Domingo 34 A 2011

Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha:
«Vengan, benditos de mi Padre,
y reciban en herencia el Reino
que les fue preparado desde el comienzo del mundo,
porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer;
tuve sed, y me dieron de beber;
estaba de paso, y me alojaron;
desnudo, y me vistieron;
enfermo, y me visitaron;
preso, y me vinieron a ver.»
Los justos le responderán:
«Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?»
Y el Rey les responderá:
«Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.»
Luego dirá a los de su izquierda:
«Aléjense de mí, malditos;
vayan al fuego eterno
que fue preparado para el demonio y sus ángeles,
porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer;
tuve sed, y no me dieron de beber;
estaba de paso, y no me alojaron;
desnudo, y no me vistieron;
enfermo y preso, y no me visitaron.»

Estos, a su vez, le preguntarán:
«Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?»
Y él les responderá:
«Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.»
Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna» (Mt 25, 35-46).

Contemplación
El fin del año nos pone ante los ojos del corazón “las cosas últimas”, las decisivas.

Lo último será un acontecimiento personal.
El universo no terminará con una gran catástrofe ni con un apagamiento sino “Cuando Jesús venga en su gloria… y se siente en su trono de gloria”.
Y los jueces serán los “pequeñísimos”, los que tuvieron hambre, los que tuvieron sed, los que vivieron en situación de calle, con ropa vieja y rota, enfermos y presos.
Es una imagen fuerte que a muchos oídos no les suena bien y les cae como una patada al hígado. Pero hay imágenes peores. Imágenes destructiva que vienen como un virus informático escondidas en imágenes que nos gustan.

Son las imágenes últimas de un mundo sin sentido.

Nietzsche es quizás el que mejor las pintó. Si uno lee el comienzo de su tratado “Sobre la verdad y la mentira…” se encuentra con la anti imagen del evangelio:

“En un rincón apartado del universo, donde brillan innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el cual unos animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más soberbio y falaz de la “historia universal”, pero sólo un minuto. Después de unos pocos respiros de la naturaleza ese astro se heló, y los animales inteligentes debieron morir. Alguien podría inventar una fábula como ésta y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente, cuán lamentable y sombrío, cuán estéril y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada”.

¿Por qué poner esta “fábula” al lado de la “parábola” del Señor?
Porque es como separar ovejas de cabritos.
No hay dos finales para el universo: o el sentido final lo da la venida del Señor o es el sinsentido de un diminuto astro que se hiela y, con su extinción, tienen que morir los animales inteligentes que lo habitaron por un momento.

Alguno pensará que nos queda grande imaginar el fin del universo, pero hay que animarse!, porque la imagen última modifica toda la película y es la que da sentido a toda la historia.

Y, como en todo drama, son importantes los detalles.
En la parábola del juicio final Jesús une su gloria –su manifestación clara y esplendorosa- con su “no brillo”, con su escondimiento en la persona de los más pobres de este mundo.
Es una forma de hacernos valorar los gestos que tuvimos para con los más pequeños.
Nietzsche en cambio se burla del intelecto y de sus pretensiones. Escuchemos cómo sigue su fábula:
“Porque no hay para ese intelecto ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. El intelecto no es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero si pudiéramos entendernos con un mosquito, llegaríamos a saber, que también él navega por el aire con ese mismo pathos y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza tan despreciable e insignificante que, con un mínimo soplo de aquel poder del conocimiento, no se hinche inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier empleaducho público quiere tener sus admiradores, el más orgulloso de los hombres, el filósofo, quiere que desde todas partes, los ojos del universo tengan telescópicamente puesta su mirada sobre sus acciones y pensamientos.(F. Nietzsche, Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral, 1873).

Para el que no espera la venida misericordiosa de Jesús, justo juez del universo, para el que no cree que “lo que hicimos al más pequeñito (Jesús dice “Elajistos”, que es el diminutivo de “micrós” (pequeño) y significa pequeñísimo, el más pequeño, el insignificante, el casi nada),para el que no cree que se lo hicimos a Él, para el que vive buscando la gloria mundana como el empleado público de la fábula, le viene bien que Nietzsche le recuerde que el planeta se apaga…

En ese sentido Nietzsche refuerza la necesidad de optar entre las dos imágenes finales, entre su fábula y la parábola de Jesús.

Ahora, si leemos bien, la clave está en la pequeñez. Lo que a Nietzsche le desilusiona es la pequeñez, el diminuto planeta, lo fugaz del pensamiento, el mosquito que se cree el centro volante del mundo…
Y es justamente la pequeñez, la insignificancia, lo que valoriza Jesús: mi hermanito pequeñísimo, ese que es nada de nada, pobrecito e insignificante al que ayudaste: ese era yo.

