Domingo 4 A 2011

Ser feliz es sentirse bendecido

Jesús al ver a las muchedumbres subió a la montaña y cuando se sentó se le acercaron sus discípulos. Entonces, él comenzó a hablar y les enseñaba diciendo:
Benditos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos.
Benditos los que son dulces y mansos porque ellos heredarán la tierra.
Benditos los que lloran porque serán consolados.
Benditos los que están hambrientos y sedientos de justicia porque serán saciados.
Benditos los misericordiosos porque se tendrá misericordia con ellos.
Benditos los de corazón limpio porque verán a Dios.
Benditos los que obran con paz porque serán llamados hijos de Dios.
Benditos los que padecen persecución por practicar lo que es justo porque de ellos es el reino de los cielos. Benditos son ustedes cuando los maldigan y los persigan y cuando digan todas cosas malas de ustedes por mi causa, gocen y exulten de alegría porque su recompensa es grande en los cielos. Así persiguieron a los profetas que los precedieron (Mt 5, 1-12).

Contemplación

Rezando con las Bienaventuranzas me quedé con la palabra “felices”. Y la traduje por “benditos” que es una de las acepciones de “´ašrê” en hebreo (como sea que se pronuncie). “´ašrê significa “feliz” y para el AT es feliz el hombre bendecido salvíficamente por Dios. Ser feliz es sentirse bendecido.

Como dicen los famosos: “la felicidad son momentos”.
La frase parece un lugar común pero tiene su profundidad.
La felicidad son momentos en los que uno experimenta que la vida lo bendijo, le regaló que algo saliera bien, le brindó un instante de plenitud, de una dicha que se extendió como un círculo en el agua e hizo que se expandiera, hacia adelante y hacia atrás, el sentido pleno de toda una serie de cosas que se fueron dando.
Ese acontecimiento queda grabado en el alma como un momento de felicidad, que fue fugaz, pero no puntual: valió la pena lo que hubo que esperar para que se diera un encuentro, valió la pena el trabajo de preparar la fiesta para que todo se concentrara en una cara de sorpresa, en una sonrisa emocionada, en un momento de alegría, que después se remansa y se agradece…
Podríamos utilizar la expresión tan remanida y decir que “las bienaventuranzas son momentos”. Momentos de consolación, en lenguaje ignaciano.
Al decir que “son momentos” lo que se quiere expresar es que son “regalos”, dones: la felicidad no es algo que se pueda “poseer” o “controlar”. Por eso el lenguaje “temporal”. Porque la felicidad viene, simplemente. Y se va.
Y eso es lo propio de las consolaciones de las que habla Ignacio. No está en nosotros traerlas ni podemos exigirlas, pero sabemos que el Buen Espíritu las da con abundancia y a sus tiempos al que humildemente las pide, al que las desea con ansias, al que las valora más que otras satisfacciones humanas.

Hay que unir entonces “Felicidad”, a los acordes que resuenan en palabras como bendición y consolación.

Hay una bienaventuranza que lo dice explícitamente: Felices los que lloran porque serán consolados (paraklethesontai).
Aquí es donde propiamente viene bien la palabra “benditos”. Porque el que llora no está feliz, pero sí es bendito. Bendito quiere decir sagrado. El llanto es sagrado, es expresión de la fuente íntima de la persona de la que brotan lágrimas cuando el corazón necesita expresarse más allá de toda palabra y de toda acción. Y el llanto invita a consolar. El que ama, cuando el ser amado llora, se inclina a consolarlo. A veces compartiendo el llanto, mejor que tratando de que el otro no llore.
En la bienaventuranza del llanto la consolación no viene desde afuera: el llanto mismo llega a un punto en que se calma y transforma los sentimientos del corazón. Por eso se dice que a veces llorar hace bien. Llorar bien consuela. En el llanto entra o emerge el Espíritu de Dios. Por eso “felices los que lloran” porque recibirán al Paráclito, al que consuela, y los consolará.

Esta experiencia de bendición y consolación que brota desde adentro en un momento del llanto mismo, es como el corazón de toda bienaventuranza, de toda consolación y bendición de Dios: la felicidad de la consolación brota de adentro mismo de las experiencias de cruz y resurrección.
Jesús mira a los que son capaces de recibir la consolación que él viene a traer.
Y a esos los llama felices. Felices porque benditos. Benditos en el sentido de capaces de gozar con la bendición de Dios, capaces de recibir y sentir lo que es la consolación.
La vida según Jesús es, entonces, un salir a buscar y hallar las consolaciones que el Padre nos tiene preparadas. Un salir a recibir las bendiciones que el Señor tiene para regalarnos cada día en medio de los estados de ánimo y de las situaciones de la vida.
………….

