Domingo 14 B 2012

Caridad con los ojos

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban.
Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga
y los más de los que lo escuchaban estaban asombrados y decían:
-¿De dónde (saca) este estas cosas? y ¿qué es esta sabiduría que le ha sido dada? ¿y estos milagros que se realizan por sus manos?
¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros?
Y se escandalizaban de él.
Jesús les dijo:
– No hay profeta deshonrado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa.
Y no podía obrar milagro alguno,
salvo que curó a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos.
Y él se admiraba de su incredulidad.
Y recorría las aldeas en torno enseñando (Mc 6, 1-6).

Contemplación
La admiración. Los paisanos de Jesús se asombraban de él, de su sabiduría y de los milagros que realizaban sus manos de carpintero. Se asombraban de que Alguien como Él hubiera vivido en medio de ellos, de que María su madre y sus parientes fueran sus conocidos… Se asombraban con un asombro que los llevaba por el camino del escándalo.
Jesús también se admiraba, pero de su incredulidad.

Pensaba ¿qué cosas nos resultan admirables? Como sociedad, digo.
Lo primero que me viene a la mente son los deportistas y los artistas. Es admirable ver jugar a Messi, por ejemplo, esa visión del lugar justo para poner la pelota y la velocidad con que lo realiza. Las proezas físicas son inobjetables. Esta palabra, “inobjetable”, se junta con “admiración” y nos hace ver que son pocas las cosas admirables para todo el mundo.
Admiramos a los músicos. Es admirable “ver” tocar a alguien y no sólo escucharlo. Ver tocar produce admiración. Nos causa admiración también la tecnología, los avances de la ciencia… La “partícula de Dios”, invisible como Él, que desaparece rápido pero es la que le da consistencia (masa) a todo lo demás y su huella está presente en toda la creación…
Admiramos también la valentía, la generosidad… Cuando alguien se juega por salvar la vida a otro. Cuando se trata de gestos así, sentimos la exigencia y la necesidad de dar nuestra aprobación expresa, del aplauso, la adhesión y la defensa si alguien menosprecia lo heroico y desinteresado.
Admiramos también la constancia de las personas que perseveran en lo bueno a lo largo de toda una vida. Esos cinco millones de voluntarios que se dan silenciosamente a los demás en la Argentina.
Nos resulta digna de admiración la capacidad de sufrir de mucha gente, la lucha por sobrevivir, la lucha contra la enfermedad y la muerte.

Aquí diría que la capacidad de admirar –a quién admiro- dice mucho acerca de mí, de qué clase de persona soy. En una segunda lectura eso fue lo que me tocó de este evangelio. A los paisanos de Jesús les escandalizó que él fuera uno de ellos, que hu-bieran compartido la vida sin darse cuenta a Quién tenían al lado!!! Se escandalizaban de sí mismos: no podían aceptar no haberse dado cuenta. Por eso digo que la admiración dice mucho de uno mismo.
La contracara de la admiración es esa tendencia chabacana del medio ambiente que consiste en desvalorizar casi todo. Se gasta mucho espacio en desprestigiar y en con-tradecir, en relativizar y en ningunear. Y también en defenderse de estas actitudes.

Jesús no gastó mucho tiempo en defenderse, pero dejó claro que lo estaban despres-tigiando y poniendo en tela de juicio y que eso sólo sucedía entre pares. Lo cual habla de envidia, que es un sentimiento hacia el cual puede desviarse la admiración. Porque a esta altura está claro que para envidiar primero hay que admirar.

La admiración a todo lo que es hermoso y bueno y recto es una forma de caridad con los ojos. Y la envidia es el pecado del ojo malo, torcido, de la mirada mezquina.
Vemos así que la admiración tiene como dos momentos: el primero es inevitable. No se inventa uno a quién admirar sino que lo admirable irradia por sí mismo su bondad y su belleza y por eso es irresistible el primer impulso de admiración. El segundo mo-mento es fruto de una decisión: uno elige admirar, perseverar en la admiración, cultivarla o no.
Aquí es donde la fidelidad a lo que espontáneamente suscitó nuestra admiración habla de nuestra calidad como personas.
Porque la admiración declarada compromete.
Es por eso que muchas veces uno pone entre paréntesis la admiración. No se puede admirar y no convertirse en seguidor de aquel a quien admiramos.

