Domingo 22 A 2011

Luces para una vida plena

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo diciendo: -“Dios no lo permita, Señor. Eso no te sucederá a ti”. Pero El, dándose vuelta dijo a Pedro: – “Retírate! Ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de escándalo, porque los pensamientos con los que juzgas no son de Dios sino de los hombres”. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: -“El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿Y qué podrá dar a cambio el hombre para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno de acuerdo a sus obras” (Mt 16, 21-27).

Contemplación
Como dice el Papa Benedicto en su libro “Jesús de Nazaret”, “la confesión de fe Pedro –Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente- sólo se puede entender en el contexto en que aparece: en relación con el anuncio de la pasión y la resurrección y en relación con las palabras sobre el seguimiento. Estos tres elementos –las palabras de Pedro y la doble respuesta de Jesús van indisolublemente unidas”.
Bajemos esto a nuestra vida ya que las consideraciones teológicas, como dice el Papa, por un lado tienen que partir bien de la historia, de qué entendía Pedro como judío de su tiempo cuando decía que Jesús es el Hijo del Dios vivo, y por otro lado, tienen que encarnarse en nuestro presente, en la fe de la Iglesia a la que Jesús le confió la totalidad de la revelación.
Creo que nosotros unimos estas tres cosas –fe, Cruz-resurrección y seguimiento- cuando comulgamos. Allí le decimos a Jesús “Señor mío y Dios mío” (la confesión de fe de Tomás sintetiza todas las anteriores). Y se lo decimos habiéndonos acercado a comulgar, compartiendo con Jesús penas y alegrías. No se puede confesar a Jesús sin comulgar con él, en la Eucaristía y en la práctica de las obras de misericordia. No se puede creer en Jesús sino compartiendo padecimientos y consolaciones en medio del camino de la vida. De eso habla Jesús cuando habla de ese camino en el que uno “se pierde a sí mismo”, pierde “su vida” sirviendo a los demás, camino que es necesario para el hombre y sin el cual resulta imposible encontrarse a sí mismo.
Es que la vida es don –no posesión- y sólo nos sentimos plenamente vivos cuando nos donamos. En el darse se juntan la fe, la cruz y la resurrección.
Es que nadie se dona si no confía, darse duele y también plenifica.
Buscando ejemplos para bajar a la vida estas consideraciones teológicas y antropológicas me encontré con un texto de San Alberto Hurtado –Una manera cristiana de trabajar- que le pone “sangre sudor lágrimas y sonrisa” a este evangelio. Lo cito de corrido porque las palabras del padre Hurtado son contemplaciones hechas en medio de un seguimiento apasionado de Jesús. No son enunciados morales de “cómo se debería vivir” sino constataciones de cómo la vida se vuelve plena y limpia cuando se confiesa a Jesucristo y se va “adelante con los faroles” como decía San Alberto.
La clave que propongo es leer a Hurtado gustando lo que para él es ganar la vida, vivir una Vida plena.

Comienza por darte. El que se da, crece.
Pero no hay que darse a cualquiera, ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena: al pobre en la desgracia, a ese barrio en la miseria, a la clase explotada;
a la verdad, a la justicia, a la ascensión de la humanidad; a toda causa grande, al bien común de su nación, de su grupo, de toda la humanidad;
a Cristo, que recapitula estas causas en sí mismo, que las contiene, que las purifica, que las eleva;
a la Iglesia, mensajera de la luz, dadora de vida, libertadora;
a Dios, a Dios en plenitud, sin reserva, porque es el Bien Supremo de la persona, y el supremo Bien Común.
Cada vez que me doy así, recortando de mi haber, sacrificando de lo mío, olvidándome, yo adquiero más valor, un ser más pleno, me enriquezco con lo mejor que embellece el mundo; yo lo completo, y lo oriento hacia su destino más bello, su maximum de valor, su plenitud de ser.

Crecer. Mirar en grande, querer en grande, pensar en grande, realizar en grande.
En los combates de hoy, todo se trata a la escala del hombre y a la escala del mundo. Disponerse a realizar cosas grandes. No cuidarse de hacer carrera, sino de llenar su vida en plenitud.
Ejercitar mi esfuerzo en los sectores disponibles. Tomar lo que no ha sido realizado. No imitar la burguesía: no se trata de obtener o de conservar privilegios. Se trata de servir.
No polemizar. Construir. No se trata de descubrir y recorrer una pista solo. Se trata de construir, para uso de muchos, un largo camino.

Realizar. Comienza por conocer el objeto de tu trabajo estando en contacto con él. El que sabe porque ha visto, porque ha experimentado, porque ha reflexionado, no está suspendido a la aprobación de los demás. Él camina en la seguridad.

Amar la obra bien hecha, y para ella poner todo el tiempo que se necesite. Las detenciones en el trabajo, por ejemplo las enfermedades, son útiles para poner cada cosa en su sitio, para volver a hallar las perspectivas. En ellas se realiza lo más fecundo del trabajo. Separado del ruido, lejos de los detalles, se puede mirar los problemas de más arriba y con más calma, se domina el problema; puede uno sacar las conclusiones de lo realizado, repensar los principios, darles una frescura nueva. Pensar y volver a pensar. En cada cosa, adquirir el sentido de lo que es esencial. No hay tiempo sino para eso. La vida es demasiado corta para perder el tiempo en intrigas.

En el sector que tú has escogido debes ser el hombre que sabe mejor, no porque sepas todos los detalles, eso es imposible, sino porque sabes los pormenores suficientes para darte cuenta del conjunto. Lo que más falta hoy, es el hombre con visiones de conjunto. Hay algunas, pero falsas.
La suprema habilidad es la sinceridad. Jugar limpio. La “chicana” es exasperante; hay que dejarla a los mediocres. Muchos buscan no la verdad, ni el bien, sino el éxito. Eso puede ser canallesco.

Atreverse. Con frecuencia se enseña a los hombres a ‘no hacer’, a ‘no comprometerse’, a ‘no aventurarse’. Es precisamente al revés de la vida. Cada uno dispone según su salud, su temperamento, sus ocupaciones sólo de un cierto potencial de combate. No despreciarlo en escaramuzas.

Embarcarse. No se sabe qué barcos encontraré en el camino, qué tempestades ocurrirán… Hay un minimum de precauciones, una vez tomadas, ¡embarcarse! Ningún peligro de materializarse para el cristiano que busca antes que nada el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6,33).

