Domingo 2 A 2011

“Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él”

Al otro día, Juan Bautista ve a Jesús viniendo hacia él y dice:
“He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Este es Aquel de quien yo dije:
Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.
Y Juan dio testimonio diciendo:
“He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él
ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”.
Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).

Contemplación
Hay diferencia entre “dar testimonio” y “hacer publicidad”.
El Evangelio no se publicita, se testimonia.
Como dijo el Papa en Aparecida: “La Iglesia no hace proselitismo, la Iglesia crece mucho más por ‘atracción’; como Cristo “atrae a todos a sí” con la fuerza de su amor. La Iglesia se siente discípula y misionera de este Amor: misionera sólo en cuanto discípula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (Cf. 1 Jn 4, 10).

Digo esto porque estamos invadidos por la publicidad –no solo por los carteles que ocupan las calles y veredas y por los avisos que inundan los diarios y la TV, sino porque casi todo lo que se dice (todo discurso) tiene algún “chivo”, como decimos vulgarmente.; y entonces, sin darnos cuenta, cada vez que alguien habla o manda un mensaje, uno lo pone un poco entre paréntesis, como diciendo “está bien, pero en definitiva qué me querés vender”. Y la esencia del Evangelio es todo lo opuesto: Jesús no vino a vendernos nada.

Benedicto se lo dice a los jóvenes:
“Queridos jóvenes: ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, ábranle de par en par las puertas a Cristo, y encontrarán la verdadera vida”.
Por supuesto que muchos piensan: “Sí, Jesús no vino a vendernos nada, pero ¿y la Iglesia?”.
Para decirlo fuerte, lo peor que hicieron algunos en la iglesia, en lo que a comercio se refiere, fue vender las indulgencias. Y si bien estuvo mal venderlas y que algunos se llenaran de plata con eso, no hay que dejar de lado que eran verdaderas (se venden y compran tantas cosas truchas!!). Me animaría a decir que hasta el que las vendió o compró por interés puede que reciba una alabanza como la que Jesús le regaló al administrador infiel, que se ganó amigos (cosas buenas) con el dinero de la iniquidad.
De última, el pueblo fiel sabe de estas cosas y no deja de poner su limosna abundante en las alcancías de la iglesia porque sabe que “Jesús ve las limosnas de sus humildes” y aunque haya algún corrupto que se cree vivo por robar monedas siendo que se pierde el Tesoro, la limosna dada al pobre borra los pecados y llega al corazón de Dios.
Todo esto viene a cuento para decir que si detrás de la publicidad siempre está el dinero y el poder, detrás del testimonio lo único que está es el amor. Amor gratuito y agradecido. Amor que se quiere dar. Amor de testigos, Amor martirial.

Y la dinámica de este Amor que da testimonio es la de Juan el Bautista.
El Amor es testimonial en sí mismo. Cuando alguien ama “irradia”; y comunica.

Así como nuestros ojos captan inmediatamente lo que es de mejor calidad, lo más bello, lo mejor, así los ojos de nuestro corazón captan inmediatamente los gestos del Amor misericordioso y gratuito.
Uno no se equivoca cuando agradece.
En estos días de Enero en que me toca coordinar directamente algunas de las tareas cotidianas del Hogar –recibir a la gente a la entrada, servir un postre, dar la mano a los que están en la fila cuando hay que salir a contarlos…- me conmueven las frases que pesco al pasar.
La pinta de la gente es realmente miserable, las huellas de la marginación se ven no solo en la ropa sino que cada persona, si uno mira bien, tiene una herida, una marca, una huella… Duele ver al jóven con la camisa envolviendo el brazo porque le falta una mano, al que tiene el ojo morado por alguna patada, al que le faltan los dientes, al que parece entero pero camina raro porque tiene llagados de hongos los pies…
Después de unos días en que ven que como hay pocos voluntarios el cura sirve directamente, comienzan a surgir las frases y los pequeños gestos en los que ponen un énfasis especial para que uno sienta el cariño.
Un “gracias por darnos de comer” dicho a las apuradas, yéndose;
una mano tendida mirando a los ojos apenas un segundo (gente que habitualmente evita el contacto visual y pasa con la cabeza gacha);
un aplauso cuando hay un alfajor o un chocolatín… que dura un poquito más de lo habitual;
una palmada de algún discapacitado mental después que alguno puteó, hizo lío e insultó (“No se preocupe, padre…”);
un “y a usted también, cura” después de un “Dios te bendiga…”

Cuando los veo viniendo hacia mí en fila camino a lavarse las manos (ese bautismito mínimo antes de la eucaristía de los fideos con pan y sin vino), siento que es verdad lo que nos testimonió Hurtado, que el pobre es Cristo, y lo confirma Alguien que se posa un instante sobre la persona de los que pasan y saludan haciendo ostensible su apoyo y su cariño. Hay cruces de miradas, palabras sueltas, sonrisas desdentadas en que la gente sale un instante del ensimismamiento con que se cubrieron para aguantar la calle y se dan enteros, como poca gente se sabe dar. Cuando entran al Hogar, muchos de los más pobres saludan de verdad. Se ve que el Espíritu desciende fácil sobre algunas cabezas maltrechas que como no tienen nada que les ilusione poder comprar saben sentir con nitidez esos toques mínimos del Espíritu que conmueven el corazón y responden sin dudar. Por supuesto que ahí nomás pasan a otra cosa, pero uno respira humanidad sabiendo que hay corazones abiertos y que el Espíritu baja y entra en ellos cuando quiere y hace que establezcamos contacto. Al fin y al cabo, esas aperturas plenas que son respuesta inmediata a la gracia, más allá de la condición cultural y el andamiaje que cada uno se armó para transitar por la vida, esa capacidad de abrirse y recibir y dar, es lo que cuenta en la vida. Porque la vida cambia en un instante y cuando vienen las cosas definitivas –tanto buenas como malas- esta capacidad de abrirse entero a la gracia es lo único que vale y en lo que hay que estar “ejercitado” como diría Ignacio. Por eso después son tan fáciles las unciones a los más pobres. Cuando vas a visitar a alguno al hospital no hay que explicar nada para dar una absolución y bendecir. Aceptan como con sed mansa la mano en la cabeza y la bendición en la frente. El Espíritu se posa en algunas cabezas. Hay gente que recibe la bendición con sed, esa es la mejor descripción. Gente que recibe la unción con unción. Estas actitudes de receptividad plena y de apertura de par en par a la Gracia el Espíritu la va preparando a lo largo de la vida en esos pequeños pentecostés en los que uno deja que se pose en su corazón como una paloma el Amor de Dios y lo expresa con un gesto ante otro que sabe verlo “venir” y sabe reconocer lo que es un corazón humano cuando recibe una gracia: como se dulcifica, se ilumina y se regala entero, para luego ocultarse y volver a latir al ritmo de las preocupaciones y deseos cotidianos. Aquel sobre el que veas descender el Espíritu
y permanecer sobre él
ese es el que bautiza en el Espíritu Santo.
Yo lo he visto
y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios.

Diego Fares sj