Domingo de Ramos A 2011

La humildad real de Jesús

Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »
Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:
Digan a la hija de Sión:
Mira que tu Rey viene a ti,
manso y montado en un asna y un pollino,
hijo de animal de yugo.
Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.
La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:
« ¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas! »
Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?» decían.
Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

Contemplación
El domingo de Ramos el Señor, con su entrada en Jerusalen, realiza una acción profética. Estas acciones proféticas a la vista de todo el pueblo son como una parábola puesta en acción: tienen un mensaje que todo el mundo capta sin palabras. Es como cuando el Cardenal viaja en subte.
La acción profética de Jesús quiere ser un mensaje claro sobre su manera de venir a nosotros. El es un Dios que viene, pero si no estamos atentos a cómo viene por ahí pasó y no lo vimos, no nos dimos cuenta de su venida.
Mateo interpreta el gesto de Jesús a la luz de las profecías. Desde la escritura, los profetas dicen a la ciudad santa: “mira que tu Rey viene a ti”; y la ciudad responde: “bendito el que viene en Nombre del Señor”.
Así se nos dice a nosotros hoy: “miren que Jesús viene a ustedes” y como Iglesia y pueblo fiel respondemos: “bendito sea Jesús que viene a nosotros manso y humilde, el enviado del Padre viene montado sobre un burrito” (o sobre tres –el asna, el pollino y Mateo-, porque, como dicen algunos Mateo es un burro, ya que por citar a Isaías literalmente no tiene en cuenta que el profeta utiliza el paralelismo de la poesía hebrea desdoblando en dos imágenes la de un solo burro y él pone dos, la burra y su hijito, y dice que Jesús “los montó”. Algunos se burlan de la infalibilidad bíblica mostrando estos “errores”. Otros, literalistas, se rompen la cabeza buscando armonizar pasajes y citas. A mi me gusta pensar que la burrada literaria está dentro del espíritu de paradoja que el Señor pone en acción al querer ser alabado como rey en un burro. La paradoja da libertad para que lapersona que quiera burlarse, pueda , la que quiera entender, entienda y se convierta y la que lee con humor, no se a burra).
El mensaje es claro: el Señor viene humildemente. Humildemente no quiere decir que pase desapercibido. Al contrario, quiere hacer ver que viene y que viene como Rey manso y humilde. Se deja alabar y tratar como un Rey, pero como un Rey humilde.

A nosotros nos cuesta esta paradoja. Si aclamamos a un Rey nos parece bien que venga regiamente, mostrando poder y derrochando lujo. Y si hablamos de un servicio humilde, nos parece bien que no se note, que se haga ocultamente… Jesús mismo lo dice cuando habla de la oración, del ayuno y de la limosna: “no lo hagan para ser vistos por los hombres sino sólo por el Padre que ve en lo secreto”.

Pero aquí el Señor rompe su manera habitual de proceder y quiere que su humildad real quede de manifiesto. Los fariseos lo reprenden y quieren que haga callar a los niños y a la gente que grita jubilosa “¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor!”, pero Jesús va más allá todavía y les dice que el júbilo que se ha desatado en el pueblo sencillo, si él lo frena, se transmitirá a la naturaleza(¡!). En Lucas el Señor dice: “si estos se callan gritarán las piedras”.

Queda claro, pues, el mensaje: Jesús quiere ser glorificado por su humildad, alabado por su servicialidad, bendecido por su projimidad y cercanía.
Su gloria es ser Hijo del Padre y hermano nuestro. Y no para “ascender” a un cargo mayor. Esto es lo que quiere el Señor que notemos. El Padre siempre será el punto de referencia hacia el que nos hará mirar, una y otra vez. El viene a servir, no a ser servido. El viene a que reconozcamos al Padre, ni siquiera le parece mal que no lo reconozcamos a él. Hasta llega a justificar como ignorancia el hecho terrible de que los que lo crucificaron no lo hayan reconocido. El quiere que miremos sus obras, el bien que hace, servicialmente, y el estilo y modo con que hace las cosas: su humildad, su ponerse a nuestro lado, como uno más.
Otras figuras de la historia –Abraham, Moisés, David…- son grandes y se ponen al frente de su pueblo. Jesús sigue otro camino. Si uno mira bien, su figura no se instala como la del “más grande” sino que es como si se desdoblara. Siempre queda el Padre como el más grande y él, el Hijo, como el que se abaja. El hecho mismo de quedarse como Eucaristía, como comida para que otros se fortalezcan, tiene que conmovernos el corazón y llevarnos a desear humillarnos ante una humillación tan grande del Señor. No queda como el modelo ideal sino como el alimento real para que tengamos vida nosotros.
Hay en esto una intuición que cada uno tiene que profundizar contemplando bien a Jesús, lo que hace. Por ahí uno tiene la imagen de un lider que le va a dar consignas, de un modelo ideal al que nunca se puede alcanzar (eso es lo propio del modelo), y en Jesús tenemos un alimento al alcance de la mano y un pastor que va detrás de su rebaño y en medio de él.
El venir a servir y no a ser servido no es un medio para “ascender” al lugar del aplauso y de la jubilación sino que hace al ser mismo de Jesús. Aún en el cielo será “Servidor”: nos sentará a la mesa y nos servirá él mismo”.

Nosotros servimos “para obtener un resultado”. Y en el servicio vamos “delegando” tareas menores y “ascendemos” a otras más generales. Si alguno se queda “sirviendo la mesa” o “atendiendo personas una a una”, pareciera “menos” que el que organiza estructuras o habla para muchos. Desde el servicio “marca Jesús” esta dinámica del ascenso no existe. Todo es servicio y punto. Vale tanto un servicio como el otro. El Papa es “siervo de los siervos de Dios”. El verdadero poder es el servicio. Y toda la alegría de Jesús consiste en poder servir más y a más (que participemos más y mejor de su servicio eucarístico).
Por eso el discernimiento en la Iglesia siempre apunta a nuestro lugar de servicio. Dónde me llama el Señor a servir. Poder servir es lo que cuenta. No mis opiniones, no mis títulos, no mis capacidades, no mi comparación con los demás…
Si para algo valen mis opiniones, títulos y capacidades es para ofrecer: en esto puedo servir mejor.
En todo servicio es el cliente el que tiene la razón. Este mensaje se lo da el Dueño a los mozos, porque le interesa que los clientes queden satisfechos, paguen bien y vuelvan.
Y el mozo acepta de buen grado esta consigna procurando, por un lado las propinas y por otro, cultivando el deseo de ser él mismo un día Dueño de su negocio.
Pero en el servicio que propone Jesús, el paradigma es totalmente distinto. Tenemos un Dueño que quiso hacerse mozo y que no deja de cocinar ni de servir por más que ande bien el negocio. Así que la mirada de los que colaboramos con un Mozo así se dirige siempre a él, al que sirve mejor. Y para maravillarnos más todavía, si miramos qué es lo que sirve, vemos que es a sí mismo: Él se da como comida y bebida.