El combate. Amar el combate. Considerarlo como normal. En el estado de naturaleza caída, es lo normal.
No maravillarse, aceptarlo, mostrarse valiente, no perder el dominio de sí; jamás faltar a la verdad y a la justicia. Las armas del cristianismo no son las armas del mundo. Amar el combate, no por sí mismo, sino por amor del bien, por amor de los hermanos que hay que librar. El combate tiene su belleza, ¿por qué no gozar de ella?
“En la lucha social es muy difícil no dejarse pescar (por la vanidad y los conflictos), aun cuando no se pretende sino la verdad y la justicia. Está esa recepción tan acogedora que te hacen, la invitación a almorzar, los ofrecimientos de ayuda, las subvenciones… (Están las tensiones) entre los miembros del equipo, entre los más conciliadores y los que explotan las divergencias. A veces habrá que capitular para impedir un cisma… porque hay un sector de la asamblea que impone sus puntos de vista. Hay que velar constantemente para guardar la libertad y no dejarse acaparar por un clan”.
Para tener éxito, ser el mejor documentado. Tener entradas e informaciones de todo lo que ocurre. Estar dominado por una idea poderosa, que no se expresará sino poco a poco. Los hombres no resisten mucho tiempo a una idea, cuando se la presentamos de muchos puntos diferentes, y partiendo de lo que a ellos les interesa.
Hay que perseverar. Muchos quedan gastados después de las primeras batallas. Les faltaron las armas o el valor… Otros, en cambio, parecen moribundos y están más fres-cos que nunca.
Nunca está uno solo, ni en las horas de mayor soledad. Cuando se afirma la verdad, se quiere el bien; cuando se combate por la justicia, se hace uno de numerosos enemigos, pero adquiere también numerosos amigos. Otros a nuestro lado aman la verdad, el bien, la justicia. Mañana estarán a nuestro lado. Aun entre aquellos que nos combaten hoy, hay siempre quienes se pondrán de nuestra parte apenas descubran claramente qué es lo que queremos.
No preocuparme de lo que digan. El que sigue el objeto tiene siempre razón. No perder el tiempo en discutir con los estetas, los críticos, los espectadores. Seguir mi camino. Construir. Escuchar pacientemente al que ha visto, al que ha construido. No decir “no” al que ha visto y construido. No decir “sí” fácilmente al que enuncia principios. Alegrarse cuando alguien lo sobrepasa, cuando ve o va más lejos.
Saber que las ideas caminan lentamente. Muchos se imaginan que, porque han encontrado alguna verdad, eso va a arrebatar los espíritus. Se irritan con los retardos, con las resistencias. Estas resistencias son normales: provienen de la apatía, o de la diferente cultura, ambiente. Cada uno parte de lo que es, de lo que ha recibido (¡Nietzsche!). Para que acepte otro pensamiento es necesario que lo asimile, lo armo-nice con lo anteriormente adquirido.
No espantarse, no irritarse de la oposición. Ella es normal, con frecuencia ella es justa. Ella quiere decir que se está en pleno combate, ella prepara la adhesión de otros y nuestra adaptación a la realidad.
Alegrémonos más bien que se nos resista y que se nos discuta. Así nuestra misión penetra más profundamente, se rectifica, anima, y quien quiera que se vaya, olvidándonos, después de haber reinventado o mejorado nuestro propio sistema, milita, quiéralo o no, a nuestro lado. Eso basta. –“Su obra está en crisis”, me dirán. –Sí, pero usted me encuentra bien tranquilo… –“Sí, pero eso y eso no marcha…”. –Pero, amigo, una obra que marcha, tiene siempre cosas que no marchan. Una obra que vive está siempre en crisis.
Permanecer puro, ser duro, buscar únicamente la verdad, el bien, la justicia. Imponerse esfuerzos constantes para alcanzar estos objetivos. A medida que se los ha conquistado, llegar a ser un apoyo sólido para los otros.
Ser simple, “naif” [ingenuo]; y empeñarse en permanecer simple. Creer todavía en el ideal, en la justicia, en la verdad, en el bien, en que hay bondad en los corazones hu-manos. Creer en los medios pobres. Librar con buena fe batalla contra los poderosos. No buscar engañar, ni aceptar medios que corrompan.
Cuando el obstáculo es la oposición de los hombres, la mejor táctica, con frecuencia, es continuar su camino, sin cuidarse de esta oposición. Se pierde un tiempo precioso en polémicas, cuando sólo la construcción cuenta. Los injustos ignoran la fuerza de la justicia. Se creen poderosos, cuando basta que encuentren un solo hombre justo para que todos sus planes sean descubiertos. Apenas encuentran un grupo de justos, deben batirse en retirada, pactar, o al menos tomar la máscara de la justicia. Si la oposición viene de los hombres de buena voluntad, de los “santos”, de los superiores, verificar mi orientación y si estoy marchando con la Iglesia; sacar el mejor partido de las circunstancias, sin armar ruido.
En todo apostolado habrá dificultades. Pertenecemos a la Iglesia militante, y nuestra vida está “en tensión”. El testimonio del apóstol tiene algo de violento. Sólo los violen-tos arrebatan el Reino de los cielos (cf. Mt 11,12). Acuérdate que “se va lejos, después que se está fatigado”. La gran ascética es no ponerse a recoger flores en el camino. Hay más valor en soportar los acontecimientos, que en cambiarlos.
El sufrimiento, la Cruz, es sobre todo permanecer en el combate que se ha comenzado a librar. Esto es lo que más configura con Cristo. Hay quienes quieren expansionarse (s’épanouir) pero sin dolor. No han comprendido aún lo que es crecer… Quieren expansionarse por el canto, por el estudio, por el placer, y no por el hambre, la angustia, el fracaso y el duro esfuerzo de cada día, ni por la impotencia aceptada, que nos enseña a unirnos al poder de Dios; ni por el abandono de sus planes, que nos hace encontrar los planes de Dios. El dolor es bienhechor porque me enseña mis limitaciones, me purifica, me hace extenderme en la Cruz de Cristo, me obliga a volverme a Dios.
En un grupo realista de apóstoles, máximas como éstas se oyen frecuentemente: “Después de un piedrazo, otro…” (No importa!)
90% de fracaso, ¡¡alegrarse, a pesar de todo!!
Comenzar siempre por acusarse a uno mismo.
El fracaso construye.
Alegría, paz, ‘viva la pepa’… ¡y viva, y siempre viva!
Así es la vida… ¡¡¡y la vida es bella!!!
No armar alharaca. No gritar. No indignarse. No irritarse. No dejar de reírse, y dar áni-mo a los demás. Continuar siempre.
No se hace nada en un mes: al cabo de diez años es enorme lo hecho. Cada gota cuenta. “Bástale a cada día su malicia” (Mt 6,34). Esperar aún los piedrazos más grandes y no creer todo perdido cuando lleguen. Ya se acabarán. El tiempo arregla muchas cosas.
Así piensa un grupo de jóvenes que tienen el verdadero espíritu apostólico. Cuando uno mira los sectores de trabajo, de cerca, todo parece que no marcha, y sin embargo la obra marcha, y bien…
Con todo, hay momentos de crisis. Muchos, al verme en peligro, se pondrán a mirar. Comentan:”Ha perdido el pie, pero sabe nadar… pero se fatiga. No puede más… va a ahogarse. ¿Para qué se metería en este peligro?”. Así comentan, luego se van, pero nadie se tira al agua para sacarme. Con todo, no estoy perdido, unos cuantos golpes bien dados y estamos fuera y, ¡¡hasta otra!!
Darme sin contar, sin trampear, en plenitud, a Dios y a mis hermanos, y Dios me tomará bajo su protección. Él me tomará y pasaré indemne en medio de innumerables dificultades. Él me conducirá a su trabajo, al que cuenta. Él se encargará de pulirme, de perfeccionarme y me pondrá en contacto con los que lo buscan y a los cuales Él mismo anima. Cuando Él tiene a uno, no lo suelta fácilmente.
Para este optimismo, nada como la visión de fe. La fe es una luz que invade. Mientras más se vive, mayor es su luz. Ella todo lo penetra y hace que todo lo veamos en función de lo esencial, de lo intemporal. El que la sigue, jamás marcha en tinieblas. Tiene solución a todos los problemas, y gracias a ella, en medio del combate, cuando ya no se puede más por la presión, como el corcho de la botella de champaña salta, se escapa hacia lo alto, se une a Cristo y en Él halla la paz. La fe nos hace ver que cada gota cuenta, que el bien es contagioso, que la verdad triunfa.
……………………..
Díganme si no contagia ganas de vivir así! San Alberto encarna esta síntesis entre fe y seguimiento de un Jesús crucificado y resucitado y abre caminos para que podamos sortear los obstáculos que la cultura actual presenta como insalvables para la vida cristiana en plenitud. El texto da para toda una vida, así que el trabajo de cada uno es quedarse gustando alguna frase en la que siente que se espeja su situación de vida pidiendo a Hurtado luz y fuerza para la propia fe y para la misión en la que uno está.

