18 de Agosto 2011 San Alberto Hurtado

El pobre es Cristo

El año pasado tomamos la frase “Contento, Señor, Contento”, ¿recuerdan? Descubrimos que San Alberto la dirigía en primer lugar a Jesús: Contento, Señor, con Vos. Hurtado no estaba contento consigo mismo, en primer lugar, ni con el mundo que le tocó vivir, sino contento con Jesús. Y en Jesús, sí: contento con todo lo demás. No era la suya una de esas frases positivas de la autoayuda sino algo más profundo.
Si miramos la fuente de ese estar siempre contento vemos que es Cristo:
“Cristo es la fuente de nuestra alegría. En la medida que vivamos en Él viviremos felices”.
Para San Alberto:
“En la vida no hay dificultades, sólo hay circunstancias. Dios lo conduce todo, y todo lo conduce bien. No hay más que abandonarse (en sus manos), y servir a cada instante en la medida de lo posible.”
Claro, esta manera de mirar los problemas cambia todo, permite mantener la paz y la alegría en medio de las dificultades…
Renovamos, pues, la petición de estar contentos con el Señor: Contentos, Jesús, contigo. Y en vos, contentos con todo lo demás. Con nuestros hermanos más pequeños. Contentos de poder decirles: Sí, Patroncito, sintiendo que le estamos diciendo que sí a nuestro Padre. Contentos con vos, Jesús, y en vos, contentos con nuestros hermanos y compañeros de trabajos, contentos con el puesto que nos has asignado y con las tareas que afrontamos, contentos incluso con las dificultades. ¡Contentos, Señor, muy contentos!

Este año me gustaría que nos detuviéramos en otra frase de San Alberto que a fuerza de ser repetida a veces uno piensa que ya sabe lo que quiere decir: “el pobre es Cristo”:
“El prójimo, el pobre en especial, es Cristo en persona. Lo que hiciereis al menor de mis pequeñuelos a ‘mí’ me lo hacéis”.
Hurtado precisaba bien esto del evangelio y lo bajaba a la realidad de la calle:
“El pobre cartonero, el lustrabotas… La mujercita con tuberculosis, la que tiene piojos, es Cristo. El borracho… ¡no nos escandalicemos, es Cristo! ¡Insultarlo! ¡Burlarse de él! Despreciarlo, ¡es despreciar a Cristo! ¡¡Lo que hiciereis al menor, a mí me lo hacéis!! Esta es la razón del nombre “Hogar de Cristo”.
Al final de su vida expresaba su último anhelo:
“Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el que se trabaje por crear un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo. «Lo que hiciereis al más pequeñito, a mí me lo hacéis» (Mt 25,40). El Hogar de Cristo, fiel a su ideal de buscar a los más pobres y abandonados para llenarlos de amor fraterno, ha continuado con sus Hospederías de hombres y mujeres, para que aquellos que no tienen dónde acudir, encuentren una mano amiga que los reciba”.
Pero además de esta bajada que nos pone ante el pobre real, estas personas concretas que vemos y nos duelen, hay que hacer otra profundización
¿Qué quiere decir Hurtado cuando afirma con tanta fuerza “el pobre es Cristo”?

Lo último que quería escribir Hurtado era algo acerca de lo que él llamaba “el sentido del pobre”. Le escribía a su amigo Arturo Gaete: “
“Si oye algo de mi salud, sepa que estoy mejor después de un mes de reposo en el puerto [de Valparaíso]. Espero escribir este verano (¿o comenzar?) algo sobre el sentido del pobre. Yo creo que allí está el núcleo del cristianismo y cada día hay más resistencia e incomprensión a todo lo que dice pobreza. ¿Conoce algo bueno sobre esto?”
El proyecto quedó trunco como tal, pero podemos encontrar lo que significa “El sentido del pobre” para Hurtado en toda su obra y su vida. Los estudiosos dicen que vendría a significar la capacidad de interesarse por el pobre, de descubrir en la fe su verdadera identidad, es decir, que ‘el pobre es Cristo’, y vivir de acuerdo a ello. Hurtado hablaba de tener una “devoción cariñosa por el pobre”. Y hablando a los voluntarios de la Fraternidad traducía esta devoción así:
«Que la Fraternidad sea la llama del Hogar de Cristo. Preocúpense que haya respeto al pobre: sus camas, que no falten cucharas, platos, etc. Trabajen por la dignidad del pobre, es Cristo a quien sirven. Que haya en el Hogar contacto con el pobre, vayan a Chorrillos, busquen al pobre con amor y respeto… Que no se desvirtúe esa llama de caridad del Hogar de Cristo para convertirse en una caridad fría».

