Domingo de Pascua 4 B 2012

Lecciones de pastoral

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas.
El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no le son propias las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye – y el lobo las arrebata y las dispersa- porque es mercenario y no le importan nada las ovejas.
Yo soy el Buen Pastor y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.
También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño y un solo pastor.
Por eso me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 11-18).

Contemplación
Leo a Jesús que dice: “Yo soy el Buen Pastor, esto no es una changa ocasional para mí –lo de brindar algunos servicios a ovejas ajenas- sino que son mis ovejas y yo doy la vida por mis ovejas”. Leo y siento el tironeo entre mirarlo a Él, agradecido como oveja de tener un Pastor así, y mirarme a mí, como ayudante de pastor, dolido por mis apuros y mis faltas de dedicación más cariñosa a cada ovejita.

En realidad esta es ya una segunda o tercera lectura, que va mejorando.

En la primera me conmovió la palabra asalariado. En su expresión peor significa el soldado mercenario, el que lucha no por su patria sino que se contrata por dinero y trabaja para cualquiera. En su expresión más común (la que elegí) sería uno que hace una changa, que cuida un rato las ovejas pero no trabaja siempre con los de la casa y por eso no siente como propias las ovejas.
La primera lectura, con esa tendencia a mirarme a mí y no precisamente desde mis actuaciones más generosas sino desde aquellas en que me juego “hasta ahí”, no me llevaba por buen camino.
La tentación es, como siempre, auto-referencial.
Me doy cuenta de la trampa de mirar mucho mis culpas: acusarme duramente ¿no es en el fondo creérmela; dar por supuesto que “yo tendría que ser un buen pastor”, cuando Jesús es el único Pastor? Para acusarse bien, en lo que el Señor quiere curar y mejorar, primero hay que mirarlo mucho a Él.

Al centrar la mirada largo rato en Jesús el Pastor bueno y noble, el pastor hermoso, puedo formular mejor las cosas. Me digo que, aunque no tuviera pecados, aunque hiciera todo bien y en ninguna ocasión actuara como asalariado, igual seguiría siendo oveja, o “siervo inútil”, como nos recomienda el Señor que digamos después de que un día lo hemos hecho todo bien: “no hice sino lo que tenía que hacer”.

Hay un solo Pastor. Y esto tiene que estar presente en el corazón de todo aquel que tenga un rebañito a su cargo (sea grande como una comunidad o pequeño como una familia, en incluso más pequeño aún, como esas ovejitas que ocasionalmente uno cuida por el camino). Tiene que estar presente como paradigma no sólo para las cosas que nosotros hacemos “en carácter de changa” sino también en las que hacemos bien y generosamente, “haciéndonos cargo”.
Él es el que está sosteniendo nuestras acciones más buenas y Pastoreando (con mayúsculas) en nuestras pastorales chiquitas.
Jesús es el que suma ayudas y las “recapitula”, fortaleciendo todo lo bueno nuestro que es tan frágil, tan provisorio, tan pronto a la desilusión o al menor esfuerzo.
El es el Gran Pastor de las ovejas y su Nobleza (porque “kalos” no solo significa bueno y bello sino también noble) consiste en no hacerse elogiar sino en destacar a sus amigos y discípulos a quienes confía la tarea de pastorear.
El Señor es ese Conductor cuya acción no se nota. Y no se nota, precisamente, porque no necesita hacerse notar: sus ayudantes y las ovejas la tienen incorporada y actúan en su mismo Espíritu.
San José y la Virgen María –la pastora hermosa-, son los que primero recibieron este influjo benéfico del Pastorcito: el Niño los hizo Pastores con su sola presencia, los pastoreó haciéndose pastorear y cuidar.
Podemos sacar de ellos dos ejemplos que nos acercan a Jesús Buen Pastor y nos permiten sentirlo Vivo, pastoreando la Iglesia viva de hoy.

La Virgen, en Cana, nos enseña cómo el Señor nos pastorea en las fiestas desde la cocina. Desde entonces, siempre que uno gusta una de esas consolaciones que saben a vino de calidad, hay que dejar que el Señor nos abra los ojos para descubrirlos, a Él y a nuestra Madre, como los que han estado trabajando por nosotros en la cocina. El agradecimiento es bueno que se centre no sólo en la gracia que recibimos sino en el trabajo personal de preparar la consolación que se tomaron el Señor y la Virgen (y los servidores que llenaron las tinajas de agua). Las consolaciones del Espíritu no son “gracias puntuales que Dios reparte como quien da caramelos de vez en cuando”. Cada consolación y cada “apertura de ojos” tiene una preparación especial, justa para cada uno. El Señor se toma tiempo para caminar con los de Emaús y para preparar el desayuno a los que pescan en el lago…
Desde entonces, ser buenos pastores ayudantes significa participar en el trabajo de preparación de las alegrías que el Señor quiere brindar a sus ovejitas.