Diego Fares sj

Domingo 21 A 2011

Besar el anillo del Pescador

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos
– ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’
Ellos respondieron:
-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.
– ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’
Tomando la palabra Simón Pedro respondió:
– ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.
Y Jesús le dijo:
-‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo.
Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia,
y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella.
Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.
Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’
Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20).

Contemplación

Con ocasión de la visita que le hizo un obispo argentino, Monseñor Rau de La Plata, en 1953, Romano Guardini escribió en su Diario:
“Para mí un Obispo es siempre una personificación de la autoridad eclesial venerada con todo el corazón. Es hermoso poder honrar la autoridad legítima. A aquellos que no lo hacen les falta una cosa esencial”.

Guardini estaba enfermo y aunque le ofreció ir a ver él al Obispo a su residencia el Obispo no lo dejó y fue él a visitarlo, por eso Guardini se sintió honrado y expresó su sentimiento de fondo ante la autoridad.
Este pasaje me vino al corazón al ver escenas de la visita del Papa al Escorial para encontrarse con jóvenes religiosas y jóvenes profesores universitarios. Me emocionó la devoción de las religiosas por el Papa y el respeto de los profesores y pensaba que el respeto y el cariño por la autoridad legítima es una gracia.
Es una gracia muy combatida por los medios que denigran la autoridad, la reducen, la ridiculizan, la ningunean… Uno siente la influencia poderosa de los medios cuando la imagen de la gente que le besa el anillo al papa le causa cierta incomodidad.
Por eso hay que hacerle frente a las emociones negativas que se nos instilan mediante imágenes negativas y oponerle sólidas imágenes positivas y verdaderas.

Una imagen fuerte y hermosísima que siempre hay que recordar es que no se besa la mano de una persona sino el anillo de Pedro, el “Anillo del Pescador”, como se le llama, ya que tiene siempre la imagen de Pedro echando las redes.
Este anillo bendito se martilla cada vez que muere un papa y parte del mismo oro se utiliza para el siguiente.
Tiene toda la carga de la autoridad dada a Pedro por Jesús.
Autoridad para ejercer soberanamente la misericordia y perdonar más allá de lo que piensen los hombres burlones, los hombres vengativos y los hombres soberbios.
Otra imagen linda es la del Beato Juan Pablo regalando el suyo dos veces (al menos). La primera cuando un chico de la favela que visitó en Brasil se coló entre la gente y le fue a dar un beso. El Papa conmovido miró a su familia y a la gente de la que venía el pequeño y les regaló su anillo. La otra fue al final de su vida: lo regaló para adornar el cuadro de San José (!) del monasterio carmelita de su ciudad natal de Wadowice en Polonia.
Ayer el ver cómo besaban el anillo del pescador una carmelita y un joven profesor me conmovió y me hizo reflexionar.
La carmelita entró en el espacio del Papa con cierto ímpetu, le besó el anillo con unción y elevando el rostro alegre se acercó más de rodillas y teniéndole la mano con las suyas le dijo lo que le quería decir.
El que iba al lado del Papa tocaba a la gente con cierto ritmo neutro para que nadie se demorara. Pero se notaba que las personas vivían un momento único en su vida. No sé por qué la escena me recordó la de la pecadora que también se metió en la casa donde estaba Jesús y sin importarle lo que pensaran los demás lo ungió con su perfume. El joven profesor universitario fue más torpe pero no menos piadoso, medio como que trastabillo ante el Papa que estaba sentado y le besó el anillo como pudo. En su discurso de bienvenida se notaba que quería demostrar el respeto ante un Papa profesor universitario que defiende lealmente la búsqueda común de la verdad, sin la cual no se puede hacer bien el bien a todos.
De estas imágenes de gente que “venera de todo corazón y sin vergüenza ajena la autoridad legítima” vino la frase de Guardini: “es hermoso poder honrar la autoridad legítima. El que no lo hace carece de algo esencial”.

