Cuaresma 1 A 2011

APARTAR AL TENTADOR CON LA PALABRA

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo:
« Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. »
Pero él respondió: « Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. »
Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice:
« Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’. »
Jesús le dijo: « También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’. »
Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice:
«Todo esto te daré si postrándote me adoras. »
Le dice entonces Jesús:
« Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto’. »
Entonces el diablo le dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían (Mt 4, 1-11).

Contemplación
¿Qué significa estar tentado? ¿Cómo me doy cuenta de que estoy siendo tentado?
Partimos de la experiencia de la gracia. Lo más lindo de recibir una gracia, lo que realmente da consolación, es cuando uno alza un poco la mirada y, por encima de la alegría que siente, se le abren los ojos a la presencia de Dios.

El Señor nos hace sentir que es Él: su gracia lo precede, pero es Él, su Presencia, su Amor, su Mirada buena, lo que nos consuela. Es más, a veces, cuanto más pequeña es la gracia (algo que le pedimos encontrar a los ojos de la Virgen, por ejemplo) más alegría nos invade al sentir que Dios nos escuchó.
Esta experiencia de fe es intransferible. Otro nos ve y piensa “no es para tanto”, pero interiormente uno sabe la medida personal de lo que ocurrió: pedí algo con fe y el Señor me lo concedió. Fui escuchado. Él está. Él me quiere. Él me cuida.

En esta sintonía hay que leer las frases de Jesús a los que curaba: “Vete en paz. Tu fe te ha salvado”. De afuera uno dice “qué tiene que ver”. Es que esas frases las entienden sólo Jesús y la persona agraciada. Son respuesta a un diálogo que se inició en lo secreto de los corazones y que luego se tradujo en los pedidos de ayuda y en las curaciones. Pero lo importante sucedió de corazón a corazón, entre dos personas que se conectaron: por la fe la creatura y por el amor el Creador.

La gracia santificante es el don que Dios nos hace, pero más aún, es su misma Persona que extiende sobre nosotros, como un manto, su influencia bienhechora.

En el tratado de Gracia se distingue entre Gracia increada (las mismas Personas divinas que por el Bautismo vienen a habitar misteriosamente en la intimidad de nuestra alma) y la gracia creada (los dones y efectos buenos que la presencia de Dios irradia y produce en nosotros).
Esto lo digo para contemplar a Jesús en el evangelio de hoy y darnos cuenta de que, más allá de cuáles sean las tentaciones que vence, es su presencia en medio del desierto de las tentaciones lo que nos consuela y nos da esperanza en la victoria.
Jesús sintiendo lo mismo que yo cuando soy tentado;
Jesús experimentando la insidia del Demonio, la ambigüedad de su manera de razonar que me hace dudar, ¡el uso de la Escritura!, cosa que me deja perplejo;
Jesús siendo objeto de los intentos de manipulación del Manipulador, que le muestra que conoce sus necesidades, su hambre, su deseo de protección, sus ambiciones.
Es la humanidad del Señor, su estar como uno más, sacando recursos de su pobreza –ningún recurso extraordinario, sólo la Escritura- eso es lo que más consuela.

Ahora sí respondemos a la pregunta de qué es la tentación. La tentación no es una emoción o un estado de ánimo nuestro sino la intención maléfica del que nos tienta. La tentación es la manipulación que hace el mal espíritu, no sólo de nuestras debilidades o malas tendencias sino también de nuestros legítimos deseos.
Lo vemos claro en Jesús: como no tiene pecado, como no hay en Él pasiones desordenadas, el Demonio lo tienta con cosas buenas: ¡con sus pasiones ordenadas! Saciar el hambre bueno luego de haber ayunado por amor a Dios convirtiendo las piedras en pancitos. ¿Qué tiene de malo? Nada. Pero el Señor toma distancia de las cosas que le hace ver el Manipulador y discierne su voz melosa y su intención torcida. Jesús nos enseña a oler el azufre del Maligno y a descubrir su cola serpentina, para hacerle frente y tomar distancia, más allá de lo que nos dice. Porque el tentador entra con la nuestra y nos hace dialogar sobre cosas ciertas y luego nos anima a hacer cosas buenas pero sugeridas por él y poco a poco nos va envolviendo. Entra por nuestra debilidad o por aquello que nos fascina o por nuestro deseo de hacer el bien y después nos vende su buzón. Nos hace entrar…

¿Cómo me doy cuenta de que estoy tentado? Los efectos que produce en mi ánimo la cercanía del Manipulador son inconfundibles. Ignacio nos dice que si estamos inquietos, turbados, con oscuridad de la mente, con mociones a cosas bajas, si nos sentimos apartados de Dios nuestro Señor, mordidos y tristados, presos de pensamientos negativos… es que estamos en el ámbito de influencia del padre de la mentira y de la división y del odio. Estamos siendo manipulados. Uno puede sentir los vaivenes de la manipulación, pero rechazar con firmeza a un Manipulador que se trasviste y se camufla no siempre es fácil. Sufrimos el efecto pero el maligno nos hace creer que es cosa nuestra, que no hay otro que tenga que ver y esté ejerciendo su poder sobre nuestro estado de ánimo.