Tiene su lógica, si lo pensamos bien. Porque desear ser siempre mozo y no patrón tiene sentido si lo que uno brinda y lo que recibe en paga no son “cosas” sino el propio corazón. Por puro amor sólo se puede dar amor. Ser siempre servidor sólo se puede si se trata de los propios hijos, de las personas amadas. Allí el acto de servir y lo que se sirve son lo mismo: lo mejor de nuestro propio ser, nuestro amor.

A esto apunta la entrada de Jesús en Jerusalen montado en un burrito: el único Rey es Dios y lo propio de todo el que quiere ser rey humano es la entrega en el servicio. Eso es lo más “real” en el doble sentido de la palabra.
Entramos pues en la semana Santa siguiendo a nuestro Rey Servidor y miramos bien lo que padece y lo que goza (su Pasión y su Gloriosa Resurrección) desde este punto de vista: el de Aquel que quiere darse entero por amor y se mantiene siempre en este don de sí, para bien nuestro y alegría del Padre.
Diego Fares sj

Cuaresma 5 A 2011

Jesús, nuestra Resurrección

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su her¬mana Marta. María era la misma que había ungido con perfume al Señor y enjugado sus pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las herma¬nas enviaron a decir a Jesús: «Señor, tu amigo está enfermo.» Al oír aquella frase, Jesús dijo:
«Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús tenía predilección por Marta, por su hermana y por Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaban.
Después les dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.» Ellos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?» Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce la horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.» Le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.» Entonces, Tomás, el Mellizo, como le apodaban, les dijo a los otros “Vayamos también nosotros a morir con él.»

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania quedaba de Jerusalén sólo a unos tres kilómetros y muchos judíos habían venido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.
Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Al verlo le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aún ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Ella le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí,
no morirá para siempre.
¿Crees esto?»
Le respondió:
«Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»
Entonces, sin decir más, lo dejó y fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde yo lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a su hermana, al ver que ella se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo:
«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció en su espíritu y se conturbó, y preguntó:
«¿Dónde lo pusieron?».
Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo:
«Quiten la piedra.»
Marta le dijo:
«Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.»
Jesús le dijo:
« ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes,
pero lo he dicho por esta gente que me rodea,
para que crean que tú me has enviado.»
Después de decir esto, gritó con voz fuerte:
« ¡Lázaro, ven afuera!»
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo:
«Desátenlo para que pueda caminar.»
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían venido a la casa creyeron en él (Juan 11, 1-45).

Contemplación
Nos vamos quedando en alguna frase que nos tocan más.

“Tu amigo está enfermo”.
En otra contemplación había expandido la traducción: “Tu amigo, el que amas, está enfermo”. Pero hoy “tu amigo” basta. Pienso que los tres hermanos eligieron bien la frase para hacerle sentir a Jesús lo que querían. Y quizás querían lo mismo pero de distinto modo. Marta, por ejemplo, pensó que esa frase lo haría venir rápido a curar a su hermano. Por eso le reprochó: “Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Pero “tu amigo está enfermo” es una frase muy especial: contiene más que un mero pedido. Le hace saber a Jesús que su amigo Lázaro deja en sus manos lo que tiene que hacer. Explícitamente no le pide nada. Quiere que sepa nomás.

“Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.
Me llama la atención que Jesús diga la misma frase que dijo cuando le preguntaron quién tenía la culpa de la enfermedad del ciego de nacimiento. Es una frase contenedora. Jesús la pone como freno y como marco de contención a todo lo que viene luego. El Padre está primero. La Gloria del Padre. Que se vea bien clara la bondad del Padre y que el Hijo es el que hace todo lo que el Padre quiere.

«Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Antes de hacer el milagro de resucitar a Lázaro, Jesús se dirige al Padre en voz alta y nos revela lo que desea: que creamos en Él como enviado del Padre.
Esa referencia al Padre nos indica a dónde tenemos que mirar primero antes de comprender lo que hace Jesús. Todo hombre –Jesús también como hombre- tiene una referencia interior hacia Aquel que le ha dado la vida. Todos buscamos íntimamente, sin que nadie nos lo enseñe, a nuestro Padre. Cada vez que constatamos que nuestra vida es un Don, nos preguntamos por el Donante. Algunos con alegría, agradeciendo, como Jesús. Otros con angustia, sintiendo que se les oculta el rostro de su creador. Algunos buscan más, otros posponen la búsqueda… que siempre renace, especialmente en los momentos fuertes de la vida. ¡Dios mío!, decimos.
Si uno no está conectado con la pregunta por el Padre, Jesús tiene poco o nada que decir. Si uno está buscando al Padre, todo lo que dice y hace Jesús va cobrando nitidez de respuesta. Por eso el Señor hace tantos milagros con gente que no es “oficialmente” religiosa. Eran gente “conectada con Dios interiormente”, libre de las convenciones religiosas que suelen “tapar” la búsqueda personal.
Jesús, por tanto, se hermana a todo hombre que se siente creatura y que busca adorar al Padre en espíritu (desde lo más personal de sus afectos) y en verdad (sin inventar nada, buscando). Escuchemos de nuevo la frase, que es admirable: «Padre, te doy gracias porque me oíste.Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»

Padre.
El Padre es todo para Jesús. El viene a enseñarnos a buscar y a querer al Padre. Si le preguntamos otras cosas, de esas que interesan a cada cultura y a cada época, Jesús a veces responde y otras no. Es más, puede que otras personas y otras religiones y filosofías tengan respuestas mejores. Jesús es experto sólo en el Padre. Busca sólo que sea glorificado, amado y adorado. En lo demás, Jesús no destaca sino que se suma a los hombres sus hermanos. Por eso el cristianismo es una religión pobre, somos pobres culturalmente y por eso nos podemos inculturar. Nuestra única riqueza es Jesús. Y la de Jesús es el Padre. Eso tenemos para dar y casi todo lo demás lo tenemos que aprender.

