Domingo de Pentecostés B 2012

Se puede perdonar

Al atardecer del Domingo
encontrándose los discípulos con las puertas cerradas
por temor a los judíos,
vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:
‘La paz esté con ustedes’.
Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.
Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo:
‘La paz esté con ustedes.
Como el Padre me envió a mí,
Yo también los misiono a ustedes’.
Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:
‘Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen
y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

Contemplación

“Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen.”

Leyendo a Guardini, lo que dice del Espíritu Santo al final de su libro “El Señor”, me quedé gustando un enfoque suyo nuevo para mí.
Guardini dice algo así como que “hay una forma nueva de ser en el mundo que se suscita gracias a Jesús y que el Espíritu vuelve posible”.
Jesús, con su manera de ser, mostró que es posible amar al prójimo como a uno mismo. Abrió en el corazón de los hombres el deseo de ser así, como Él. Y al mismo tiempo, como bien mostraban los discípulos cada vez que le preguntaban a Jesús cómo podía ser posible una manera de vivir así, tan abierta y generosa, tan radical, Jesús se ocupó de dejar bien claro que “para los hombres, esto es imposible”. Pues bien: el Espíritu hace posible esta manera de vivir en cristiano. ¿Y cuál es la nueva manera de entender esto, de la que hablaba? Que se puede entender no en clave de un deber sino de una posibilidad.

Tomemos el ejemplo del perdón de los pecados. Jesús dice “Reciban el Espíritu Santo”, e inmediatamente agrega: “los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen”.

A veces uno pone el acento en “yo, si soy cristiano, tengo que perdonar”. Y mucha gente se sincera y dice: “Padre, no puedo perdonar”. Desde la perspectiva de hoy no sólo no está mal “sentir esta imposibilidad” sino que es lo más cristiano: “Desearía perdonar y constato que no puedo y, en vez de angustiarme, recibo en este lugar de mi corazón la ayuda del Espíritu Santo”.
Jesús reafirma este deseo de perdonar, que él mismo sembró en el corazón del mundo y reafirma también que es imposible para el hombre realizarlo.
Aquí es donde radica toda su obra, que consiste en “enviar el Espíritu Santo para el perdón de los pecados”. El Espíritu es el que hace posible el perdón.

¿Qué quiere decir uno cuando dice: “no puedo perdonar”?. Quiere decir: lo deseo pero luego, en la práctica, veo que no es posible en plenitud. Muchas veces el rencor se vuelve a apoderar de la situación. El enojo del otro o mi herida se reabren y se produce de nuevo un alejamiento o una ruptura, o queda algo de distancia… Las relaciones se enfriaron de tal manera que no es posible restablecer un trato cálido, volver a confiar. El perdón es a veces un buen deseo y hay momentos en los que, realmente, se da un paso adelante: se vuelve a charlar, se explican las cosas, hay más comprensión del problema…, pero pareciera que siempre queda un sentimiento de fondo de que las cosas nunca volverán a ser como antes. Humanamente la realidad de la vida va por este lado. Hay infinitos matices en cada intento de reconstruir lo que el pecado rompió. Infinitos matices que lo que logran, en muchos casos, es volver más visible el jarrón que se rompió y no se puede volver a recomponer sin marcas y parches.

Ahora bien: eso es justamente lo que Jesús discierne como el problema más hondo del ser humano y allí envía al Remedio Santo: el Espíritu que hace posible perdonar y vivir en este ámbito suyo que es el del perdón.
Cuando uno perdona (como puede, con los sentimientos que le salen y las palabras que logra expresar, con todos sus miedos y peros…), cuando uno perdona, el Espíritu perdona.

El Espíritu perdona de manera tal que se hace realidad lo que expresa el hermosísimo himno gregoriano: el Espíritu “lava lo que el pecado manchó, riega la tierra que quedó árida e infe-cunda, sana las heridas (las famosas “heridas”, objeto de tantas dinámicas de in-trospección… el Espíritu es capaz de sanarlas para siempre, de convertir lo que supura en cicatriz, sana y gloriosa, señal de que se luchó y se recibieron golpes, pero ya no son más algo que infecta el presente y empaña el futuro). El Espíritu flexibiliza posturas rígidas, posiciones tomadas, y vuelve posible dialogar de nuevo. Y si se ha perdido el deseo y el fervor, Él calienta lo que está frío. Y si se ha errado malamente el camino, el Espíritu endereza los senderos del que está extraviado y encamina de nuevo las cosas por el buen camino. ¡Es tan verdad que “sin su ayuda no hay nada en el hombre, nada que sea bueno!”. Pero con ella, con su gracia, todo se transforma: el cansancio se pasa, hay consuelo para el llanto y alivio en el sufrimiento.