La actitud de Jesús, su modo de actuar nos ilumina haciéndonos ver cómo se comporta Alguien que no quiere manipular ni consiente en ser manipulado.
El Señor siempre libera.
Cuando cura a alguien no se aprovecha para ganarlo para su causa. Lo remite a su fe, lo conecta con sus convicciones más hondas y personales para que vuelva a optar, si quiere, por él. Como tan bien se ve en el pasaje de la curación del ciego de nacimiento. Jesús lo cura y luego lo deja solo. Deja que él vaya “viendo” por sí mismo quién es el que lo curó. Al final, cuando por defender a Jesús es expulsado de la sinagoga, el Señor le sale al encuentro y le pregunta: “Vos creés en el Hijo de Dios? Y él responde “¿Y quién es Señor para que crea en Él? Y Jesús le dice: “Lo has visto (como diciendo “ahora podés ver vos mismo”). Es el que habla contigo”. Y él le dice: “Creo, Señor”. Y le adoró (Jn 9, 35-38).
El Señor no manipula tampoco a los que lo siguen. En cada encrucijada en que lo pone la vida aprovecha para establecer un nuevo vínculo con sus amigos haciéndolos optar. Después del discurso sobre el Pan de vida y la comunión total que implica seguir a Jesús, a muchos les pareció muy duro su lenguaje y “ya no andaban en su compañía”. Jesús les pregunta a los apóstoles: “Ustedes también se quieren ir?” “A Quién iremos -le responde Pedro-, sólo vos tenés palabras de vida eterna”.
Este “a Quién” y no un “a dónde” implica que Simón Pedro ha comprendido lo que es la gracia. Las palabras de Vida eterna brotan de una sola fuente, de la boca de Jesús, siempre atento a “toda palabra que sale de la boca del Padre”, como bien le responde el Señor al tentador.
Ante las palabras manipuladoras del mal espíritu, la Palabra que libera y da vida eterna del Señor.

Así vemos cómo el Señor vence el intento de manipulación de sus deseos legítimos con la Palabra de la Escritura. Vence la tentación de poner palabras rápidas a los deseos verdaderos y nos enseña a descubrir la raíz profunda de todos los deseos: el Deseo hondísimo del Bien Sumo que sólo puede expresarse con La Palabra íntegra de la Escritura.
Nuestra cultura publicitaria es maestra en esto de ponerle sus palabras a nuestros deseos. Cada deseo del corazón humano es estudiado por la publicidad que elige luego las palabras apropiadas de manera tal que uno se sorprende al encontrar “justo lo que buscaba”.
Jesús es Maestro en ponerle Palabra a nuestro deseo más hondo, el de ser hijos queridos y poder llamarlo familiarmente Abba a nuestro Padre.

Dejamos a cada uno el contemplar cómo Jesús vence los otros dos géneros de tentación. Ya hemos captado lo esencial, que es la “manipulación” que hace el Demonio para estar cerca nuestro, porque sabe que si lo dejamos acampar en nuestra cercanía, su influencia se hará sentir –inoportunamente- en el momento oportuno.
Jesús toma distancia de la “manipulación de la Escritura” que intenta hacer el Demonio al proponerle discusiones teológicas con eso de “está escrito que Dios enviará a sus ángeles para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. El Señor profundiza su lógica de la libertad y le responde: “también está escrito: no tentarás al Señor tu Dios”. Es decir: “saco a la luz tu intención de fondo. Aunque usés la palabra de la Escritura estás queriendo que yo tiente a mi Dios”.

En la tercera manipulación el Demonio se muestra desembozadamente: le ofrece a Jesús el poder y le pone la condición de que se agache y lo adore. El Señor responde magistralmente con ese “Apártate”: “Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto’”.
Vencer la tentación es lograr que el Demonio se aparte. Lanzarlo, derrocarlo, dice San Ignacio. Salir de su presencia, de su ámbito de influencia. Es la cercanía que da el “dialogar con él” lo que da poder al mal espíritu. Más allá de las respuestas de Jesús importa el movimiento de alejarlo, de rechazarlo. En la madurez de su vida, cuando experimentaba el merodeo del mal espíritu a su alrededor mientras iba pensando las cosas de Dios, Ignacio movía un poco su bastón y le decía: “Vos a tu sitio. Apártate, Satanás. Y lo echaba como se echa a un perro”.

La palabra humana es lo que da mayor cercanía. Uno puede estar infinitamente lejos de la gente con la que comparte el apretujamiento del subte porque cada uno va hablando sus propias palabras, escuchando su música, hablando con los que ama por su celular.
Jesús, la Palabra hecha Carne, establece con nosotros la mayor cercanía. Y con el buen uso que hace de la Escritura, nos abre el camino para andar siempre “hablando con nuestro Dios”, de manera tal que el mal espíritu pise el palito y salga vencido al no poder manipular la Palabra hecha Carne con la que comulgamos y que nos ilumina y alimenta.
Diego Fares sj

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