Domingo de Pascua 4 B 2012

Lecciones de pastoral

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas.
El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no le son propias las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye – y el lobo las arrebata y las dispersa- porque es mercenario y no le importan nada las ovejas.
Yo soy el Buen Pastor y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.
También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño y un solo pastor.
Por eso me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 11-18).

Contemplación
Leo a Jesús que dice: “Yo soy el Buen Pastor, esto no es una changa ocasional para mí –lo de brindar algunos servicios a ovejas ajenas- sino que son mis ovejas y yo doy la vida por mis ovejas”. Leo y siento el tironeo entre mirarlo a Él, agradecido como oveja de tener un Pastor así, y mirarme a mí, como ayudante de pastor, dolido por mis apuros y mis faltas de dedicación más cariñosa a cada ovejita.

En realidad esta es ya una segunda o tercera lectura, que va mejorando.

En la primera me conmovió la palabra asalariado. En su expresión peor significa el soldado mercenario, el que lucha no por su patria sino que se contrata por dinero y trabaja para cualquiera. En su expresión más común (la que elegí) sería uno que hace una changa, que cuida un rato las ovejas pero no trabaja siempre con los de la casa y por eso no siente como propias las ovejas.
La primera lectura, con esa tendencia a mirarme a mí y no precisamente desde mis actuaciones más generosas sino desde aquellas en que me juego “hasta ahí”, no me llevaba por buen camino.
La tentación es, como siempre, auto-referencial.
Me doy cuenta de la trampa de mirar mucho mis culpas: acusarme duramente ¿no es en el fondo creérmela; dar por supuesto que “yo tendría que ser un buen pastor”, cuando Jesús es el único Pastor? Para acusarse bien, en lo que el Señor quiere curar y mejorar, primero hay que mirarlo mucho a Él.

Al centrar la mirada largo rato en Jesús el Pastor bueno y noble, el pastor hermoso, puedo formular mejor las cosas. Me digo que, aunque no tuviera pecados, aunque hiciera todo bien y en ninguna ocasión actuara como asalariado, igual seguiría siendo oveja, o “siervo inútil”, como nos recomienda el Señor que digamos después de que un día lo hemos hecho todo bien: “no hice sino lo que tenía que hacer”.

Hay un solo Pastor. Y esto tiene que estar presente en el corazón de todo aquel que tenga un rebañito a su cargo (sea grande como una comunidad o pequeño como una familia, en incluso más pequeño aún, como esas ovejitas que ocasionalmente uno cuida por el camino). Tiene que estar presente como paradigma no sólo para las cosas que nosotros hacemos “en carácter de changa” sino también en las que hacemos bien y generosamente, “haciéndonos cargo”.
Él es el que está sosteniendo nuestras acciones más buenas y Pastoreando (con mayúsculas) en nuestras pastorales chiquitas.
Jesús es el que suma ayudas y las “recapitula”, fortaleciendo todo lo bueno nuestro que es tan frágil, tan provisorio, tan pronto a la desilusión o al menor esfuerzo.
El es el Gran Pastor de las ovejas y su Nobleza (porque “kalos” no solo significa bueno y bello sino también noble) consiste en no hacerse elogiar sino en destacar a sus amigos y discípulos a quienes confía la tarea de pastorear.
El Señor es ese Conductor cuya acción no se nota. Y no se nota, precisamente, porque no necesita hacerse notar: sus ayudantes y las ovejas la tienen incorporada y actúan en su mismo Espíritu.
San José y la Virgen María –la pastora hermosa-, son los que primero recibieron este influjo benéfico del Pastorcito: el Niño los hizo Pastores con su sola presencia, los pastoreó haciéndose pastorear y cuidar.
Podemos sacar de ellos dos ejemplos que nos acercan a Jesús Buen Pastor y nos permiten sentirlo Vivo, pastoreando la Iglesia viva de hoy.

La Virgen, en Cana, nos enseña cómo el Señor nos pastorea en las fiestas desde la cocina. Desde entonces, siempre que uno gusta una de esas consolaciones que saben a vino de calidad, hay que dejar que el Señor nos abra los ojos para descubrirlos, a Él y a nuestra Madre, como los que han estado trabajando por nosotros en la cocina. El agradecimiento es bueno que se centre no sólo en la gracia que recibimos sino en el trabajo personal de preparar la consolación que se tomaron el Señor y la Virgen (y los servidores que llenaron las tinajas de agua). Las consolaciones del Espíritu no son “gracias puntuales que Dios reparte como quien da caramelos de vez en cuando”. Cada consolación y cada “apertura de ojos” tiene una preparación especial, justa para cada uno. El Señor se toma tiempo para caminar con los de Emaús y para preparar el desayuno a los que pescan en el lago…
Desde entonces, ser buenos pastores ayudantes significa participar en el trabajo de preparación de las alegrías que el Señor quiere brindar a sus ovejitas.