Ese es el mensaje, esa es la Buena Nueva de Pentecostés: no es que se deba perdonar, es que se puede! Se puede perdonar porque hay Alguien que inmediatamente repara todo y consolida el nuevo espacio del perdón –ofrecido y aceptado- y crea las posibilidades para comenzar de nuevo.
La Iglesia vive del Perdón. Es comunidad de gente que se confiesa sus pecados y recibe constantemente la gracia del perdón personal. Gracia que la lleva a aceptar a los demás como perdonados también y a perdonar en la medida que le toca y le corresponde hacerlo personalmente.
Se puede perdonar porque, cuando entre dos o más se perdonan o abren un ámbito de relaciones en las que está incluida la posibilidad del perdón, Jesús y el Padre envían allí al Espíritu que consolida ese espacio y lo hace vivible con paz y alegría.
Se puede perdonar, es más, perdonar se vuelve una tarea específicamente cristiana, porque hay una Persona de la Santísima Trinidad abocada íntegramente a propiciar y a bendecir esta actitud cristiana.
El Espíritu se derrama abundantemente sobre aquellos que perdonan, que piden perdón, que se abren siempre más a perdonar y que se animan a crear instituciones donde el perdón es la moneda corriente.
Allí donde sentimos la necesidad del perdón –de recibirlo y de darlo- invocamos al Espíritu diciendo:
Ven, Espíritu Santo,
y envía del Cielo
un rayo de tu luz.
Ven, padre de los pobres,
ven, dador de gracias,
ven luz de los corazones.
Consolador magnífico,
dulce huésped del alma,
su dulce refrigerio.
Descanso en la fatiga,
brisa en el estío,
consuelo en el llanto.
¡Oh luz santísima!
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.
Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea bueno.
Lava lo que está manchado,
riega lo que está árido,
sana lo que está herido.
Dobla lo que está rígido,
calienta lo que está frío,
endereza lo que está extraviado.
Concede a tus fieles,
que en Ti confían
tus siete sagrados dones.
Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales la felicidad eterna.
Diego Fares sj

Domingo de la Ascensión B 2012

El colaborador Jesús

Jesús dijo a sus discípulos:
«Vayan por todo el mundo,
anuncien la Buena Noticia
a todas las creaturas.
El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodi-gios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y ha-blarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»

Después de decirles esto,
el Señor Jesús
fue llevado al cielo
y se sentó
a la diestra de Dios.

Ellos partiendo de allí
predicaron por todas partes,
colaborando el Señor
y confirmando la Palabra
con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20).

Contemplación
Seguimos con el “oficio” del Señor. Marcos nos dice que luego de la Ascensión a lo más Alto de la intimidad sagrada del Padre, eso que llamamos “el Cielo”, desde donde ambos nos envían su Espíritu Santo, el oficio del Señor Jesús consiste en “colaborar” con los que envía a anunciar la Buena noticia a todas las creaturas. Jesús colabora y “confirma” la Palabra con signos.

¡Qué lindo “titulo” para el Señor: colaborador!
Los así llamados “Títulos de Cristo”, los más grandes, se suelen tomar de las ve-ces que el Señor dice “Yo soy” –el Hijo de Dios, la Luz verdadera, el Buen Pastor, la Vid verdadera, la Vida, el Señor…-. Este título escondido (no está, creo en las listas que ponen más de cien), es un título más humilde, tomado de un verbo –co-operar, colaborar sinérgicamente-.
Tiene relación con la definición que da el Señor de sí cuando dice que “Él no ha venido a ser servido sino a servir”.
Pero colaborar va más allá, es servir con otros, ayudar en la tarea de otros… “Ellos Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor y confirman-do…”.
Se trata de uno de esos oficios “escondidos” que el Señor se reservó para sí.

