Domingo 25 A 2011

La política del Reino

Lo que sucede en el reino de los cielos es semejante a lo que sucede con un hombre Señor de su casa y dueño de una viña que salió a primera hora del amanecer a contratar obreros para su viña. Habiendo concertado (synfonesas) con los obreros en un denario por día, los misionó a su viña. Salió hacia la hora tercia (a las 9) y vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: ‘Vayan a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Ellos fueron. De nuevo salió cerca de la hora sexta y nona (a las 12 y a las 15) e hizo lo mismo. Saliendo cerca de la hora undécima (a eso de las 17) encontró a otros desocupados y les dijo: ‘¿Qué hacen aquí, todo el día sin trabajar?’ Le respondieron: ‘¡Es que nadie nos ha contratado!’. Y les dice: ‘Vayan ustedes también a mi viña’. Cuando atardeció, el Señor de la viña dijo a su mayordomo: ‘Llama a los obreros y dales el jornal comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’. Y viniendo los de la hora undécima recibieron cada uno un denario. Al llegar los primeros, habían calculado que recibirían más, pero recibieron ellos también cada uno un denario. Recibiéndolo murmuraban contra el Dueño de la viña diciendo: ‘Estos últimos trabajaron sólo una hora y los igualaste a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor’. Él, respondiendo a uno de ellos, le dijo: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia a ti. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos (Mt 20 1-16).

Contemplación

¿Qué es “lo que sucede” en la parábola? Es importante descubrirlo bien porque lo mismo sucede en el reino de los cielos. Suceden muchas cosas pero la “anécdota” de fondo es que hay un Señor que es bueno por encima de toda medida (sale una y otra vez a contratar obreros para trabajar en su viña y les paga a los últimos igual que a los primeros) y hay algunos que murmuran porque esa bondad le parece injusta. Entonces el Señor reta a uno dejando bien en claro que la murmuración es hija de la envidia y no algo provocado por su bondad, que no admite cuestionamientos. Eso es lo que sucede en la parábola y Jesús dice que eso es algo que también pasa en el Reino. ¿Qué sucede? Que el Demonio tienta de envidia a algunos que trabajan en la viña del Señor y el discurso que elaboran los envidiosos a muchos les suena muy razonable y a otros los deja desconcertados.
¿De donde tomo pie para decir esto? Tomo pie del hecho de que los que murmuran son muchos pero el Dueño de la viña personaliza el reclamo y le responde a uno en particular. ¿Por qué sólo a uno si el descontento era general? Bueno, no era “tan general”. Sólo murmuraron los primeros. Los penúltimos no tenían de qué quejarse, ya que ellos también habían trabajado menos. Quizás los que fueron llamados a las nueve de la mañana estarían más del lado de los primeros… El Dueño personaliza porque las cosas no son “generales”, siempre hay uno que es el que “formula” el discurso. Siempre hay uno que capta los sentimientos de los demás, los nuclea en torno a su visión y suele capitalizar los resultados. Dice el evangelio que los primeros habían calculado que recibirían algo más. Estamos en el ámbito de la política partidaria. El discurso político partidario es el que articula los reclamos y las expectativas de la gente sobre los bienes comunes y trata de capitalizarlos en una dirección, que no siempre es la del bien común.
El Dueño personaliza la discusión y formula un discurso “capitalista al revés”. Capitalista porque dice “los bienes son míos y yo hago con ellos lo que quiero”. Al revés porque su ser Dueño no lo lleva a aprovecharse de los demás sino a ser inmensamente generoso. Su bondad lo lleva a contratar a todos a todas horas y a pagar a todos por igual.
El discurso del Dueño de la Viña es una obra maestra de política celestial. Política celestial no el sentido de algo utópico sino bien real. Es un discurso en el que Jesús formula los criterios políticos de su reino, de cómo debe ser la política eclesial. Y esto tanto en la Iglesia jerárquica como en cada comunidad.

La primera regla: en la política del reino no hay sindicalismo. Los reclamos a Dios, si los hay, cada uno tiene que hacerlos personalmente. No vale ir en grupo. Los agradecimientos, las intercesiones, los ofrecimientos a seguirlo sí pueden (y deben) ser de a dos y de a tres, en comunidad y junto con todo el pueblo. Las quejas y los reclamos, de a uno. Esto queda claro de lo que tienen en común todas las razones que da el Dueño: son todas personalizadas.
‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia a ti.
¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete.
Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que yo quiero?
¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’.

Esta regla contiene una anterior: en la política del reino no hay partidismos. Nadie capitaliza las expectativas generales. Esto estaba oculto pero si la queja salía bien y el Dueño pagaba más a los primeros, el cabecilla ya tenía su partido político. Los de las nueve y los del mediodía seguro que se le sumaban.

Segunda regla: la justicia del reino es superior a la justicia distributiva. Si nuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos no estamos en el reino de Dios. En la política de la comunidad nada de ojo por ojo, nada de quién es el mayor ni de quién vino primero o trabajó más… El perdón es “siempre y de corazón”, el mayor es el que sirve, los últimos los primeros, el que trabajó más es un simple servidor que no hizo más que lo que tenía que hacer.