San José, en la Huida a Egipto, nos enseña cómo se pastorea en las persecuciones, huyendo y refugiándose.
Esta gracia –difícil de aprender- tiene que ver con lo que Jesús señala hoy del mercenario.
Tiene que ver por contraste: la huida de José es “con” sus ovejitas – Jesús Niño y María-.
El mercenario abandona las ovejas. El Buen Pastor, por el contrario, da la vida. Pero dar la vida no siempre es salir a pelear de frente y morir.
Dar la vida también es huir con las ovejitas evitando ser alcanzado por algún zarpazo de esos que nos ponen mal y nos apartan de la misión principal que no es luchar contra lobos sino cuidar que las ovejas tengan vida.
De hecho, el mismo Señor no permite que sus discípulos “den la vida” por él en su Pasión. El convierte su dispersión en cuidado y su Amor hace que luego vuelvan fortalecidos.
A veces me pasa en clase que alguno no escucha o comenta cosas por lo bajo con el de al lado y cuando me doy cuenta de que tengo que retarlo, por que si no la sigue, me dejo llevar por el reto y el disgusto y pongo demasiado énfasis, dejando de lado a todos los que sí están atendiendo y aprovechando y por algo que quizás muchos ni notaron, termino dejando que el mal clima se instale y perdiendo de vista la meta de la clase.
El secreto de San José es “tomar al Niño y a su Madre”, es decir: no soltar las ovejitas.
Esta gracia requiere mucho trabajo y discernimiento porque la Iglesia es campo propicio para el enemigo que siembra cizaña (como está bien arado!). Y la actitud de utilizar el espacio común para proyectar problemas personales suele ser contagiosa. Y si uno se contagia fácilmente puede terminar enredándose en mil escaramuzas que lastiman y distraen de la misión principal.
Por eso, el criterio es “doy lugar a la discusión o a la pelea, pero con todas las ovejitas en mis brazos”. Si la cosa se caldea de manera que me obliga a dejar las ovejitas de lado, para pelear, dejo de pelear y “huyo con las ovejas”.

Santa Teresita sabía de estas huidas heroicas y no me resisto a transcribir su experiencia “pequeñita” que puede ser de gran ayuda para “no perder la paz del alma” y despertar alguna sonrisa:
“Madre querida –escribe en su “Diario de un alma”- , como le he dicho, mi último recurso para no ser vencida en los combates es la deserción. Este recurso lo empleaba ya durante el noviciado, y siempre me dio muy buenos resultados. Quiero, Madre, citarle un ejemplo que la va a hacer sonreír. Durante una de sus bronquitis, fui una mañana muy despacito a dejar en su celda las llaves de la reja de la comunión, pues era sacristana. En el fondo, no me disgustaba aquella ocasión que tenía de verla a usted, incluso me agradaba mucho, aunque trataba de disimularlo. Una hermana, animada de un santo celo, pero que sin embargo me quería mucho, al verme entrar en su celda, pensó, Madre, que iba a despertarla, y quiso agarrarme las llaves; pero yo era demasiado lista para dárselas y ceder de
mis derechos. Le dije, lo más educadamente que pude, que yo tenía tanto interés como ella en no despertarla, y que me tocaba a mí entregar las llaves… Ahora comprendo que habría sido mucho más perfecto ceder ante aquella hermana, joven, es cierto, pero al fin más antigua que yo. Pero entonces no lo comprendí; y por eso, queriendo a toda costa entrar a su pesar detrás de ella, que empujaba la puerta para no dejarme pasar, pronto ocurrió la desgracia que las dos nos temíamos: el ruido que hacíamos le hizo a usted abrir los ojos…
Entonces, Madre, toda la culpa recayó sobre mí. La pobre hermana a la
que yo había opuesto resistencia se puso a echar un discurso, cuyo fondo
sonaba así: Ha sido sor Teresa del Niño Jesús la que ha hecho ruido… ¡Dios mío, qué hermana tan antipática…!, etc.
Yo, que pensaba todo lo contrario, sentía unas ganas enormes de defenderme. Afortunadamente, me vino una idea luminosa: pensé en mi interior que, si empezaba a justificarme, no iba a poder conservar la paz en mi alma; sabía también que no tenía la suficiente virtud como para dejarme acusar sin decir nada.
Así que mi única tabla de salvación era la huida. Pensado y hecho: me fui sin decir ni mus, dejando que la hermana continuase su discurso, que se parecía a las imprecaciones de Camila contra Roma.
Me latía tan fuerte el corazón, que no pude ir muy lejos, y me senté en la
escalera para disfrutar en paz los frutos de mi victoria. Aquello no era
valentía, ¿verdad, Madre querida? Pero creo que, cuando la derrota es
segura, vale más no exponerse al combate”.
Diego Fares sj