Esto del “oficio” que San Ignacio nos descubre, es como para abrir los ojos a un Jesús nuevo.
Es curioso cómo la lectura de este pasaje de Marcos ha suscitado toda una icono-grafía del Señor sentado a la diestra del Padre pero no hay “imágenes” de Jesús “colaborando”. Por supuesto que en Jesús todo es uno y su “estar sentado a la diestra del Padre” es un “estar intercediendo por nosotros”, un “estar activo, activí-simo”, que consiste en “estar enviándonos su Espíritu” para que nos asista en todo momento, pero me parece que no le hace justicia, luego de tanta encarnación y de tanta pasión, esta imagen como de uno que ha llegado a la meta y se sienta en su trono glorioso a descansar y dirigir todo desde arriba.

Me gusta más la imagen del Señor “colaborando” (el de Teresita que se quiere “pasar su cielo haciendo el bien aquí en la tierra”). Es decir, la imagen de un Je-sús no sólo abocado a la tarea de interceder ante el Padre, sino metido en la cocina de la historia, colaborando codo a codo con los suyos que están metidos en la tarea de servir a los demás. Los que están en las “tareas esenciales” como decía uno de los curas villeros, en el sentido de que en la villa todo es cuestión de vida o muerte.
La frase de Hurtado, “qué haría Cristo en mi lugar” a veces me asustaba un poco (más bien mucho) porque la sentía como “juzgando” mis pobres acciones desde una caridad perfecta y sin descanso.
Al rezar ahora la siento de otra manera.
Imagino más bien que ese Jesús incansable, que iba siempre delante de los discípulos y que cuando ellos se rendían Él se quedaba enseñando a la gente o repartiéndoles el pan o que se levantaba tempranito a rezar, era Jesús en su vida terrena, realizando su tarea específica de sembrar la semilla de la buena nueva y de dar su vida para redención de nuestros pecados. El Jesús que ha entrado en el Cielo de la Intimidad del Amor con su Padre, es un Jesús con otro ritmo: más que con ritmo de protagonista único con ritmo de colaborador.
Por tanto: ¿qué haría Jesús en mi lugar hoy? ¡Colaborar! Nada de heroico aislado. Colaboración humildita, alegre y trabajadora.

Se puede leer desde aquí aquella frase del Señor de que nosotros “haríamos obras mayores que las suyas”. Esto, que en general uno no se lo cree, es quizás por no entender bien el rol de Colaborador del Señor. Con su Colaboración, la Iglesia, hace obras mayores de las que hizo Jesús sólo durante su vida terrena. Sigue siendo Él el que está activo y creativo, pero lo está como colaborador.

Tenemos que acudir a nuestras experiencias lindas de trabajar con y como cola-boradores en nuestras obras. Se me agolpan muchas imágenes como un rebañito de ovejas que se acercan a la mano del pastor. A ver si las ordeno.

La primera es la imagen linda del que se ofrece “para colaborar en lo que haga falta”.
Me pregunto ¿Por qué es tan fuerte recibir a alguien consolado por el Espíritu que manifiesta su deseo de colaborar? ¿Por qué siempre nos conmueve?
Y bueno, es que mirado desde este evangelio, no es sólo porque sentimos allí una moción del buen espíritu sino porque es Jesús mismo “nuevamente encarnado” como dice Ignacio que lo tenemos que contemplar, que viene a nosotros y se nos ofrece para colaborar.
La imagen de Jesús en el que “tiene hambre” o “está enfermito”… no es la única.
Imaginemos un juicio final así:
“Y el Colaborador les dirá:
vengan benditos de mi Padre, a recibir el Reino
que les fue preparado desde el comienzo del mundo.
Porque me ofrecí para colaborar con ustedes
y me dieron un lugar y una tarea.
Y los colaboradores le preguntarán:
¿Cuándo Señor te recibimos como Colaborador?
Y Él les responderá: Cada vez que aceptaste la colaboración
del más pequeño de mis hermanos
y colaboraste con él y él colaboró con vos,
yo colaboré con ustedes”.