Aristóteles decía que “la admiración es el comienzo de la filosofía”. El comienzo de un tipo de reflexión abierta a mirar las cosas en su grandeza y esplendor.
No es la mirada interesada del que busca rapiñar sino la mirada desinteresada del que reconoce su ignorancia y quiere aprender. Para admirar bien hay que cultivar la humildad y rechazar la envidia.
En este sentido la admiración es también el comienzo de la fe. La confianza en otro implica una dosis de admiración. El niño confía en su padre porque ve que sabe y que puede. Uno confía en sus amigos porque admira su lealtad, sabe que pase lo que pase se las arreglarán para estar y ayudar. La fe no es para nada ciega. La fe supone que uno se ha visto atraído por el don del otro, por algo muy valioso y digno de admiración, algo que quizás no esté muy reflexionado pero que es poderosamente atractivo. Cuando uno cree en alguien, como la gente que creía de corazón en Jesús, es porque lo admira: admira su bondad, su veracidad, su nobleza… Virtudes todas estas que están incluidas en los milagros físicos. La gente sencilla admiraba a Jesús no como un mago sino como alguien Bueno que desplegaba su bondad no solo en milagros sino en todos los gestos de su vida. La admiración incondicional de los sencillos habla muy bien de ellos. Les encantaba que Jesús fuera uno de ellos. Por eso lo admiraban: lo miraban con amor en los ojos y esa admiración les encendía la lucecita de la fe y lo seguían a todas partes y se adherían a él.
Antes de ayer, en medio de un día con mucho ajetreo en el Hogar, me avisaron que estaba abajo un señor al que yo le había dicho que pasara cuando quisiera. Esperó un rato a que terminara de atender a otra persona y… tuve el gusto de conocer personalmente a Antonio. No venía a pedir nada sino a contarme algo y estaba un poquito nervioso, como me confesó, porque se trataba de una experiencia espiritual. Como que no es muy habitual para uno que trabaja en la metalurgia venirse de José C. Paz a contar algo que le pasó hace un año o más (no me acuerdo cuánto) y que se le quedó grabado. Para hacerla corta, me dijo, fue al grano y me contó que había leído una de estas contemplaciones en la que “ud. decía que a veces uno siente la impotencia ante una situación en la que no se ve que se pueda hacer nada pero si uno se acerca y mira a los ojos a la otra persona ella misma le dice lo que puede hacer. Y resulta que yo iba pensando en eso esa mañana y al salir de una estación de servicio veo una persona que estaba como recostada en el suelo (era un chico con síndrome de down) y una chica a su lado que trataba de levantarlo. Seguí de largo y a los pocos pasos me dije si yo leí esto no puedo pasar de largo y me volví. Le pregunté a la chica si los podía ayudar en algo y me dijo no gracias señor, es mi hermanito que a veces se pone así y me hace quedar un rato pero después se levanta. Yo me había inclinado un poco y en eso el chico down me mira a los ojos (él me miró a mí) se pone de pie y me regala una sonrisa así de grande y me saluda y se va con su hermanita. Yo me quedé conmovido y eso se me quedó en la cabeza y se lo tenía que venir a contar. Mi señora me decía qué le vas a decir al padre, pero yo se lo tenía que contar”.
Confieso que se me llenaron de lágrimas los ojos ante lo que me contaba Antonio, porque me hizo sentir que ese chico era Jesús que le había sonreído y los dos nos dábamos cuenta de que esas son gracias que hay que compartir. Cosas admirables de todos los días, gente que muestra la calidad de persona que es al contar lo hechos que, en medio de la vida cotidiana, les causan admiración.
Diego Fares sj