Domingo de Pascua 3 B 2012

Dejar que Jesús nos abra

Los discípulos de Emaús, por su parte, narraron las cosas que habían acontecido en el camino y de qué modo le habían conocido en la fracción del pan. Mientras estaban hablando de estas cosas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
– «La paz esté con ustedes.»
Sobresaltados y aterrados, les parecía que estaban viendo un espíritu. Pero él les dijo:
– «¿Por qué están conmocionados? Y por qué surgen esos pensamientos en su corazón? Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.» Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies.
Como ellos no acababan de creer a causa de la alegría y la admiración, les dijo:
– «¿Tienen aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: «Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí»». Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes. Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto» (Lc 24, 35-48).

Contemplación
“Les abrió sus mentes”. Lucas utiliza “abrir” (Di-anoigo) para expresar lo que hace y quiere hacer Jesús Resucitado con nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón.
El Señor viene para abrir y, en todo aquel que nos abre la mente y el corazón, podemos reconocer su presencia. Los discípulos de Emaús cuentan cómo el desconocido “les abrió los ojos” con el gesto de partir el pan. Y a partir de allí fueron de apertura en apertura: se dieron cuenta de cómo les había hecho arder el corazón al “abrirles” la escritura. Y eso los abrió a la esperanza en la comunidad de la que se habían fugado, desilusionados, y a la que vuelven corriendo. Abiertos, ahora sí, a escuchar a los otros que les dicen “Es verdad, ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Pedro”. Lucas usará también esta expresión para contar cómo “el Señor le abrió el corazón (a Lidia, la lavandera) para que entendiera lo que decía Pablo” (Hc 16, 14).
El abrir de Jesús es un abrir nuevo. Cuando Jesús abre a la fe “nada ni nadie puede volver a cerrar”. Lucas utiliza esta palabra que tiene un matiz de vida muy fuerte. En los evangelios de la infancia caracteriza a Jesús como primogénito (literalmente “el que abre la matriz de la madre” Lc 2, 23). Así, el Primogénito de entre los muertos es el que abre las puertas de la Vida Eterna y nos da acceso al Padre y capacidad de que entre en nosotros el Espíritu.

Jesús Resucitado se presenta, habla y actúa de manera tal que todo en Él mueve a la apertura o, lo que es lo mismo, mueve a la confianza.

Si uno lee y relee los evangelios de la Resurrección hay algo en la narración misma que abre a la Fe, que la suscita. Quizás hay que notar cómo las palabras del Señor van junto con los gestos –habla y parte el pan, habla y muestra las llagas, habla y comparte la comida, habla y sopla el Espíritu-. Es como si el Señor tuviera una simultaneidad y una coherencia entre lo que hace y lo que dice que son propias de un Resucitado: al mismo tiempo que pacifica, misiona, se hace presente y abre los ojos para que lo vean, narra lo que dicen las Escrituras y abre las mentes para que entiendan. No solo se da un intercambio de palabras sino de dones y el mayor de todos es el Don del Espíritu, que entra en mentes y corazones totalmente abiertos, y se derrama sin encontrar peros ni obstáculos. Esta es la gracia del Resucitado: disponer una apertura total en los corazones de los discípulos de manera tal que el Espíritu los llena sin dejar resquicios. De esta plenitud y llenura participamos todos.