En la fraternidad hacen un “voto de obediencia al pobre”. Esto debe llevarnos a reflexionar qué concreto que es lo de que el pobre es Cristo que uno se puede ligar con voto a obedecerlo. No sabría explicarlo en teoría pero doy testimonio de que ví este voto vivido en la práctica. Me impresionó muchísimo en las hospederías en Chile ver algo de este trato de verdadera obediencia. Recuerdo cómo trataba un guardia a un borrachín al que junto con otro iban conduciendo hacia un lugar especial en la hospedería porque estaba muy pesado y no podía ingresar a las habitaciones. La imagen que me quedó fue que lo llevaban aparte como si fuera el jefe de una empresa que se hubiera mamado y los empleados lo llevaran aparte tratando de no avergonzarlo a él y de que otros no se burlaran. Quiero decir que lo llevaban con un respeto de jefe, no de extraño molesto. Otra actitud que me llamó la atención fue la paciencia infinita y cariñosa con que un colaborador escuchaba las quejas de un patroncito. Por dar una imagen diría que tenía el respeto de un empleado de telefónica, que no pierde la compostura, junto con el cariño de un hermano mayor que escucha a uno más chiquitito. Quiero decir que se juntaban cosas que normalmente no van juntas. Eran voluntarios comunes y me impresionó que no daban la sensación de estar haciendo algo especial o forzado: el espíritu les nacía espontáneamente. Obedecían al pobre en el mismo gesto de tener que indicarle algo y ponerle límites.

Hurtado describe este sentido del pobre como: «sentir sus dolores, sus angustias, como propios, no descansando mientras esté en nuestras manos ayudarlos. Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros Cristo».
Es una frase muy densa.
Hay que desmenuzarla.
Comenzamos por el final:
Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros Cristo.
La señal de que “veo” a Cristo en una persona pobre sería “el deseo” de estar en contacto.
Y si no siento ese deseo sino el contrario, de querer sacármelo de encima o mantenerlo a cierta distancia, entonces viene lo de “sentir dolor de no verlo a Cristo”, caer en la cuenta de que si lo viera desearía el contacto.
Todos tenemos experiencia de haber sentido como gracias, en algún momento de nuestra cercanía con alguna persona pobre, el consuelo de la presencia del Señor. Cuando no lo sentimos, Hurtado con pedagogía divina nos lleva no a lamentarnos diciendo “vi a Cristo y no lo serví” sino “no lo vi”, por eso no sentí deseo de acercarme.

La otra frase también tiene un ida y vuelta:
Sentir sus dolores y angustias como propios.
Si los siento como propios “no descansaré mientras esté en mis manos ayudarlo”.
Si me canso o pienso que no está en mis manos es que no los siento como propios. Es una manera bien práctica de bajar aquello de “amar al prójimo como a mí mismo”. Sentir sus dolores como propios no es una obligación sino una ayuda porque motiva el deseo de servir y da fuerza. Cuando uno cuida a alguien querido el cansancio es distinto, tiene una satisfacción especial.

Así uno puede ir profundizando en estas frases de Hurtado que tienen un plus, como sucede con las parábolas del evangelio. Uno cree que ya las entendió pero si lee de nuevo bien siempre dicen más. Son palabras que ayudan a ver y a cumplir lo que proponen. Palabras vivas, no enunciados de deberes.

Pero hay un paso más que da Hurtado en esto de tener como gracia “el sentido del pobre”. Además de iluminarnos quién es Cristo y quiénes somos nosotros el sentido del pobre nos da el “espíritu” que nos permite trabajar alegres en equipo, como comunidad. Podríamos decir que si uno siente que pierde la alegría de trabajar en equipo lo que tiene que hacer es mirar más hondo al pobre. Profundizar en ese sentido hace que inmediatamente uno se armonice con los demás.

Hurtado lo expresa al final de su vida cuando cuenta el sueño que tuvo en su viaje a Europa:
Nunca he tenido cosas extraordinarias, sin embargo recuerdo un sueño que tuve antes de mi viaje a Europa (1947-1948). Veía al Hogar de Cristo crecer en plenitud y madurez y no veía sotanas a su alrededor sino laicos: hombres, mujeres, niñas, entregadas a la perfección y sosteniendo el Hogar. Desperté con una gran paz y una inmensa alegría que duró mucho. En Europa busqué entonces lo que había visto en mi sueño. Las Fraternidades que existían no eran lo que había soñado… Y ahora está realizado”.
Este es el “Milagro” para Hurtado: la comunidad.
“Hemos visto muchos milagros en el Hogar de Cristo. El Hogar nació y se ha desarrollado por la providencia de Dios, pero el milagro más grande es la unión, el lazo de caridad que ha existido entre Uds.”.