Hay que recordar qué evangelio está detrás de estos besos y de este arrodillarse para caer en la cuenta de por qué le molesta tanto al “mundo” este reconocimiento de la autoridad legítima. El fundamento de estas escenas es el evangelio de hoy en el que el Señor le da las llaves del Reino a un humilde pescador. Ese anillo no se compra con dinero. Tampoco se consigue a base de esfuerzo ni de consenso popular. El que lo ciñe es investido de una autoridad que le viene dada de lo alto, del único que tiene el poder de perdonar, de atar y desatar.
Besar y honrar ese anillo expresamente es un acto de rebeldía, no de servilismo. Libera de todo otro servilismo ante los poderes de este mundo.
Hoy, como dice Guardini, el poder se ha vuelto anónimo. Por eso los poderosos tratan de pasar desapercibidos. Por eso les molesta que otro poder –aunque sea el de perdonar y servir- se personalice.
Y ridiculizan la autoridad papal aunque se mueren de envidia ante el desenfado católico de poder unir humildad y poder.
Uno ve al Papa saludando con su timidez y parquedad a la gente desbordante de entusiasmo y sabe que no se la cree.
Sabe que se alegra de que la gente alabe en él a Jesucristo.
Esta síntesis católica es una gracia para una humanidad que no encuentra dónde encarnar su indignación ni su entusiasmo, su sed de autoridad y de comprensión, su anhelo de verdad y de bien.
Poder gritar viva el Papa sin que esto implique un “mueran los otros” (tampoco los que critican), poder demostrar el cariño concreto y la alegría sin excluir a nadie, ni siquiera a los que piensan distinto…, ¡qué gracia!
Qué lindo poder respirar este aire.
Se ve en los rostros de los jóvenes, en la alegría fraterna.
El que no sabe honrar así la autoridad legítima se está perdiendo algo esencial de su ser humano y de la vida.
Diego Fares sj

18 de Agosto 2011 San Alberto Hurtado

El pobre es Cristo

El año pasado tomamos la frase “Contento, Señor, Contento”, ¿recuerdan? Descubrimos que San Alberto la dirigía en primer lugar a Jesús: Contento, Señor, con Vos. Hurtado no estaba contento consigo mismo, en primer lugar, ni con el mundo que le tocó vivir, sino contento con Jesús. Y en Jesús, sí: contento con todo lo demás. No era la suya una de esas frases positivas de la autoayuda sino algo más profundo.
Si miramos la fuente de ese estar siempre contento vemos que es Cristo:
“Cristo es la fuente de nuestra alegría. En la medida que vivamos en Él viviremos felices”.
Para San Alberto:
“En la vida no hay dificultades, sólo hay circunstancias. Dios lo conduce todo, y todo lo conduce bien. No hay más que abandonarse (en sus manos), y servir a cada instante en la medida de lo posible.”
Claro, esta manera de mirar los problemas cambia todo, permite mantener la paz y la alegría en medio de las dificultades…
Renovamos, pues, la petición de estar contentos con el Señor: Contentos, Jesús, contigo. Y en vos, contentos con todo lo demás. Con nuestros hermanos más pequeños. Contentos de poder decirles: Sí, Patroncito, sintiendo que le estamos diciendo que sí a nuestro Padre. Contentos con vos, Jesús, y en vos, contentos con nuestros hermanos y compañeros de trabajos, contentos con el puesto que nos has asignado y con las tareas que afrontamos, contentos incluso con las dificultades. ¡Contentos, Señor, muy contentos!

Este año me gustaría que nos detuviéramos en otra frase de San Alberto que a fuerza de ser repetida a veces uno piensa que ya sabe lo que quiere decir: “el pobre es Cristo”:
“El prójimo, el pobre en especial, es Cristo en persona. Lo que hiciereis al menor de mis pequeñuelos a ‘mí’ me lo hacéis”.
Hurtado precisaba bien esto del evangelio y lo bajaba a la realidad de la calle:
“El pobre cartonero, el lustrabotas… La mujercita con tuberculosis, la que tiene piojos, es Cristo. El borracho… ¡no nos escandalicemos, es Cristo! ¡Insultarlo! ¡Burlarse de él! Despreciarlo, ¡es despreciar a Cristo! ¡¡Lo que hiciereis al menor, a mí me lo hacéis!! Esta es la razón del nombre “Hogar de Cristo”.
Al final de su vida expresaba su último anhelo:
“Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el que se trabaje por crear un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo. «Lo que hiciereis al más pequeñito, a mí me lo hacéis» (Mt 25,40). El Hogar de Cristo, fiel a su ideal de buscar a los más pobres y abandonados para llenarlos de amor fraterno, ha continuado con sus Hospederías de hombres y mujeres, para que aquellos que no tienen dónde acudir, encuentren una mano amiga que los reciba”.
Pero además de esta bajada que nos pone ante el pobre real, estas personas concretas que vemos y nos duelen, hay que hacer otra profundización
¿Qué quiere decir Hurtado cuando afirma con tanta fuerza “el pobre es Cristo”?

Lo último que quería escribir Hurtado era algo acerca de lo que él llamaba “el sentido del pobre”. Le escribía a su amigo Arturo Gaete: “
“Si oye algo de mi salud, sepa que estoy mejor después de un mes de reposo en el puerto [de Valparaíso]. Espero escribir este verano (¿o comenzar?) algo sobre el sentido del pobre. Yo creo que allí está el núcleo del cristianismo y cada día hay más resistencia e incomprensión a todo lo que dice pobreza. ¿Conoce algo bueno sobre esto?”
El proyecto quedó trunco como tal, pero podemos encontrar lo que significa “El sentido del pobre” para Hurtado en toda su obra y su vida. Los estudiosos dicen que vendría a significar la capacidad de interesarse por el pobre, de descubrir en la fe su verdadera identidad, es decir, que ‘el pobre es Cristo’, y vivir de acuerdo a ello. Hurtado hablaba de tener una “devoción cariñosa por el pobre”. Y hablando a los voluntarios de la Fraternidad traducía esta devoción así:
«Que la Fraternidad sea la llama del Hogar de Cristo. Preocúpense que haya respeto al pobre: sus camas, que no falten cucharas, platos, etc. Trabajen por la dignidad del pobre, es Cristo a quien sirven. Que haya en el Hogar contacto con el pobre, vayan a Chorrillos, busquen al pobre con amor y respeto… Que no se desvirtúe esa llama de caridad del Hogar de Cristo para convertirse en una caridad fría».

