Adviento 4 A 2010

“Ser de la familia”

La generación de Jesucristo fue así:
Estando comprometida su madre María con José,
antes de que estuviesen juntos,
se encontró con que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Estando metido en estos pensamientos (cargados de afectividad),
el Ángel del Señor se le manifestó en sueños y le dijo:
«José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa,
porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.
Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús,
porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliera
lo que el Señor había anunciado por el Profeta:
La Virgen concebirá y dará a luz un hijo
a quien pondrán el nombre de Emmanuel,
que traducido significa: «Dios con nosotros.»
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado
y recibió consigo a su mujer” (Mt 1, 18-24).

Contemplación
En la contemplación del cuarto Domingo de Adviento, ya cerquita de la Navidad, quiero compartir un poco a las apuradas por el trajín del fin del año, una verdad teológica y una reflexión sobre lo especial que es este texto de la Anunciación a José.
La verdad teológica es aquella frase de San Agustín en la que dice que María concibió a Cristo primero en la mente que en el vientre. María dice “sí” a Jesús como Persona, como Hijo. Y esto supera la maternidad biológica, con su milagro y también que ese Hijo sea de Naturaleza divina. Y en esta dimensión de maternidad en la fe participa también José. Al recibir la misión de ponerle el Nombre de Jesús, José asume íntegra su paternidad en la fe. Aunque en María cuando esta gracia se explicite sea para proclamar en alta voz que ella es Madre de Dios, y en José, en cambio, las explicitaciones lleven a ponerle títulos como “padre adoptivo”. José es la paternidad silenciosa que no necesita reclamar nada porque ama a Jesús como padre y la manera de demostrarlo es callar las palabras y deshacerse en cariño y en obras de amor y de cuidado.
Si uno distingue naturalezas divinas y humanas y modos de ser engendrado puede ser que María quede con más títulos. Pero si uno simplemente llama al Niño “Jesús”, sentirá que tanto en los labios de María como en los de José, este Nombre bendito va unido al de Hijo. De hecho María nos da pie a pensar así porque cuando lo encuentra en el Templo luego de que lo habían perdido, le dice: Hijo, por qué nos has hecho esto. Tu padre y yo te buscábamos.
Así, gustamos esta verdad de que, para relacionarnos con Jesús, lo primero es la fe.
Mientras la Encarnación acontece biológicamente en ese silencio misterioso en el que se gesta la vida, Dios dialoga abiertamente con María y con José en ese ámbito de confianza que llamamos “fe”. Si uno mira bien, es notable el contraste entre la realidad física, por decirlo así, de la Encarnación, en la que toda la acción es de Dios y de la naturaleza, y la realidad espiritual, en la que María y José son requeridos por Dios como protagonistas activísimos. Dios viene a sus vidas y ellos le hacen lugar. Dios les va revelando lo que ha hecho y lo que hará y ellos responden con la obediencia de la fe: diciendo sí, María, haciendo lo que el Ángel del Señor le ordena, José.

Lo que llama la atención no es tanto lo que pasa sino cómo Dios les da tiempo para interactuar desde su libertad más profunda. Por ahí nunca nos fijamos en esto por no tomar el relato como de algo que verdaderamente ocurrió e interpretamos los diálogos como si fueran un cuento, un relato mítico. Sin embargo hay mucho más. En esta Anunciación a José el relato de lo que sucedió tiene detalles que hablan de un realismo muy cercano a nuestra propia realidad.
La perspectiva desde donde mira las cosas Mateo es la que provoca un acontecimiento histórico. Algo totalmente único, es verdad, pero que pasó un día como hoy.
El evangelista nos sitúa primero en la paradoja en la que se encuentra María: “estando comprometida su madre María con José, antes de que estuviesen juntos, se encontró con que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo”. Más allá de su conversación íntima con el Ángel, Mateo nos sitúa en ese preciso momento en que una mujer “se encuentra” con que está embarazada. Y en María, la contundencia de este hecho se reduplica al tener conciencia de que es por el Espíritu Santo. Es como si Mateo nos dijera que María asume “experiencialmente” el sí que dio en la Anunciación. Al sentir a su hijo crecer y moverse físicamente experimenta la gracia del Espíritu Santo y le dice un sí nuevo. Es una línea de vida en la que cada sí de María crecerá en riqueza histórica y humana manteniendo la integridad con que lo dijo la primera vez. María se va volviendo más y más protagonista de la historia de salvación.

