Domingo 20 A 2011

La fe

Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer siro-fenicia, saliendo de aquellos confines, comenzó a gritar:
– “Apiádate de mí, Señor! Hijo de David: mi hija está malamente atormentada por un demonio”.
Pero El no le respondió nada.
Sus discípulos se acercaron y le pidieron:
– “Señor, despídela que nos persigue con sus gritos”.
Jesús respondió:
– “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer fue a postrarse ante El y, adorándolo, le dijo:
– “Señor, ¡socórreme!”.
Jesús le dijo:
– “No queda bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorritos”.
Ella respondió:
-“¡Pero sí, Señor! Los cachorritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños”.
Entonces Jesús le dijo:
-“¡Oh Mujer!, ¡qué grande es tu fe! Hágase como deseas”.
Y en ese momento su hija quedó sana (Mt 15, 21-28).

Contemplación
Hay gente a la que uno no le responde. En Buenos Aires, en algunas calles muy concurridas como Florida, hay mujeres que gritan lastimeramente mostrando a sus hijitos y pidiendo una limosna. La impresión es que lo hacen profesionalmente (y duele usar una palabra así porque si bien acierta en cuanto al modus operandi esconde una situación de indignidad más profunda: a qué nivel tiene que haber llegado una mujer para mendigar así con sus hijitos o los de otra dentro de una red que las organiza y las explota). Pero los gritos lastimeros son los que nos conectan con el evangelio de hoy. Son gritos que Jesús parece que no escucha. Y por la reacción de los discípulos se ve que ellos tampoco les hacían caso al comienzo. Como cuando uno pasa al lado de estas mujeres y desvía la vista diciéndose interiormente “esa situación no me obliga a mí personalmente”. Al caminar por la ciudad nos salen al paso muchas situaciones de este tipo y uno va repitiendo interiormente “eso no es para que me detenga yo”. A veces el tirón es más fuerte y uno no se acerca o no establece contacto visual por miedo a quedar involucrado. Los que piden en los subtes y trenes suelen tener su discurso bien armado: no los obligo ni los quiero molestar mucho tiempo, diez centavitos me bastan. Y uno siente la incomodidad de los diez centavitos en el bolsillo o en la cartera cuando la persona pasa a nuestro lado. A veces hacemos el esfuerzo de buscar la monedita y otras… ya pasó el que pedía y no nos dio tiempo.
Hay situaciones en las que uno, como Jesús, no responde a los pedidos y a los gritos de los que pasan a nuestro lado o aquellos ante los que pasamos. Pero el quejido desgarrador y la súplica lastimera revelan una verdad profunda. Los que la utilizan para lograr que les den una limosna lo saben. Y la verdad es que el sufrimiento de la gente nos concierne. En “Compadecer con las manos”, Martín Descalzo citaba a Van der Meer que confesaba: «Me es imposible desterrar de mi atención los sufrimientos de la humanidad. Todos los sufrimientos, corporales y espirituales. No quiero gozar de reposo mientras los pobres, los mendigos y los vagabundos, atenazados por el hambre y por el frío, están ahora durmiendo entre harapos en los túneles y en las escaleras del subte, porque allí, en el enrarecido aire subterráneo se está caliente. Esta miseria me concierne. Es ahí, en esos cuerpos, en esos corazones, donde Jesús prosigue, de un modo misterioso, su pasión.» Y agrega Descalzo: “A veces me pregunto si Dios no debería concedernos a todos los humanos un don, un don terrible. Concedérnoslo una sola vez en la vida y sólo durante cinco minutos: que una noche se hiciera en todo el mundo un gran silencio y que, como por un milagro, pudiéramos escuchar durante esos cinco minutos todos los llantos que, a esa misma hora, se lloran en el mundo”.

Me gusta pensar que Jesús no le respondió a la mujer porque sabía que iba a insistir. A otros que ni siquiera se atrevían a expresarle un pedido –como la pobrecita hemorroisa- el Señor les respondía hasta el toque suave de su manto. O iba directamente él al encuentro del necesitado que ya no se animaba a pedir que lo ayudaran, como hizo con el paralítico o con el ciego de nacimiento.

Jesús es el único ser humano capaz de escuchar “todos los gritos de la humanidad”. Como dice tan lindo la Carta a los Hebreos: “No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado. Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno” (Hb 4, 15-16). Puse a propósito “ser humano” solo sin agregar que es Dios porque eso es precisamente lo que quiere hacer notar la carta a los Hebreos: que Jesús se compadece porque “pasó lo mismo que nosotros”. Como diciendo que cuando damos por descontado que Dios escucha a todos también damos por descontado que “escucha distinto”, siempre le proyectamos alguna distancia al amor de un Dios Celestial. Lo interesante de Jesús es que nos escucha como hombre, siente lo mismo que los discípulos (siente ese “hacer como que uno no escucha porque no le toca”) y luego supera ese hacerse el sordo de una manera humanísima, posible también para alguien como uno. Veamos cómo.