Me quedo con lo de esos “momentos” en los que uno se siente bendecido. Porque si hay una felicidad “estable” y que se puede “poseer” constantemente es la felicidad de sentirnos bendecidos: bendecidos de toda la vida y con muchísimo “por bendecir”.
Saber que uno será bendecido hoy, de muchas maneras, por el Señor, es una felicidad y una alegría de esas “que nada ni nadie nos puede quitar”.

Felices los pobres…
En estos días, estudiando el balance de la Fundación Obras de San José, analizábamos los números y veíamos que, en esa foto que uno saca al cerrar el ejercicio, los gastos subieron un 25% y las donaciones se mantuvieron iguales o bajaron un poquito. La foto tira para la pobreza… Sin embargo (o, ahora lo veo, quizás precisamente por eso), la sensación térmica de fin del año fue de felicidad. No sólo porque el último mes recibimos muchísimas donaciones “extras” y pudimos pagar todo, sino por pequeños detalles que nos hacen sentir la mano bondadosa de San José que está manejando siempre, constantemente, la economía del Hogar. Es algo muy “subjetivo”, lo reconozco, pero se contagia cuando lo cuento, así que más que subjetivo yo diría que es algo “eclesial” –una gracia que recibe uno personalmente pero que es para todo el que la quiera compartir-. Y como “la felicidad son momentos” confieso que a mi me basta y sobra para andar feliz en lo que a dinero del Hogar se refiere.
El 30 de diciembre habíamos revisado las donaciones y a ojo de buen cubero sacamos que San José nos había cubierto casi todo menos $15.000. Con ese número en la mente viene la Cooperativa y nos pide en préstamo $4.000 para adelantar algo de dinero a sus asociados para las fiestas, ya que el gobierno había depositado tarde un pago y no estaría disponible hasta los primeros días de enero. Les prestamos y luego que se fueron todos, me quedé trabajando en el Hogar a una hora en que nunca me quedo a trabajar en la oficinita, por el calor. Eran las cuatro de la tarde y en eso veo que entra un mail. Era una persona me explicaba que había depositado 15.000 pesos pero que le habían descontado algo por el depósito y que entonces daba una suma medio rara ($14.813,95) y que me fijara a ver si se había depositado…
Sorprendido por la suma entro en la cuenta y no sólo estaba ese depósito sino otro anónimo que acababa de entrar, antes del feriado bancario, de $5.000.

Todos los años pasan estas cosas con los números y subjetivamente San José me hace sentir que “paga él”. Eso a mi me consuela y me confirma que el Hogar está bendecido.
Reconozco que este manejo de los números es algo medio ingenuo.
Pero ser “pobre de alma” ¿no es ser medio ingenuo?
Si creer que San José cuida la economía y se ocupa de la plata del Hogar es ser ingenuo, bendito sea.
El cuidado específico del dinero del Hogar yo lo atribuyo a dos cosas bien reales: una, que nuestro Padre del Cielo escucha las oraciones de los pobres y de los enfermos y hace que mucha gente se conmueva y done a las obras que sirven a sus pequeñitos y abandonados. Esto es algo que vale para todas las obras de caridad. La otra razón es más mía: con todos los problemas humanos que tratamos cada día en el Hogar (los de los pobres y los nuestros), si encima hubiéramos tenido problemas económicos, creo que yo, con lo controlador que soy, no hubiera funcionado. Así que se ve que San José se hizo cargo y en estos 16 años nunca faltó con qué pagar los gastos. Como Buen Samaritano, San José nos deja lo necesario y cada año nos paga a la vuelta lo que por déficit o por préstamos “gastamos de más”.
Hace tiempo en un folleto del Hogar decíamos: “Nuestra esperanza es que el Hogar sea un lugar en el mundo donde podamos vivir las Bienaventuranzas en plenitud”. Hoy lo traduzco: “Nuestra certeza es que el Hogar es un lugar donde podemos experimentar las bendiciones y consolaciones de Dios en plenitud”, tanto las consolaciones y bendiciones que nos da cuando compartimos los sentimientos de Jesús crucificado – la pobreza, el llanto y la sed de justicia y el dolor por las injurias-, como las bendiciones y consolaciones que nos da cuando sintonizamos con la misericordia, paz y la dulzura que brotan del Corazón del Señor resucitado.
Diego Fares sj

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