Domingo 33 A 2011

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
«El Reino de los Cielos es también como un hombre que, estando por peregrinar, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.
En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.
Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. «Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado.» «Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor.» Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: «Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado.» «Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor.»
Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!» Pero el señor le respondió: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes.»» (Mt 25, 14-30).

Contemplación
Hay dos palabras de la parábola de los talentos en las que no había reparado antes. Una es la que utiliza Mateo para decir que el señor le confió talentos a cada servidor según su capacidad. ¿De qué capacidad se trata? ¿De talentos naturales? Seguramente que no. Es otro tipo de capacidad.

La palabra que utiliza Mateo es “dynamis” (potencia, capacidad) y es la que utilizan los sinópticos para nombrar a los milagros de Jesús. Los milagros eran “dynamis”, fuerzas que salían de Él (como cuando le toca el manto la hemorroisa; Jesús siente que salió una “dynamis” de Él y pregunta “quién me ha tocado”).
Creo que teniendo en cuenta esto podemos decir que Jesús nos confía talentos de acuerdo a nuestra capacidad de “hacer milagros”. O, mejor aún, de acuerdo a nuestra disponibilidad para actuar dentro de la dinámica de sus milagros.

Estas dinámicas o fuerzas milagrosas que salen de Jesús tienen sus características. Ya hemos citado el ejemplo de la hemorroisa y vemos que lo que “activa” estas fuerzas que están como latentes en la persona de Jesús y en todo lo que lo rodea (hasta en su ropa) es la fe. ¡Feliz de ti por haber creído! La bienaventuranza de Isabel a María resume todas las bienaventuranzas de Jesús a los que creen. “Tu fé te ha salvado”, es la frase preferida del Señor.

Y si lo que le alegra al Señor es lo que activa su poder de hacer milagros, lo que lo entristece es lo que bloquea o desactiva ese poder. Podemos corroborar esto reflexionando sobre la actitud del servidor malo y perezoso. Vemos que lo que lo enoja al Señor es que sus talentos queden “inactivos”, que se los entierre. El ejemplo del banco es para decir que son talentos que se “dinamizan” por si mismos, como el dinero que da interés. Bloquear su dinamismo es pecado. No creer en Jesús es “el pecado”, porque es lo que bloquea su poder salvador.

Aquí viene la segunda palabra en la que no había reparado que es “confiar”. El señor les “confió sus bienes”, se los entregó, los puso en sus manos.
Los dos servidores fieles lo reconocieron: “Señor, me has confiado cinco talentos, aquí están los otros cinco que he ganado”. En cambio el que enterró el único que tenía parece que no tuvo en cuenta esto porque explica lo que sintió y los razonamientos que hizo: “Se que eres exigente… por eso tuve miedo… aquí tienes lo tuyo”. Notemos que no le dice “lo que me confiaste” sino “lo tuyo”.

San Ignacio, en la Contemplación para alcanzar amor, da mucha importancia al “reconocimiento agradecido”. Hace pedir como gracia especial esta memoria agradecida: “para que yo “enteramente reconociendo los bienes recibidos pueda en todo amar y servir a su Divina Majestad” (EE 232).

La primera condición para poder “dinamizar” los talentos del Señor (su Amor) es reconocerlos como un don que se nos ha confiado. El evangelio significa este don al hablar de estos lingotes de oro macizo que pesaban entre 26 y 50 kg. En nosotros esta imagen tiene alguna fuerza pero no mucha porque para nosotros el dinero es líquido. Pero para los antiguos estos “talentos” estimulaban su imaginación. Sólo los reyes los tenían. Eran la mayor “moneda” acuñada. No era fácil encontrar dónde ponerlos (por eso el último lo enterró). La fuerza de los talentos, su dinámica, es de tal magnitud que, o se los pone a producir o hay que enterrarlos.

Ahora bien, lo que el Señor alaba no es el producto conseguido o mantenido sino la dinámica utilizada. Lo mismo sucede con sus milagros. El Señor no felicita a los que han sido curados por su salud sino por su fe. Les hace caer en la cuenta de que el tesoro es la fe que tuvieron porque activó los poderes que le confió el Padre. Donde no encontraba la dinámica confiada y suplicante de la fe el Señor “no podía hacer milagros” (dynameis).