Te doy gracias porque me oíste.
Eucaristhezo, dice el griego. Jesús hace una Eucaristía con la vida como viene. Antes de hacer nada Jesús hace la Eucaristía, hace una Acción de gracias, elevando los ojos al Padre y bendiciendo la realidad. Luego actúa.

Yo se que siempre me escuchas.
Aunque sabe, lo expresa. Por nosotros, para que creamos e interiormente, porque expresar su “Gracias” es su Fuente de vida divina. “Gracias” es la Palabra que el Padre y el Hijo se están diciendo siempre. “Gracias” es el Espíritu Santo en Persona. Jesús dice “Gracias” por que lo recibe todo. Y el Padre dice “Gracias” también, como cuando uno da y nota que es bien recibido y que le dicen gracias y uno dice “Gracias a ud. también”.

“Lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”
Todo el evangelio de San Juan está escrito “para que creamos que Jesús es enviado de ese Padre al que cada hombre busca “con todo su corazón, con todas su mente y con todas sus fuerzas” aunque a veces no lo sepa conscientemente. Nouwen dice que Jesús vino a invitarnos a “habitar en esa relación tan linda que tienen el Padre y Él”: allí está nuestro Hogar. Esa relación tiene estructura de Eucaristía. Ir a misa es “habitar un rato en esa relación”.
«Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Es la frase central del evangelio. Completa las otras, Yo soy la Luz del mundo. Yo soy el Pan de Vida. Yo doy el Agua Viva. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Dicen que Lázaro tuvo que volver a morir. Que esta resurrección fue “provisoria”… Es una manera de expresar lo que nos excede –la resurrección-. Sin embargo hay otras perspectivas. Marta expresa esto mismo a Jesús, cuando le dice que “ella sabe (como nosotros, de alguna manera) que su hermano resucitará en la resurrección del último día.» Es ahí que Jesús responde “Yo soy la Resurrección y la Vida”.
No se trata de tratar de elucubrar cómo, cuando y de qué manera nos va a resucitar Dios a nosotros. Si tomamos esta línea de razonamiento terminamos en la búsqueda de “luces al final de un túnel” o en “encefalogramas que decretan muerte cerebral”, según tengamos una razón científica o poética. El otro camino, en vez de pensar a Jesús en función de nuestras ideas de “otra vida” y de “resurrección de muertos”, es repensar nuestras ideas a la luz de la Persona de Jesús. La resurrección de la que él habla no es sólo un “hecho” sino la misteriosa e inmensa realidad de su misma Persona. El es nuestra Resurrección y nuestra Vida. En la medida en que nos “adherimos” a El (el que cree en mi) “resucitamos”. En la medida en que nos adherimos a Él –cumplimos sus mandamientos, celebramos la Eucaristía, escuchamos su Palabra, recibimos el Don de su Espíritu…- tenemos vida.
Jesús parte de que ya estamos muertos (ciegos, sedientos, paralíticos…). Y nos dice que Él es la Luz, el Agua, el Camino. Ya estamos muertos o, como dice Pronzato, estamos acabando de morir, porque la muerte es eso: “acabar de morir”. Y sólo Jesús es nuestra Vida.
Por eso Jesús deja que “muera” Lázaro y lo resucita, para despertarnos a que, como dice Pablo: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo; así como tampoco nadie muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya sea que vivamos o que muramos, somos del Señor. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 7-9). Somos suyos, a Él pertenecemos. Y como Marta le decimos de corazón:
«Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

¡Gracias, Padre,
por darnos la Gracia
de creer de corazón
en tu Hijo Jesús!
Danos resucitar en Él
cada día, de cada muerte,
para vivir y habitar
en esa relación tan linda que hay entre ustedes dos,
y que es nuestro verdadero hogar.

Diego Fares sj

Cuaresma 5 A (2005)

El que tú amas…

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús:

«Señor, el que tú amas (fileis), está enfermo.»
………………
Comenzaré nuestra historia con esta frase tan linda que urdimos entre los tres: “Señor, el que tú amas está enfermo”. En realidad la frase la escribieron mis hermanas. Pero yo, aunque estaba mal, asentí a esa y no a otras que urgían al Señor de manera más imperativa. No quise escribirle diciendo: “Señor, sálvame”. “El que tu amas, tu amigo, está enfermo” bastaba. El sabría qué hacer. Se imaginarán que Marta, mi hermana mayor, había querido apurar la cosa y, con esa confianza que ella tenía con Jesús, mandarlo a llamar directamente y sin vueltas. Pero yo no quería. Nuestra relación con el Señor era de amistad y me daba no se qué utilizarlo para una necesidad mía, siendo que tanta gente lo necesitaba más que yo. El a casa venía a descansar, no a hacer milagros. Cuando venía nos sentábamos a conversar, Marta cocinaba algo rico y María, cuando no se le ocurría partir frascos de perfume, escuchaba con esa manera suya que al Señor le encantaba. A ustedes les resultará familiar esta escena, que para nosotros era bastante frecuente, porque Lucas contó nuestro primer encuentro con Jesús, aquella vez que la caradura de Marta lo invitó a cenar sin mucho protocolo y él vino. Yo siento que éramos un poco los hermanos que Él no tuvo. Después reconocí esa gracia en María, su Madre. Para ella ser madre de Jesús la fue haciéndo sentirse madre de todos nosotros. Y eso venía de Jesús, de su hermanarse fácilmente con los que lo hospedaban. Al menor gesto de interés por su palabra, el Señor tenía esto de hermanarse.
Bueno, lo que quiero decir es que es una gracia tan linda esta de sentirlo amigo… La amistad tiene eso, que comienza hermanando espiritualmente y luego se extiende de a poquito a la familiaridad de sangre. Por eso yo quería cuidar más la amistad que la salud.
Tengo que decir que en esto de la amistad nuestra familia fue privilegiada. Pedro me contaría después que para él este interés de Jesús por su amistad fue la última gracia que él recibió. El no podía creer que al Señor resucitado sólo le interesara saber si él lo quería como amigo. Me lo dijo porque le había llamado mucho la atención esa frase nuestra y cómo Jesús la había usado con él después de la resurrección “¿Me quieres como amigo?”. Pedro tenía una admiración y un respeto tan grande por el Señor que no podía concebir esa cercanía. Siempre andaba con un “aléjate de mí que soy un pecador” a flor de labios. Yo le decía que con nosotros había sido al revés, que desde el principio se dio esta amistad y luego nos fuimos dando cuenta de quién era este amigo. María fue ciertamente la que se dio cuenta primero. Pero yo tuve de esto una conciencia mayor quizás que la mayoría de los seres humanos cuando esa voz familiar me arrancó de la languidez total del sepulcro donde yacía. Mi muerte no fue violenta pero, por eso mismo, fue muy fuerte la experiencia de languidecer, de irme yendo, esa experiencia de impotencia y de debilidad total. Y cuando me sacó del sepulcro, despertarme allí todo vendado, en ese lugar frío y maloliente, fue algo impresionante. Mi amigo me había venido a buscar al sheol, mi amigo que era el Hijo del Dios bendito, nuestro Dios y Señor.
Bueno, pero no nos adelantemos. Ustedes comprenderán que para mí entre morirme y despertarme no pasó más de un segundo, pero, como me contaron después, el velorio duró cuatro días. Jesús se hizo esperar y para mis hermanas fue muy doloroso.
La escena siguiente, me la contó Tomás y me parece que puede ayudarles escucharlo a él porque muestra la otra cara de esta historia.

