Domingo 23 A 2011

La paradoja de la comunidad

Jesús dijo a sus discípulos:
-“Si tu hermano llega a pecar, ve y repréndelo, a solas tú con él.
Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, toma todavía contigo una o dos personas más para que ‘todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos’;
Si no les hace caso, díselo a la comunidad.
Y si ni a la comunidad hace caso, considéralo ya como al pagano o al publicano.
Les digo de verdad que todo lo que aten (lo que sentencien y definan como permitido o prohibido) en la tierra será atado en el cielo y lo que desaten (lo que liberen, resuelvan, absuelvan) en la tierra será desatado en el cielo.
También les digo: si dos de ustedes se ponen de acuerdo (synfonein) sobre la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en el cielo. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy Yo presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20).

Contemplación

Hay una prédica de Hurtado sobre “El misterio del hombre” en la que muestra la paradoja del hombre moderno: la mezcla de un gozo y un sufrimiento desmedidos. Observa Hurtado: “Jamás, en otros períodos de la historia, el hombre había mostrado tanta sed de gozo. Parece ahora que quisiera convertir la vida en una fiesta permanente (y dispone de medios para “gozar” como nunca antes). Por otro lado: “jamás el hombre ha sufrido tanto como en nuestros días”. Los mismos medios que usamos para divertirnos nos ponen a cada momento ante el sufrimiento feroz del ser humano en todas partes del mundo.
Es muy original este punto de vista de Hurtado, el de los gozos y sufrimientos. La verdad es cuanto más lo pienso más me parece enteramente original. No sé si a alguien más se le ha ocurrido formular así la paradoja del hombre moderno. Qué capacidad de observación y qué corazón profundo el de San Alberto, capaz de identificar cómo ha crecido la sed de gozo. En otras épocas la gente tenía expectativas más realistas, más resignadas, más sobrias… Y por otra parte nos reconoce que “sufrimos más que antes”. No cualquiera se anima a decir estas cosas. Ayuda a ser más comprensivo y a sentir más misericordia por el hombre actual, especialmente por los niños y los jóvenes, por los excluidos… ¡Cuánto sufren sin decirlo las personas que ven en las vidrieras y en la TV todas las cosas hermosas y necesarias para la vida y no pueden acceder a ellas!
Es originalísima también la presentación que hace de Jesús como nuestro médico para el sufrimiento inmenso del mundo actual, y por otro lado, como el único capaz de compartir con todos el gozo y la alegría verdadera. Los tesoros del Espíritu son para todos y especialmente para los más pobres.

Citando el evangelio de hoy, Hurtado ve a Dios como Alguien a quien le gusta estar con el hombre. Dice “Jesús nos revela la compañía de su Padre de los cielos. No estamos nunca solos. “Vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. Jesús se revela como nuestro compañero de viaje… de camino, de pesca, de trabajo. Se une a nosotros: donde dos o tres están reunidos, allí estoy yo en medio (cfr. Mt 18,20). Más aún, vive en el interior de mi propia alma…”.
También se fija San Alberto en “lo que vale” el hombre para Jesús: “Jesús al hombre lo llama su confidente, su amigo, le confía su obra, se fía de sus manos… Más aún, lo llama su hijo, auténtico hijo”. Y hace notar la confianza de Jesús en “lo que puede el hombre”: “Jesús considera al hombre capaz de ser sano, de ser santo… le pone como ideal a su Padre… se fía de él, a pesar de saber como nadie lo que hay en el hombre. Para Jesús el hombre está llamado a amar, servir, alegrar, ayudar. El hombre no es el infierno, no es conflicto un hermano a quien amar, ayudar y servir, sobre todo si es pobre”.
“Estas gracias, -dice Hurtado- las operaba Jesús en su vida mediante los gestos sensibles de sus manos, mediante las palabras de sus labios: ‘Tus pecados te son perdonados’, le dijo a María Magdalena, a la adúltera, al paralítico, y esos pecados quedaron limpios. ‘Reciban el Espíritu Santo’, y su alma se inundó del Espíritu del Consolador. Sus manos acariciaron a los niños, ungieron a los enfermos… Y la vida de los que lo vieron y le siguieron se iluminó con su presencia. Por eso lo dejaron todo por seguirlo. ‘¿A quién iremos?, Señor, Tú solo tienes palabras de vida eterna’. Después de haber escuchado en el monte esas palabras maravillosas, los que las escucharon sintieron que sus vidas se renovaban, que tenían una razón de ser… que valían ante los ojos de su Padre, que valía la pena vivir y sufrir…”.

Esta visión tan esperanzadora de Hurtado, tan alegre y exigente a la vez, me movió a aplicarla a la comunidad. Es que en el capítulo 18 de Mateo Jesús nos revela cómo ve Él a las comunidades de los que se reúnen siguiendo una misma espiritualidad y sirviendo al prójimo necesitado. El Señor nos da claves para hacer comunidades según el evangelio, capaces de vivir la alegría de la fe en medio de un mundo hostil, superando los problemas internos, como dice Martini.

