Domingo 18 C 2010

Cuidar la fraternidad

Uno de la multitud le dijo:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»
Jesús le respondió:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?»
Después les dijo:
«Miren, ¡cuidado con la avidez en cualquiera de sus formas!, porque aun cuando uno ande sobrado de cosas, su vida no depende de los bienes que posee.»
Les dijo entonces una parábola:
«Los campos de un hombre rico rindieron una cosecha abundante. Y él debatía consigo mismo: «¿Cómo voy a hacer si no tengo dónde guardar mi cosecha?». Dijo entonces: «Voy a hacer esto: derribaré mis graneros, edificaré otros más grandes y recogeré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.» Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche te demandan tu alma. Lo que preparase ¿para quién será?
Así sucede con el que atesora riquezas para sí, y no atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios» (Lc 12, 13-21).

Contemplación

Entre los muchos puntos de vista para contemplar el evangelio de hoy me quedé con el de “cuidar la fraternidad”. Porque la parábola del Rico necio y la enseñanza de “ser rico a los ojos de Dios”,surgen a raíz de una pelea entre hermanos. Se trata de una de esas discusiones familiares en torno a las cosas y la herencia; discusiones que salen a la luz con toda su crudeza cuando de repartir bienes se trata y que muestran lo que se fue cocinando en el corazón de los hermanos a lo largo de los años. Cuando uno ve de afuera una discusión fuerte y muy puntual piensa: cómo pueden pelearse así, entre hermanos, por las cosas. Es que detrás suele esconderse una larga historia de “avideces contrariadas” sobre las que advierte hoy el Señor.

La avidez es un “deseo desmedido de poseer cosas”. Jesús nos dice que estemos atentos a este desorden “en cualquiera de sus formas”. Porque el problema no está tanto en el objeto de codicia, que varía, sino en cómo se apodera del corazón. La avidez es “espiritual”, no carnal. No importa tanto el bien codiciado sino que se trata del placer que da desear algo con mucha fuerza. Este deseo da un sentido del propio poder, que es lo que vuelve tan peligrosa la avidez. El deseo desmedido de cosas, fogoneado por la sociedad de consumo, hace que uno sea injusto con sus hermanos, con el prójimo. Porque uno pisa y empuja al otro para conseguir primero las cosas o las retiene más de lo necesario, juntando cosas que no usa y que a su hermano le vendrían bien.
Por otro lado, la avidez también hace que uno peque contra sí mismo toda vez que uno rebaja su capacidad de desear y en vez de anhelar los bienes verdaderos –a nuestro Sumo Bien que es Jesucristo- se distrae preocupándose de manera excesiva por cosas superfluas, bienes que, de última, no sacian el corazón.
Nos detenemos en el primer aspecto de la avidez, el que hace a la justicia, porque está en la raíz de las peleas entre hermanos. La avidez fue lo que pudrió la relación en la familia del padre misericordioso. El hijo menor se llevó la parte que codiciaba y el mayor se quedó con la sangre en el ojo viendo cómo el otro se animaba a agarrar lo suyo y él no tenía valor ni para pedir un cabrito. Como vemos, el peso no está en las cosas mismas sino en la fuerza con que cada uno calcula y mide ávidamente la parte de la herencia que cree que le corresponde.
En el fondo está el reproche al Padre, ¡cómo tolera y permite que se dividan mal los bienes! El mayor lo expresa claramente: “tu hijo se gastó todo…, a mí nunca me diste ni un cabrito…”.
El Padre apunta a sanar en su raíz el corazón enfermo de codicia amarga. Al pródigo lo deja que se agarre lo que codicia y cuando vuelve le muestra que lo ama como hijo, que ama que haya vuelto a la vida. Al mayor le dice: “Hijo, vos estás siempre conmigo. Todo lo mío es tuyo”.
El Sumo Bien que sacia la sed del corazón es “estar con el Padre”, sentir que “todo lo suyo es nuestro”.
“El amor, como dice Ignacio, consiste en la comunicación: en dar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que si uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro” (EE 231).

