Domingo de Pascua 5 A 2011

Cómo es el corazón de los que “hacen que algo sea casa”

Jesús dijo a sus discípulos:
«No se agite su corazón. ¿Ustedes creen en Dios?, crean también en Mí. En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; de no ser así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Y a donde Yo voy ya saben el camino.»
Tomás le dijo:
– «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?»
Jesús le respondió:
– «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen (comprenden), conocerán (comprenderán) también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo:
– «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió:
– «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes y toda¬vía no me conocen (no comprenden quién soy). El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre» (Juan 14, 1-12).

Contemplación
La liturgia del 5º Domingo de Pascua elige este evangelio en que el Señor hace un “acercamiento” de realidades que para nosotros “quedan lejos”.
En la perspectiva que hemos tomado, de la pedagogía de Jesús resucitado que nos da claves de fe para encontrarnos con él, de manera tal que su resurrección nos vivifique, este paso de acercamiento interioriza aún más todo el camino recorrido.

Claves para creer
El paso de la fe en la presencia gloriosa del Señor resucitado como tal a la fe en su presencia bajo la forma de un prójimo cualquiera, expandió nuestra esperanza de verlo y la interiorizó en esa clave espiritual que es “el ardor del corazón”, esa moción del buen espíritu, como diría San Ignacio, que nos consuela y es signo inconfundible para nuestra fe de que el Señor está cerca.
El paso de la visión de su figura (fundida con la de todo prójimo) a la escucha de su voz significó un paso más de interiorización: la voz del Buen Pastor resucitado deja una huella indeleble e inconfundible en el corazón de los creyentes. El pueblo fiel es infalible “in credendo”, en su manera de creerle a esta voz del Buen Pastor. El magisterio fija los límites del “contenido” de lo que esa voz expresa, cuando todos juntos como pueblo fiel, decimos “en esto está hablando nuestro Pastor”.

Un cielo cercano
El evangelio de las muchas moradas que el Señor en persona nos prepara, nos da la clave de la cercanía de los que habitan juntos.
Jesús resucitado no quiere ser un Dios que sólo “se aparece”.
Jesús resucitado no quiere ser un Dios que nos acompaña sólo un trecho del camino.
Jesús resucitado no quiere ser un Dios que nos habla desde larga distancia, aunque esa voz nos conmueva el corazón.
Estas son como preparaciones para la imagen definitiva que es la un Jesús resucitado que habita permanentemente en nuestro corazón.
La fe incondicional se mide por el habitar y el hospedar.
Se puede decir que uno le tiene confianza plena a alguien si lo deja vivir en su casa, si le da la llave para que entre y use lo que quiera porque uno se siente cómodo de encontrárselo a cualquier hora. Esto sólo se da en total familiaridad entre los más íntimos: entre los esposos, entre los padres y los hijos, entre los hermanos.
Las moradas en la Casa del Padre que Jesús nos prepara no son piezas de hotel individuales. El Señor nos está hablando del Corazón mismo del Padre Eterno, que es todo Casa de Familia para los que ama.
La pedagogía del Señor es, pues, de “acercamiento”. Porque nosotros tenemos del Cielo una imagen lejana: un día moriremos y tenemos la esperanza de ir al Cielo, a la Casa del Padre.

Un cielo preparado a mano por Jesús
Y la primera clave de cercanía es que esa Casa, cuyas dimensiones y espacios no podemos imaginar, tiene moradas preparadas por Jesús. Cuando le preparo la pieza a los que vienen a hacer ejercicios la preparo a mano. Me fijo que la cama esté bien hecha, que haya frazadas, pongo algún cuadrito lindo, llevo frutas, galletas y leche a la heladera… Las hermanas de la Casa de Ejercicios siempre te dejan una estampita y un caramelo…
No sé cómo será el Cielo. Sólo sé que si lo preparó Jesús debe ser algo tan lindo y tan acogedor que apenas llegue sentiré que me quiero quedar allí para siempre. Y esta imagen de algo preparado a mano por Jesús (con la colaboración de su Madre y de San José, seguramente), me hace sentir que todas las casas y caminos de mi historia tienen algo que encontraré en esa morada. El Señor prepara las cosas como hace uno, pensando en lo que al otro le gustará encontrar. Todo lo humano, en su provisoriedad, cobra valor eterno, como material que resucitará en esa Casa donde todas las cosas estarán “renovadas”.
La imagen de Jesús que nos prepara el lugar es la imagen de un padre (por eso dice que la clave para “verlo” al Padre es “verlo a Él en acción”).
Cuando uno ve con qué cariño preparan los papás la cuna y la pieza de sus bebés por nacer, uno incorpora el valor de esta imagen que quiere plasmar Jesús. “Así como viniste a la vida en un lugar que te prepararon con mucho amor, así te aseguro la morada eterna. De eso no te tenés que preocupar”.
Asegurada la mansión definitiva, todo lo humano histórico se vuelve más amigable. Paradójicamente, al despojar a las cosas terrenas de esa proyección que les hacemos forzadamente cuando queremos que sean eternas, al valorarlas en su dimensión real, en su pobreza de simples creaturas, no se desvalorizan sino que adquieren un valor mayor: no valen por sí mismas sino porque el Señor las usa para prepararnos Él la morada eterna.