Podemos detenernos un momento y considerar esta “paradoja” del hombre moderno como afectando también a toda comunidad: ¿No sentimos acaso que nuestras comunidades son fuente de un gran gozo y también de muchos sufrimientos?
Yo creo que esto lo sentimos todos y la mayoría de las veces lo vivimos como un escándalo. ¡cómo puede ser que este sufrimiento me venga precisamente de lo que también es fuente de gozo!
Esta dificultad, si la vemos con los ojos de Hurtado, en vez de desanimarnos tiene que hacernos sentir “hijos de nuestro tiempo”: que esto que nos pasa pasa en todos los órdenes de la vida, y que abrazar nuestras comunidades, con sus gozos y sufrimientos, es la expresión actual de lo que significa abrazar a Cristo crucificado y resucitado.
Puede ser que si aceptamos esta realidad compleja del mundo actual logremos un beneficio. El hombre y la sociedad moderna (comunidades de servicio incluidas) no necesita a Dios para que haga milagros cósmicos (aunque extrañemos al Dios del AT cada vez que explota un volcán o viene un terremoto). ¿Pero, puede ser que necesitemos a Jesús para que haga milagros sociales, milagros de comunidad, y no tanto milagros individuales? ¿Puede ser que vuelva a resultarnos vital e interesante un Jesús que responde a esta mezcla de gozo y angustia que vive el hombre moderno a nivel familiar, comunitario, social y político? Allí donde tiene un límite toda ley, todo método, toda gestión y toda dinámica, puede ser que vuelva a resultar apasionante el evangelio.

Por un lado hemos descubierto la alegría, la necesidad y la eficacia de trabajar en comunidad. Los voluntariados sociales florecen por todas partes y, como sucedía con los primeros cristianos, a mucha gente la atrae la alegría que ve en nuestras comunidades de servicio. La necesidad y la eficacia de trabajar en equipo y comunitariamente es algo indiscutible. El mundo de hoy no funciona con individualismos y cuando dos o tres se juntan salen cosas maravillosas. Por otro lado, es muy notable cómo en los mismos que valoramos estas gracias de la comunidad existen como puntos ciegos en los que a veces no vemos la relación entre lo que nos dice el evangelio y la construcción o el desmoronamiento de la comunidad. Quiero decir que nadie niega hoy el valor de la comunidad, del equipo, del consenso, del respeto y la valoración de cada miembro. Pero esta evidencia no hace que la comunidad sea algo meramente espontáneo ni algo que se construye sólo por esfuerzo humano. ¡La sed que tenemos de comunidad y los sufrimientos que nos ocasiona!
Ante esta paradoja Jesús tiene una visión muy esperanzada y a la vez muy realista de la gracia inmensa que es la comunidad y del trabajo exigente que requiere.

Nos quedamos con esto: una gracia y una exigencia.
La gracia es la de un Dios que está presente y que interviene en lo comunitario cotidiano.
Donde dos se ponen de acuerdo –sintonizan- el Padre “obedece”.
Ata lo que atamos y desata lo que desatamos.
Y nos concede todo lo que le pedimos (en orden a las relaciones comunitarias, que es de lo que se está hablando, no que le pedimos un helado o que no llueva).
Y esto porque Jesús “está” en medio de los que se reúnen en su Nombre.

Esta gracia es el alma de toda comunidad, de todo trabajo, de toda decisión y de toda petición en común: Jesús “está” y su presencia y la acción del Padre se incrementan o disminuyen en la medida en que se incrementa o disminuye la unión entre “dos o tres”. Cuando se sostiene una relación comunitaria así, el Padre abandona por decirlo así su imagen de Juez y de Autoridad y se convierte en Padre Co-creador: se complace en darnos lo que le pedimos y en consolidar lo que decidimos haciéndonos partícipes de su trabajo en la Viña. Nos hace participar de su fiesta y nos confía responsabilidad-des cada vez mayores: “servidor bueno y fiel, porque fuiste fiel en lo poco se te confía mucho más”.
Esta imagen de un Dios que “se involucra”, que se ata a la comunidad, que se hace cargo de las decisiones que tomamos y de las cosas que pedimos, debe llevarnos a ver al comunidad como un fin y no como un medio “para hacer cosas buenas” (en el fondo individualísticamente valoradas).
La exigencia del diálogo que busca convencer y no imponer brota de esta fuente. Es importante que si uno peca no lo perdamos sino que lo ganemos. Y que toda la comunidad se implique no es un deber sino una necesidad. Hay que hacer participar a dos o tres y luego a toda la comunidad porque si el Señor está en medio de los que nos juntamos en su Nombre, cuando alguno se separa hace que de alguna manera el Señor “no esté” o esté disminuida su capacidad de irradiar vida.
Así como el Señor no puede “obrar milagros” si no encuentra fe, tampoco puede actuar en lo cotidiano si no nos encuentra unidos. La prueba que debería deslumbrarnos los ojos son las cosas maravillosas que hacemos cuando nos unimos. Eso solo tendría que bastar para tener un respeto y un cuidado religiosos por todo lo comunitario: es el lugar sagrado de la presencia de Dios entre nosotros. Estar mal entre nosotros no es sólo estar mal entre nosotros, es quitarle a Dios lugar donde habitar, dejarlo en situación de calle. Y no solo “no pecar” sino “ser creativos con los talentos”. No enterrar el propio. Al menos ponerlo a interés, sumándonos siempre al que lo negocia mejor para el bien común.

Diego Fares sj

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