Domingo 9 A 2011

“La Roca espiritual que los acompañaba… era Cristo”

Jesús dijo a sus discípulos:
No todo el que me dice “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace (de corazón) la voluntad de mi Padre, que está en los Cielos, este entrará en el Reino de los Cielos.
Muchas personas me dirán en el último día:
– “Señor Señor ¿acaso no profetizamos en tu nombre y en tu nombre expulsamos demonios y en tu nombre obramos muchos prodigios?
Y entonces les aclararé:
-“En realidad a ustedes nunca los conocí; apártense de mí los que obran la iniquidad.
Así, pues, todo el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se asemeja a un hombre prudente que hizo su casa sobre roca; y cayó la lluvia y vinieron las crecidas y soplaron los vientos y sacudieron aquella casa, y no cayó, porque estaba cimentada sobre roca.
Y todo el que escucha estas palabras mías y no los pone en práctica se asemejará a un hombre fatuo que hizo su casa sobre arena, y cayó la lluvia y vinieron las crecidas y soplaron los vientos y sacudieron aquella casa y cedió, y su derrumbe fue grande (Mt 7, 21-27).

Contemplación

Al escuchar este evangelio nos viene al corazón la canción del Salmo 17:
Yo te amo, Señor mi fortaleza,
mi roca, mi baluarte, mi liberador.
Eres la peña en que me amparo,
mi escudo y mi fuerza, mi Salvador.

En el templo se escuchó mi voz,
clamé por Ti en mi angustia.
Extendiste tu mano y no caí,
tu poder del enemigo me libró…

Para Israel Dios es la Roca. Y Pablo interpreta que la Roca que acompañaba al pueblo por el desierto era Cristo:

“Todos comieron el mismo alimento espiritual (el pan del cielo)
y todos bebieron la misma bebida espiritual,
porque bebían de la roca espiritual que los acompañaba.
Esa roca era Cristo” (1Cor 10, 4).

Cristo es una Roca espiritual que nos “acompaña” y de la que podemos beber.
Es piedra viva, como esas rocas de las sierras de las que brota una vertiente de agua pura que viene de lo profundo del monte.

La imagen de la Roca espiritual, con Agua viva, que se mueve y sigue al pueblo por el desierto es una de las imágenes más fuertes de la Escritura.
Es como decir que Cristo cumple todos los deseos de nuestro corazón:
la roca responde a nuestro deseo de solidez y de fortaleza, para edificar y proteger la vida siempre amenazada y combatida por el enemigo;
el agua viva y la movilidad de esta Roca que es Cristo, responden a nuestro deseo de libertad, de autosustentarnos en camino.

Y o más lindo es que Pablo une la imagen de la Roca a la de la Eucaristía

“El cáliz de bendición que bendecimos,
¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo?
Y el pan que partimos
¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? (1 Cor 10, 16).

Pero ¿cómo es eso de que la Eucaristía es Roca? ¿Cómo es que la sangre de Cristo nos defiende del enemigo y nos fortalece en toda angustia y persecución? Al comulgar es verdad que experimentamos un momento de silencio y de paz y sabemos -de alguna manera que no alcanzamos a comprender del todo- que se establece una unión con Dios que nos pacifica y nos conforta. Pero cómo hacer para que “esta Roca espiritual” nos acompañe por el camino, para que a lo largo del día sintamos que Jesús está caminando a nuestro lado, para que nos haga “arder el corazón” como a los de Emaús?

Le pedimos al Señor que “al partir Él el pan” se nos abran los ojos y lo reconozcamos…
La Eucaristía como acción de comer el Cuerpo de Cristo y de beber la Sangre de Cristo requiere de la Palabra para ser asimilada espiritualmente y dar frutos de fortaleza y de energía vital. Sin la Palabra el gesto queda como en semilla, a la espera…
Como dice Jesús, “hay que escuchar su palabra y ponerla en práctica”: eso es edificar sobre la Roca viva, participar de lo que Dios edifica, de lo que realiza y construye, recibiendo su vida, dando frutos y obteniendo protección contra todo mal.

Meditando estas cosas me iluminó una frase de Martini. La Eucaristía es Roca espiritual que alimenta y fortalece porque hace presente cada día en todas partes del mundo el gesto de Donación total de sí que hizo Jesucristo en la Cruz. “La Eucaristía subraya que nuestra vocación histórica no es una mera autorrealización personal, sino que consiste en parecernos a Cristo, en ser, como Él, don absoluto y dedicación de corazón a los demás. El misterio de la Eucaristía nos enseña que nuestra vocación histórica en la Iglesia se mide por la autodonación y el servicio”.
La autodonación total de Cristo Jesús es Roca porque no tiene fisuras, el enemigo no puede entrar allí para dividir o hacer dudar. Comulgar con el que se dona así entero por mí –como Pan y como Vino consagrados- es fundar mi vida sobre Roca. Una Roca que me acompaña y está siempre disponible para mí.
Es el no poder darnos enteros lo que nos ocasiona tribulación.
Al comulgar con el Señor Él nos llena y completa.
Y esto una y otra vez, en cada Eucaristía y con posibilidad de renovar la Comunión espiritualmente a lo largo del día.
“Jesús se me entrega totalmente, sin reservas –como un pan- dando así su sentido último a todos mis encuentros, a mis actividades, a mis pequeños sacrificios, a mis humillaciones, a mis cansancios, que ya no me parecen tales; y aunque muchas veces llegue a sentir su peso, me resultarán ocasión de gozo, y no motivo de lamento”.

Por tanto: Autodonación vs autorrealización, construir sobre roca vs construir sobre arena.

Aquí es donde cambia el sentido de las persecuciones y de las tribulaciones.

Balthasar arriesga algo muy iluminador:
“Se puede decir que la persecución no solo prueba al cristiano sino que hace crecer su estabilidad”.

En las pruebas experimento cuán Roca es Jesús. Tener que hacer pie sólo en Él, tenerlo sólo a Él para abrazarme con actos de fe angustiosamente clamados, fortalece.

De nuevo el Salmo, entonces, con luz más profunda:
Yo te amo, Señor mi fortaleza,
mi roca, mi baluarte, mi liberador.
Eres la peña en que me amparo,
mi escudo y mi fuerza, mi Salvador.

Cuando yo invoqué tu nombre,
con mano poderosa,
me salvó tu Amor.
Son perfectos tus caminos,
tus manos me sostienen
Tú eres mi Rey.
Diego Fares sj