La otra imagen linda es la del que abre espacios de colaboración. Nuestras obras, hogares, casas, grupos, no son sólo lugares para “recibir a Jesús en la per-sona del que sufre” sino también lugares para “recibir a Jesús que colabora y colaborar juntos con Él”.
Con la colaboración de Jesús “se colabora” o “no se colabora”.
No es cuestión de palabras sino de amor en acción, y acción colaborativa, sinérgica.
Aquí lo que cuenta, más que la idea abstracta, es la idea realizada efectivamente y en tiempo real con los límites y las sorpresas que tiene cada día.
Por eso, decía, la imagen linda de Jesús colaborador está en las personas que convocan a que creemos espacios de colaboración.
Estos espacios no son “perfectos” como lo que se pone en los papeles sino luga-res reales y vivos. Perfectibles, por tanto, con la colaboración de todos.

Lo que quiero decir es que los lugares de colaboración son para colaborar. No para discutir o juzgar como desde afuera. Cada uno puede elegir el suyo, pero en alguno hay que colaborar. Si no, nos perdemos la colaboración de Jesús. Quizás no nos perdamos su presencia eucarística, su perdón en la confesión, su “ser ayudado” en los necesitados…, pero nos perdemos su colaboración que sólo se da allí donde colaboramos con otros.

Como ven, la reflexión va a contrapelo, frenando para que no se nos vaya la ima-gen de Jesús en una sola dirección.
Si Jesús está “colaborando” de verdad, como nos dice Marcos, tengo que verlo, o mejor, tengo que sintonizar con él en la acción que realizamos con los otros co-laboradores.
¡Jesús no colabora sólo conmigo!
Co-labora con los que co-laboran.
“Donde hay dos o tres colaborando en mi Nombre yo estoy colaborando con ellos”. (¿Hace falta agregar “Donde una labura cortándose sólo yo no colaboro con él”?).

Es medio obvio lo que digo, y sin embargo…

Un “No colaboro” dicho por el Señor quizás no signifique “no confirmo tu trabajo” o “no lo bendigo”. No, porque el Señor no quiere que se pierda nada de lo bueno que hago.
Quizás sea que al que se corta solo el Señor se lo permite e incluso bendice su tarea para que haga bien, pero “no colabora con él”.

¿Cuál sería la diferencia?
Al que pregunte esto yo no le explicaría mucho.
Si uno no siente la diferencia entre algo que uno hizo solo y algo que uno hizo colaborando con los demás y en lo que Jesús colaboró, hay que esperar a que reciba la gracia.
La alegría que se siente cuando algo realizado es “todo de todos, con lo único y personal de cada uno, gracias a la colaboración de Jesús” es una alegría muy especial. Es todo de todos y todo de cada uno “inconfuse et indivise”.

Una última reflexión. Este oficio de Jesús nos hace buscarlo y encontrarlo en otra dirección que la “cultual”. Así como “el estar sentado” es una imagen “captable”, que se puede pintar y contemplar, también lo de “ver al Señor en los necesitados” tira para el lado de la visión. Y así como hay gente que se goza en la contempla-ción del Señor en el culto y “lo ve” en la liturgia y tiende a buscarlo allí donde “se aparece”, hay también gente que “ve al Señor en los pobres”. Lo cual está muy bien si esta tendencia humana no se absolutiza y si se complementa el ver con el obrar. Este quedarse en el “ver” tiene sus tentaciones. Una es la de “hablar de los pobres” con un lenguaje que marca distancias y diferencias. “Nosotros” tenemos que hacer opción por “ellos”. A algunos teóricos de la pobreza ni se les ha ocurrido nunca preguntarles a personas concretas en situación de pobreza que opinan de que uno “haga opción por ellos”. Los que van a vivir y a trabajar realmente con las personas más necesitadas suelen tener un lenguaje más humilde. Estamos colaborando entre todos para mejorar nuestro barrio…

Al Señor no sólo hay que contemplarlo sino que hay que “colaborar con él”. Y en la colaboración no se lo “ve” sino que se lo siente al lado, colaborando, con-firmando, ayudando, uniendo, abriendo caminos y corazones, creando obras, instituciones, redes, modos de trabajo, prácticas sanadoras, acciones eficaces, cauces de participación, ámbitos donde todos se sienten protagonistas de su vida y de la construcción común.