En la fraternidad hacen un “voto de obediencia al pobre”. Esto debe llevarnos a reflexionar qué concreto que es lo de que el pobre es Cristo que uno se puede ligar con voto a obedecerlo. No sabría explicarlo en teoría pero doy testimonio de que ví este voto vivido en la práctica. Me impresionó muchísimo en las hospederías en Chile ver algo de este trato de verdadera obediencia. Recuerdo cómo trataba un guardia a un borrachín al que junto con otro iban conduciendo hacia un lugar especial en la hospedería porque estaba muy pesado y no podía ingresar a las habitaciones. La imagen que me quedó fue que lo llevaban aparte como si fuera el jefe de una empresa que se hubiera mamado y los empleados lo llevaran aparte tratando de no avergonzarlo a él y de que otros no se burlaran. Quiero decir que lo llevaban con un respeto de jefe, no de extraño molesto. Otra actitud que me llamó la atención fue la paciencia infinita y cariñosa con que un colaborador escuchaba las quejas de un patroncito. Por dar una imagen diría que tenía el respeto de un empleado de telefónica, que no pierde la compostura, junto con el cariño de un hermano mayor que escucha a uno más chiquitito. Quiero decir que se juntaban cosas que normalmente no van juntas. Eran voluntarios comunes y me impresionó que no daban la sensación de estar haciendo algo especial o forzado: el espíritu les nacía espontáneamente. Obedecían al pobre en el mismo gesto de tener que indicarle algo y ponerle límites.

Hurtado describe este sentido del pobre como: «sentir sus dolores, sus angustias, como propios, no descansando mientras esté en nuestras manos ayudarlos. Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros Cristo».
Es una frase muy densa.
Hay que desmenuzarla.
Comenzamos por el final:
Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros Cristo.
La señal de que “veo” a Cristo en una persona pobre sería “el deseo” de estar en contacto.
Y si no siento ese deseo sino el contrario, de querer sacármelo de encima o mantenerlo a cierta distancia, entonces viene lo de “sentir dolor de no verlo a Cristo”, caer en la cuenta de que si lo viera desearía el contacto.
Todos tenemos experiencia de haber sentido como gracias, en algún momento de nuestra cercanía con alguna persona pobre, el consuelo de la presencia del Señor. Cuando no lo sentimos, Hurtado con pedagogía divina nos lleva no a lamentarnos diciendo “vi a Cristo y no lo serví” sino “no lo vi”, por eso no sentí deseo de acercarme.

La otra frase también tiene un ida y vuelta:
Sentir sus dolores y angustias como propios.
Si los siento como propios “no descansaré mientras esté en mis manos ayudarlo”.
Si me canso o pienso que no está en mis manos es que no los siento como propios. Es una manera bien práctica de bajar aquello de “amar al prójimo como a mí mismo”. Sentir sus dolores como propios no es una obligación sino una ayuda porque motiva el deseo de servir y da fuerza. Cuando uno cuida a alguien querido el cansancio es distinto, tiene una satisfacción especial.

Así uno puede ir profundizando en estas frases de Hurtado que tienen un plus, como sucede con las parábolas del evangelio. Uno cree que ya las entendió pero si lee de nuevo bien siempre dicen más. Son palabras que ayudan a ver y a cumplir lo que proponen. Palabras vivas, no enunciados de deberes.

Pero hay un paso más que da Hurtado en esto de tener como gracia “el sentido del pobre”. Además de iluminarnos quién es Cristo y quiénes somos nosotros el sentido del pobre nos da el “espíritu” que nos permite trabajar alegres en equipo, como comunidad. Podríamos decir que si uno siente que pierde la alegría de trabajar en equipo lo que tiene que hacer es mirar más hondo al pobre. Profundizar en ese sentido hace que inmediatamente uno se armonice con los demás.

Hurtado lo expresa al final de su vida cuando cuenta el sueño que tuvo en su viaje a Europa:
Nunca he tenido cosas extraordinarias, sin embargo recuerdo un sueño que tuve antes de mi viaje a Europa (1947-1948). Veía al Hogar de Cristo crecer en plenitud y madurez y no veía sotanas a su alrededor sino laicos: hombres, mujeres, niñas, entregadas a la perfección y sosteniendo el Hogar. Desperté con una gran paz y una inmensa alegría que duró mucho. En Europa busqué entonces lo que había visto en mi sueño. Las Fraternidades que existían no eran lo que había soñado… Y ahora está realizado”.
Este es el “Milagro” para Hurtado: la comunidad.
“Hemos visto muchos milagros en el Hogar de Cristo. El Hogar nació y se ha desarrollado por la providencia de Dios, pero el milagro más grande es la unión, el lazo de caridad que ha existido entre Uds.”.

Y el milagro de la comunidad viene del espíritu que es el sentido del pobre.

Cuando Marta Hollay, a pocos días de su muerte, le pide reglas y precisiones para la Fraternidad soñada, Hurtado le dice que lo importante es el espíritu y lo concretiza hablando de “detalles” en el servicio de los pobres:
“Que aumente la caridad en Uds. Que Cristo crezca en cada una de Uds. y estén atentas –se lo decía ayer al Padre Balmaceda–, que las construcciones, los proyectos que tengan, para mejorar la suerte de los pobres, no aminoren lo que hay que hacer hoy. Que los detalles para dignificar al pobre sean lo más importante; que Cristo tenga menos hambre, menos sed, que esté más cubierto gracias a Uds. Sí, que Cristo ande menos pililo, puesto que el pobre es Cristo”