Yo soy Tomás, y como dice Lázaro, aprovechando que Juan me menciona al final de esta escena, puedo contar cómo viví yo la cosa. Estábamos todos juntos cuando llegó el que traía la noticia de la enfermedad de Lázaro.
Al oír aquella frase, Jesús nos dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estábamos. Después nos dijo:
«Volvamos a Judea.» Nosotros le dijimos: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?» Jesús nos respondió: «¿Acaso no son doce la horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.» Le dijimos:
«Señor, si duerme, se curará.» Nosotros pensábamos que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces nos dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.» Entonces yo, Tomás, el Mellizo, como me apodaban, les dije a los otros “Vayamos también nosotros a morir con él.»
………………………………
Como se habrán dado cuenta, nosotros no entendíamos bien lo que Jesús nos decía, y yo menos que todos. Nos desconcertaba el proceder del Señor ante la persecución, ante la muerte de su amigo… Sus frases eran tan oscuras que muchas veces nos quedábamos mirándonos entre nosotros o mirando a Pedro sin saber qué decir. Pedro salía con esas frases suyas de adhesión incondicional a Jesús, como la vez que le dijo: “A quién iremos. Solo tú tienes palabras de vida eterna”. Bueno, yo quise decir algo parecido esta vez, pero me parece que no me salió bien. En realidad, la frase mía que quedó en el Evangelio fue la última, esa de “¡Señor mío! ¡Dios mío!”. Y allí recibí el dulce reproche del Señor que me devolvió a su amistad: “No quieras ser incrédulo sino fiel”.
Bueno, todo esto que digo viene al caso porque la frase importante aquí es la de Jesús, cuando dijo que “Nuestro amigo Lázaro” había muerto y que se alegraba por nosotros.
Yo le comentaba a Lázaro que, para mí, el Señor quiso enseñarnos cómo tenía amigos que no eran del grupo elegido y que sin embargo le eran más fieles que nosotros. Fieles en el sentido de “gente de fe”, como luego me reprochó a mí. Esa fue la lección. Yo saco que, de última, todas las cosas que Jesús hizo y dijo se tienen que interpretar en esta clave de amistad. Si no no se entiende nada. La Iglesia es cuestión de amistad. Por eso me llama la atención lo de “nuestro amigo Lázaro”. La iglesia es cuestión de amistad con él y entre nosotros. Más aún, diría que la creación, la vida misma, es cuestión de amistad, de amor gratuito, de puro don de un ser a otro… Si uno no comprende esto se queda sin comprender nada, se mueve siempre en el nivel de las necesidades, de los deberes, de lo que tendría que ser… Y se la pasa metiendo dedos en las llagas y desconfiando si no ve… Se lo digo yo, que estaba dispuesto a morir por Jesús, pero no era capaz de alegrarme con mi comunidad y de creer en lo que me decían. ¿Es curioso, no? Estar dispuesto morir por alguien pero no saber vivir bien con él y con sus amigos.
Bueno, le dejo ahora la palabra a Marta y a María que son las que protagonizaron lo que sigue. Marta es como yo, que siempre anda ocupada en otras cosas, pero creo que aquí viene.
———————-
Claro que vengo, incrédulo!.
Tendríamos que hablar entre las dos, pero María no habló mucho aquel día y ella es más de expresarse con gestos. La verdad es que ella quedó más desarmada que yo y creo que recién terminó de procesar lo sucedido la semana siguiente, cuando ungió a Jesús con su perfume. Aquí sólo le dio para decir nuestra frase y postrarse llorando a los pies de Jesús. Ella, más que hablar, siempre ha sido de andar a los pies del Señor. Así que como ella me da permiso cuento yo:

Cuando Jesús llegó, se encontró con que mi hermano estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania quedaba de Jerusalén sólo a unos tres kilómetros y muchos judíos habían venido a consolarnos a mí y a María, por la muerte de nuestro hermano. (Así que la casa era un mundo de gente). Al enterarme de que Jesús llegaba, salí a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Al verlo le dije (la otra frase que habíamos preparado, esta vez sin Lázaro, sólo nosotras): «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» Jesús me dijo: «Tu hermano resucitará.» Yo le respondí: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús me dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» Le respondí: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»
…………………………..
Recuerdo este diálogo hasta el día de hoy. Palabra por palabra. El me rogaba que creyera –“¿Crees esto?”. Era como si me pidiera perdón por haber demorado, por habernos hecho sufrir… “¿Crees esto?”. Y yo creí. Le creí con todo mi corazón. Pedro me decía que cuando él lo confesó así, como Mesías, como Hijo de Dios, Jesús lo bendijo y le hizo ver que esta fe no venía de él sino de nuestro Padre de los cielos. En el evangelio sólo Natanael y Simón Pedro tuvieron la gracia de confesarlo así. Y de entre las mujeres, después de su Madre y de Isabel, que lo confesó como fruto bendito, fue a mí a la que se me concedió esta gracia tan grande, esta confesión de fe. En general a mí me recuerdan por el reproche que le hice aquella vez a mi hermana, pero no me molesta. Mi frase en el evangelio fue esta en la que confesé mi fe. Tampoco me molesta que algunos crean que mi hermana se quedó con la mejor parte. Para los que Jesús unió en amistad goza tanto la persona que elige la mejor parte primero como la que la recibe a través de ella después. No hay celos entre nosotras.
Pedro y Juan nos hacían notar que la amistad que los unía a ellos y que los complementaba tan bien para creer y para servir a Jesús, tenía su paralelo femenino en nosotras dos. Que conmigo, Jesús se había comportado más como con Pedro y que con María más como con Juan. Puede ser, aunque los que hacen esas distinciones son los hombres. Yo lo que sé es que cada vez que pronuncio mi confesión de fe, se me endulza el corazón y me lleno de la luz de sus ojos, de su alegría al haber despertado mi fe: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»
Entonces, sin decir más, lo dejé y…