Después de estar este rato contemplando al colaborador Jesús y compartiendo estas reflexiones (y tantas más que quedan a la mano), siento que me confirma en una cosa: él está colaborando en nuestras obras y yo quiero estar colaborando allí, con él y con todos los que nos sentimos colaboradores y amigos en el Señor.
Por ahí va la imagen del cielo en el que el Señor se “metió”.

Diego Fares sj

Domingo de Pascua 6 B 2012

Amigos en el Señor

Durante la Cena, Jesús dijo a sus discípulos:
«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes.
Permanezcan en mi amor.
Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor,
como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que la alegría que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique.
Este es mi mandamiento:
Ámense mutuamente, como yo los he amado.
Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos.
Ustedes son mis amigos si hicieren lo que yo les mando.
Ya no les digo siervos, porque el siervo ignora qué es lo que hace su señor; yo los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí junto a mi Padre se las he dado a conocer.
No me eligieron ustedes a mí, sino que Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca, para que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los dé.
Esto les mando, que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

Una buena noticia para los que valoramos la amistad con nuestros amigos: además de todos los tipos de amistad humana (cada amistad es única), existe “una amistad en el Señor”. ¡Aleluya! ¡bendito sea Dios! Y ¡tres veces Aleluya!

Así como Jesús renovó y mejoró muchas cosas –comenzando por el vino de Caná, siguiendo por las relaciones sociales y terminando por un nuevo tipo de Alianza, de religazón con Dios (adorando en espíritu y en verdad)-, también estableció un nuevo tipo de amistad. Esto me vino ayer, dando la reflexión espiritual a los coordinadores del Hogar. Hablaba del oficio de consolar que trae Jesús resucitado, que Ignacio compara con cómo suelen consolar unos amigos a otros, y caí en la cuenta de que es un lugar común decir que “no podemos ser amigos de todos”. Ahí ví que eso, que humanamente no es posible, en Jesús sí es posible. Y es una novedad inmensamente novedosa y como para saltar de alegría, un tesoro escondido en el campo del cristianismo que no siempre ha sido explotado.
Cuando Ignacio funda una Compañía de Jesús, en la que el primer grupo es de “amigos en el Señor”, esta amistad dio vuelta al mundo moderno, no sólo literalmente gracias a los pies de saltador de obstáculos y de velocista de San Francisco Javier, sino simbólicamente, cambiando los paradigmas de una Iglesia protestada y protestona.
Esto de que “no se puede ser amigos de todos” viene ya de Aristóteles, que en su Ética reflexionaba acerca de los límites cuantitativos de la amistad.
Es que de la amistad no se puede hablar en general sino que hay que “hacer foco en lo singular” .
Para cultivar una amistad se requiere poder celebrarla, y la celebración requiere estar en los momentos importantes del otro y también extenderse a lo largo del tiempo en algunos ritos repetidos y que se vuelven una especie de “clásicos cotidianos”.
Esta exigencia propia –paradójicamente- de “lo gratuito”, impide que uno tenga un millón de amigos. No podrá estar en todas las ocasiones especiales ni tampoco sostener una “gozosa rutina” con todos.

Pues bien, la buena noticia es que en Jesús sí se puede. O más bien cómo Él puede, porque ser Dios es justamente (y quizás sólo) eso: poder ser Amigo de todos, al cultivar esta amistad especial que nos brinda el Señor se vuelve fecunda de manera sorprendente esa gracia que ya está presente en la amistad humana: podemos sentirnos “amigos de los amigos de nuestros amigos”.

Una de las gracias más significativas de la amistad es la que se da con los amigos de los amigos. Es como un testimonio interno del grado de amistad que existe con otro (si el otro es amigo, amigo-amigo o amigo-amigo-amigo, como en el chiste de papá judío que tenía esta clave para decirle cuánto descuento tenía que hacer el hijo que estaba en la caja al que venía a comprar algo: amigo era el 10% y tres veces amigo el 30%). El que es amigo-amigo-amigo de mi amigo no puede ser sólo “conocido” mío.

Esta clave es la que nos da Jesús para formar su Iglesia –y nuestras iglesias centradas en torno a un carisma y misión especial, como son nuestras Casas y Hogares-: tenemos que resignificar nuestras relaciones en términos de amistad con Él, que es Amigo-Amigo-Amigo, que nos rebaja no el 30% por ciento sino la totalidad de los pecados y nos brinda la Amistad Mayor, la del que da la vida por sus amigos.