Estamos en el 15 de Julio del 52. Marta Hollay, toma nota de las cosas que dice el padre y le pide que le dé indicaciones para lo que quiere que escriba sobre el modo de vivir de la fraternidad.
– «Padre, le digo, las precisiones que necesito no tendrían razón de ser si Ud. estuviera siempre al lado nuestro. Pero hay que escribir con una visión de eternidad como si las personas que van a dirigir la Fraternidad no supieran nada».
– «Tiene razón –me contesta– Cristo que está en este momento en medio de nosotros nos dará las luces que necesitamos. Es el espíritu lo que vale… No me gusta precisar. Hay tantas Órdenes religiosas, tantos Institutos llenos de Bulas e indulgencias y reglas, y todo se viene abajo porque falta el espíritu. Ponga en relieve el espíritu, la entrega sin vuelta a Cristo, el amor, porque la caridad es la plenitud de la ley, y el resto vendrá solo».
(Ese espíritu de caridad es lo que Hurtado precisa tan bien -él, al que no le gusta precisar…. otras cosas-, en el sentido del pobre):
– « ¿No cree, Ud. Padre –le pregunto nuevamente–, que se necesitará un control?…».
– « ¿Control? –me contesta– no me gusta esa palabra. Aquí no se trata de control sino de amor. No olvide nunca que no se puede ser dura con los otros. Si Dios la obliga a dar 7, no obligue a los demás a dar lo mismo. Mire a Cristo, no se canse de contemplarlo. Soy muy jesuita y una cosa he admirado siempre en San Ignacio es el de no haber confundido nunca los medios como si fueran fines, ni los fines propuestos como medios.
De nuevo aparece aquí ese “juntar cosas que sólo juntan los santos: Hurtado dice amor e inmediatamente pasa a “no se olvide de no ser dura con los otros. De no pedirles que den lo mismo que Dios le pide a ella”. Amar es no ser duro. Le está hablando a su amiga, que necesitaría esa precisión. No está hablando en general. Y sin embargo nos sirve a todos. Como lo de Mirar a Jesús y no confundir los fines con los medios. Esa es quizás la gracia de la caridad de Hurtado: la tiene como fin “en cada momento”. Que los grandes proyectos no aminoren lo que se puede hacer hoy. Por eso agregaba:
Lo que escriba debe de ser una cosa tan sencilla, que si mañana llegara N.N. y le dijera: ‘deseo entrar a la Fraternidad’ (a Manos Abiertas, a la Obra, al Refugio, al Hogar…), usted pudiera contestarle ‘Es sólo esto: una entrega total a Cristo’, (e inmediatamente “precisa”) pero no ponga cosas imposibles de realizar desde el primer día. Retenga esto: el espíritu es el amor, y este amor profundo a Dios trae la pobreza, la castidad, la obediencia, la humildad, y todo lo demás. Más tarde se podrá precisar más si es necesario.
Creo que el “espíritu” de nuestras obras está ligado al “sentido del pobre”. El pobre nos dice lo que hay que hacer. De allí lo del “voto de obediencia” al pobre. En general no nos mandan con palabras sino con su misma presencia y su necesidad. Sin embargo, cuando les damos espacio es increíble lo que nos dicen, lo bien que lo dicen y cómo nos aclaran todo. Muchas veces la obediencia al pobre –el decirle si, patroncito- se hace posible cuando estamos atentos a qué y cómo nos agradecen. En aquello de lo que se quejan hay que desentrañar más cosas, en cambio en lo que agradecen hay pistas claras para lo que debemos hacer. El sentido del pobre lo mostramos con obras, porque en nuestras obras nuestros nuestro pueblo sabe que comprendemos su dolor, como dice Aparecida. Y en el agradecimiento nosotros sabemos que el otro se siente comprendido.
Diego Fares sj

Domingo 20 A 2011

La fe

Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer siro-fenicia, saliendo de aquellos confines, comenzó a gritar:
– “Apiádate de mí, Señor! Hijo de David: mi hija está malamente atormentada por un demonio”.
Pero El no le respondió nada.
Sus discípulos se acercaron y le pidieron:
– “Señor, despídela que nos persigue con sus gritos”.
Jesús respondió:
– “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer fue a postrarse ante El y, adorándolo, le dijo:
– “Señor, ¡socórreme!”.
Jesús le dijo:
– “No queda bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorritos”.
Ella respondió:
-“¡Pero sí, Señor! Los cachorritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños”.
Entonces Jesús le dijo:
-“¡Oh Mujer!, ¡qué grande es tu fe! Hágase como deseas”.
Y en ese momento su hija quedó sana (Mt 15, 21-28).

Contemplación
Hay gente a la que uno no le responde. En Buenos Aires, en algunas calles muy concurridas como Florida, hay mujeres que gritan lastimeramente mostrando a sus hijitos y pidiendo una limosna. La impresión es que lo hacen profesionalmente (y duele usar una palabra así porque si bien acierta en cuanto al modus operandi esconde una situación de indignidad más profunda: a qué nivel tiene que haber llegado una mujer para mendigar así con sus hijitos o los de otra dentro de una red que las organiza y las explota). Pero los gritos lastimeros son los que nos conectan con el evangelio de hoy. Son gritos que Jesús parece que no escucha. Y por la reacción de los discípulos se ve que ellos tampoco les hacían caso al comienzo. Como cuando uno pasa al lado de estas mujeres y desvía la vista diciéndose interiormente “esa situación no me obliga a mí personalmente”. Al caminar por la ciudad nos salen al paso muchas situaciones de este tipo y uno va repitiendo interiormente “eso no es para que me detenga yo”. A veces el tirón es más fuerte y uno no se acerca o no establece contacto visual por miedo a quedar involucrado. Los que piden en los subtes y trenes suelen tener su discurso bien armado: no los obligo ni los quiero molestar mucho tiempo, diez centavitos me bastan. Y uno siente la incomodidad de los diez centavitos en el bolsillo o en la cartera cuando la persona pasa a nuestro lado. A veces hacemos el esfuerzo de buscar la monedita y otras… ya pasó el que pedía y no nos dio tiempo.
Hay situaciones en las que uno, como Jesús, no responde a los pedidos y a los gritos de los que pasan a nuestro lado o aquellos ante los que pasamos. Pero el quejido desgarrador y la súplica lastimera revelan una verdad profunda. Los que la utilizan para lograr que les den una limosna lo saben. Y la verdad es que el sufrimiento de la gente nos concierne. En “Compadecer con las manos”, Martín Descalzo citaba a Van der Meer que confesaba: «Me es imposible desterrar de mi atención los sufrimientos de la humanidad. Todos los sufrimientos, corporales y espirituales. No quiero gozar de reposo mientras los pobres, los mendigos y los vagabundos, atenazados por el hambre y por el frío, están ahora durmiendo entre harapos en los túneles y en las escaleras del subte, porque allí, en el enrarecido aire subterráneo se está caliente. Esta miseria me concierne. Es ahí, en esos cuerpos, en esos corazones, donde Jesús prosigue, de un modo misterioso, su pasión.» Y agrega Descalzo: “A veces me pregunto si Dios no debería concedernos a todos los humanos un don, un don terrible. Concedérnoslo una sola vez en la vida y sólo durante cinco minutos: que una noche se hiciera en todo el mundo un gran silencio y que, como por un milagro, pudiéramos escuchar durante esos cinco minutos todos los llantos que, a esa misma hora, se lloran en el mundo”.

Me gusta pensar que Jesús no le respondió a la mujer porque sabía que iba a insistir. A otros que ni siquiera se atrevían a expresarle un pedido –como la pobrecita hemorroisa- el Señor les respondía hasta el toque suave de su manto. O iba directamente él al encuentro del necesitado que ya no se animaba a pedir que lo ayudaran, como hizo con el paralítico o con el ciego de nacimiento.

