Domingo 3 A 2011

Jesús pesca con luz

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías:
¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí,
camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones!
El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz;
a los que habitaban en las oscuras regiones de la muerte,
les amaneció una luz .
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar
«Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos.»
Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea,
Jesús vio a dos hermanos:
a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés,
que echaban las redes al mar porque eran pescadores.
Entonces les dijo:
«Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.
Continuando su camino, vio a otros dos hermanos:
a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan,
que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes;
y Jesús los llamó.
Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.
Jesús recorría toda la Galilea,
enseñando en las sinagogas,
proclamando la Buena Noticia del Reino
y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente (Mateo 4, 12-23).

Contemplación
Jesús pesca con Luz: atrae porque brilla.
¿Y qué es lo que resplandece en Él?
Su persona, antes que nada.
Una Persona que se entrega entera en cada gesto, en cada palabra, en cada acción.
Todo lo que Jesús hace y dice en circunstancias concretas y limitadas es luz: su pasar haciendo el bien a quien le sale al encuentro, sus Palabras que dan vida dichas a los que lo escuchan en cada ocasión. Todo en Jesús es luz.
Una luz muy especial: ¡por eso atrae tanto!

Jesús es luz no sólo que ilumina hacia fuera sino luz que lo transfigura a Él mismo, como bien lo experimentaron los discípulos más amigos en el monte Tabor. Es Fuente de Luz y a la vez Iluminado por Otros. Luz de Luz, como dice el Credo largo.
Es que el Padre y el Espíritu iluminan a Jesús: el Padre lo ilumina con su Palabra que abre el Cielo de su Corazón, haciéndonos ver que es “su Hijo el Predilecto”; el Espíritu lo ilumina en nuestros ojos, haciendo que lo veamos tal cual es, que contemplemos su Gloria en sus pequeños gestos de amor.

La iluminación es una de las experiencias más bellas de la vida. Alguien te dice “mirá qué lindo” y nos muestra unos aros que le regalaron o nos señala un balcón con flores o la luna sobre la autopista, y de golpe algo que no habíamos visto se nos ilumina y nos alegra un instante los ojos con su belleza. Como dice el poeta:
“Duerme una canción en todas las cosas,
que sueñan y sueñan sin cesar,
basta que encuentres la palabra mágica
y el mundo se levanta a cantar».
(“Schläft ein Lied in allen Dingen/ Die da träumen fort und fort,/ Und die Welt hebt an zu singen/Triffst du nur das Zauberwort“ – Joseph von Eichendorff).
Lo de la palabra mágica es clave. Porque que las cosas se iluminen no es un fenómeno meramente objetivo: los ojos con que miramos son la contrapartida necesaria para que algo brille. Goethe, en su teoría de los colores, mostró la importancia del ojo en la visión del color.
Y con Jesús pasa lo mismo: el Señor es Luz que requiere ojos iluminados. Eso es la Fe: la iluminación de nuestros ojos que nos hace descubrir el Brillo glorioso de Jesús en medio de la opacidad de la vida cotidiana.
Ayer me dice un joven con rastas y onda Bob Marley: “Padre, ¿existe Jesús todavía en estos tiempos?” (La verdad que me hizo sonreír lo de “todavía en estos tiempos”). Yo había entrado al segundo comedor a bendecir la comida y este que había estado rapeando con otros mientras hacían la cola, se acababa de sentar y me salió con esta pregunta. Hice una pausa para no responder sino de corazón y lo que me salió fue medio subjetivo: “¿Vos te creés que si no existiera Jesús yo estaría acá en Enero?” Me miró a los ojos y bajó la cabeza, asintiendo primero y luego poniendo un poquito de distancia y dijo: “gracias, padre”.
Reflexiono ahora que esas preguntas, aunque todos las tenemos no todos nos animamos a hacérselas a otro. Recuerdo que fue mi amigo Gustavo, que falleció el año pasado, el que en un retiro en Lunlunta, le dijo al Padre Hilario Correas que estaba hablando de Jesús: ¿Pero hay alguien que crea en Jesucristo hoy en día?. “Yo creo -le respondió Hilario- con todo mi corazón. Y me juego la vida por Él”.
Al repasar la pregunta del del Hogar me vino a la memoria este recuerdo de los 17 años en aquel retiro en el que sentí fuerte el llamado a seguir a Jesús. Era sólo a Jesús, todavía sin otro aditamento, ni de jesuita ni de cura… Y el testimonio del cura me llegó. Su “yo creo y me juego”. Me llegó más que cualquier razón.
Pero lo importante es que el testimonio lo “arrancan” los pobres y los jóvenes, porque preguntan queriendo saber de verdad la experiencia personal del otro.
Tienen el ojo con sed. No opacado.
Y la sed de los ojos, así como a veces ilumina mal y proyecta pasiones, así también ilumina bien cuando es la sed profunda, la sed de la Fe.
Jesús se ilumina y se transfigura cuando lo miramos con la sed de la fe.
La sed que provoca la miseria y el pecado es honda: uno siente que de verdad es nada y que camina en tinieblas. Y al ver a Jesús se produce la chispa de la fe, que es a dos puntas: la de ser confiable, propio de Jesús, y la de querer confiar que es propio nuestro.