Cada uno tiene que repensar su relación con Dios y con el prójimo desde su vivencia de amistad.

Será distinta en cada uno pero en todos será la más honda. Y esto aún siendo pecadores. Porque, como dice Aristóteles, hay amistad en torno a distintos fines: en la utilidad, en el placer y en la virtud. Son amigos los chorros que afanan juntos, los que buscan el poder y la diversión y los que viven una misión común. Lo que tiene la amistad en torno a lo honesto, al Bien por sí mismo deseado y gozado, es que no corre el riesgo de decaer, como les pasa a las otras, las que se dan tan simpáticamente, y como una flor en el lodo, en torno al dinero o al placer.

A mí se me ocurren una o dos reflexiones. Una que hacía ayer en el Hogar y que se expresa de manera negativa así: en nuestras obras hay una vulnerabilidad que hace sufrir mucho pero que consuela si uno cae en la cuenta de que es una vulnerabilidad propia de la amistad. Consiste en que “no sabemos bien qué hacer cuando alguien se sale del plano de la amistad en el Señor”. ¿Qué quiero decir?: que no tenemos un “reglamento interno” como tienen las empresas, en las que todo está pautado y tiene su precio, sus premios y castigos, establecidos por ley.
Cuando nuestras relaciones se traban, si prima la amistad, todo se resuelve bien, a la larga o a la corta. Pero si alguno cambia el tipo de relación y adopta actitudes en las que la amistad no es el criterio último, tambaleamos. Y aunque haya que irlo corrigiendo siempre, es bueno que nos lleve más tiempo que a una empresa.

Si tuviéramos que tener un código para que nadie nos “ventajee” no haríamos nunca una comunidad de inclusión al servicio de los más necesitados.

Jesús nos mostró ya en carne propia esta vulnerabilidad: su amistad abierta ofrecida a todos le acarreó a un Judas y el Señor manejó la situación con la altura de un Amigo que le marca al otro claramente las cosas pero no se defiende. Y no se defiende porque eso le implicaría cambiar sus códigos, actuar como enemigo, acusar, poner distancia… Embarrar su relación con los otros amigos. El adversario político puede insultar y mentir cuando es acusado e injuriado por su adversario. El amigo traicionado no puede traicionar. Esa es la vulnerabilidad constitutiva de la amistad verdadera.

La otra reflexión va por el lado de la mirada: si el otro es amigo de Jesús – o mejor, si Jesús es Amigo del otro- ahí tengo una clave que me abre lo más íntimo de su corazón.
A esa amistad puedo apelar para establecer Alianza buena y para resolver los conflictos.
Así miro yo al que viene a confesarse: ahí viene un amigo de mi Señor a pedirle perdón a Él a través mío. Y qué linda es la tarea de reconciliar a los amigos que tuvieron una pelea o un distanciamiento. Reconciliar desavenidos es uno de los fines que San Ignacio puso para la compañía.
Así rezo para poder mirar a cada colaborador y colaboradora de nuestras obras: podemos ser amigos en el Señor. El Señor es Amigo-Amigo-Amigo de esta persona y yo puedo ayudar a que esa amistad crezca y se vuelva más consciente, si está sólo en semilla, o cuidar de que no crezcan cardos y espinas que la sofoquen, y encontrarle el lugar de servicio para que de cómo fruto el 30, el 60 o el ciento por uno.

Así, más allá de Aristóteles, que constataba que se podían tener pocos amigos, (también el Antiguo Testamento siente así), en Jesús podemos tener pequeñas “comunidades de amigos” y ser “amigos de las comunidades de amigos de nuestros amigos”. Esta “amistad” contenida y abiertísima, es el germen que unifica en una misma alegría espiritual nuestras obras. Es la fuente de agua viva de la hermandad en la que bebemos los que trabajamos siguiendo el espíritu de las bienaventuranzas.

También vamos más allá de Kant, que puso una exigencia de respeto tan grande y la condición de poder contarle al otro los juicios más secretos, que hizo de la amistad algo “tan raro como un cisne negro”. Pues bien, en el sacramento de la confesión, cada amigo del Señor cuenta a la Iglesia sus más íntimos secretos y pide perdón de sus pecados. Así, ponerse delante de todos en la cola del confesionario, es un acto de amistad para con nuestros amigos. En Jesús, en su perdón, nos volvemos confiables los unos para con los otros.