La imagen que el Señor nos regala para creer en el cielo no es la de una “habitación” sino la de Él preparándola y viniendo a buscarnos para que, “donde Yo esté, estén también ustedes”. No hay que imaginar “casas” sino cómo es el Corazón de “los que hacen que algo sea casa”.
San José y la Virgen le hicieron casa a Jesús en un pesebre, apenas con unos pañalitos.
Hace unos días le llevamos del hogar unas mantas y facturas a una mamá que estaba con sus chiquitos bajo un alero del edificio de enfrente. De lejos, la imagen era terrible: el desamparo más injusto que se pueda pensar. De cerca, al ver las caritas de los chicos saliendo de las frazadas, sus ojitos iluminados al sentir que la ayudita que le dábamos a su mamá era para ellos, era claro que ella, con su mirada conciente de lo desesperante de la situación, a sus hijitos los hacía sentir en casa. Facundo Cabral habla siempre de cómo los cuidaba su madre cuando estuvieron en la calle y uno siente que en la precariedad resalta más lo que es el corazón de toda madre en cuyo seno habitamos todos al venir a este mundo y que hizo del mundo una casa para nosotros. Esa es la imagen que nos deja Jesús en este evangelio. Yo soy tu Dios, el que te estuvo preparando una casa.

Moradas en acción
A continuación, el Señor personaliza el lugar y nos hace sentir que la Casa es el Corazón del Padre, que el Padre habita en él y que viene a habitar en el corazón de los que lo aman.
Como dice Nouwen en “Esta noche en casa”, los amigos de Jesús habitamos en “la relación entre Jesús y el Padre”. Habitamos en un lugar personalísimo y a la vez lugar de comunidad.
Es algo muy especial, igual y a la vez mayor que la casa familiar y que la Ecclesia o casa de la comunidad.
Quizás lo más parecido a esa Morada que está preparando Jesús y que consiste en la Relación de Amor entre Él y el Padre a la que somos invitados, sean lugares como nuestra Casa de la Bondad o El Hogar de San José. Son moradas que, cuando están en acción (imagino cualquier mañana del Hogar y de la Casa, con toda la gente adentro, unos almorzando, otros en las duchas y en los talleres, los enfermos en sus camas, charlando con los cuidadores, los colaboradores y voluntarias yendo de aquí para allá, las asistentes atendiendo personalmente cada caso, los de la cocina, la ropería y la lavandería con sus tareas…), uno las siente como casa de todos y como casa propia.
El lugarcito de cada uno, como puesto de trabajo o lugar de acogida, por un momento, es enteramente propio y a la vez de todos.
Es lugar de tránsito donde lo que es permanente en cada instante es la relación de Amor.
En cada gesto de amor y de servicio, se abre una Casa, se establece una Relación en la tierra que es igual a la que sostienen el Padre y el Hijo en el Cielo.
Se pone en acción un tipo de relación que es morada porque nos sitúa en lo único definitivo: el Amor.
En esta relación se une lo más familiar, en los gestos de compartir, de dar y recibir, y lo más personal (la propia tarea, el propio carisma de servicio).
En esta relación se une lo más terreno en cuanto provisorio (las cosas y recursos que compartimos) y lo más celestial en cuanto definitivo (el amor y la mirada de fe con que obramos).

Diego Fares sj