También importa, para esto de las “iluminaciones”, el lugar. Este pibe se acababa de sentar en la mesa del Hogar de San José. Venía de la calle, de esa frontera que en la época de Jesús era la Transjordania pagana y que hoy es Once o Constitución. O peor aún, porque los que “habitan en las oscuras regiones de la muerte” no están a km de distancia sino en el umbral de nuestro edificio, en la parte de atrás del country, avanzando bajo la autopista, consumiendo droga en la esquina de nuestra casa. Y ahí va Jesús a encender una luz, como dice esa canción tan hermosa.
La luz está siempre encendida en el sagrario, pero no basta. Las iluminaciones del Señor se dan en la frontera y las fronteras de hoy –las Galileas de las naciones- son “líquidas”, como ese Mar de Galilea por cuya orilla caminaba Jesús, contemplando cómo trabajaban juntos esos pescadores a los que llamaría en su seguimiento. La frontera se ve cuando dos personas se encuentran en el borde de sus límites verdaderos, allí donde no están las frases convencionales sino las que surgen del corazón.

Y así como alguien se anima a preguntar cuando lo sentás a tu mesa (o cuando la podóloga le está arreglando los pies o la enfermera le acaba de curar una escara o la servidora le ofreció una factura…) también Jesús se anima a “iluminar” una vocación (síganme y los haré pescadores de hombres) cuando nos ve en nuestro lugar de trabajo.
“Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés,
que echaban las redes al mar porque eran pescadores… Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes”.
Esto parece obvio, pero no lo es tanto. No es obvio que todos los que son pescadores estén echando las redes al mar o arreglando las redes. Así como en nuestra sociedad hay trabajadores que están de paro o haciendo piquetes o que son ñoquis o que están coimeando o que llegan tarde o que no hacen lo que tienen que hacer también en la vida espiritual –en la misión de ser pescadores de hombres, que es la única misión (con todo lo que conlleva)- no siempre estamos “echando las redes al mar” o “arreglando las que están rotas”.
Cuando alguien hace lo que tiene que hacer ilumina. Cuando no, oscurece. A Jesús se le iluminó la mente cuando vio a estos hermanos que serían sus amigos y apóstoles. Ellos ni sabían que estaban iluminando nada menos que al Mesías. Así como los alumnos que hacen las cosas bien iluminan al maestro para pescar cómo tiene que enseñar a los otros, así ellos, haciendo su oficio, iluminaron a Jesús: “¡A los hombres hay que pescarnos!” –pensó el Señor, que no era pescador sino carpintero. Y para eso hay que tener las redes bien anudadas y limpias y hay que salir cada noche mar adentro…(y no temer las tormentas y animarse a caminar sobre las aguas y a echar las redes otra vez después de no haber pescado nada, y a pescar de todo y luego discernirlo y a ayudarse con los de la otra barca…)
Y el Señor cambió de gremio. ¡Qué capacidad de salir de sí! San José lo había preparado para el gremio de la construcción y él sale a organizar su reino con el gremio de los pescadores.
Es que el Señor se dio cuenta de que a Él también “lo pescaban”. Lo pescaban los pobres, los enfermos, los que se le tiraban encima para tocar su manto. Y cuando lo pescaban y veían que él se dejaba pescar con el anzuelo de la fe, lo sentían de ellos. Dado por gracia y “pescado” con astucia. Y entonces la relación quedaba sellada.
Iluminaciones. La luz y la pesca.
“¿Y, padre? ¿Existe Jesús todavía en estos tiempos?”
¿Qué lucecita viste brillar que te animaste a tirar el anzuelo, vos que venís de la calle, de la frontera más bien oscura?
¿Qué lucecita se iluminó en tus ojos que me hizo sentir que el tono socarrón era nada más que para tapar la vergüenza y que la pregunta era de veras, y que el que preguntaba no eras vos sino Jesús que con ironía cariñosa quería saber si de verdad estaba contento con mi trabajo (y ahora que lo expreso me pongo a llorar y se me van los reclamos y el cansancio y el hacer las cosas por deber al darme cuenta de que Vos estás –como un pobre-, pescándome de nuevo, a la orilla del lago donde siempre estoy aunque a veces cansado de no sacar nada, esperando verte en la orilla, con un fueguito que ilumina la madrugada, y pescado a las brasas y pan de la eucaristía…