Si en la primera actitud Jesús hace la de todos, ante la segunda actitud –la insistencia de la mujer y el querer sacársela de encima de los discípulos- Jesús cambia radicalmente de posición. Allí donde uno afloja por conveniencia y por respeto humano Él endurece su posición. Pareciera que Jesús obra aquí con una actitud fundamentalista, aplicando el derecho canónico sin “epikeia” (“Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, antepuso una forma de justicia “equitativa” a la mera justicia legal. Es decir, asumiendo el carácter universal y abstracto de toda ley el filósofo advirtió que, en ciertas ocasiones excepcionales, puede resultar más justo obrar de forma contraria a la ley que acatar su cumplimiento. O, dicho de otra manera, obramos de manera justa cuando dadas unas circunstancias excepcionales podemos suspender la interpretación literal de una norma con vistas a preservar su verdadera intención”). Jesús le dice: en esto no me toca meterme. Y los discípulos no insisten. Pero la mujer sí. Y al Señor le encanta y agudiza más la prueba hasta que saca una fe inmensa y gozosa del corazón de esta madre y la pone como ejemplo para todos los tiempos.
Como cristianos, muchas veces no nos hacemos los sordos pero nos quedamos rondando en el límite del derecho y el deber: esto me corresponde, esto no. Escuchamos los “imperativos categóricos” –de la propia conciencia, de lo que dicen los demás, de lo que dice el derecho…- y no escuchamos el sonido hermoso del corazón humano expresando su amor y su necesidad a través de las palabras.
Jesús endurece su frase pero habría que haber estado allí escuchando el tono con que la dijo y lo que dijeron sus ojos a los ojos de la mujer, porque esta en vez de quedarse dura se fue a arrodillar a sus pies y le dijo “Señor, socórreme”. Imagino que ya no fue a los gritos sino en un sollozo. Y entonce Jesús le tira ya no con el derecho canónico sino con un refrán popular de que “no queda bien tirar el pan de los hijos a los perritos”. Nos detenemos aquí. Buscando en hebreo encontré algo muy lindo que me cambió totalmente el sentido de la escena (confieso que “cachorritos” no me terminaba de suavizar lo de “perros” en labios de Jesús). Pero encontré un textito judío que no habla de esta escena evangélica para nada, en el que recuerda que en hebreo perro es “kelev” y que significa “cercano al corazón”, en alusión a la lealtad y compañerismo de los perros. Aunque en la Biblia suele tener un sentido despectivo, la palabra en sí misma es cariñosa. Desde esta perspectiva, el diálogo que tiene apariencia formal de dureza es sin embargo de mucha ternura.
La imagen de la mujer rogando a los pies de Jesús es congruente con la manera de actuar de los cachorros, de los que “están cerca de nuestro corazón” y hay que echarlos para que no nos laman la mano y se nos metan entre los pies cuando caminamos (pareciera que a Jesús le agrada esa imagen de una lealtad pesadamente cariñosa cuando se trata de la fe). De ahí que no sea para nada un exabrupto legal la mención de los perros. En general la interpretación se fue para ese lado, por lo del desprecio de los judíos por los extranjeros, pero aquí me parece que el Señor juega más bien con el sentido cariñoso de “kelev” -“cachorrito”-, “cercano al corazón”.
Así lo entiende la mujer que le responde con alegría: “Justamente eso es lo que hacen los niños con los cachorritos, le dan de sus miguitas por debajo de la mesa”. Y el Señor exclama “¡Qué grande es tu fe!”. Hacía un rato le había dicho a Pedro: “Qué poca fe”. Poca para caminar sobre el agua, pero no para dejarse socorrer. Al fin y al cabo la frase de Pedro fue la misma que la de la mujer: “Señor, socórreme”. Pero quizás lo que quiere remarcar el Señor es la cuestión de los deseos. La confianza de la mujer en Jesús se corresponde con su deseo más íntimo –que se sane su hijita- y el Señor le dice “que se haga como deseas”. El deseo de Pedro era caminar hacia Jesús sobre las aguas, pero duda. No une confianza y deseo y eso es lo que significa “fe grande”. No es estándar la grandeza de la fe, cada uno tiene que examinar sus deseos hondos y cuánto es capaz de “molestar” a Jesús como un cachorrito hasta lograr lo que más quiere.

La mujer nos enseña a rezar, a dialogar con Jesús desde el deseo y la fe. Ella toma cada miguita que le tira el Señor como expresión de cariño y como invitación a ir más allá en su confianza. No se queda en ninguna frase dura ni da pie a ningún pensamiento que le saque de seguir hablando con el Señor en este tono amigable.
Que el Señor nos conceda estar así de “cercanos a su corazón”.
Diego Fares sj