La apertura que obra Jesús no es sólo hacia el Cielo sino también hacia los hombres: es la apertura cristiana a todas las culturas, a todos los pueblos y a todas las personas, en la situación en que se encuentren.
Esta apertura es de las cosas más lindas del cristianismo y, así como se dice que un santo triste es un triste santo, no hay nada más contradictorio que un cristiano “cerrado”.
La apertura del corazón es la primera, diríamos, y la más católica: el corazón abierto a la misericordia y al amor a todos, incluidos los enemigos, es el sello distintivo del corazón cristiano.
Junto con la apertura del corazón está la apertura de los ojos y de la mente a las Escrituras, que nos explica el sentido que tienen las cosas que pasan, leídas por Aquel que es el único que tiene derecho a “abrir” el Libro de la vida, el Cordero que padeció para librarnos de nuestros pecados (cfr. Ap 5, 2-9).
Y está también la apertura de los ojos y de la mente para reconocer y “ver” a Jesús en la persona de los que nos acompañan por el camino y en los pobres y necesitados que se cuentan por miles de millones. “¿Cuándo te vimos hambriento, desnudo, sin hogar, enfermo…?”. Es la apertura a “la inteligencia del pobre” como decía Hurtado, a “ver a Jesús en los pobres” y a “escuchar lo que ellos nos dicen”. Los más pobres no sólo abren nuestro corazón a la compasión sino también nuestra mente a la fe.
Por aquí iría la contemplación de hoy: apuntando a pedirle a Jesús que nos abra totalmente los ojos de la mente y los del corazón. Quizás la reflexión que nos puede ayudar a “abrir los ojos” es caer en la cuenta de quiénes son las personas que “nos abren” a Dios. Y reconocer allí la presencia y el accionar benéfico de Jesús Resucitado.
Lo que quiero decir es que no se trata de que “venga Jesús” y nos abra. Sino de que en toda apertura que experimentamos descubramos –al mismo tiempo- que es Jesús el que la pone en acto. Porque si no, como no “vemos” al resucitado, no valoramos como suyas nuestras aperturas.
Por si ayuda, comparto cómo contemplo y reflexiono cosas sencillas que viví y dejo que el Señor me vaya abriendo la mente y los ojos a reconocer que él estuvo “hablando” en las voces de otros.
………..
El jueves, en el cine-debate del Hogar vimos “El hombre de al lado”. Es la del diseñador que vive en la casa que edificó Le Corbusier en La Plata, al que el vecino de al lado le abre un boquete en la medianera para poner una ventana (“que me permita atrapar un cachito de sol, sólo eso, Leonardo”).
La quise ver de nuevo con nuestros comensales porque intuía que iba a ser distinto.
Especialmente esta película. Y lo fue.
Lo primero que me encantó (y me golpeó) fue ver con qué ganas se reía uno que estaba a mi lado, identificándose con Victor (el hombre de al lado) cada vez que con un tono sobrador y psicopatón, le ponía límites a Leonardo, el diseñador que “no podía creer lo que le estaba pasando”.
La película, a mí, me había hecho sentir ese miedo que provocan muchos que están en situación de calle cuando uno percibe que no tienen los mismos códigos y que no sabés cómo pueden reaccionar. En cambio, a mi vecino de al lado, la falta de códigos no le producía ningún miedo sino que lo hacía matar de risa. Después uno dijo que “las apariencias engañan” y que “mucha gente de la calle da miedo por su misma cara, marcada por el sufrimiento, pero que él se había encontrado con personas excelentes y muy fieles amigos”. Esto vino a cuenta porque el vecino, que transgrede todos los códigos de comportamiento social, no transgrede el único que vale: el de no mirar para otro lado cuando se trata de salvar una vida.

Ahora, lo que yo más disfruto es esa capacidad de captar los símbolos más profundos con que siempre me sorprenden la gente del comedor y del hogar. No la encuentro tan fresca ni tan rápida ni en mí mismo, ni en mis alumnos…
Apenas terminó y aplaudimos uno dijo: “Está muy buena, pero habría que entenderla”. Ya lo había visto entrar algo tomado y quería opinar a toda costa así que entre todos lo chistamos porque decía cualquier cosa. Sin embargo, ahora que revivo la escena veo que se daba cuenta de que había captado algo más hondo de lo que podía explicar.
Y pienso que quizás sería “la frase” para el evangelio de hoy.
Un Jesús que primero los “aterra” y luego los “alegra”, pero tanta emoción no les permite entender nada hasta que les “abre” la mente.
“Está muy buena la Resurrección, pero habría que entenderla”.
La digo y me encanta la frase de nuestro amigo tomadito.
La había descartado como una “molestia” en el debate y resulta que es más iluminadora que el resto. Porque la verdad es que la fuimos entendiendo gracias a lo que aportaba cada uno.
En el debate que siguió me impresionó uno que dijo que el símbolo de la película era la ventana (que al final se cierra): es una ventana “entre dos maneras de cultura”, dijo. Y ahí se me armó toda la película a nivel simbólico. Aunque los personajes mantienen características ambiguas en lo que hace a los valores, el ‘grasa’ se la pasa tratando de mantener abierta la ventana (“la comunicación, como dijo otro, que es lo que no hay que cortar”) mientras el “culto” lo único que quiere es cerrarla.
Y eso fue lo que quedó de enseñanza: que nunca hay que cortar la comunicación (el diseñador no llama a la ambulancia y deja que Victor se muera) porque las cosas no son lo que a primera vista parecen.
Nunca hay que cerrar las aberturas, aunque culturalmente sean como un boquete en la medianera de una casa de Le Corbusier.
La resurrección del Señor tiene algo de esto, viene a abrir un boquete en nuestra cultura con el que no sabemos qué hacer. Es un boquete por el que se nos meten los pobres, es verdad, un boquete por el que nos hace salir a misionar, sin duda, pero antes que todo eso, es un boquete por el que entra el Aire fresco del Espíritu y una Ventana no a Youtube sino al Cielo.
Diego Fares sj

