Bautismo del Señor A 2011

Fotos del Bautismo

Entonces llegó Jesús,
que venía de Galilea al Jordán
donde Juan,
para ser bautizado por él.
Pero Juan trataba de disuadirlo
diciendo:
«Soy yo el que necesita
ser bautizado por ti,
¿y tú vienes a mí?»
Jesús le respondió:
«Déjame ahora,
pues conviene que
de este modo
cumplamos toda justicia.»
Entonces le dejó.
Después de ser bautizado,
Jesús salió del agua;
y he aquí que se abrieron los cielos
y vio al Espíritu de Dios
que bajaba en forma de paloma
y venía sobre él.
Y se oyó una voz
que salía de los cielos que decía:
«Este es el Hijo mío,
el Amado, en quien me complazco»
(Mt 3, 13-17).

Contemplación
Como en las fotos de los bautismos nos quedamos mirando varias y elegimos alguna para contemplar.
“La foto” de la Epifanía es la del cuadro del Greco.
Es la foto de la manifestación del Amor que Dios nos tiene en Jesús.
Impacta la blancura del Espíritu, que flota libre en ese ámbito intermedio entre el Cielo y la tierra. Enviado por el Padre como un chorro de Fuego inunda el mundo con su Luz. Baja del Padre -como las gotas de Agua que derrama Juan- a remansarse en la Cabeza de Jesús. El Cordero de Dios tiene la cabeza levemente inclinada, con el oído atento, hacia lo alto. Las manos juntas de Jesús, con su recogimiento, hacen que nos detengamos en ellas y subamos un poco hasta su oído. La mano del Angel y el manto rojo del amor con que cubre la escena frenan la mirada y nos centran en el oído del Señor: ese Oído del Hijo de la humanidad que, con acatamiento amoroso, escucha la voz del Padre: «Este es el Hijo mío, el Amado, en quien me complazco».
Digo que esta es “la foto” porque visualmente contiene la totalidad de la buena noticia y cuando uno conoce quiénes son los personajes, el mensaje se convierte en buena noticia para todos.
Si desde el cielo silencioso e infinito se oye una voz que bendice a este hombre Jesús, ya tenemos los seres humanos dónde centrar la atención.

En la esencia del periodismo (de las noticias) está el “llamar la atención”: hoy en día hay que “atraer al lector”. Es verdad que esto se usa comercialmente, pero esta oferta responde a una demanda del corazón humano, que constantemente mueve a nuestros ojos y oídos a que busquen algo que valga la pena.
Nuestros oídos están siempre atentos a esa palabra que vale más que las otras. Escuchamos las voces del mundo y las de nuestro interior y encontramos palabras que nos mueven y conmueven. ¿Viste lo que pasó? ¿Escuchaste? Es el esquema trascendental de todo noticiero: “¿vieron lo que pasó hoy en el mundo?
Por eso digo que la foto del Greco es “la foto”, porque capta “la noticia del Momento” (que es “la noticia de la Historia”: por primera vez habla Alguien desde el Cielo y nos dice, no un mensaje con consignas –la única consigna (¡escúchenlo!) la dará la segunda y última vez que hable, en la Transfiguración- sino un mensaje en el que abre su Corazón y nos muestra lo que ama, Quién es el que le agrada con predilección.
Que se abrió el cielo hay que traducirlo como “se abrió el Corazón del Padre”. Y esa apertura no es un espacio al que podamos ascender o en el que podamos entrar por nuestros propios medios sino un espacio que activamente viene a nosotros. Cuando Dios abre su corazón Dona algo, nos Dona a Alguien, nos da su Espíritu y su Palabra.
El Cielo no es un espacio abierto en el que podamos entrar a curiosear.
Su apertura tampoco es como abrir una ventanita para mirar afuera mientras uno se queda adentro. La apertura del cielo es como descorrer un techo de una habitación totalmente sellada a la plena luz de sol de manera tal que la luz y el aire se apropian de la pieza y la incorporan en su abertura.
Cuando alguien nos abre de par en par su corazón el amor nos empareja como por vasos comunicantes y se establece un ámbito común. Uno empatiza con el otro y siente lo mismo que él. No importan los detalles: la apertura en la confianza que establece la amistad es íntegra.
Lo que quiero decir es que la Apertura del Cielo y del Corazón es algo nuevo (lo que Jesús llama el Reino de los Cielos). Un espacio puro y pleno de Alianza total que va atrayendo todos los demás ámbitos de la vida, los cuales, al entrar en esa relación simple y gratuita, se purifican y se santifican.
La frase que expresa el espacio abierto del Corazón del Padre es: “Este es el Hijo mío, el Amado, en quien me complazco”. Ese Amor que se tienen los Dos es Cielo –Corazones abiertos entre sí- y a ese lugar estamos invitados a dejarnos recibir.
No podríamos entrar por nosotros mismos, no nos sentiríamos con derecho a dar el paso o a permanecer allí, en esa predilección que se tienen el Padre y el Hijo. Como cuando uno ve a dos que se aman charlando y no se anima a interrumpir. ¡Gracias a Dios que está el Espíritu! El Espíritu es ese Cielo –ese Corazón abierto- con personalidad propia. El Padre está orgulloso de su hijo, con esa predilección tipo “hay que ponerle un babero”. El Hijo está atentísimo a su Padre: no quiere hacer otra cosa que agradarle y hacer su voluntad. Sin embargo no los sentimos ensimismados ni excluyentes sino todo lo contrario: el espacio de su predilección mutua es espacio abierto para que entremos todos. Eso lo causa el Espíritu Santo. El Espíritu Santo personifica un Amor entre Dos no excluyente. Un Amor común que crea comunidad, un Amor común que se puede Dar a otros.
Demos un ejemplo cotidiano. ¿No les pasa a veces cuando tienen una relación de amistad con dos personas que no se llevan bien entre ellas que quisieran darle a una y a otra el “espíritu” que a ustedes les hace llevarse bien con las dos? Si uno tiene relación franca y abierta con las dos personas pero entre ellas hay “ruidos” o zonas cerradas, lo que uno como amigo desearía es ayudar a que se de esa apertura –esa zona abierta íntegra que actúa como una positividad que purifica todo lo demás-. Pero nosotros no poseemos ese “espíritu común” con el otro: se da o no se da y no se puede transmitir de manera eficaz (si los otros dos quieren aceptarse así, sí es posible).
Pues bien, el Padre y el Hijo sí pueden “Dar su Espíritu”, el Espíritu de ambos espirado. Y el que lo recibe instantáneamente es incorporado a la Relación de ambos. El que lo recibe es “ahijado”, pasa a ser hijo con lo que esta palabra significa de absoluto: cuando uno es hijo lo es para siempre.
Esto es lo que acontece en el Bautismo de cada uno: pasamos a ser hijos. Pero hijos con la peculiaridad que tiene el ser hijos espirituales, no según la carne. La carne tiene sus límites pero también algunas “ventajas” que el Espíritu no tiene. Uno puede romper espiritualmente con su padre y su madre o con sus hijos pero no puede hacer que eso redunde en sus sentimientos carnales. Uno también puede adoptar espiritualmente a un hijo o a una madre pero no puede hacer que su carne no sienta el vacío que la madre o el hijo biológico establecieron.
Por eso es que Dios no nos dio directamente su Espíritu sino que envió a su Hijo a nuestra propia carne. Por eso en el Bautismo todo señala a Jesús, el Hijo hecho hombre, el Verbo hecho carne. El Espíritu no basta. Nos introduce en el Espacio abierto del corazón del Padre pero hace falta entrar allí en comunión con el Corazón de Carne de Jesús.