Llama mucho la atención esto de “dar riquezas y honores” siendo que Ignacio habla mucho de pedir “pobreza y humillaciones”. Justamente, aquí se equilibra la visión de Ignacio haciendo sentir que la pobreza de cosas no es para disminuir la calidad de vida sino para tener espacio donde atesorar el Amor de Dios.
¡Feliz el que atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios!
Esta sería otra formulación del “Felices los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
¿Y qué es lo que nos hace más ricos a los ojos de nuestro Padre? ¿No es acaso el amor entre hermanos lo que más felices hace a los papás? A veces los hijos no nos damos cuenta de cuánto se alegran nuestros padres si ven que nos llevamos bien entre hermanos. Es verdad que cada hijo puede dar satisfacciones personales a sus padres, cuando se realiza o le va bien en la vida y es feliz, pero no hay nada comparable con el sano orgullo que sienten un padre y una madre al ver que sus hijos son buenos hermanos, que se quieren y se cuidan entre ellos. Es como el fruto pleno de lo que sembraron. De ahí el ir y venir del Padre misericordioso para que su cariño por cada hijo no vaya en contra del otro.
La avaricia y la avidez es lo contrario a la fraternidad. La fraternidad implica compartir, ser generoso, desprendido, atento a lo que el otro necesita. La justicia social, el sentido social del que habla siempre Hurtado, nace en la familia, en hacer gustar a los hijos desde pequeños lo lindo que es compartir los bienes entre hermanos.
La advertencia de Jesús a estos dos hermanos no solo revela lo dañina que es la avidez en la familia –aunque se de en pequeñas cosas-, sino que revela bien hondo quién es Jesús y qué vino a hacer. Jesús, al negarse a actuar como “Juez y divisor de bienes”, nos está diciendo que él es nuestro hermano. Hermano con mayúsculas, si se quiere, ya que él es el Hijo unigénito del Padre. Pero hermano al fin, ya que nosotros también somos hijos del mismo Padre. Por eso Jesús deja en claro que viene a servir, viene a perdonar, no a juzgar ni a condenar. El no “codició su ser Hijo sino que se anonadó y se hizo esclavo”. La fraternidad de Jesús, su hacernos sentir amigos, hermanos, compañeros, apunta a restablecer en nuestro corazón el Trono del Padre como único y sumo Bien.
Diego Fares sj

Domingo 17 C 2010

Llamarle la atención a Dios

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó,
uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»
El les dijo entonces:
«Cuando oren, digan:
Padre
¡Que sea santificado Tu Nombre!
¡Que Venga Tu Reino!
El pan nuestro, el necesario para la existencia, dánoslo cotidianamente,
Y perdónanos nuestros pecados,
Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;
Y no nos metas en la prueba.
Jesús agregó:
«Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo
y recurre a él a medianoche, para decirle:
«Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,» y desde adentro él le responde:
«No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.»
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