Domingo de Pascua 2 B 2012

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, Y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo:
– «La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.
Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez:
– «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían:
– «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
– «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo:
– «La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás:
– «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.»
Tomás le contestó:
– «Señor mío y Dios mío. »
Le dice Jesús:
– «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.»
Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

Contemplación
En la Eucaristía del viernes de la Octava de Pascua, al leer la frase en la que dice que a Pedro, el que le hace notar la presencia del Señor resucitado, es Juan, me cayó una ficha nueva (recibí una gracia): aunque tengas delante al Señor y seas San Pedro, la resurrección te la tiene que anunciar otro!
Simón Pedro no se plantea “cómo no me di cuenta yo” sino que se larga al agua y va a Jesús siguiendo la intuición de fe de su amigo.

Esta manera de mostrarse del Señor, a través del anuncio de fe que los testigos se hacen unos a otros, es una de las claves para recibir la gracia y el consuelo que brotan de Jesús resucitado.
Y esta pedagogía del Señor, de hacerse presente en una fe comunitaria en la que unos iluminan a otros, ya está activa en el núcleo más íntimo y en el origen mismo de sus apariciones.

Pensaba que “no haber visto” a Jesús con mis propios ojos no es porque yo no sea tan santo sino porque el Señor instituyó este modo de “creer sin ver”, de “creer en la palabra de otro” como el mejor para todos.

Esto me llevó a caer en la cuenta (primero lo dije y luego me quedé reflexionando, no vaya a ser cosa de hacer afirmaciones a la ligera) de que Jesús Resucitado pareciera que no desea convertirse en un objeto de culto. El que aparezca y desaparezca, el que espere con paciencia a que cada uno haga su proceso (a Tomás lo dejó en remojo una semanita), hacen pensar que el Señor está preparando otra cosa (la venida del Espíritu). No quiere que los lugares de sus apariciones se conviertan en lugares de culto o que los discípulos se queden con alguna reliquia de sus vestidos o con la espinita del pescado que comió… El Señor se muestra y de manera ostensible (mostrando sus llagas, comiendo, partiendo el pan) pero luego desaparece de manera tal que los discípulos, aunque esperen que se aparezca de nuevo, intuyen de entrada que no es cuestión de que se siga apareciendo ni de que construyan un Templo en el sitio de las apariciones. Esto de no querer ser objeto de culto (el “no me retengas” que le dice a la Magdalena) sino fuente de Vida, es claro. Ya está instituida la Eucaristía, que es un modo de dar culto a Dios “en camino” (la eucaristía es viático, pan de vida para el camino). La Eucaristía es culto vivo, hay que “hacerla” cada día (hacer el pan, consagrarlo, compartirlo y comulgarlo). La resurrección viene a dejar claro que comulgamos con Cristo muerto y resucitado: no es sólo memorial de lo que el Señor hizo por nosotros sino comunión efectiva del pan para vivir el día que viene.

Estos signos del Señor son signos de despojo, de quien ha cumplido su misión y deja el lugar a Otro: todo en Jesús ha sido y sigue siendo “dar la vida”. El Señor no congrega a los discípulos en torno a sí sino que les sale al encuentro en sus vidas y en sus lugares de reunión y de trabajo y los pone en camino hacia los demás.
Lo que quiero decir es que la resurrección no es un hecho a analizar con la luz de nuestra mente sino una fuente de luz desde la cual mirar la realidad, una fuente de vida de la cual se puede beber una vida nueva.
Por eso quizás el Señor “retacea” sus apariciones, o las hace impredecibles, “dispersas”, a este y a aquel… lo necesario para que la semilla de la Fe en que Él ha Resucitado quede sembrada y viva en el corazón de la Iglesia y de frutos del ciento por uno.
No es necesario “verlo más” o que lo “veamos ahora” en el siglo XXI. La Resurrección aconteció una vez y para siempre y tanto al comienzo como dos mil años después, sigue teniendo que “ser anunciada por otro” y “recibida como fuente de vida” no como objeto de análisis.
Para experimentar el poder de Cristo Resucitado no hay otra que largarse al agua como Pedro y “hacer lo que Jesús nos diga”.
Para experimentar el poder de Cristo crucificado y resucitado no hay otra que “estar en comunidad” como Tomás y creer a la Iglesia que nos anuncia: “hemos visto al Señor”. Nada de “mi” dedo y “mi” mano, y si “yo” no veo “yo” no creo.
Tomás, en ese sentido de querer verlo todo por sí mismo, es bien post-moderno. Y quizás desde el punto cultural al que hemos llegado, en que viendo todo dudamos de todo, podemos apreciar mejor que en otros tiempos la sabiduría de Jesús que relativiza lo visual y se sitúa más bien en el ámbito del diálogo interpersonal.

