Domingo de Ramos A 2011

La humildad real de Jesús

Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »
Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:
Digan a la hija de Sión:
Mira que tu Rey viene a ti,
manso y montado en un asna y un pollino,
hijo de animal de yugo.
Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.
La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:
« ¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas! »
Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?» decían.
Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

Contemplación
El domingo de Ramos el Señor, con su entrada en Jerusalen, realiza una acción profética. Estas acciones proféticas a la vista de todo el pueblo son como una parábola puesta en acción: tienen un mensaje que todo el mundo capta sin palabras. Es como cuando el Cardenal viaja en subte.
La acción profética de Jesús quiere ser un mensaje claro sobre su manera de venir a nosotros. El es un Dios que viene, pero si no estamos atentos a cómo viene por ahí pasó y no lo vimos, no nos dimos cuenta de su venida.
Mateo interpreta el gesto de Jesús a la luz de las profecías. Desde la escritura, los profetas dicen a la ciudad santa: “mira que tu Rey viene a ti”; y la ciudad responde: “bendito el que viene en Nombre del Señor”.
Así se nos dice a nosotros hoy: “miren que Jesús viene a ustedes” y como Iglesia y pueblo fiel respondemos: “bendito sea Jesús que viene a nosotros manso y humilde, el enviado del Padre viene montado sobre un burrito” (o sobre tres –el asna, el pollino y Mateo-, porque, como dicen algunos Mateo es un burro, ya que por citar a Isaías literalmente no tiene en cuenta que el profeta utiliza el paralelismo de la poesía hebrea desdoblando en dos imágenes la de un solo burro y él pone dos, la burra y su hijito, y dice que Jesús “los montó”. Algunos se burlan de la infalibilidad bíblica mostrando estos “errores”. Otros, literalistas, se rompen la cabeza buscando armonizar pasajes y citas. A mi me gusta pensar que la burrada literaria está dentro del espíritu de paradoja que el Señor pone en acción al querer ser alabado como rey en un burro. La paradoja da libertad para que lapersona que quiera burlarse, pueda , la que quiera entender, entienda y se convierta y la que lee con humor, no se a burra).
El mensaje es claro: el Señor viene humildemente. Humildemente no quiere decir que pase desapercibido. Al contrario, quiere hacer ver que viene y que viene como Rey manso y humilde. Se deja alabar y tratar como un Rey, pero como un Rey humilde.

A nosotros nos cuesta esta paradoja. Si aclamamos a un Rey nos parece bien que venga regiamente, mostrando poder y derrochando lujo. Y si hablamos de un servicio humilde, nos parece bien que no se note, que se haga ocultamente… Jesús mismo lo dice cuando habla de la oración, del ayuno y de la limosna: “no lo hagan para ser vistos por los hombres sino sólo por el Padre que ve en lo secreto”.

Pero aquí el Señor rompe su manera habitual de proceder y quiere que su humildad real quede de manifiesto. Los fariseos lo reprenden y quieren que haga callar a los niños y a la gente que grita jubilosa “¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor!”, pero Jesús va más allá todavía y les dice que el júbilo que se ha desatado en el pueblo sencillo, si él lo frena, se transmitirá a la naturaleza(¡!). En Lucas el Señor dice: “si estos se callan gritarán las piedras”.