Cómo podemos caracterizar más profundamente estas “dinámicas” que le agradan a Jesús. Me gusta el hecho de que sean lo más propio nuestro, algo que todo ser humano tiene y puede reavivar.
Las capacidades o dinámicas son la “llamita de la vela” que Jesús no apaga sino que cuida y estimula. El Señor se fija en esta “capacidad” de “mantener algo encendido por nosotros mismos” y allí establece contacto.
Esa llamita es poderosa aunque esté en su grado mínimo. Es la esperanza inextinguible, que como las velitas de cumpleaños, cuando uno la sopla y parece que la apagó, se vuelve a encender. Esta llamita de esperanza que se autoenciende y de fe que ilumina con una chispita aunque más no sea, brota de la conciencia de ser creaturas.
Esta conciencia de pequeñez en algunos se enciende junto con la angustia de la enfermedad y la experiencia de la propia fragilidad. Es la lucecita que, en medio de la oscuridad de la muerte y del miedo, hace levantar los ojos al cielo y decir muy de corazón: “Dios mío, ten piedad de mí. Ayudame, Señor, te necesito. Me pongo en tus manos”.
Esta misma conciencia creatural adquiere todo su esplendor en el Magníficat de nuestra Señora, que es como una lámpara encendida en medio de la historia que lo dinamiza todo.
La Potencia (dynamis) absoluta del Padre Creador pasa a través de María y dinamiza el mundo. De ella, de su manto, tomamos “fuerzas” todos los pequeños que acudimos a su bondad. A Ella se le confió el Talento de oro infinito – Jesucristo- en quien están “escondidos todos los tesoros de Dios”. Y ella los puso enseguida a trabajar y lo sigue haciendo, en esa dinámica mariana de “hacer todo lo que Jesús nos diga” que convierte el agua de las tinajas de Caná en vino nuevo.

Resumiendo: la “capacidad” nuestra a la que Jesús confía sus “talentos” no es un “depósito” donde almacenamos riquezas sino una “capacidad activa, dinámica” capaz de “recibir y hacer fructificar” el talento del Amor.

Para recibir y dar bien el Amor, no hay otra manera que la de “entrar de lleno en su dinámica” que lo duplica todo (cinco talentos me confiaste, aquí tienes otros cinco”). La señal de que uno no ha enterrado el talento del Amor es que apenas lo ha recibido ya no es más uno solo sino que ha encontrado a otro con quien están amando y sirviendo a otros dos.
El que no ha enterrado su talento (y a todos se nos ha confiado al menos uno) ya está metido en una comunidad y ya está pensando y actuando como comunidad (familiar –los dos talentos- o institucional –los cinco que se convierten en diez-). Quizás la imagen del talento “único” que se autoanula sirva para pensar que el Espíritu no da talentos que no sirvan para el bien común. El que recibió uno, si tiene tanto miedo hasta de ir al banco, se puede juntar rápido con el que tiene cinco y ponerse a su disposición.
En esto de las capacidades y de los talentos, la humildad siempre es buena consejera. Y es la “fuerza” que, junto con la fe, mejor dinamiza el don del Amor.
Los milagros que necesita nuestro tiempo van por este lado: más que arreglar cosas tenemos que pedirle al Señor que arregle “dinámicas”, familiares y sociales.
Pidámosle que active en nosotros la capacidad de “dinamizar” su Amor, de manera que se transforme en obras creadas y sostenidas entre todos, con un mismo sentir y pensar.
Hoy no es necesario que el Señor multiplique los panes. Sobran panes. Se tiran cantidades inmensas de pan y de facturas cada día. Los milagros que hay que pedir al Señor y a la Virgen van por el lado de lo social: milagros sociales les llamo yo. A nivel macro hay que pedir el milagro de que los ricos no “entierren” el dinero en “círculos financieros” sino que lo hagan circular a través de las manos de la gente. También el milagro de que los funcionarios no dejen que se “pierda” el presupuesto para fines sociales por su negligencia para “destinarlo en tiempo y forma” a los que lo hacen circular. Cada año esto sucede y hay mucho dinero que va a parar otras cajas por ineficiencia.
A nivel de nuestras comunidades, tenemos que pedir a la Virgen el milagro de que “todos nos consideremos simples servidores como ella y hagamos, contentos, todo lo que el Señor nos dice” (que salgamos del círculo financiero de cuidar nuestra imagen y nos juguemos por las personas y obras concretas).
A nivel familiar, cada familia tiene que pedir el milagro de dejar de lado las dinámicas que enferman (las discusiones fuera de lugar, el no ceder por capricho, la desvalorización del otro…) y cambiarlas por dinámicas sanas y bondadosas, de amabilidad y paciencia… (que pongamos en juego lo que “presupuestamos” el día del casamiento: de amar al otro en las buenas y en las malas).
Que la Virgen nos conceda estos “verdaderos milagros”, estas “verdaderas capacidades” que son muy nuestras y a la vez que necesitan ser bendecidas por el Señor.

Diego Fares sj

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