Este comienzo medio pobrecito de la nueva vida, anunciada por mujeres sencillas, por miembros “no tan importantes” de la comunidad como los de Emaús o la Magdalena, estos encuentros “comunitarios” en los que el Señor da su paz y su Espíritu a todos juntos, son de una riqueza humana –personal y social- indescriptible.
En estos sencillos encuentros el Señor crea un nuevo modo de ser personas y de ser comunidad. Su presencia de Resucitado actúa como un elemento de fusión que “suelda” y unifica la experiencia de fe más íntima con la más comunitaria de manera tal que ya nadie la podrá separar.
Funda nuestra vida como Ecclesia, como comunidad de los convocados por Él y en torno a Él. Los que han recibido así su Espíritu (cada uno su llamita y su soplo que es único y a la vez común con todos) nunca más pueden ser “individuos sueltos”. Y la comunidad no puede ser nunca más “comunidad abstracta”, sólo de algunos elegidos o con una jerarquía basada en el poder o en la riqueza o en la inteligencia. La comunidad que crea Jesús participa de su Espíritu “sin medida”, cada uno tanto cuanto puede recibir esa totalidad de amor que el Señor le da. Discípulos y discípulas, pecadores y fieles, Pedros y Tomases, Juanes y Cleofaces, Magdalenas y Pablos, todos son incluidos y se convierten en incluyentes. El poder de fusión del Señor Resucitado se convierte en el núcleo ardiente de la primera comunidad y comienza a atraer a todos hacia Él, como había dicho el Señor que sucedería.
El pasaje de hoy muestra de manera clara esta fusión de la fe que produce la presencia del Señor resucitado, que consolida la fe de la comunidad en una aparición e integra luego la fe de Tomás en un proceso personal que le lleva más tiempo.
La frase del Señor: “Felices los que creen sin haber visto” fija para siempre (a la manera del Señor que utiliza “felicitaciones” y “bienaventuranzas” para escribir en nuestro corazón de carne no “imperativos” sino “invitativos”) y consagra el modo como se entra a tomar parte en su resurrección: por la fe recibida de otros y vivida con otros.

Diego Fares sj

Vigilia de Pascua B 2012

La resurrección anunciada en un lenguaje sin valor cultural

Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ir a ungirle .
Y muy de madrugada, el primer día de la semana, vienen al sepulcro, salido ya el sol.
Y se decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?»
Y mirando atentamente, observan que la piedra había sido corrida a un lado; era una piedra muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, cubierto con una túnica blanca y quedaron estupefactas.
El les dice:
«No teman.
Buscan a Jesús, el Nazareno Crucificado.
Resucitó, no está aquí.
Miren el lugar donde lo pusieron.
Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro:
‘El va antes que ustedes a Galilea;
allí lo verán, como les dijo’».
Y saliendo huyeron del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo” (Mc 16, 1-8).

Contemplación
Contemplamos a las Discípulas…
Siempre tomo alguna frase de contemplaciones anteriores, pero esta de hace seis años me gusta entera. El recorte que hice entonces del fresco de Fra Angelico pinta de manera única a las tres amigas entrando al sepulcro con los perfumes en las manos. No se ve al Ángel que les habla ni a Jesús que está encima y detrás, pero la paz de sus rostros y de sus manos lo dice todo.

Son María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé.

Son Tres Amigas en el Señor, que andan juntas de madrugada repasando de nuevo el viacrucis que anteayer recorrieron con su Maestro…

Este año las tomo un poco antes, porque si queremos saber lo que iban “repasando del Via Crucis”, Marcos nos lo dice en los versículos anteriores:
“Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
Y ya al atardecer, como era la Preparación, es decir, la víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro respetable del Consejo, que esperaba también el Reino de Dios, y tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Se extraño Pilato de que ya estuviese muerto y, llamando al centurión, le preguntó si había muerto hacía tiempo. Informado por el centurión, concedió el cuerpo a José, quien, comprando una sábana, lo descolgó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de Joset se fijaban dónde era puesto” (Mc 15, 40-46).

Son, pues, Las que estaban mirando a distancia, lo más cerca que las dejaron estar.

Son Las que lo seguían y lo servían cuando estaba en Galilea y habían subido con Él a Jerusalen.