Queda claro, pues, el mensaje: Jesús quiere ser glorificado por su humildad, alabado por su servicialidad, bendecido por su projimidad y cercanía.
Su gloria es ser Hijo del Padre y hermano nuestro. Y no para “ascender” a un cargo mayor. Esto es lo que quiere el Señor que notemos. El Padre siempre será el punto de referencia hacia el que nos hará mirar, una y otra vez. El viene a servir, no a ser servido. El viene a que reconozcamos al Padre, ni siquiera le parece mal que no lo reconozcamos a él. Hasta llega a justificar como ignorancia el hecho terrible de que los que lo crucificaron no lo hayan reconocido. El quiere que miremos sus obras, el bien que hace, servicialmente, y el estilo y modo con que hace las cosas: su humildad, su ponerse a nuestro lado, como uno más.
Otras figuras de la historia –Abraham, Moisés, David…- son grandes y se ponen al frente de su pueblo. Jesús sigue otro camino. Si uno mira bien, su figura no se instala como la del “más grande” sino que es como si se desdoblara. Siempre queda el Padre como el más grande y él, el Hijo, como el que se abaja. El hecho mismo de quedarse como Eucaristía, como comida para que otros se fortalezcan, tiene que conmovernos el corazón y llevarnos a desear humillarnos ante una humillación tan grande del Señor. No queda como el modelo ideal sino como el alimento real para que tengamos vida nosotros.
Hay en esto una intuición que cada uno tiene que profundizar contemplando bien a Jesús, lo que hace. Por ahí uno tiene la imagen de un lider que le va a dar consignas, de un modelo ideal al que nunca se puede alcanzar (eso es lo propio del modelo), y en Jesús tenemos un alimento al alcance de la mano y un pastor que va detrás de su rebaño y en medio de él.
El venir a servir y no a ser servido no es un medio para “ascender” al lugar del aplauso y de la jubilación sino que hace al ser mismo de Jesús. Aún en el cielo será “Servidor”: nos sentará a la mesa y nos servirá él mismo”.

Nosotros servimos “para obtener un resultado”. Y en el servicio vamos “delegando” tareas menores y “ascendemos” a otras más generales. Si alguno se queda “sirviendo la mesa” o “atendiendo personas una a una”, pareciera “menos” que el que organiza estructuras o habla para muchos. Desde el servicio “marca Jesús” esta dinámica del ascenso no existe. Todo es servicio y punto. Vale tanto un servicio como el otro. El Papa es “siervo de los siervos de Dios”. El verdadero poder es el servicio. Y toda la alegría de Jesús consiste en poder servir más y a más (que participemos más y mejor de su servicio eucarístico).
Por eso el discernimiento en la Iglesia siempre apunta a nuestro lugar de servicio. Dónde me llama el Señor a servir. Poder servir es lo que cuenta. No mis opiniones, no mis títulos, no mis capacidades, no mi comparación con los demás…
Si para algo valen mis opiniones, títulos y capacidades es para ofrecer: en esto puedo servir mejor.
En todo servicio es el cliente el que tiene la razón. Este mensaje se lo da el Dueño a los mozos, porque le interesa que los clientes queden satisfechos, paguen bien y vuelvan.
Y el mozo acepta de buen grado esta consigna procurando, por un lado las propinas y por otro, cultivando el deseo de ser él mismo un día Dueño de su negocio.
Pero en el servicio que propone Jesús, el paradigma es totalmente distinto. Tenemos un Dueño que quiso hacerse mozo y que no deja de cocinar ni de servir por más que ande bien el negocio. Así que la mirada de los que colaboramos con un Mozo así se dirige siempre a él, al que sirve mejor. Y para maravillarnos más todavía, si miramos qué es lo que sirve, vemos que es a sí mismo: Él se da como comida y bebida.

Tiene su lógica, si lo pensamos bien. Porque desear ser siempre mozo y no patrón tiene sentido si lo que uno brinda y lo que recibe en paga no son “cosas” sino el propio corazón. Por puro amor sólo se puede dar amor. Ser siempre servidor sólo se puede si se trata de los propios hijos, de las personas amadas. Allí el acto de servir y lo que se sirve son lo mismo: lo mejor de nuestro propio ser, nuestro amor.

A esto apunta la entrada de Jesús en Jerusalen montado en un burrito: el único Rey es Dios y lo propio de todo el que quiere ser rey humano es la entrega en el servicio. Eso es lo más “real” en el doble sentido de la palabra.
Entramos pues en la semana Santa siguiendo a nuestro Rey Servidor y miramos bien lo que padece y lo que goza (su Pasión y su Gloriosa Resurrección) desde este punto de vista: el de Aquel que quiere darse entero por amor y se mantiene siempre en este don de sí, para bien nuestro y alegría del Padre.
Diego Fares sj

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