fui a llamar a María, mi hermana, y le dije en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama.» (Ella debe haber visto mis ojos porque no necesitó que le dijera nada más). Al oír esto, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde yo lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a mi hermana, al ver que ella se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo (nuestra frase): «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» (Pero él no necesitó responderle como a mí).
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó:
«¿Dónde lo pusieron?». Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.» Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?» Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo:«Quiten la piedra.» (Ahí me dio miedo a mí y le advertí): «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.» Jesús me dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!»
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús nos dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.» Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían venido a nuestra casa creyeron en él
(Juan 11, 1-45).

Se supone que Yo no tendría que hablar, pero quisiera corroborar la exégesis que han hecho mis amigas y amigos.
Confíen en ellos…
Me encanta esto de que charlen juntos Lázaro, Marta, María, Pedro, Juan y Tomás. En el Evangelio hay lugar para que ustedes también dialoguen, pregunten y confiesen sus cosas…
Solo agregaría una pequeña explicación más, cosa que Tomás no me recuerde a cada rato que era muy oscuro…
Mi charla con el Padre delante de todos también es cuestión de amistad. Por eso le digo a Marta que crea y que verá la gloria de Dios, en esta acción conjunta que Yo hago con el Padre.
A ustedes se les ha perdido el sentido de esa palabra nuestra tan linda “Gloria”. Por ahí en las épocas antiguas la gloria de Dios se identificaba con los fenómenos naturales: una puesta de sol, el cielo estrellado, la tormenta y los rayos… En la época de ustedes quizás hay que buscar otros signos: la gloria de Dios es que mis amigas y amigos “sean uno”. Que con todos sus defectos, debilidades y pecados, los que yo elegí y reuní, los que perdoné y formé, los que me siguen y me sirven, sean uno. Cuando eso se da y se mantiene, surge un brillo, un resplandor, una belleza, que es la verdadera gloria de Dios. Y por ella yo soy capaz no solo de resucitar muertos sino de dar mi vida.

Cuaresma 4 A 2011

Jesús vino a mirarnos

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.
Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni pecó él ni sus padres, respondió Jesús; sino que se habían de manifestar en él las obras de Dios. Es preciso que Yo obre las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede traba-jar. Mientras estoy en el mundo, soy Luz del mundo.»
Después que dijo esto, escupió en la tierra e hizo barro con la saliva y le ungió con el barro los ojos y le dijo:
«Anda, lávate en la piscina de Siloé» que significa ‘Enviado’”.
Fue, pues, se lavó y volvió viendo.
Los vecinos y los que antes le habían visto mendigar, se preguntaban:
– « ¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos opinaban:
– «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»
El decía:
– «Soy yo.»
Ellos le dijeron:
– « ¿Y cómo te fueron abiertos los ojos?»
El respondió:
– «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, y me ungió los ojos y me dijo: «Ve a Siloé y lávate». Conque fui y me lavé y veo.»
Ellos le preguntaron:
– « ¿Dónde está?»
El respondió:
– «No lo sé.»
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.
El les respondió:
– «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»
Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sába-do.» Otros replicaban: « ¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?»
Y se produjo una división entre ellos. Entonces le dijeron nuevamente: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?»
El respondió:
– «Es un profeta.»
Sin embargo, los judíos no querían creer que había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
– « ¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Sus padres respondieron:
– «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para res-ponder por su cuenta.»
Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.»
Los judíos lo llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:
– «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»
– «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.»
Ellos le preguntaron:
– « ¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?»
El les respondió:
– «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»
Ellos lo injuriaron y le dijeron:
– « ¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.»
El les respondió:
– «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.»
Ellos le respondieron:
– «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron afuera.

Oyó Jesús que lo habían echado afuera y, cuando se encontró con él, le preguntó:
– « ¿Crees en el Hijo del hombre?»
El respondió:
– « ¿Y Quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo:
– «Tú lo has visto; el que está hablando contigo, El es.»
Entonces exclamó:
– «Creo, Señor», y se postró ante él.
Y dijo Jesús:
– «Para un discernimiento he venido Yo a este mundo: para que los que no ven vean y los que ven se vuelvan ciegos.»
Oyeron esto algunos de los fariseos que estaban con Él y le dijeron:
« ¿Es que también nosotros estamos ciegos? »
Les dijo Jesús:
– «Si fueran ciegos no tendrían pecado, pero como dicen “vemos” su pecado permanece. » (Juan 9, 1-41).

Contemplación
“Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento”.
No fue que lo vio así nomás, como de pasadita. Si los discípulos le preguntaron por las culpas debe haber sido porque les llamó la atención la manera en que Jesús lo miraba al ciego.
Es que para nosotros si alguien usa la expresión “al pasar” es para decir que “mi-ramos rápido” o “sin querer comprometernos”.
En Jesús no es así: su “pasar” y su “ver” nunca son apurados ni desatentos. Vea-mos si no en otros pasajes. Fue “al pasar” (que) vió a Mateo, el publicano, sentado a la mesa de los impuestos” (Mt 9, 9); fue también “al pasar junto al Mar de Gali-lea, (que) vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban la red en el mar, porque eran pescadores. Y los llamó” (Mc 1, 16); también fue de pasada que “lo vio” a Na-tanael junto a la higuera”.
Quizás el pasaje más significativo para ver cómo miraba Jesús, con qué sentimien-tos, es el de la muerte de su amigo Lázaro, cuando ve llorar a María, a la que tanto quería: “Jesús al verla llorando y a los judíos que la acompañaban, también lloran-do, se estremeció en espíritu y se conmovió, y preguntó: – ¿Dónde lo pusieron? Le dijeron: – Señor, ven y ve. Y Jesús lloró.” (Jn 11, 33).
También Marcos nos hace ver cómo miraba Jesús a la gente con mirada de Buen Pastor: “Al desembarcar Jesús vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas” (Mc 6, 34).
Jesús ve de lejos como el Padre Misericordioso que vio a su hijo cuando aún estaba lejos y se conmovió llenándose de misericordia (Lc 15, 20). Jesús es capaz de per-cibir en un abrir y cerrar de ojos el gesto de la viuda que pone dos moneditas en la alcancía del Templo, en medio de una multitud que pone sumas ruidosas (Lc 21, 1).
Por estas y por muchas cosas más, podemos estar seguros de que si nos dejamos mirar por Jesús su mirada nos comunicará su paz, la compasión que siente por nuestras heridas y su alegría indescriptible por nuestra fe.

