Domingo 14 A 2011

Domingo14 A2011

Dios nos amó primero

“En aquel momento de gracia Jesús dijo:

Te alabo (concuerdo agradecido = exomologeo),

Padre, Señor del cielo y de la tierra,

porque habiendo ocultado estas cosas

a los sabios y a los prudentes

se las has revelado a los pequeñitos.

Sí, Padre porque así lo has querido.

(Sepan que…) Todo me ha sido dado por mi Padre

y nadie conoce al Hijo sino el Padre,

así como nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.

(Por eso…) Vengan a mí todos

los que están afligidos y agobiados,

y Yo les daré un descanso.

Tomen el yugo mío sobre ustedes

y aprendan de mí,

que soy manso y humilde de corazón,

y  encontrarán alivio para sus almas,

porque mi yugo es suave

y mi carga liviana”(Mt 11, 25-30).

Contemplación

El evangelio de este domingo coincide con el del Sagrado Corazón de Jesús, la última fiesta del tiempo de Pascua, que se celebra en viernes para significar que lo más íntimo del Señor –su Corazón Resucitado y lleno de Amor- ha comenzado a latir en la vida cotidiana del mundo.

Juan nos dice en qué consiste este amor: “el amor consiste en que Dios nos amó primero”. Y este primerearnos de Dios, como siempre dice Bergoglio utilizando el lenguaje turfístico, es la clave para comprender de qué amor se trata cuando hablamos del Corazón de Jesús.

Ayer, en la misa que hicimos en el Hogar junto con la Casa de la Bondad, ante muchos hermanos nuestros muy sufridos, esta verdad de que Dios nos amó primero resonaba conmovedoramente.

– ¿Quién nos amó primero? – les pregunté (y la pregunta por el amor removió mucha ceniza fría y tronco seco en la mañana fría, entre las ropas desaliñadas y los rostros barbudos, hasta llegar a las brasitas que siempre están encendidas en el fondo de todo corazón).

– Pensemos, ¿quién nos amó primero? (ahí me atraganté un poco y dije tímidamente) nuestra mamá ¿no?.

Al predicar en el Hogar pasa que de golpe uno abre los ojos al escucharse diciendo algo que es lo normal para muchos pero no para todos. Y allí, decir “mamá”, decir “familia”, es la palabra más dolorosa. El que está en la calle sufre la pérdida de conexión con sus amores “primeros”. Suele haber muchas historias de abandono en los que luego “se abandonan”. Sentí que dolía pero ya lo había largado y la seguí. Me tuve que ir más hondo.

– Nuestra madre nos amó primero. Esto es verdad. Hasta puede pasar que uno haya sido luego abandonado, pero si estamos en este mundo, los que estamos hoy acá, es porque nuestra madre nos amó primero y nos dio la vida. Otros no tuvieron esa gracia. Así que lo primero es el agradecimiento: si tengo vida es que fui amado primero. Puede ser que enseguidita venga una queja o una pena y un reclamo. Pero lo primero es el agradecimiento. Lo primero es esa alabanza que nos enseña hoy

Jesús. “Te alabo, Padre… te bendigo, de doy gracias”.

Jesús lo tiene claro: siempre se conecta con “El que lo ama primero”.

Al fin y al cabo esa es la definición de lo que quiere decir Padre: “el que te ama primero, siempre”.

Y cuando uno se conecta de corazón con el Padre que nos ama primero, el corazón se vuelve mansito y humilde. Se disuelven todos los resentimientos y las cargas de la vida se vuelven más suaves, más livianas.

Por eso hay que hacerle caso a Jesús y si uno anda angustiado y agobiado hay que “ir a él y aprender de él”. Aprender cómo siente y cómo discierne su corazón.

Uno puede aprender muchas cosas en la vida, pero las más importantes se aprenden de corazón a corazón. Tenemos la capacidad de “aprender a sentir con el corazón de otro”. Y qué mejor que aprender del Corazón de Jesús. Como dice Pablo: “tengan los sentimientos de Jesús”.

Nuestro corazón se puede emparejar con el del Señor, podemos aprender a padecer con él y a alegrarnos con él.

Con Jesús las cosas tienen que ser de corazón.

Si no no son nada.

Él nos enseña esta “primacía de lo cordial” y nos enseña a relacionarnos cordialmente con nuestro Padre del Cielo que nos amó primero.

“Antes que nacieras tu Padre del Cielo te soñó y te creó. Por eso siempre te va a ayudar, siempre te va a perdonar, siempre te va a esperar con alegría para darte un abrazo. Aunque te sientas la oveja negra, para él sos la ovejita perdida y te va a salir a buscar; aunque te sientas como el hijo que se fue de casa y lo perdió todo y arruinó su vida, él te va a estar esperando con una fiesta y un abrazo; aunque sea el último momento de tu vida, como le pasó al buen ladrón: si le decís “acordate de mí que soy tu hijo”, él se va a acordar y te va a salvar…”.

… Al ir predicando cada una de estas palabras ante la gente apretujadita que llenaba el patio del Hogar sentía una vez más lo bien que hace celebrar la Eucaristía allí. Cada imagen del evangelio es homologada por algún rostro que asiente, al escuchar “ovejita perdida”, por una mirada que se alza un poco al escuchar “hijo pródigo amado”, por alguna cabeza gacha que asimila en silencio la revelación del Amor del Padre, del Amor primero.

Padre Diego

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