Y desde que el Señor le dijo a Pedro, que preguntaba por la misión de Juan, “Si Yo quiero que este se quede hasta que yo venga, a vos qué te importa. Vos seguime a mí”, la amistad en el Señor permite esa diferencia que tanto añoraba Nietzsche, amistad que rechaza toda fusión y achatamiento de la personalidad y de la misión única de cada uno. En la amistad en el Señor hay lugar para Pedro, para Juan y para Pablo. Y en el “vos seguime a mí” hay una orden de no hacer internas y de profundizar cada uno en su misión, que desembocará en la unión mayor cuando el Señor lo decida.
¡Amigos en el Señor! Qué lindo regalo de Jesús.
¡Amigos de los amigos en el Señor! ¡Qué posibilidad inmensa de incluirse, de crecer y de crear, de incluir a todos y de avanzar, de perdonar y de esperar!

Diego Fares sj

Domingo de Pascua 5 B 2012

Jesús, el que nos sostiene a todos

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador.
Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta,
y a todo el que da fruto, lo poda, para que lleve frutos más abundantes.

Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.
Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.
Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto de sí mismo,
si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la cepa; ustedes los sarmientos.
El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto;
porque separados de mí no pueden hacer nada.
Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;
luego los recogen, los echan al fuego y arden.
Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes,
pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

Buscaba la imagen de una cepa y encontré esta en forma de cruz, y vale aunque no le pude sacar el cartelito de adentro.
Buscaba una cepa, digo, porque es con lo que Jesús se compara. Y pensaba que uno mira poco la cepa: si es invierno, porque ese tronco flacucho y retorcido parece incapaz de producir nada y no es un árbol agradable a los ojos; y si está en su esplendor los ojos se fijan en las hojas verdes y en los racimos de uvas.
Pero Jesús se compara con la cepa. La cepa es el tronco de la vid. Y no de una vid cualquiera (hay vides salvajes que no dan frutos buenos) sino de una vid verdadera, que porta frutos. Y dentro de las que dan uva, la palabra cepa se usa propiamente para nombrar las especies viníferas y no las que sólo son para dar uvas de mesa.

Estas investigaciones vitivinícolas de un mendocino que ama la uva y el buen vino y que sabe muy poco de su cultivo, viene a propósito del “oficio de consolar que trae Jesús resucitado”. Ignacio nos hace contemplar así a Jesús y en el taller de ejercicios de este mes reflexionábamos que la consolación no es una palmadita ocasional que nos da el Señor sino algo que para él es fruto de un verdadero Oficio.
Al contemplar hoy la imagen de esta Cepa verdadera que sostiene los sarmientos con sus racimos, pensaba en el oficio de consolar de Jesús y lo imaginaba como sosteniendo sobre sus espaldas y sobre sus brazos abiertos la viña entera de la Iglesia, que tiene la misión de consolar al mundo con la alegría del Evangelio y de comunicarle con obras la Vida de Cristo.

Esta imagen del Señor en la Cruz como Cepa que da fruto, invierte la imagen habitual de la Cruz. Nos hace mirarlo no aislado y en lo alto sino abajo, sosteniéndonos desde abajo a todos, que damos fruto gracias a su arraigo y a su fortaleza.
Hemos sido injertados en esa Cepa que es Cristo, fuera de él no podemos hacer nada. Todo fruto de vida en nosotros nos lo comunica él, en quien vivimos y existimos, y no solos sin con los otros, en la comunidad de la vid.

No miramos la cruz afuera, como un destino al que tendremos que subir cargando nuestro sufrimiento inevitable. La sentimos sosteniéndonos desde adentro, vinculándonos a todos los hombres, con los que nos mezclamos como se mezclan los sarmientos. Es el Señor, Cepa vinífera fecunda, el que nos sostiene estando en Cruz y nos vivifica a todos. Es su Padre el Viñador el que nos poda para que se fortalezca en nosotros lo que nos vincula a Cristo y nos hace recibir y dar la Vida que proviene de su raíz.