Tercera regla: el contrato es personal. El Señor llama a cada uno y cada uno responde personalmente. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Cada uno tiene que concertarse con el Señor, una y otra vez, personalmente. Pedro es el ejemplo: siempre le pregunta directamente al Señor. El sí es el que habla “en nombre de todos”. Puesto por el Señor como Cabeza visible de todos. Y a él cuando pregunta por Juan, el Señor le dice: “A vos qué te importa. Vos seguime a mí”. A este que es incondicional en lo personal el Señor lo nombrará representante de todos, porque no capitalizará las cosas para beneficio propio.

Cuarta regla: el que no está contento con la política del reino puede “tomar lo suyo e irse”. No se le quita lo concertado (se le reconoce lo trabajado. No es el mismo caso del que recibió de regalo un talento y lo enterró. A este se le quita el don y se le da al que más multiplicó sus talentos).

Quinta regla: El Señor nuestro Dios no admite condicionamientos a su Bondad, que es libre y magnánima. Si uno quiere trabajar en el reino de Dios, tiene que estar contentísimo de que Dios sea todo lo misericordioso y generoso que quiera. Hay que prepara el corazón para la fiesta del Padre para cuando vuelven los hijos pródigos. No hay lugar para el resentimiento del hijo mayor.

Sexta regla: Cualquier punto de vista que discuta esto es envidia y la envidia no proviene de la bondad de Dios sino de mi ojo envidioso. Esta condena absoluta es para salvaguardar la Bondad absoluta. Si se deja crecer un reclamo contra la bondad, por pequeño que parezca, pudre toda la política del reino. En esto el Señor no negocia. Si te brota una murmuración contra cualquiera de estas reglas, poné el alerta rojo de “¡Envidia! ¡Envidia! No le sigas la corriente a ese tipo de discursos porque no son del reino.

Vemos así que el Señor es intransigente con las interpretaciones que tuercen de tal manera las cosas que algo bueno parece que termina siendo malo o dudoso. Las seis razones, una más fuerte que la otra, que da el Señor para que quede intacta su bondad no dejan lugar a dudas. Si algo le indigna al Señor es que al bien se lo llame mal. La capacidad de reconocer el bien más allá de todo interés particular y de quién sea el que lo hace o lo aprovecha es algo típico de Jesús y esencial al cristianismo. Para nosotros el bien viene siempre de Dios y no lo disminuyen las circunstancias: que si lo hizo uno que no es de los nuestros, que si se hizo “en sábado”, es decir, salteándose alguna ley, que si la hora no es la oportuna… Lo que está bien está bien y si se lo quiere mejorar nunca tiene que ser rebajándolo. ¡Hasta el mal debe ser corregido con el bien! Cuánto más el bien!!! Los que murmuran quizás piensen, “está bien que hagas con lo tuyo lo que quieras, pero no nos gustó el modo. Por qué tenés que pagarle primero a ellos y exponernos a quedar mal delante de todos…”

El Señor pone a propósito un ejemplo que causa cierta perplejidad. ¿Por qué se complace en poner a prueba a la gente pagando al revés, a los últimos primero, y haciendo notar que les paga a todos igual? Si miramos bien, esta actitud provocativa para algunos ya había comenzado antes, por el simple hecho de salir a llamar obreros una y otra vez, a distintas horas. El Señor no deja que su bondad sea condicionada por nada: ni por las circunstancias, que habrán hecho que algunos no se enteraran de que había trabajo ni por la vagancia de los últimos, que encima se excusan. Pero mucho menos quiere el Señor que su bondad se vea cuestionada por la envidia de los murmuradores. A los vagos les reprocha: “¡pero cómo es posible que se hayan pasado el día entero sin trabajar!” Pero al envidioso le sacude con todo. Es que murmurar contra la bondad es el pecado contra el Espíritu Santo. El no perdonar las deudas es gravísimo, pero el ensuciar el bien llamándolo mal es imperdonable. ¿Por qué? No porque Dios se convierta en malo llegado a cierto límite, sino porque esa actitud endurece el corazón. El ojo envidioso hace que el corazón se congele y se vuelva duro y obcecado como una piedra y eso, si sucede, es el infierno. El infierno es interpretar que el enojo de uno es por culpa de la bondad de Dios. El reino de los cielos, en cambio, es interpretar que la bondad de Dios es capaz de superarlo todo y de mejorarlo todo. La envidia –entristecerse por el bien de otro como si le quitara gloria a uno- es el pecado por el que entró el demonio en el mundo. Como los bienes de esta vida son limitados es en cierta manera un cálculo correcto pensar que si a uno le dan demás o antes que a mí puede ser que eso haga que yo pierda algo. Por eso lo que Jesús quiere destacar es que con los bienes de Dios este cálculo es equivocado y pernicioso. Los bienes de Dios no tienen límite como no lo tiene su misericordia y su deseo de dar. Por tanto la envidia no tiene ninguna razón de ser. Que la Virgen, la sin envidia, la que mejora experimenta el don infinito del amor de Dios que la llena de gracia, y es la que más se alegra de que la misericordia del Señor se extienda de generación en generación, nos libre de toda envidia y nos haga alegrarnos de que la misericordia infinita del Padre sea para todos.
Diego Fares sj