Y el milagro de la comunidad viene del espíritu que es el sentido del pobre.

Cuando Marta Hollay, a pocos días de su muerte, le pide reglas y precisiones para la Fraternidad soñada, Hurtado le dice que lo importante es el espíritu y lo concretiza hablando de “detalles” en el servicio de los pobres:
“Que aumente la caridad en Uds. Que Cristo crezca en cada una de Uds. y estén atentas –se lo decía ayer al Padre Balmaceda–, que las construcciones, los proyectos que tengan, para mejorar la suerte de los pobres, no aminoren lo que hay que hacer hoy. Que los detalles para dignificar al pobre sean lo más importante; que Cristo tenga menos hambre, menos sed, que esté más cubierto gracias a Uds. Sí, que Cristo ande menos pililo, puesto que el pobre es Cristo”

Estamos en el 15 de Julio del 52. Marta Hollay, toma nota de las cosas que dice el padre y le pide que le dé indicaciones para lo que quiere que escriba sobre el modo de vivir de la fraternidad.
– «Padre, le digo, las precisiones que necesito no tendrían razón de ser si Ud. estuviera siempre al lado nuestro. Pero hay que escribir con una visión de eternidad como si las personas que van a dirigir la Fraternidad no supieran nada».
– «Tiene razón –me contesta– Cristo que está en este momento en medio de nosotros nos dará las luces que necesitamos. Es el espíritu lo que vale… No me gusta precisar. Hay tantas Órdenes religiosas, tantos Institutos llenos de Bulas e indulgencias y reglas, y todo se viene abajo porque falta el espíritu. Ponga en relieve el espíritu, la entrega sin vuelta a Cristo, el amor, porque la caridad es la plenitud de la ley, y el resto vendrá solo».
(Ese espíritu de caridad es lo que Hurtado precisa tan bien -él, al que no le gusta precisar…. otras cosas-, en el sentido del pobre):
– « ¿No cree, Ud. Padre –le pregunto nuevamente–, que se necesitará un control?…».
– « ¿Control? –me contesta– no me gusta esa palabra. Aquí no se trata de control sino de amor. No olvide nunca que no se puede ser dura con los otros. Si Dios la obliga a dar 7, no obligue a los demás a dar lo mismo. Mire a Cristo, no se canse de contemplarlo. Soy muy jesuita y una cosa he admirado siempre en San Ignacio es el de no haber confundido nunca los medios como si fueran fines, ni los fines propuestos como medios.
De nuevo aparece aquí ese “juntar cosas que sólo juntan los santos: Hurtado dice amor e inmediatamente pasa a “no se olvide de no ser dura con los otros. De no pedirles que den lo mismo que Dios le pide a ella”. Amar es no ser duro. Le está hablando a su amiga, que necesitaría esa precisión. No está hablando en general. Y sin embargo nos sirve a todos. Como lo de Mirar a Jesús y no confundir los fines con los medios. Esa es quizás la gracia de la caridad de Hurtado: la tiene como fin “en cada momento”. Que los grandes proyectos no aminoren lo que se puede hacer hoy. Por eso agregaba:
Lo que escriba debe de ser una cosa tan sencilla, que si mañana llegara N.N. y le dijera: ‘deseo entrar a la Fraternidad’ (a Manos Abiertas, a la Obra, al Refugio, al Hogar…), usted pudiera contestarle ‘Es sólo esto: una entrega total a Cristo’, (e inmediatamente “precisa”) pero no ponga cosas imposibles de realizar desde el primer día. Retenga esto: el espíritu es el amor, y este amor profundo a Dios trae la pobreza, la castidad, la obediencia, la humildad, y todo lo demás. Más tarde se podrá precisar más si es necesario.
Creo que el “espíritu” de nuestras obras está ligado al “sentido del pobre”. El pobre nos dice lo que hay que hacer. De allí lo del “voto de obediencia” al pobre. En general no nos mandan con palabras sino con su misma presencia y su necesidad. Sin embargo, cuando les damos espacio es increíble lo que nos dicen, lo bien que lo dicen y cómo nos aclaran todo. Muchas veces la obediencia al pobre –el decirle si, patroncito- se hace posible cuando estamos atentos a qué y cómo nos agradecen. En aquello de lo que se quejan hay que desentrañar más cosas, en cambio en lo que agradecen hay pistas claras para lo que debemos hacer. El sentido del pobre lo mostramos con obras, porque en nuestras obras nuestros nuestro pueblo sabe que comprendemos su dolor, como dice Aparecida. Y en el agradecimiento nosotros sabemos que el otro se siente comprendido.
Diego Fares sj