El oficio de consolar del Señor hace a su estar sosteniendo y dando savia a la viña entera.
Es un sostener y alimentar que habla de espaldas y de arraigo en la tierra más que a gustar una uvita o cosechar un racimo.
Al Señor hay que ir a descubrirlo sosteniéndonos a todos sobre sus espaldas de cepa que ha extendido sus pámpanos y da fruto abundante en toda su extensión.
Y a las manos de nuestro Padre Viñador hay que encontrarle las huellas y el olor allí donde hay poda.
Una poda centrada en Jesús, en que la Vida abundante que brota de ese tronco arraigado en nuestra tierra, que es fortísimo (las fibras de la parra son fuertes y resistentes como ninguna otra) corra por los sarmientos que se mantienen unidos a él y no se malgaste en los que están secos o son puro follaje.

Un Jesús que nos está sosteniendo a todos y un Padre que poda, orientando frutos.
Son dos imágenes para dejar que arraiguen en nosotros por la contemplación. Dos imágenes que, bien sentidas y gustadas, hacen lo que dicen. Tienen eficacia de Palabra viva.

Los frutos son la prueba, esplendente y realísima, de que Jesús y el Padre están y trabajan.
Prueba deslumbrante para los ojos que quieren ver.
Donde hay uva y vino y trabajo agotador de cosecha, debajo y en lo hondo está el Señor con los brazos abiertos, sosteniendo todo y portándolo sobre sus espaldas mansas, y está nuestro Padre, podando y encauzando los sarmientos para que los racimos no se amontonen y cada uno tenga su espacio y su sitio donde crecer bien.

La imagen que nos regala el Señor es poderosa si la sabemos gustar. Hecha raíces en nuestra alma y al leer el evangelio uno se conecta con la savia de su vitalidad.
Es verdad que damos fruto cuando estamos unidos a él. Los frutos más que darlos sentimos que se dan en nosotros y a través nuestro. Que la vida pasa, madura y es aprovechada por los que amamos y por aquellos a quienes servimos.
Es verdad también que cuando no nos unimos a Él, andamos de aquí para allá y nos secamos. Hacemos cosas y cosas buenas, pero uno sabe que el fruto vivo y abundante viene como don.

Lo lindo de la imagen de la vid es que es un árbol con mucha capacidad de recibir injertos y de incorporar vida que viene de otros lados. Lo mismo pasa con las uvas: es una fruta capaz de mezclarse con otras y dar infinitas variedades de vino. Esta capacidad de la uva le viene de la cepa.

Esta es la esperanza cristiana basada en Cristo: todo lo bueno se puede injertar en él. Y no hay nada humano en lo que no haya habido algo de bueno! Por eso el trabajo cristiano no sólo es para adelante –hacer las cosas mejor de ahora en más- sino también para atrás: perdonar es permitir que lo bueno que hubo, mezclado con el mismo mal que nos hicieron, se injerte en Cristo y reviva.

Porque Él es la cepa verdadera y nuestro Padre el Viñador.
El corta todo sarmiento que en su Hijo no porta fruto,
y poda a todo el que da fruto, para que de más.
Nosotros ya estamos podados fundamentalmente,
gracias a la Palabra que nos anunció Jesús
(sabemos qué es lo que da fruto y qué es lo que es pose y puro verso).

Por eso queremos permanecer, Jesús, en Vos,
como Vos permanecés sosteniéndonos a todos,
sea lo que sea que hagamos y por donde andemos.
Porque hemos experimentado
que no podemos dar fruto por nosotros mismos,
si no permanecemos en Vos.
Vos sos la vid; nosotros los sarmientos.
Unidos a vos –obedeciéndote y pidiéndote perdón-,
que permaneces en nosotros –enviándonos y perdonándonos-
damos mucho fruto;
separados de Vos, no podemos hacer nada.
Queremos reinjertarnos en Vos
y que tu Palabra permanezca en nosotros.
Esto queremos pedirte, Señor, nuestra Vid,
ya que prometiste que podemos pedirte lo que queramos y nos lo darás.
Se lo pedimos al Padre, también.
Y que Él con sus manos bondadosas y firmes,
nos limpie y nos reoriente hacia el arraigo en Vos.
Diego Fares sj