Domingo 17 A 2011

Perlas…

Jesús dijo a la multitud:
– Con el Reino de los cielos sucede como con un tesoro escondido en el campo que un hombre al encontrarlo lo esconde y por la alegría que le da va y vende todas las cosas que tiene y compra aquel campo.

Con el Reino de los cielos sucede también como con un hombre de negocios que anda buscando perlas preciosas. Al encontrar una de muchísimo valor se fue a vender todo lo que tenía y la compró.

También, así sucede con la llegada del Reino de los cielos, a saber, como cuando se echa una red al mar y junta todo género de peces; entonces, cuando la red está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen los peces buenos en canastas y arrojan afuera los malos. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
– ¿Comprendieron todo esto?
– Sí -, le respondieron.
Entonces agregó:
– Así todo escriba que se ha convertido en discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que extrae de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. (Mt 13, 44-52).

Contemplación
Al leer estas cuatro parábolas de Jesús, lo primero que “brilló” y me gustó fue una frase que me vino a la mente: “encontrar perlas”. De eso se trata, pensé. Luego busqué los verbos del reino y salió una riqueza inmensa, muy vinculada al discernimiento y a los Ejercicios de san Ignacio. El reino es parecido a encontrar el tesoro, a buscar perlas finas, a escoger pescados buenos y lanzar los malos (las reglas de discernimiento), a guardar las cosas en el corazón e ir sacando cosas nuevas y antiguas, según el momento…

Pero me quedé con lo de “encontrar perlas”. Por lo pequeño de la perla y por lo valioso. También, creo, porque me evoca la perla de Menapace, esa que cuenta cómo “la ostra Marina, poco a poco, y con lo mejor de sí misma, fue rodeando el granito de arena del dolor que Dios le había mandado, y a su alrededor comenzó a nuclear una hermosa perla”. Es una linda parábola de lo que es contemplar: rodear con lo mejor de nosotros mismos un dolor que Dios nos puso en el camino…

Para mí, perlas son las personas, especialmente los más pobres e ignorados, cuando los veo brillar con la luz que les dan los ojos de Jesús.
Es la gracia de estas contemplaciones: todas las palabras y reflexiones son para que el evangelio ilumine algún rostro y lo haga ver como lo ve nuestro Padre.
Y me vinieron al corazón muchos rostros de este tiempo:
Mauricio y sus pinturas, en esa altura de la silla de ruedas que lo pone todo el tiempo al alcance del abrazo cariñoso de sus hijos pequeños…
El taxista que atendía el celular y era su mamá, mientras me llevaba a casa de la mía, hace unas semanas en Mendoza. Me hizo sentir una linda fraternidad este hombre. Me ayudó a mirar a los que hablan por celular por todas partes de otra manera: conectados con sus afectos.

Con estos “pequeños acontecimientos” sucede como con el reino: son como un tesoro que vislumbro un instante, en medio de la vida cotidiana, e instintivamente lo guardo porque siento “esto tengo que guardarlo para mirarlo bien después en la oración”, “aquí pasó el Señor”, “aquí hay un tesoro”. Jesús dice que así trabaja el que es “discípulo del reino”. Qué hermoso título ¿no? Ser discípulo del reino. Ese reino que acontece en el campo –donde además de trigo y cizaña hay “tesoros”-; ese reino que hay que salirlo a buscar al mercado, como cuando uno va de compras atento a las cosas valiosas; ese reino cuyas lecciones están en lo mismo que hacemos y si uno mira bien cómo trabajan en la pescadería saca conclusiones como las de Jesús.

Recordaba la misa del Sagrado Corazón en el Hogar…, lo que suscitó la pregunta: ¿Quién nos amó primero? Les pregunté pensando en nuestras madres y me dio un vuelco el corazón porque “sentí que la pregunta por el amor removía mucha ceniza fría y tronco seco en la mañana fría, entre las ropas desaliñadas y los rostros barbudos, hasta llegar a las brasitas que siempre están encendidas en el fondo de todo corazón”.

Algunos encuentros se convirtieron en liturgia cotidiana. Ya no me pierdo más la bendición a Antoñito. El Domingo de Corpus escribí la gracia de esta comunión, de esta misa continuada, como decía Hurtado y sigue pasando que: “Antoñito siempre se detiene y me viene al encuentro poniendo la frente como un chico y pidiendo: “la bendición, padre”. Aún en estas mañanas frías su frente siempre está transpirada. La bendición le arranca una sonrisa de labios entrecerrados y rumbea ahí nomás para su trabajo”.

