Domingo de Pascua 3 A 2011

Ver la Gloria del Resucitado

He aquí que dos de los discípulos iban aquel mismo día a un pequeño pueblo distante ciento sesenta estadios de Jerusalén, de nombre Emaus. Iban charlando en-tre sí de todas estas cosas que habían acontecido. Y sucedió que en medio de la conversación y de la discusión, el mismo Jesús se les aproximó y caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban como retenidos para que no lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué son estas palabras (logoi) que intercambian entre ustedes mientras van caminando? Ellos se detuvieron tristes y le respondió uno llamado Cleofás, diciéndole: «¡Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de las cosas que estos días ocurrieron en la ciudad?
«¿Cuáles?», les preguntó.
Ellos respondieron:
«Las de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras de-lante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron es-tas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han dejado sorprendidos: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mu-jeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».
Jesús les dijo:
“¡Qué necios son y qué lentos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profe-tas! ¿No ven que era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?” Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les in-terpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca de su pueblo, hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le in-sistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»
El entró y se quedó con ellos. Y estando sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo y después de partirlo se lo daba.
Entonces les fueron abiertos los ojos y lo reconocieron, pero él se les hizo invisi-ble. Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el ca-mino y abría para nosotros las Escrituras?»
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén.
Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lucas 24, 13-35).

Contemplación
“Ver al Resucitado”.
Ya estamos en la tercera semana de Pascua y quizás, mientras sentimos cómo vamos volviendo a la vida cotidiana que nos mete su ritmo y sus preocupacio-nes, podemos decir como los discípulos de Emaus: “muy bien todo lo que nos predican, pero a Jesús no lo hemos visto”.

¡Pero llega Emaús!
¡El maravilloso pasaje de Emaús! con esos detalles de Jesús que te “abren los ojos”. Emaús siempre nos está diciendo: “no se preocupen. No es que no lo vean. Es Él mismo el que les retiene los ojos, pero ¡confíen! Van a ver que al-gún gesto de Jesús les hará arder el corazón y se les abrirán los ojos”.

Nuestra vida entera es un Camino de Emaús, a veces de ida, a veces de vuel-ta…

El detalle lindo de esta mañana: Jesús se les aproxima “en” la homilía (charla entre compañeros, en griego, se dice homilía).

Era una homilía aburrida y desesperanzada. Estos dos amigos andaban meti-dos en una conversación de esas que a uno lo confirman en que “no se puede esperar más”: es lo que hay.
A los argumentos (a veces mudos) de los que crucifican el bien no hay con qué darles.
Siguen siendo más impenetrables que las promesas de Vida de las palabras hermosas del Maestro.

No es que uno les crea ni que se vaya a plegar a los discursos de los que ma-tan a Jesús hoy (excluyéndolo, demorando la justicia, vendiendo droga, haciendo imposible la vida digna…). No es que uno crea en sus estadísticas y justificaciones oficiales… Pero el horror de tanta maldad parece que duele más cuando uno se junta con los que creen que es posible hacer el bien. Pareciera que si abrís tus puertas la maldad se ensaña y contamina las obras buenas con virulencias inesperadas. Por eso uno siente la tentación de aislarse. Volver a Emaús duele menos que quedarse en Jerusalén. Si no intentás hacer nada, el riachuelo contaminado de maldad por ahí pasa de largo, por ahí rebota contra tu puerta blindada.

En medio de un discurso de este tipo, Lucas nos presenta a Jesús que “se les aproxima” y “camina con ellos”. Es una de las imágenes bellísimas de Jesús resucitado.

Los evangelios nos presentan varias imágenes de Jesús Resucitado. Son to-das dinámicas y distintas. Son gloriosas. Esa es la palabra precisa.
Gloriosas no con un brillo estandar sino con una fuerza tal de nitidez que se imprimen en el alma. Es una gloria totalmente distinta a la humana. La gloria humana se graba en los ojos como una boda real. La gloria humana se graba en los sentimientos como un aplauso desbordante.
La Gloria de Jesús, en cambio, se graba de otra manera, se graba por su humildad deslumbrante que hace ver al Dios más Grande en lo pequeñito e in-aparente.

Para los discípulos que están con las puertas cerradas la gloria de Jesús “se vuelve presente en medio de ellos y les muestra las llagas”. Es como si la luz gloriosa tuviera un timer que suavemente la vuelve más intensa desde el inter-ior. Jesús glorioso viene como desde lo más intimo de la comunidad.

En la experiencia de los de Emaús, en cambio, la gloria de Jesús Resucitado viene como desde afuera: “se les aproxima y camina con ellos”. Es una glo-ria que comienza por un ardor del corazón antes de llegar a los ojos.

Hay otra experiencia de la gloria de Jesús Resucitado y es la del que “está en la orilla” y se hace visible con el sol del amanecer.
Y así… muchas más. Una gloria a la medida de cada discípulo y de cada discí-pulo… (quizás si examinás qué glorias humanas deseas o valorás encuentres la clave de la gloria en que Jesús Resucitado está brillando para vos) (¿Será quizás sea la contraria de la que buscás…? Puede ser, dado el humor de Je-sús y sus ironías cariñosas).

En el tiempo de Pascua hay que estar atentos a los efectos que sólo la gloria de Jesús produce: el efecto de que cobre intensidad e identidad en sus llagas“; el efecto de que su compañía nos haga arder el corazón; el efecto de que nos demos cuenta de que “ya estaba esperándonos” en la orilla.

Son pistas que nos da el Señor mismo para que veamos su Gloria con nuestros propios ojos iluminados por la fe. Una fe que no es cuestión de fuerza subjetiva nuestra sino de adaptación dócil al modo como el Señor hace arder y brillar su Gloria.
“Mirá que yo me aparezco así”,
parece decirnos el Resucitado:
“estate atento a la Verdad de mis llagas
(no son de muerte sino que dan vida),
estate atento a la Bondad de mi cercanía
(cómo te hace arder el corazón),
estate atento a la belleza de mi presencia
(se ocultó de noche y brilla en cada amanecer)”.

Bueno, nos dejamos llevar por la Gloria del Señor que, como decíamos, hizo sentir sus efectos en medio de la homilía, en medio de la conversación y de la discusión que sostenían los discípulos de Emaús.

El Señor los hace hablar, hace que le prediquen su homilía desesperanzada y con sus mismas palabras (gracias a la potencia del Espíritu Santo que les im-prime) los evangeliza y les cambia el corazón. La gloria del Señor parte aquí del Bien, que siempre es concreto. Se les aproxima, los acompaña, les va ga-nando el corazón, les hace sentir deseos de invitarlo a que se quede y de hos-pedarlo, y al llegar a lo más íntimo del amor, el compartir el pan, recién allí les abre los ojos a la fe.
Emaús es el camino que va del amor a la fe. Del prójimo a Dios, del jesús pró-jimo al Jesús Dios.
Que Él Señor se te acerque por el camino de tu vida y te de ganas de conver-sar con él y de hospedarlo para que, al partir el pan lo reconozcas y te vuelvas más comunitario.
Diego Fares sj

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