Hace un tiempo tuve una gracia grande. El Señor me hizo “cambiar la orientación del esfuerzo que hacía”. Me di cuenta de que al rezar hacía fuerza por entender, por ver, por comprender en qué tenía que mejorar… Y de golpe sentí que podía “de-jarme mirar”. Me di cuenta de que me esforzaba por ver pero con miedo: si veo más me va a exigir más. Y era al revés. Si me dejo mirar me va a calmar mis ansiedades. Comencé a rezar así, dejándome mirar, y la verdad es que se convirtió en una ora-ción fácil de hacer en todo momento. No me cansa y me hace bien siempre. A ve-ces dura un instante: el tiempo de decirle al Señor “mirame al pasar”. Es como cuando era chico y cada tanto constataba si mamá me miraba mientras jugaba, o cuando en los actos del colegio y en los partidos de tanto en tanto miraba al público buscando la mirada de los míos.
Otras veces dejarme mirar dura largo rato: me pongo en su presencia y voy notando lo que me pasa y lo que siento y tranquilamente lo refiero a la mirada buena del Señor: mirá esto que siento, Señor, mirá cómo estoy, mirá lo que me pasa…, esto que pensé ¿cómo lo ves? Es un dejarme mirar por el Dios más grande que mi con-ciencia, sin apuro por juzgar ni por sacar cosas que hacer: simplemente dejar que el lo mire todo.
Para conectarse con esta mirada son importantes los recuerdos de la infancia. Los papás primerizos, que no les quitan los ojos de encima a sus bebés, toman con-ciencia de cómo y cuánto hemos sido constantemente mirados durante nuestros primeros meses de vida. Despertamos a la conciencia a la luz de los ojos de nues-tra madre. Y esta experiencia fundante y vivificante nunca la debemos perder: es signo de la mirada más honda de nuestro Creador que es la fuente de la vida espiri-tual. Dice un filósofo actual que sólo la mirada de los demás nos pone un límite. Las cosas se dejan mirar y nuestra mirada ávida no encuentra límite a su curiosi-dad. Por eso al mirar las cosas corremos el riesgo de dispersarnos una y otra vez siempre más. En cambio el rostro de las personas nos limita, las personas nos hacen sentir que se requiere su permiso para que las miremos. Y este límite de la libertad del otro nos hace bien, porque nos remite a nuestra propia libertad, nos hace experimentar que ser mirados con respeto y aceptados tal como somos es nuestro anhelo más hondo.
Pues bien: sólo Jesús puede calmar nuestra sed de ser mirados así. Cuando Jesús dice que Él es la Luz de todo el mundo está hablando de la Luz de su mirada bue-na, de la Luz de sus ojos: Él nos vuelve real la mirada Creadora del Padre.
Jesús vino a mirar, a mirarnos, a ser Testigo, a decirle a todo hombre, especialmen-te a los más pequeñitos, a los que nadie mira, a los que caminan mirando para abajo, que Dios los mira con mirada de Amor infinito, que “nos piensa” en todo momento, como una madre y un padre piensan a sus hijos (los italianos tienen esa expresión tan linda y tan íntima para expresar su cariño: “ti penso”, dicen). Jesús nos piensa, Jesús nos mira.

La mayor parte del tiempo quisiéramos “ver a Jesús” y sentimos que se nos escapa. Como aquí al ciego. Es curioso pero lo cura y en vez de ponerse ante sus ojos se esconde y deja que vaya viendo otras cosas… Como si le despertara la sed de verlo a Él con los ojos nuevos de una fe que fue conquistando por sí mismo, en la con-frontación con lo que pensaban los otros.
Ver a Jesús lleva tiempo. Dejarse ver por él, en cambio, es algo que uno puede hacer en cualquier instante, porque Jesús siempre nos está viendo. Por eso pedirle que nos mire, que mire nuestro corazón, que mire lo que nos pasa, lo que estamos sintiendo, lo que somos…, es algo que nos conecta inmediatamente con Él. Como decía San Alonso Rodriguez, nuestro santo portero: “Le acontece a esta persona que a menudo todo su trato y conversación es con Jesús y la Virgen Santísima Madre y amores de mi alma, dándoles cuenta de lo que pasa por mí, porque yo soy tan nada de veras y grosero e ig-norante que no valgo nada para nada y acudo a ellos dándoles cuenta de lo que pasa por mí, pidiéndoles que me ayuden y favorezcan, para que todo vaya hecho a su gusto y no de otra manera. Y como el Señor ve mis buenos deseos y trato con Él y con la Virgen y que yo no quie-ro sino a ellos y a lo que ellos quieran, acudo a ellos poniéndome a mí y a todas las cosas pro-pias y ajenas, todo, en sus manos (bajo su mirada), y así sale todo próspero y según Dios”.

Este dejarse mirar por Dios era “el secreto” de Hurtado: «Usted me pregunta có-mo se equilibra mi vida, yo también me lo pregunto. Estoy cada día más y más comido por el trabajo: correspondencia, teléfono, artículos, visitas; el engranaje terrible de las ocupaciones, congresos, semanas de estudios, conferencias prometidas por debilidad, por no decir «no», o por no dejar esta ocasión de hacer el bien; presupuestos que cubrir; resoluciones que es necesario tomar ante acontecimientos imprevistos. La carrera a ver quién llegará el primero en tal aposto-lado urgente. Soy con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por las olas que sub-en. No queda más escapada que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que las olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia Dios (…). ¡Ah, y cómo he comprendido su bondad aun en estos momentos! En mi trabajo de cada día, era a Él a quien yo buscaba, pero me parece que aunque mi vida le estaba entregada, yo no vivía bastante para Él… ahora sí… en mis días de sufrimiento, yo no tengo más que a Él delante de mis ojos, a Él solo, en mi agotamiento y en mi impotencia (…) La fe dirige todavía mi mirada hacia Dios. Rodea-do de tinieblas, me escapo más totalmente hacia la luz. En Dios me siento lleno de una espe-ranza casi infinita. Mis preocupaciones se disipan. Se las abandono. Yo me abandono todo ente-ro entre sus manos. Soy de Él y Él tiene cuidado de todo, y de mí mismo. Mi alma por fin reapa-rece tranquila y serena. Las inquietudes de ayer, las mil preocupaciones porque ‘venga a noso-tros su Reino’, y aun el gran tormento de hace pocos momentos ante el temor del triunfo de sus enemigos… todo deja sitio a la tranquilidad en Dios, poseído inefablemente en lo más espiritual de mi alma. Dios, la roca inmóvil, contra la cual se rompen en vano todas las olas; Dios, el per-fecto resplandor que ninguna mancha empaña; Dios, el triunfador definitivo, está en mí. Yo lo alcanzo con plenitud al término de mi amor. Toda mi alma está en Él, durante un minuto, como arrebatada en Él. Estoy bañado de su luz. Me penetra con su fuerza. Me ama.” (San Alberto Hurtado, Un fuego que enciende otros fuegos, págs. 61-63).
Diego Fares sj