Inmediatamente el evangelista nos hace entrar en la intimidad de José. Nos hace compartir la contundencia de una decisión tomada luego de mucha lucha espiritual. Mateo describe en pocas líneas todo el mundo afectivo que se despliega en el corazón de José ante la decisión que debe tomar. Esto nos hace sentirlo plenamente humano, un hombre capaz de afrontar los hechos más tremendos de la vida tomando decisiones honestas, con coraje y discreción. A este corazón madurado por el amor y el desengaño, incapaz de hacer daño a la que ama y consciente de que debe dar un paso al costado, Dios envía su Ángel para que lo ilumine y lo pacifique. Pero no le ahorra el proceso, como tampoco se lo ahorró a María. Cuando llega la Palabra clara de Dios a José, esta ilumina toda sombra de duda y pacifica todos los temores. Pero no mágicamente. Es una Palabra que cae en la tierra fértil de un corazón sufrido y bueno, en un corazón de verdadero padre.

Dios les da tiempo a María y a José. Es un Dios que espera a que maduren las cosas para que María y José puedan ser verdaderos co-protagonistas de la Encarnación.

¿Qué fruto tiene esto para nosotros?
Antes que nada, nos despierta la esperanza de poder ser “padres” de Jesús en la fe. La fe tiene esa característica de no depender de lo externo sino del corazón. Uno cree con el corazón. Y en la fe uno puede relacionarse con Jesús de corazón, más allá de las circunstancias de tiempo y lugar.

Al mismo tiempo, contemplar el proceso de la paternidad de José y María nos permite reconciliarnos con nuestros procesos. Nos permite ir creciendo de sí en sí. Ya sea con la gracia de María, sin sobresaltos grandes, con su serena maternidad que acoge a todos, ya sea con la gracia de José, en medio de luchas y sobresaltos. El Señor ama este tiempo histórico en el que madura su semilla en nuestra vida.
Mejoramos, pues, nuestra imagen de Dios: es un Dios metido en la historia, que se revela acompañándonos en nuestros procesos iniciados en la fe. Es un Dios que propone y da tiempo para que le respondamos cada vez con más paternidad.

Las anunciaciones a María y a José son también modelo de oración: se complementan.
Los pasos son:
* encuentro con Dios: venida de Dios a nuestro mundo –exterior e interior- como Palabra y relato evangélico;
* escucha atenta de su mensaje (María),
escucha en medio de una fuerte lucha interior con los propios sentimientos y pensamientos (José);
* revelación por parte de Dios de lo que piensa hacer con ellos
* obediencia a la Palabra por parte de ambos.

Mejoramos, pues, nuestra imagen de Dios: Es un Dios que se pone en contacto, “entra donde está María” y “se manifiesta en sueños a José”.
Es un Dios que envía mensajeros (ángeles) y que revela las intenciones de su corazón en un lenguaje comprensible para sus creaturas.
Es un Dios que busca compartir proyectos y hacernos participar.

Este Dios que habla y manda señales y mensajes encuentra en María y José dos interlocutores privilegiados.
Ubicables, receptivos, simples, atentos, despiertos, vivos, obedientes, fieles a muerte, cariñosos, mansos, sufridos…

Así como la unión en Jesús de la naturaleza humana y la naturaleza divina es plena –sin división ni confusión- así es de pleno el “hacer las cosas juntos” de Dios con María y con José.
Y gracias a la fe, nosotros podemos ser también “de la familia”.

Diego Fares sj

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