San José, en la Huida a Egipto, nos enseña cómo se pastorea en las persecuciones, huyendo y refugiándose.
Esta gracia –difícil de aprender- tiene que ver con lo que Jesús señala hoy del mercenario.
Tiene que ver por contraste: la huida de José es “con” sus ovejitas – Jesús Niño y María-.
El mercenario abandona las ovejas. El Buen Pastor, por el contrario, da la vida. Pero dar la vida no siempre es salir a pelear de frente y morir.
Dar la vida también es huir con las ovejitas evitando ser alcanzado por algún zarpazo de esos que nos ponen mal y nos apartan de la misión principal que no es luchar contra lobos sino cuidar que las ovejas tengan vida.
De hecho, el mismo Señor no permite que sus discípulos “den la vida” por él en su Pasión. El convierte su dispersión en cuidado y su Amor hace que luego vuelvan fortalecidos.
A veces me pasa en clase que alguno no escucha o comenta cosas por lo bajo con el de al lado y cuando me doy cuenta de que tengo que retarlo, por que si no la sigue, me dejo llevar por el reto y el disgusto y pongo demasiado énfasis, dejando de lado a todos los que sí están atendiendo y aprovechando y por algo que quizás muchos ni notaron, termino dejando que el mal clima se instale y perdiendo de vista la meta de la clase.
El secreto de San José es “tomar al Niño y a su Madre”, es decir: no soltar las ovejitas.
Esta gracia requiere mucho trabajo y discernimiento porque la Iglesia es campo propicio para el enemigo que siembra cizaña (como está bien arado!). Y la actitud de utilizar el espacio común para proyectar problemas personales suele ser contagiosa. Y si uno se contagia fácilmente puede terminar enredándose en mil escaramuzas que lastiman y distraen de la misión principal.
Por eso, el criterio es “doy lugar a la discusión o a la pelea, pero con todas las ovejitas en mis brazos”. Si la cosa se caldea de manera que me obliga a dejar las ovejitas de lado, para pelear, dejo de pelear y “huyo con las ovejas”.

Santa Teresita sabía de estas huidas heroicas y no me resisto a transcribir su experiencia “pequeñita” que puede ser de gran ayuda para “no perder la paz del alma” y despertar alguna sonrisa:
“Madre querida –escribe en su “Diario de un alma”- , como le he dicho, mi último recurso para no ser vencida en los combates es la deserción. Este recurso lo empleaba ya durante el noviciado, y siempre me dio muy buenos resultados. Quiero, Madre, citarle un ejemplo que la va a hacer sonreír. Durante una de sus bronquitis, fui una mañana muy despacito a dejar en su celda las llaves de la reja de la comunión, pues era sacristana. En el fondo, no me disgustaba aquella ocasión que tenía de verla a usted, incluso me agradaba mucho, aunque trataba de disimularlo. Una hermana, animada de un santo celo, pero que sin embargo me quería mucho, al verme entrar en su celda, pensó, Madre, que iba a despertarla, y quiso agarrarme las llaves; pero yo era demasiado lista para dárselas y ceder de
mis derechos. Le dije, lo más educadamente que pude, que yo tenía tanto interés como ella en no despertarla, y que me tocaba a mí entregar las llaves… Ahora comprendo que habría sido mucho más perfecto ceder ante aquella hermana, joven, es cierto, pero al fin más antigua que yo. Pero entonces no lo comprendí; y por eso, queriendo a toda costa entrar a su pesar detrás de ella, que empujaba la puerta para no dejarme pasar, pronto ocurrió la desgracia que las dos nos temíamos: el ruido que hacíamos le hizo a usted abrir los ojos…
Entonces, Madre, toda la culpa recayó sobre mí. La pobre hermana a la
que yo había opuesto resistencia se puso a echar un discurso, cuyo fondo
sonaba así: Ha sido sor Teresa del Niño Jesús la que ha hecho ruido… ¡Dios mío, qué hermana tan antipática…!, etc.
Yo, que pensaba todo lo contrario, sentía unas ganas enormes de defenderme. Afortunadamente, me vino una idea luminosa: pensé en mi interior que, si empezaba a justificarme, no iba a poder conservar la paz en mi alma; sabía también que no tenía la suficiente virtud como para dejarme acusar sin decir nada.
Así que mi única tabla de salvación era la huida. Pensado y hecho: me fui sin decir ni mus, dejando que la hermana continuase su discurso, que se parecía a las imprecaciones de Camila contra Roma.
Me latía tan fuerte el corazón, que no pude ir muy lejos, y me senté en la
escalera para disfrutar en paz los frutos de mi victoria. Aquello no era
valentía, ¿verdad, Madre querida? Pero creo que, cuando la derrota es
segura, vale más no exponerse al combate”.
Diego Fares sj

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