Cuaresma 4 A (2005)

Ojos sin culpa

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.»

El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Me presento: yo soy el que se me lavé y volví viendo, el “ex ciego de nacimiento”. Perdón por no poner mi nombre pero preferiría permanecer fiel al relato del evangelio, que no lo menciona. Quizás porque mi caso puede servir de modelo, para que todo el que sienta que “no ve bien las cosas del Reino” pueda poner su nombre y meterse en mi pellejo. Les diré que vale la pena. Estamos de acuerdo entonces: que hable yo es nada más que un recurso para que ustedes se puedan meter en la escena. Aunque tiene fundamento evangélico, dado que soy uno de los sanados qué más habla en el evangelio (les confieso que cuando comencé a hablar de Jesús y a defenderlo de los “opinadores”, como llamo yo a los fariseos de mi época, me entusiasmé, y, como verán, sigo fiel a mi rol). Creo que en la época de ustedes está pasando algo parecido: hay gente no ve pero que opina constantemente y enceguece más de lo que ilumina… También hay gente simple como yo, a la que se le abren los ojos y ya no deja de decir las cosas como son, pero tiene menos prensa. Perdón si parezco un poquito soberbio, no se me vayan a enojar ustedes también como se enojaron los fariseos que creyeron que les quería dar cátedra… Comprenderán que cuando uno pasa de “oír” la realidad a “verla”, la ve con mucha fuerza y es más difícil que se la vendan prefabricada. Uno cuando ha sido ciego conserva el oído fino para distinguir los tonos de voz sinceros de los falsos y, encima, ahora puede mirar a la gente a los ojos, así que es difícil engañar a un ciego que ha recuperado la vista.
Les dije de entrada y les repito lo que me motiva a hablar: veo que entre ustedes también hay un montón de opiniones acerca de Jesús, de sus palabras y de sus seguidores… En mi época se le reían o trataban de excluirlo ensuciando lo que decía o hacía por cuestiones legales y religiosas nuestras, de judíos, digo. En la época de ustedes sé que se discuten otras cosas: el código da vinci, si el papa tiene que renunciar, el aborto y los militares, el arte… La cuestión es que, en mi humilde opinión, no hay que perderse la experiencia de Jesús por estas cosas. Yo quisiera que ustedes tuvieran la gracia de poder oírlo y verlo por ustedes mismos, como la tuve yo. Dejen que los guíe un humilde ex ciego y vean si les resulta.

Para mí todo empezó cuando me di cuenta de que El me estaba mirando. Juan dice que : Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Bueno, ese era yo. Y yo que lo viví de adentro les confieso que me di cuenta de que El me estaba mirando. Cómo te diste cuenta, me dirán. Me di cuenta porque los ciegos nos damos cuenta siempre cuando alguien se nos queda mirando un rato. Respiran distinto. Se hace un silencio alrededor… Algo pasa y uno se da cuenta. Pero yo me quedé expectante y silencioso porque esta mirada era distinta a todas. No lo conocía, pero digo El porque esa fue la experiencia. Alguien que me resultaba tan familiar como si me hubiera estado mirando desde toda la vida.
También percibí enseguida que hablaban de mí. Y agucé el oído para escuchar, por que trataban de que no los oyera.
Discutían mi caso. Y, como suele suceder con los casos como el mío, todos opinaban. En mi época la gente pensaba que una ceguera como la mía era fruto de algún pecado. Se que ustedes son más modernos y ya saben que si uno nace ciego es por una cuestión genética y no hay que preguntarse mucho más… Pero la cuestión es que uno se lo pregunta igual ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Quién tendrá la culpa? Y para los que sufren la cosa, como me pasó a mí, todas las explicaciones son igual de inútiles.
Pero en eso lo escuché a El. Al que me había estado mirando. Dijo que no era culpa de nadie… Eso me quedó grabado. Y también que El era la luz del mundo. Las otras cosas no me las acuerdo pero pueden verlas en el evangelio de Juan.
Yo seguía callado y quieto. La verdad es que escuchar que no era culpa de mis padres me había dejado como liberado. Yo sentía pena por mi papá y por mi madre. Culpa de mi desgracia la gente los discriminaba (esa es la palabra que me dijeron que usan ustedes y la verdad es que es una palabra muy clara). Yo sentía que no era culpa de ellos, pero no me atrevía a formularlo. Es difícil ir contra las opiniones de la gente con la que vivimos. Ya me han contado que ustedes tienen muy elaborado esto de las culpas. Que hay gente que se dedica exclusivamente a este tema… La cuestión es que escuchar que alguien dijera que no era culpa de nadie, ni de mis padres ni mía, me pareció tan liberador, tan encantador, tan refrescante que creo que ahí ya comencé a ver. A ver de otra manera, digo. No desde la culpa sino desde eso que dijo El después: “esto es para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Qué manera linda de ver las cosas: esto que pasó es “para que se manifiesten en mí las obras de Dios”. Les digo que por eso me quedé callado y lo de que escupiera y me untara con barro y me mandara a lavarme a Siloé lo hice todo como automáticamente. Yo ya iba curado. Como si supiera que iba a poder ver. Porque lo que más nubla los ojos es la culpa, me imagino que ustedes ya lo sabrán, con todos los especialistas en el tema que tienen. Las culpas no dejan ver. Tanto las propias como las de los demás. Las que uno no quiere ver y las que ve demasiado claro, en uno mismo y en los demás. En cambio cuando uno mira al Señor y le pregunta “para qué puede servir esto para gloria tuya”, todo se aclara.