Otros encuentros son pasajeros, como los del Colectivo 150 yendo para Soldati: “Mirar como padre a la gente del colectivo es mirarlos así, como personas misteriosas, contento de que cada uno esté en su mundo, mirarlos rezando por ellos sin “saber noticias” de sus vidas intuyendo su misterio –este se parece a tal, aquel debe estar pensando en tal cosa…- .
Rezo por ellos ahora desinteresadamente, tomando conciencia de que esa barrera que sentía en el colectivo, ese límite de compartir 45 minutos de viaje con gente desconocida, no es tal límite si uno mira con ojos de padre, conciente de estar todos, bajo la mirada del Padre del Cielo.

Y al entrar en los confines de Villa Soldati viene María Luisa, la abuela que cuidamos en este tiempo y que falleció el martes pasado. Fuimos cuatro personas a su entierro (que hicimos de primera “como era ella”, como dijo Miguel, su vecino y amigo que le administró sus bienes todo este tiempo). Al bendecir el nicho el padre Javier compartió una perlita que ella le había confiado y que él supo guardar en el corazón, y allí salió a la luz: “ella que no conoció a su papá, porque murió cuando era muy chiquita, ahora lo estará conociendo”. Los sepultureros empujaron el cajón en el nicho medio polvoriento y lo cerraron con la lápida. Y precisamente por ser tan fría la muerte, tan cerrada y tan oscura con un nicho del primer subsuelo del cementerio de la Chacarita, tiene tanta fuerza la imagen de la perla y sigo no queriendo estar en otras cosas sino allí, donde la muerte es tan muerte y el dolor tan doloroso, rodeándolos con la fe, que es lo mejor de mí mismo.

Es que la fe hace “descubrir” tesoros y la alegría que produce lleva a querer venderlo todo, en el sentido de “dejar las otras cosas y concentrarse en el valor infinito de Jesús” cuya gloria se hace presente en los ojos de la gente. Hablando de alegría me acordé de “librito de grasa”. Cómo se alegraron los del segundo comedor cuando entré a pedirles un pancito de grasa. “Fue tal el alboroto y la alegría de que pidiera un pancito que se armó un momento muy especial. Tres me ofrecieron el suyo (ellos también habían elegido los “libritos”), me hicieron lugar en la mesa, querían que tomara el vaso de leche… Como andaba apurado tomé un pedacito nomás (todo no porque estoy muy gordo, le dije a uno) y cuando salía partiendo el pan con los dedos me pegó en la espalda del corazón un “gracias, Padre”, que me abrió los ojos. ¿Has sentido como voluntario o voluntaria esa alegría pura de que un hermano más necesitado te agradezca de que le pidas a él un pedacito de pan?”.

Ese gracias es como el del ese joven con rastas y onda Bob Marley, que me preguntó en el verano: “Padre, ¿existe Jesús todavía en estos tiempos?” (La verdad que me hizo sonreír lo de “todavía en estos tiempos”). Yo había entrado al segundo comedor a bendecir la comida y este que había estado rapeando con otros mientras hacían la cola, se acababa de sentar y me salió con esta pregunta. Hice una pausa para no responder sino de corazón y lo que me salió fue medio subjetivo: “¿Vos te creés que si no existiera Jesús yo estaría acá en Enero?” Me miró a los ojos y bajó la cabeza, asintiendo primero y luego poniendo un poquito de distancia y dijo: “gracias, padre”.

El “gracias” es la perla cultivada con lo mejor de cada uno rodeando su dolor. Eso al fin y al cabo es la Eucaristía, el gracias de Jesús, que rodeó con lo mejor de sí mismo nuestro dolor. Eso es rezar: perseverar hasta que salga un “gracias Padre” de cada cosa vivida, de cada encuentro, de cada realidad.

Bueno, hoy salieron del tesoro “cosas viejas”.
Queda una perlita, por supuesto, que no podía faltar, esa perla que es “la gente de Rincón y Alsina”, tal como la veía Carlitos Luna, rodeándola con lo mejor de sí mismo:
“Qué buena que es la gente de mi Patria, padrecito Diego. Viera cómo me ayudan todos. Yo duermo ahí, en el sindicato. Los guardias son muy amables y me dejan el lugarcito. Las hermanitas Siervas me cambian las vendas y me dan la medicación. El del Quiosco me cuida las cosas si tengo que hacer un trámite. Y me alcanzan algo de comidita… ¡Qué gente buena!”.

Y ahora caigo en la cuenta de dónde me viene lo de que “las perlas son las personas” iluminadas por la mirada de Jesús. ¡Gracias, Carlitos!

Diego Fares sj

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.