El Dios glorioso viene a reivindicar su universo por lo más pequeño. Y no juzgará ideas sino prácticas: lo que hiciste. Prácticas de todos los días, prácticas de madre que da de comer, de casa que cuida a los enfermos, de hogar que hospeda a los más pobres…Y de asesinos que matan a los chicos (es una última expresión de que algo está muy mal en nuestra sociedad estos casos de adultos conocidos que matan a los niños y no hay que extrañarse de que se de al mismo tiempo que se discute la ley de aborto).

Las cosas decisivas son “las pequeñas cosas” de cada día: allí se juega el drama del universo, allí se decide si de verdad estamos esperando que Jesús venga a juzgar lo que hacemos o si creemos que este planeta se apaga (o estalla) y queremos aprovechar lo mejor posible el poco tiempo que nos queda.

Los pobres serán nuestros jueces.
Esa es la imagen decisiva concreta. No podemos imaginar a Jesús viniendo en gloria. Gracias a Dios nadie puede arruinar la belleza del final de la película y nos espera algo que ni ojo vio ni oído oyó. Contra un mundo que se precia de haberlo visto todo, el Señor es un Dios que prepara sorpresas.
No podemos imaginar el fin pero sí podemos mirar (no tenemos que “imaginar”) a los pobres y dejar que nos pese en el corazón esta imagen: serán nuestros jueces. Si alguien podrá salvarnos cuando el Juez nos diga “tuve hambre y no me diste de comer” será alguno de los más pobres que tendrá autoridad para decirle a nuestro Señor: “Perdón, Señor, si te contradigo, pero este sí ayudó, al menos a mí me ayudó” .
A mi me gusta, cuando se da la oportunidad, adelantar el juicio en la calle. A veces se da la conversación y yo espoleo un poco la charla para ver lo que siente la gente. Hablábamos con el grupito de los que se sientan en Alsina y Rincón, donde paraba Don Luna, y les decía que Asencio estaba en el Ramos curándose una tuberculosis y que los que habían estado con él sería bueno que se hicieran revisar, que los esperaban, si querían ir… Y uno me reclamó por la ropa, que no le habían querido dar una campera y que porque una vez se había enojado no lo dejaban entrar más… Y yo le decía que nos ayudara, que tratara bien, que pidiera turno como todos, que volviera. Y él que no, que ya se sabía que en el Hogar todo era una porquería (yo escuchaba en silencio) y que los baños y la comida… Aquí saltaron tres: “Bueno, hermano, pará, la comida es comida y en el Hogar te atienden y ya está. No critiqués, viejo, pará, que el padre hace lo que puede”. “No viejo, insistía el otro, enojado, mirando a todos, hay que decir la verdad. Porque nadie dice nada pero después todos hablan por detrás. Hay que decir las cosas como son”. Otro cambió de tema y ahí quedó la cosa. Discutida. El que cambió de tema me preguntó por Asencio: ¿lo fue a ver?. Todavía no fui, le dije. Y me sonó a que me tomaba examen (uno siente otra vocecita en el tono de los que menos espera: exigente y bondadosa, al mismo tiempo. En ese momento fue algo fugaz que sentí y se mezcló con otras cosas pero se ve que hizo efecto porque a la tarde fui como llevadito de la mano. Y no solo me hizo bien verlo a Asencio sino que Asencio me hizo visitar a Barrios que yo no sabía que estaba también en neumotisiología y después lo visité a Machado que estaba en cardio. Aquí vino una buena porque don José Machado, pintor de cuadros y escultor, de 75 años, se admiró mucho de que “usted venga a verme a mí”, y agradecía contento. Yo le dije que para mí era un gusto y me prometió pintar un San José cuando se mejorara. Yo le dije que mientras rezara por el Hogar y me salió con que “las palabras están bien pero si no van con obras no sirven” y agregó: “eso es lo que me gusta de ustedes, que hablan poco pero están ahí siempre haciendo algo por los demás”. La charla siguió por un rato y cuando me iba tuve que pegar la vuelta porque, como la enfermera vio que me había colado, había cerrado esa puerta. Y escuché al pasar la conversación que Machado tenía con el otro paciente que estaba en la cama de al lado: “este es el padre del hogar, allí de Moreno. Te dan todo y totalmente gratuito, eh…”. Me tenté de seguir escuchando pero preferí quedarme con esa ultima palabra linda –gratuito- y me fui a la calle que ya se había hecho tarde.
Eso sí, me acordé de la libretita de Hurtado, y a don Machado lo apunté para testigo en el juicio.

Diego Fares sj.

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