Aquí es donde entran “las otras fotos”. Ese Espíritu de la Predilección entre el Padre y el Hijo se derrama en “cuotas” (cuotas íntegras cada una) en cada situación de la vida de Jesús sentida y vivida con su corazón de carne. Digámoslo en términos de “bautismo”. Jesús vivió “bautizándose”, metiéndose en la Carne, en la vida cotidiana. En cada bautismo de Jesús “se abre el cielo y baja el Espíritu con la predilección del Padre”. Así, en cada situación de nuestra vida en la que “estamos metidos” somos invitados a “bautizarnos” en Dios. A meternos en esa relación entre el Padre y Jesús, en la que el Espíritu nos permite entrar de lleno y la comunión con Jesús nos permite a vivirla como él la vive.

Una linda foto de hoy es la de Jesús saliendo de su casa para ir a predicar el Reino. “Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán”. La tradición nos dice que se despidió de su Madre –que calladamente sale también a la calle y comienza una especie de vida pública también ella, siguiendo los pasos de su Hijo- , cerró la carpintería de Nazareth y salió para dar comienzo a su vida pública.
Me conmueve la foto de Jesús mirando por última vez su casa, su taller, despidiéndose de sus herramientas…; las que su padre José le había enseñado a manejar. No las volvería a utilizar ya. Jesús vivió bautizado en Nazareth y allí se metió durante treinta años en todo lo que es vida de familia, de escuela, trabajo y vecindario. Y cada día, en cada mañana y en cada comida, en cada saludo y en cada día de trabajo, el Padre estuvo diciendo –calladamente- “«Este es el Hijo mío, el Amado, en quien me complazco». La Virgen y San José fueron testigos privilegiados de estas aperturas cotidianas del Corazón del Padre. De allí el silencio maravillado y pleno de José. Si estaba escuchando esta Voz a cada instante, qué iba a decir él. Cómo no vivir escuchando. De esta plenitud brotaba luego la Palabra del Padre en sus sueños!

Otra foto linda es la de Jesús metido en la cola, entre la gente. Como uno más. Cuántas colas hacemos por día. Cuanta gente vemos haciendo fila. Es lindo imaginar a Jesús metido allí. En la cola del hogar, en la de la Eucaristía, en la de los impuestos… Cumpliendo toda justicia, como buen ciudadano.
Y así… la foto de Jesús en el río: “con los pies en el barro y el corazón atento al Cielo”, como graficó tan bien la espiritualidad ignaciana nuestro Padre General en su visita a la Argentina.
Pedimos la gracia de “bautizarnos” muchas veces por día en Jesús que está ya bautizándose siempre en nuestra vida cotidiana.
Diego Fares sj

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