Jesús es el único ser humano capaz de escuchar “todos los gritos de la humanidad”. Como dice tan lindo la Carta a los Hebreos: “No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado. Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno” (Hb 4, 15-16). Puse a propósito “ser humano” solo sin agregar que es Dios porque eso es precisamente lo que quiere hacer notar la carta a los Hebreos: que Jesús se compadece porque “pasó lo mismo que nosotros”. Como diciendo que cuando damos por descontado que Dios escucha a todos también damos por descontado que “escucha distinto”, siempre le proyectamos alguna distancia al amor de un Dios Celestial. Lo interesante de Jesús es que nos escucha como hombre, siente lo mismo que los discípulos (siente ese “hacer como que uno no escucha porque no le toca”) y luego supera ese hacerse el sordo de una manera humanísima, posible también para alguien como uno. Veamos cómo.

Si en la primera actitud Jesús hace la de todos, ante la segunda actitud –la insistencia de la mujer y el querer sacársela de encima de los discípulos- Jesús cambia radicalmente de posición. Allí donde uno afloja por conveniencia y por respeto humano Él endurece su posición. Pareciera que Jesús obra aquí con una actitud fundamentalista, aplicando el derecho canónico sin “epikeia” (“Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, antepuso una forma de justicia “equitativa” a la mera justicia legal. Es decir, asumiendo el carácter universal y abstracto de toda ley el filósofo advirtió que, en ciertas ocasiones excepcionales, puede resultar más justo obrar de forma contraria a la ley que acatar su cumplimiento. O, dicho de otra manera, obramos de manera justa cuando dadas unas circunstancias excepcionales podemos suspender la interpretación literal de una norma con vistas a preservar su verdadera intención”). Jesús le dice: en esto no me toca meterme. Y los discípulos no insisten. Pero la mujer sí. Y al Señor le encanta y agudiza más la prueba hasta que saca una fe inmensa y gozosa del corazón de esta madre y la pone como ejemplo para todos los tiempos.
Como cristianos, muchas veces no nos hacemos los sordos pero nos quedamos rondando en el límite del derecho y el deber: esto me corresponde, esto no. Escuchamos los “imperativos categóricos” –de la propia conciencia, de lo que dicen los demás, de lo que dice el derecho…- y no escuchamos el sonido hermoso del corazón humano expresando su amor y su necesidad a través de las palabras.
Jesús endurece su frase pero habría que haber estado allí escuchando el tono con que la dijo y lo que dijeron sus ojos a los ojos de la mujer, porque esta en vez de quedarse dura se fue a arrodillar a sus pies y le dijo “Señor, socórreme”. Imagino que ya no fue a los gritos sino en un sollozo. Y entonce Jesús le tira ya no con el derecho canónico sino con un refrán popular de que “no queda bien tirar el pan de los hijos a los perritos”. Nos detenemos aquí. Buscando en hebreo encontré algo muy lindo que me cambió totalmente el sentido de la escena (confieso que “cachorritos” no me terminaba de suavizar lo de “perros” en labios de Jesús). Pero encontré un textito judío que no habla de esta escena evangélica para nada, en el que recuerda que en hebreo perro es “kelev” y que significa “cercano al corazón”, en alusión a la lealtad y compañerismo de los perros. Aunque en la Biblia suele tener un sentido despectivo, la palabra en sí misma es cariñosa. Desde esta perspectiva, el diálogo que tiene apariencia formal de dureza es sin embargo de mucha ternura.
La imagen de la mujer rogando a los pies de Jesús es congruente con la manera de actuar de los cachorros, de los que “están cerca de nuestro corazón” y hay que echarlos para que no nos laman la mano y se nos metan entre los pies cuando caminamos (pareciera que a Jesús le agrada esa imagen de una lealtad pesadamente cariñosa cuando se trata de la fe). De ahí que no sea para nada un exabrupto legal la mención de los perros. En general la interpretación se fue para ese lado, por lo del desprecio de los judíos por los extranjeros, pero aquí me parece que el Señor juega más bien con el sentido cariñoso de “kelev” -“cachorrito”-, “cercano al corazón”.
Así lo entiende la mujer que le responde con alegría: “Justamente eso es lo que hacen los niños con los cachorritos, le dan de sus miguitas por debajo de la mesa”. Y el Señor exclama “¡Qué grande es tu fe!”. Hacía un rato le había dicho a Pedro: “Qué poca fe”. Poca para caminar sobre el agua, pero no para dejarse socorrer. Al fin y al cabo la frase de Pedro fue la misma que la de la mujer: “Señor, socórreme”. Pero quizás lo que quiere remarcar el Señor es la cuestión de los deseos. La confianza de la mujer en Jesús se corresponde con su deseo más íntimo –que se sane su hijita- y el Señor le dice “que se haga como deseas”. El deseo de Pedro era caminar hacia Jesús sobre las aguas, pero duda. No une confianza y deseo y eso es lo que significa “fe grande”. No es estándar la grandeza de la fe, cada uno tiene que examinar sus deseos hondos y cuánto es capaz de “molestar” a Jesús como un cachorrito hasta lograr lo que más quiere.

La mujer nos enseña a rezar, a dialogar con Jesús desde el deseo y la fe. Ella toma cada miguita que le tira el Señor como expresión de cariño y como invitación a ir más allá en su confianza. No se queda en ninguna frase dura ni da pie a ningún pensamiento que le saque de seguir hablando con el Señor en este tono amigable.
Que el Señor nos conceda estar así de “cercanos a su corazón”.
Diego Fares sj

Domingo 19 A 2011

La Fe

Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma,» dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo:
«Cálmense, soy Yo; no teman.»
Entonces Pedro le respondió:
«Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua.»
«Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hun-dirse, gritó:
«Señor, sálvame.»
En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía:
«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.
Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo:
«Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios» (Mateo 14, 22-33).

