Domingo 19 A 2011

La Fe

Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma,» dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo:
«Cálmense, soy Yo; no teman.»
Entonces Pedro le respondió:
«Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua.»
«Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hun-dirse, gritó:
«Señor, sálvame.»
En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía:
«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.
Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo:
«Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios» (Mateo 14, 22-33).

Contemplación
Lo que sentía al releer varias veces este evangelio es que es lindo entero. En otras ocasiones elijo una palabra o una sola escena, o parto de algún acontecimiento de la vida diaria que se ilumina con el evangelio. En cambio ahora sentía ganas de meterme en cada frase e ir sintiendo y gustando todo lo que pasó aquella tarde que se extendió hasta la madrugada del día siguiente…
… Después que se sació la multitud, con el milagro de la multiplicación de los cinco pancitos y los dos pescados, la despedida fue emotiva. Por eso Jesús obligó a los dis-cípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Que los obligó implica que ellos se resistieron un poco. Ya an-tes del milagro lo habían apurado a que despidiera a la gente con la excusa de que había que comer y quizás ahora también lo apuraban haciendo señas mientras el Se-ñor se tomaba tiempo para saludar personalmente a cada uno que quería. Una bendi-ción a este, una sonrisa a aquel, un apretón de manos, un cruce hondo de miradas…
Pero como el evangelio dice que “después, subió a la montaña para orar a solas”, no hay por qué pensar mal de los discípulos. Puede que hubieran aprendido la lección de los tiempos largos de Jesús y ellos también estuvieran a su lado, saludando a todos, y que fuera Jesús más bien el que tuviera apuro en despacharlos a ellos para poder es-tar a solas con el Padre. Pienso que el Señor venía de muchos años de soledad, de vida de trabajo silencioso en Nazaret, en compañía de José y de su Madre. De golpe las multitudes que no lo dejan ni comer, que lo buscan y se le tiran encima, que quie-ren que los bendiga y les hable… Y la vida en comunidad con los discípulos, con las pequeñas cosas de toda convivencia… Es comprensible que el Señor se buscara sus ratos para estar a solas y este es uno de los que ha quedado grabado en la memoria de los discípulos que se dieron cuenta y al final cedieron y se fueron. No del todo con-vencidos, me parece, pero seguro que Pedro habrá dicho: “Vamos, que el Maestro quiere estar un rato tranquilo”. Alguno habrá insistido: “¿Pero cómo se va a ir después?”, convencido de la sensatez de su observación… “Vayan”, habrá dicho simplemente el Señor, con ese modo suyo que no daba lugar a más discusiones. Y cuando se alejó por el camino la última familia, el Señor encaró para el monte y subió a la montaña para rogar a solas.
Y al caer el sol, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sa-cudida por las olas, porque tenían viento en contra. Mateo es el que cuenta lo que pasó y lo que transmite son sus sentimientos: él está en medio del mar con viento en contra y lo siente al Señor rogando por ellos a lo lejos. ¿Cómo sabe que no estaba des-cansando simplemente? Quizás lo pensó en un momento, como la vez que Jesús se les quedó dormido en la barca y lo tuvieron que despertar a los gritos para que los sal-vara. A lo mejor le preguntó después “Señor ¿qué te quedaste haciendo?” y él le habrá dicho que se quedó rogando por ellos toda la noche. O también puede ser que se dio cuenta solo: al ver a Jesús que vino caminando a ellos sobre el agua y calmó la tor-menta, se dio cuenta de que les había querido enseñar a confiar en él, a fiarse de sus tiempos y maneras de intervenir y detrás de esto habrá sabido descubrir que el Señor resolvía todas las cosas en íntimo diálogo de comunión con el Padre.
Desde nuestra perspectiva, vemos que al ir leyendo el evangelio, si uno se detiene en cada frase, surgen preguntas. Si uno trata de responderlas por sí mismo, surgen varias posibilidades, pero si sigue leyendo, uno cae en la cuenta de que el mismo evangelio responde con las cosas que narra a continuación. Por eso es bueno meterse en las escenas y seguir leyendo. Eso es ser evangelizado, leer el evangelio y seguir leyendo, dejar que se nos diga entero, íntegro, y nos calme los sentimientos que surgen como si fueran viento en contra y tormenta que angustia haciéndonos sentir que todo se hun-de.
Este visualizar los sentimientos hondos de Jesús, remarcando dos veces que subió “para rogar a solas” y que “al caer el sol todavía estaba allí, solo”, Mateo lo internalizó metido en la angustia de la barca en medio de la tormenta. Este evangelio es fruto de una oración vivida y confirmada por el Espíritu –ese Vientito pacífico que trajo Jesús sobre las aguas, en medio del ventarrón y de la tormenta-. No se olvidaron nunca cómo vino a ellos sobre el agua y serenó la tempestad.
No se olvidaron más porque primero se pegaron el susto de su vida. Mateo dice que “A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar, y ellos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma,» dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.”
En medio del susto y los gritos ante esa visión de alguien caminando sobre el agua en medio de la tormenta, la voz de Jesús que dice: “Cálmense, soy Yo; no teman”,
suscita una reacción increíble en Pedro. Esto lo digo porque no parece muy lógico que pase de andar a los gritos por el terror a pedirle lleno de entusiasmo: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua.” Pedro tiene eso de obedecer a la fe. Impulsivo como es, a veces dice y hace macanas, cuando obedece instintivamente a los impulso de sus pasiones. Pero el Señor no le corrige la impulsividad sino que la aprovecha. Pedro adhiere al Señor con una fe instintiva madurada en el contacto diario con Jesús. Y se ve que al Señor le gusta porque no lo frena sino que le dice: “Ven”. Goethe dice que la imagen de Pedro yendo hacia Jesús sobre las aguas, es la imagen del discípulo que recibe el don cuando avanza decididamente sobre las aguas, cuando deja la postura segura del espectador y se lanza a la acción. Así realiza su propia verdad como camino, renunciando a “esperar en la orilla o en la barca” a que Jesús lo haga todo o le brinde una revelación total. Así, junto con los otros discípulos que se quedan en la barca, podemos contemplar admirados como “Pedro, bajando de la bar-ca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame.» En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
Muchas veces se ve esto como un fracaso de Pedro, un intento entusiasta fallido que se gana un reproche cariñoso del Señor. Nada de eso. El Señor fortalece la fe de Pedro gracias a que este se anima a “quedar en sus manos”. No se trata de que la próxima vez camine sólo y se independice del Señor. Lo que aquí hizo la mano que el Señor le tendió, lo hace su Palabra, ese “ven” que tiene que bastar a la fe. Pero se trata de un “ven” que Pedro deseó que se lo dijeran y que obedeció en la fe. Lo que no pudo fue sostenerlo mucho tiempo y aquí recibió la ayuda de la mano que le tendió el Señor. Esta ayuda también se incorpora al “ven”, así como la conciencia del entusiasmo y de los miedos propios. Todo vale para una fe real y experimentada.
Mateo termina la narración con la paz y la confesión de fe de todos: En cuanto subie-ron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

Esta imagen de la Fe de Pedro completa la de la Roca. Pedro es Roca en cuanto se ha tirado al agua obedeciendo a Jesús y sostenido por él. Pedro es Roca en la barca en la que Jesús está con ellos calmando la tormenta. La fe se hace firme superando las du-das y caminando en medio de lo fluctuante de la vida con el oído atento a la Voz del Señor que nos anima “¡Ven!”.
Diego Fares sj.

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