Son Las que se fijaban bien dónde era puesto el cadáver de Jesús.

Hoy, Sábado Santo, la invitación es a contemplar a las Discípulas en ese tiempo que se les hizo eterno, el tiempo del estar muerto de Jesús. Tiempo en el que ya intuían de manera práctica algo así como la resurrección.
Hace unos años las miraba como Las que llevan perfumes en sus manos. Y pensaba rápidamente que si bien les preocupaba la piedra del Sepulcro, el perfume traspasa las piedras. Pero hoy, al notar que habían ido a comprar los perfumes, esa cantidad inaudita que les pagó José de Arimatea y que era como para ungir el cadáver de un Rey, me golpeó con la conciencia de la certidumbre femenina de la muerte.

Siempre me impresiona en la Casa de la Bondad cómo son las mujeres las que saben qué hacer con los muertos. Los hombres nos quedamos medio sin saber que hacer, esperando instrucciones. Y las mujeres enseguida se ponen a lavarlos y a vestirlos.

Mientras los discípulos estaban en babia, sin saber qué hacer, las discípulas ya habían puesto en marcha los mecanismos ancestrales del entierro de los muertos. Y noto esta certidumbre práctica de las mujeres para con la muerte porque va pareja con la capacidad de ser prácticas también con la resurrección.
La mujer sabe qué hacer con un bebé recién parido y con un hombre recién muerto. Por eso sabe también qué hacer con un Resucitado. Y de ahí que el Señor les salga al encuentro primero a ellas, sus amigas, las que estuvieron lo más cerca que pudieron, hasta donde las dejaron; las que lo seguían y lo servían (para él tenían nombre propio, como le hará sentir a María Magdalena, aunque a los varones del grupo se les mezclaran y no las distinguieran a todas –eran una banda, según Lucas: María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás! que estaban con ellas-); las que se fijaron bien donde lo habían puesto; las que fueron de madrugada, con sus perfumes, a buscarlo.

Marcos nos dice que “se apoderó de ellas un estupor y un temblor y que no dijeron nada a nadie porque tenían miedo”. Aunque luego se ve que luego se armaron de valor porque “María Magdalena fue comunicar la noticia a los que habían vivido con él, que estaban tristes y llorosos. (Pero) Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron” (Mc 16, 10).

Lo que voy viendo, a medida que contemplo y escribo, es la gracia del modo especial como se comunica la noticia de la Resurrección. Nos detenemos a ver cómo elige el Señor dar la noticia ad intra de la comunidad (y del corazón de cada uno).
En primer lugar, hay que notar quiénes son las elegidas para “recibir y comunicar” la buena nueva de que Jesús ha resucitado.
En una sociedad como la nuestra, en la que cualquiera dice cualquier cosa, puede pasar desapercibido como algo sin importancia el hecho de que que las discípulas sean “sujeto” del anuncio, de que sean las portadoras del mensaje.

Conviene salir de nuestra cultura y entrar un momento en la de Israel en tiempos de Jesús: “las mujeres no podían hablar a los hombres en público, ni siquiera a sus propios padres, maridos o hijos. No podían leer la ley por ellas mismas, de hecho ni tan sólo podían tocar el libro de la ley. Las mujeres tampoco podían enseñar las cosas de Dios a sus propios hijos. Una mujer no podía ser testigo en una corte legal, su testimonio carecía de todo valor. Ningún rabí de Israel hubiera nunca admitido a una mujer entre sus discípulos ni mucho menos la hubiera enseñado a solas”.

Estas pocas frases bastan para imaginar el ánimo con que las mujeres reciben la misión de anunciar la resurrección y el ánimo con que los discípulos las reciben a ellas. A pesar de que Jesús había creado una comunidad con relaciones mucho más igualitarias entre varones y mujeres, el anuncio de la resurrección da vuelta todo lo cultural en una cultura de roles fortísimamente delimitados.

Pienso que esta subversión cultural para comunicar la noticia tiene una semilla de vida real que trasciende toda superestructura cultural.
El anuncio de la resurrección tiene como testigas y portadoras a mujeres reales, capaces de poner sobre la mesa la realidad de la resurrección, por lo mismo que son capaces de hacerlo con la vida que empieza y con la vida que termina. Esto queda como algo universal –católico-: donde hay mujeres trabajando por la vida hay que escuchar y creer.

El dato es la ruptura cultural en el modo de comunicar la noticia de la resurrección.

Creo que es equivalente a la dimensión misma del acontecimiento de la resurrección.

Que pueda ser creíble que Jesús ha resucitado realmente es para los discípulos tan difícil de creer como que el anuncio se los hay querido hacer llegar a través de las mujeres.

