulsarlos y para curar toda enfermedad y dolencia” (Mt 10, 1 ss.). Lo mismo hace con las instrucciones, además de dar las órdenes sobre lo que no hay que llevar, explicita el mensaje positivo: “proclamen que el reino de los cielos está cerca, curen enfermos, resuciten a los muertos…”.
Lo mismo hace Lucas: “Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar (Lc 9 1 ss.).

Marcos en cambio no menciona el para qué y se detiene prolijamente en la descripción de lo que no tienen que llevar –ni pan, ni mochila, ni monedas en la faja… solo sandalias, no más de una túnica…- y en cómo tienen que actuar con los que los reciben y con los que los rechazan. Estos dos largos párrafos y la corta mención de lo que hicieron –exhortaron a la conversión, expulsaron demonios y sanaron enfermos- nos retrotrae (si uno quiere detenerse a contemplar qué es lo que Marcos considera esencial en la Misión) al primer párrafo.
Y allí cobra fuerza lo personal: Jesús los llamó junto a sí y los envió de dos en dos dándoles autoridad.
El que los llama junto a sí es un Jesús que ha salido a recorrer los poblados y pasa el día enseñando a la gente personalmente. Un buen día se para y en vez de salir Él los envía a ellos. En vez de andar ellos tras Él siguiéndolo y mirando cómo enseña, ahora Él se detiene, los envía y espera a que vuelvan “a contarle lo que han hecho” (Mc 6, 30).
Esta dinámica se repite al final del evangelio de Marcos “que termina de manera inesperada” como dice el Libro del pueblo de Dios, “y por eso se le agregó una conclusión a manera de resumen”. Pero no es quizás tan inesperado el final si uno se fija en lo que resalta Marcos al dejar cosas sin explicitar. Así como los apóstoles “salieron” enviados por Jesús, así “salieron” las mujeres del sepulcro, enviadas por el ángel: “vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo”. Este “lo verán como les dijo” no solo se refiere a una predicción puntual del Señor sino que puede indicar también un “modo de verlo y de contemplarlo resucitado en toda su vida”, cosa que se da a entender en esto de volver a Galilea, a los comienzos, a descubrir a Jesús resucitado releyendo todo el evangelio.

La dinámica de Marcos es la de la misión: Jesús envía y por el camino se va explicitando a qué envía. Jesús envía y se adelanta a esperar. En el medio está la misión, pero a Marcos le importa menos explicitar lo que hay que hacer que centrarnos en este Jesús que nos llama junto a sí, nos envía y nos espera a que volvamos a El (vengan también ustedes a descansar un poco -Mc 6, 30).
Contemplado así, quizás no sea tan “inesperado” el final de Marcos. De hecho llevó a la comunidad a “completar lo que faltaba haciendo un resumen de todos los evangelios”. Vemos cómo intuitivamente el movimiento de la narración, terminada abruptamente, hace que uno se retrotraiga a lo anterior y se abra a otras narraciones.
¡Genialidades narrativas del evangelio! diría Borges.

Cobra también importancia lo personal –el de dos en dos y lo de la autoridad- al no explicitar el mensaje y al insistir en lo que no hay que llevar. Jesús suma personas y resta cosas. Pensemos en todo lo que suscita este ir de a dos sin tecnología y sin mucho plan pastoral. Dos que caminan juntos, dos que se entienden, dos que concuerdan y actúan sin “dividirse el trabajo”. Hay todo un mensaje aquí contra la tentación del individualismo, del rodearnos de cosas y tareas que nos alejan del poder compartir el camino con otros por cuestiones de agenda. Apóstoles que somos como planetas que se tocan y salen disparados como bolas de billar, cada uno atraído por su órbita y sin poder entrar armónicamente en la del otro.
Detrás y en el fondo de este “de dos en dos” está el “de a dos” de Jesús y el Padre: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21). En un envío despojado de medios y de contenidos teóricos y de actividades para realizar, se destaca esto personal de a dos y en comunidad (los Doce) que es el corazón de la misión. El ir de a dos –dentro de una comunidad de Doce- necesariamente remite a Otro, que se da el lujo de no dividir a los pocos que tiene porque no quiere tanto que realicen un trabajo como que den testimonio de un Amor especial. Lo dice Juan en su carta: “nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9-14).
En el último encuentro de los Consejos Administrativos de Manos Abiertas en Alta Gracia, una experta en Movilización de Recursos nos hizo hacer nuevamente el ejercicio de “definir” Manos Abiertas y hacía notar que nos resultaba difícil lograr una única definición concisa. El objetivo de los que tratan de obtener recursos es poder transmitir un mensaje claro y atrayente a otro en lo que dura un viaje en ascensor. La dificultad para definir bien el qué y el para qué y todas esas cuestiones de misión y visión, se daba, sin embargo en un contexto y con una intensidad especiales. El padre Fernando hizo notar la “pasión” con que tratábamos de definir y con que poníamos manos a la obra en Manos Abiertas. Yo le pregunté a la expositora si notaba alguna diferencia con las reuniones que hacía con empresarios y me dijo “Sí. Ustedes están aquí tres días porque quieren y eso se nota por la alegría”.
La pasión por ir definiendo el mensaje y la tarea en el camino y la alegría de estar juntos hacen a la esencia de la Misión de Jesús. El “qué” lo van dando el Espíritu y la realidad.

Diego Fares sj

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