Lo que sí recuerdo ahora es cómo se me acercó: de pronto él me tocó un brazo. Actuaba como los médicos que saben infundirte confianza cuando te tocan. Y enseguida me untó los ojos con barro. Yo no decía nada. Escuchaba su respiración, sentía sus manos apretando bien mis párpados… Fue como si me los moldeara, les confieso. Después he andado leyendo la Escritura y cada vez que puedo me detengo en el libro del Génesis, cuando dice que Dios formó al hombre de barro. Yo no sé como se habrá sentido Adán, si es que sintió algo porque cuando lo modelaron todavía no tenía espíritu, pero a mí me quedó la experiencia de cómo Dios me modelaba de nuevo los ojos. Me los modelaba desde adentro. En eso creo que yo salí distinto a todos (digo, por las discusiones que vinieron después. Era como si solo yo viera claras las cosas y todos los demás las vieran distintas, confusas…). Claro, es que yo pasé de un extremo al otro, de no ver nada a ver con los ojos nuevos que me abrió Jesús… Y ya se sabe que el que mira con ojos nuevos lo ve todo nuevo: una nueva creación!
“Ve a lavarte a la piscina del enviado” le escuché decir. Eso fue lo único que dijo. Y yo no discutí. Aunque me hubiera gustado quedarme allí para siempre y que me siguiera modelando “unos ojos sin culpa” –como yo digo-, le obedecí y me fui. Conocía el camino. El evangelio no cuenta nada de cómo llegué a la piscina y cómo me lavé los ojos… sólo dice que volví viendo. Y fue así. Lo que yo sentí se los puedo contar en otro momento, pero no es lo importante. El asunto es que me volví, porque quería ver a Jesús pero… como suele suceder: me agarró la gente. Los opinadores… Creo que ustedes tienen la experiencia cuando los periodistas le meten los micrófonos a una persona y no lo dejan hablar sino que opinan ellos. Bueno, igual.
Les pongo ahora el texto que sigue para no perder objetividad.

Los vecinos y los que antes me habían visto mendigar, se preguntaban:
«¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos opinaban:
«Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»
Yo decía:
«Soy realmente yo.»
Ellos me dijeron:
« Y cómo se te han abierto los ojos?»
Yo respondí:
«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: «Ve a lavarte a Siloé». Yo fui, me lavé y vi.»
Ellos me preguntaron:
«¿Dónde está?»
Yo respondí:
«No sé.»
Yo que había sido ciego fui llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y me abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, me preguntaron cómo había llegado a ver. Yo les respondí:
«Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»
Algunos fariseos decían:
«Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.»
Otros replicaban:
«¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?»
Y se produjo una división entre ellos. Entonces me dijeron nuevamente:
«Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?»
Yo respondí:
«Es un profeta.»
Sin embargo, los judíos no querían creer que yo había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a mis padres y les preguntaron:
«¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Mis padres respondieron:
«Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta.»
Mis padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.»
Los judíos me llamaron por segunda vez a mí que había sido ciego y me dijeron:
«Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»
«Yo no sé si es un pecador, respondí; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.»
Ellos me preguntaron:
«¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?»
Yo les respondí:
«Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»
Ellos me injuriaron y me dijeron:
«¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.»
Yo les respondí:
«Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.»
Ellos me respondieron:
«Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y me echaron.

Como ven, al contarles de nuevo el evangelio en primera persona no hay que agregarle mucho. La verdad es que Juan interpretó perfectamente mis sentimientos y mis palabras y no les cambió nada. Y pienso que ustedes pueden leerlo con el mismo Espíritu. En eso los evangelistas se distinguen de los “opinadores”, que hoy dicen una cosa y mañana otra y cuando le presentan a un personaje uno no sabe si está ante un desgraciado o ante un santo. En cambio en el evangelio, al menos en lo que a mi me toca, la versión de lo que me pasó es digna de fe. En eso doy testimonio. Claro que también depende de ustedes creerme o no. Los fariseos ciertamente no querían ver (fijensé que hasta cuestionaban que yo hubiera sido ciego!) y mucha gente tomó el caso como algo curioso, nada más. No les digo que el mundo esté lleno de ex ciegos pero me consta que todos los días hay gente que recupera la vista y que empieza a mirar las cosas con fe. Claro que en general es gente muy sencilla como yo y puede ser que a algunos no les baste…
No sé qué les llame la atención a ustedes de mis diálogos con los opinadores. Cada uno puede quedarse en la parte del evangelio que más le llegue al corazón, en la escena o en el diálogo que más le guste. Yo, al rememorar una vez más ante ustedes lo que me pasó, me gustaría compartirles algo que no está escrito pero surge del texto: la atmósfera que había. Todo el mundo hablaba y discutía y el ambiente se iba calentando. Yo, sin embargo, estaba tranquilo. No sé si lo notaron, pero yo no necesitaba gritar ni hablar mucho. Ellos en cambio me insultaban, iban de aquí para allá, discutían entre ellos… Habrán notado, eso sí, mi tonito irónico… Creo que eso terminó de sacarlos. Pero no me iban a hacer enojar a mí, que ahora veía!. Eso quería comentarles, nada más. Cuando uno ve las cosas con los “anteojos de Dios” como dice un monje de ustedes, adquiere cierto buen humor y no discute enojado. Yo aprendí eso, escuchándome hablar a mí mismo (después leí que Jesús decía que es el Espíritu el que nos hace hablar en esas situaciones) , aprendí a mantener el buen humor y a desconfiar cuando por defender a Dios me comienzan a brotar frases agrias, quejumbrosas, enojos e iras…
Bueno, pero ya hablé demasiado. Les cuento el final del evangelio que fue muy lindo, porque Jesús me vino a buscar por segunda vez y nuestro diálogo fue emocionante… Espero que mi testimonio les ayude a desear esos ojos nuevos, ojos puros, ojos sin culpa, que miran con buen humor…. Esos ojos que Jesús regala y que son, sobre todo, para verlo a El, y los dejo con su oración.

Jesús se enteró de que me habían echado y, al encontrarme, me preguntó:
«¿Crees en el Hijo del hombre?»
Yo respondí:
«¿Quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús me dijo:
«Tú lo has visto: es el que te está hablando.»
Entonces exclamé:
«Creo, Señor», y me postré ante él (Juan 9, 1-41).