Contemplación
Lo que sentía al releer varias veces este evangelio es que es lindo entero. En otras ocasiones elijo una palabra o una sola escena, o parto de algún acontecimiento de la vida diaria que se ilumina con el evangelio. En cambio ahora sentía ganas de meterme en cada frase e ir sintiendo y gustando todo lo que pasó aquella tarde que se extendió hasta la madrugada del día siguiente…
… Después que se sació la multitud, con el milagro de la multiplicación de los cinco pancitos y los dos pescados, la despedida fue emotiva. Por eso Jesús obligó a los dis-cípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Que los obligó implica que ellos se resistieron un poco. Ya an-tes del milagro lo habían apurado a que despidiera a la gente con la excusa de que había que comer y quizás ahora también lo apuraban haciendo señas mientras el Se-ñor se tomaba tiempo para saludar personalmente a cada uno que quería. Una bendi-ción a este, una sonrisa a aquel, un apretón de manos, un cruce hondo de miradas…
Pero como el evangelio dice que “después, subió a la montaña para orar a solas”, no hay por qué pensar mal de los discípulos. Puede que hubieran aprendido la lección de los tiempos largos de Jesús y ellos también estuvieran a su lado, saludando a todos, y que fuera Jesús más bien el que tuviera apuro en despacharlos a ellos para poder es-tar a solas con el Padre. Pienso que el Señor venía de muchos años de soledad, de vida de trabajo silencioso en Nazaret, en compañía de José y de su Madre. De golpe las multitudes que no lo dejan ni comer, que lo buscan y se le tiran encima, que quie-ren que los bendiga y les hable… Y la vida en comunidad con los discípulos, con las pequeñas cosas de toda convivencia… Es comprensible que el Señor se buscara sus ratos para estar a solas y este es uno de los que ha quedado grabado en la memoria de los discípulos que se dieron cuenta y al final cedieron y se fueron. No del todo con-vencidos, me parece, pero seguro que Pedro habrá dicho: “Vamos, que el Maestro quiere estar un rato tranquilo”. Alguno habrá insistido: “¿Pero cómo se va a ir después?”, convencido de la sensatez de su observación… “Vayan”, habrá dicho simplemente el Señor, con ese modo suyo que no daba lugar a más discusiones. Y cuando se alejó por el camino la última familia, el Señor encaró para el monte y subió a la montaña para rogar a solas.
Y al caer el sol, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sa-cudida por las olas, porque tenían viento en contra. Mateo es el que cuenta lo que pasó y lo que transmite son sus sentimientos: él está en medio del mar con viento en contra y lo siente al Señor rogando por ellos a lo lejos. ¿Cómo sabe que no estaba des-cansando simplemente? Quizás lo pensó en un momento, como la vez que Jesús se les quedó dormido en la barca y lo tuvieron que despertar a los gritos para que los sal-vara. A lo mejor le preguntó después “Señor ¿qué te quedaste haciendo?” y él le habrá dicho que se quedó rogando por ellos toda la noche. O también puede ser que se dio cuenta solo: al ver a Jesús que vino caminando a ellos sobre el agua y calmó la tor-menta, se dio cuenta de que les había querido enseñar a confiar en él, a fiarse de sus tiempos y maneras de intervenir y detrás de esto habrá sabido descubrir que el Señor resolvía todas las cosas en íntimo diálogo de comunión con el Padre.
Desde nuestra perspectiva, vemos que al ir leyendo el evangelio, si uno se detiene en cada frase, surgen preguntas. Si uno trata de responderlas por sí mismo, surgen varias posibilidades, pero si sigue leyendo, uno cae en la cuenta de que el mismo evangelio responde con las cosas que narra a continuación. Por eso es bueno meterse en las escenas y seguir leyendo. Eso es ser evangelizado, leer el evangelio y seguir leyendo, dejar que se nos diga entero, íntegro, y nos calme los sentimientos que surgen como si fueran viento en contra y tormenta que angustia haciéndonos sentir que todo se hun-de.
Este visualizar los sentimientos hondos de Jesús, remarcando dos veces que subió “para rogar a solas” y que “al caer el sol todavía estaba allí, solo”, Mateo lo internalizó metido en la angustia de la barca en medio de la tormenta. Este evangelio es fruto de una oración vivida y confirmada por el Espíritu –ese Vientito pacífico que trajo Jesús sobre las aguas, en medio del ventarrón y de la tormenta-. No se olvidaron nunca cómo vino a ellos sobre el agua y serenó la tempestad.
No se olvidaron más porque primero se pegaron el susto de su vida. Mateo dice que “A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar, y ellos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma,» dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.”
En medio del susto y los gritos ante esa visión de alguien caminando sobre el agua en medio de la tormenta, la voz de Jesús que dice: “Cálmense, soy Yo; no teman”,
suscita una reacción increíble en Pedro. Esto lo digo porque no parece muy lógico que pase de andar a los gritos por el terror a pedirle lleno de entusiasmo: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua.” Pedro tiene eso de obedecer a la fe. Impulsivo como es, a veces dice y hace macanas, cuando obedece instintivamente a los impulso de sus pasiones. Pero el Señor no le corrige la impulsividad sino que la aprovecha. Pedro adhiere al Señor con una fe instintiva madurada en el contacto diario con Jesús. Y se ve que al Señor le gusta porque no lo frena sino que le dice: “Ven”. Goethe dice que la imagen de Pedro yendo hacia Jesús sobre las aguas, es la imagen del discípulo que recibe el don cuando avanza decididamente sobre las aguas, cuando deja la postura segura del espectador y se lanza a la acción. Así realiza su propia verdad como camino, renunciando a “esperar en la orilla o en la barca” a que Jesús lo haga todo o le brinde una revelación total. Así, junto con los otros discípulos que se quedan en la barca, podemos contemplar admirados como “Pedro, bajando de la bar-ca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame.» En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
Muchas veces se ve esto como un fracaso de Pedro, un intento entusiasta fallido que se gana un reproche cariñoso del Señor. Nada de eso. El Señor fortalece la fe de Pedro gracias a que este se anima a “quedar en sus manos”. No se trata de que la próxima vez camine sólo y se independice del Señor. Lo que aquí hizo la mano que el Señor le tendió, lo hace su Palabra, ese “ven” que tiene que bastar a la fe. Pero se trata de un “ven” que Pedro deseó que se lo dijeran y que obedeció en la fe. Lo que no pudo fue sostenerlo mucho tiempo y aquí recibió la ayuda de la mano que le tendió el Señor. Esta ayuda también se incorpora al “ven”, así como la conciencia del entusiasmo y de los miedos propios. Todo vale para una fe real y experimentada.
Mateo termina la narración con la paz y la confesión de fe de todos: En cuanto subie-ron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

Esta imagen de la Fe de Pedro completa la de la Roca. Pedro es Roca en cuanto se ha tirado al agua obedeciendo a Jesús y sostenido por él. Pedro es Roca en la barca en la que Jesús está con ellos calmando la tormenta. La fe se hace firme superando las du-das y caminando en medio de lo fluctuante de la vida con el oído atento a la Voz del Señor que nos anima “¡Ven!”.
Diego Fares sj.