Para nosotros, el equivalente cultural sería que Jesús nos quiera hacer llegar el anuncio de su resurrección sin que salga nada (pero nada de nada) en facebook ni en twitter ni en radio 10 ni en canal once ni en la nación ni en clarín. Sin que tengan nada que opinar ni el vocero presidencial ni chavez ni obama ni tinelli ni chiche, ni elizabetha piqué…

¿Puede ser que la noticia creible –esa que nos llena el corazón de fe y alegría- esté siendo anunciada en esta Pascua y que la clave esté en escuchar bien a quienes –muy en segundo plano – la están comunicando?
Porque el Señor no quiso que su resurrección quedara grabada en un video o como un hecho científico sino que fuera algo que se le salía por los ojos a las que anunciaban que lo habían visto y que ese deslumbramiento se transmitiera boca a boca y de corazón a corazón.

¿Estás esperando que te anuncien la resurrección por la tele?

Vas mal, porque sólo vas a escuchar silencios pesados, ligeras ironías sobre la iglesia, comentarios de frases sueltas del papa o de Bergoglio, cifras del via crucis y denuncias de escándalos vaticanos.

La noticia de la resurrección viene por otros caminos. Yo encontré uno releyendo los mensajes de la mamá de Lucas, que seguí conmovido durante los días de su búsqueda, de su entierro y de la lucha posterior por “despertar conciencia” a la que convoca.
Al releer las frases encontré más de lo que esperaba.
En los tres días en los que todavía tenía esperanza de encontrar con vida a Lucas, su madre declaraba que “hasta que Lucas no aparezca no van a descansar, que piensa que él los está esperando en algún lugar, que la situación desbordó su capacidad de respuesta”.
Y creo que esa frase sigue siendo válida hoy, a más de un mes de la muerte, y lo será para siempre en un corazón de madre (por eso le toca a la madre recibir el anuncio de la resurrección, porque ha creído en ella desde siempre, desde el momento en que dio vida a su hijo). Para una madre, la muerte de su hijo es solo una situación que desbordó su capacidad de respuesta. Pero él debe estar esperándolos en algún lugar.

Apenas se enteraron de su muerte, en la carta tan conmovedora y oportuna que nos regalaron, decía: “se nos fue Lucas… No alcanzó toda la fuerza que tuvimos, apoyados desde muchos lugares, para buscarlo y encontrarlo. Y vamos a despedirlo con una tristeza infinita, pero bañada por la luz que nos deja. Pasamos los días más difíciles de nuestra vida, y nos espera la soledad de no encontrar nunca más su sonrisa, esa que salía fácil, cercana, adorable.”.
La muerte es esas dos frases: “se nos fue” y “no alcanzó”. Pero no alcanza a borrar la luz de la sonrisa adorable.

Cuando se cumplió el mes de la Tragedia y se hicieron los dos minutos de bocinazos, la madre de Lucas agradeció (entre otros a las hermanas del Sur que le ofrecieron hacer sonar las campanas de todas las iglesias) y dijo que el ruido era para “despertar conciencia” porque que la muerte de su hijo era (no “tenía que ser” sino que era) “un punto de inflexión” para los que creen que podemos construir un país mejor.

Este es un lenguaje de resurrección. Un lenguaje que habla de vida luego de haber pasado por la muerte. Por eso es un lenguaje verdadero. El único verdadero. Al menos yo busco y escucho atentamente a los que hablan este lenguaje. Es el único que me interesa escuchar y tratar de hablar. No me interesan los lenguajes sólo de muerte o sólo de vida. Me interesa hablar, como dice Pablo, de Jesús crucificado y resucitado.

Es un lenguaje personal y sin embargo es el más social.
La mamá de Lucas lo expresaba diciendo: “considero que sin duda mi postura es ‘busco justicia por y para mi hijo’ pero sin duda se que eso va a redundar en beneficios para el resto de las personas, todas, aún aquellas a las que yo hoy no conozco, por eso entiendo que mucha gente que se vaya sumando porque afortunadamente en nuestro país tenemos mucha gente, muchas personas que aún creen que podemos vivir y tener un país mejor”.

Este lenguaje es “El Signo” del resucitado. Fue así desde el comienzo. El Señor no quiso presentarse ni hacerse ver directamente sino primero a través de estas testigos suyas y de su lenguaje “sin valor cultural”.

Esta humildad del Evangelio, si uno abre el oído, resuena como un grito clamoroso de alegría en medio del dolor, como una madre que pide que suenen las bocinas y (para los que no tenemos auto, decía con humilde ironía), los timbres, las cacerolas y las campanas por una muerte de un hijo que tiene que ser punto de inflexión en nuestra vida.
Diego Fares sj