El dibujo de Fano con esa María pequeñita que, con sus manitos juntas y su mirada pícara, “capta” la atención del Espíritu, me conmovió el corazón. La mente me decía que no era el dibujo que correspondía, ya que no aparecían ni Jesús ni el Padre y el evangelio era justo el del Padrenuestro, pero ¡quién mejor que María para rezar el Padrenuestro, quién mejor que ella para sentir lo que significa que el Padre da su Espíritu a quienes lo desean! Guiándome más por el gusto que por la razón, comencé a mirar bien el dibujo. Primero el espacio: en ese espacio entre la Altura del Espíritu y las rodillas en tierra de María, se hacen sentir Jesús y el Padre. ¡Y están! Los podemos descubrir, pequeñitos también ellos, en la imagen del Triangulo con dos Remienditos –esa Trinidad Remendada- que es como le gusta representar a Fano a Dios.
Advertimos también la perspectiva en la que nos sitúa el autor: nos pone entre María y el Espíritu y, entre los dos, más cerca del Espíritu, que gira su cabecita porque algo le tocó el corazón.
Al mencionar el corazón se ilumina María arrodillada en la Sombra de un Corazón grande. Eso remite a un Sol que está más Alto y nos recuerda la frase del Arcángel: “el Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra”. Esa es la escena que dibujó Fano y es lo que acontece cada vez que alguien reza con fe, como dice Jesús: “¡Cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”.
Nos detenemos un instante en el giro de la cabecita del Espíritu. Con su vuelo surca el Reino a gran altura y sin embargo la oración de María le hace girar la cabecita “para mirar con bondad su pequeñez”.
Es como otra faceta de la escena, que la vuelve casual, cotidiana. No es un vuelo teledirigido y planeado sino una advertencia al pasar. Esto pinta muy bien lo esencial de la escena en la que Jesús está rezando y los discípulos le piden “Enséñanos a rezar”. Por un lado, el Maestro les regala las palabras infinitas del Padre Nuestro, que abarcan el Reino en toda su amplitud, altura y profundidad, y por otro lado les cuenta la parábola del amigo hincha que despierta a su amigo a medianoche para pedirle tres pancitos para otros amigos que cayeron de visita.
Nos enseña así Jesús que la oración es para las cosas grandes y para las cosas pequeñas. Para pedir la justicia del Reino y para encontrar el botón que se perdió. Lo que importa es la fe, esa confianza filial de los hijitos con su Padre Y la fe de los niños se consolida tanto con los gestos grandes con que los papás los cuidan y los defienden de los peligros y con los gestos pequeños que les prometen un regalito y se lo dan luego de un jueguito de escondidas.
La confianza filial se teje en lo grande y en lo pequeño. Por eso el Padre nuestro hay que aprender a rezarlo para el pan de cada día y para que venga el Reino y su justicia en todo el esplendor de su gloria y su poder. Jesús nos enseña a rezar deseando lo grande en lo pequeño, conectando mi pancito con el pan de todos, mi perdón de las pequeñas deudas cotidianas con el perdón de las deudas grandes, no solo las sociales sino las definitivas, el perdón de las deudas que nos apartarían del cielo.
En el pan de cada día bendecido y hecho Eucaristía, está el deseo multiplicado del pan que sacia todas las hambres de todos los hombres del mundo.
En el perdón de las ofensas personales está el deseo de la paz que calme todas las violencias y agresiones del mundo.
En pronunciar el Nombre del Padre, bendiciéndolo e invocándolo en secreto muchas veces, está la Gloria inabarcable de un Dios cuyo corazón se ensancha si se puede decir así cuando el hombre, su hijo querido, vive y ama.
En el deseo del Reino, con sus semillas que dan ciento por uno, sus ovejitas encontradas, sus tesoros escondidos y sus fiestas de bodas, están unificados en una misma dinámica el Bien grande y el bien pequeño.
En el “hágase tu voluntad” expresamos claramente la voluntad definitiva del Cielo y la cambiante de esta tierra y de nuestra historia.
De la misma manera está unida la petición de que nos libre del Maligno y del Mal mayor con la petición de que no nos deje caer en cada tentación.
Lo grande y lo pequeño, lo definitivo y la fugaz, lo serio y lo “sin importancia” van de la mano en la oración de los hijos.
Le pedimos al Señor y a María que nos enseñen a rezar de tal manera que nuestra oración le “llame la atención a Dios”, que haga que el Espíritu se de vuelta en su vuelo y obediente a la Voluntad del Padre atienda los deseos de sus hijos y nos llene con su Llenura.
Diego Fares sj

Domingo 16 C 2010

Escuchar la Palabra

Jesús entró en un pueblo,
y una mujer que se llamaba Marta lo recibió como huésped en su casa.
Tenía una hermana llamada María,
que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.
Marta, que andaba de aquí para allá muy ansiosa y preocupada con todos los servicios que había que hacer, dijo a Jesús:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga a cooperar conmigo.»
Pero el Señor le respondió:
«Marta, Marta, te preocupas y te pones mal por muchas cosas (servicios),
y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola (un solo servicio) es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10, 38-42).

Contemplación

Elegir la mejor parte es escuchar la Palabra de Jesús
¿Por qué? Porque: “Todo lo que he escuchado de mi Padre Yo se los he dado a conocer (por eso los llamo amigos)” (Jn 15, 15).
La Palabra de Jesús es “todo lo que el Padre tiene para decirnos como amigos”. La Palabra nos hace amigos, nos hace hijos de Dios.
Humanamente es una de las actitudes en las que primero nos forman nuestros padres. La mamá le dice a cada rato a su hijo: “escuchame”, “escuchá bien lo que te digo, mirá, se hace así”.
También con Dios la primera actitud es “escuchar”.
Nos lo dice el Padre: “Este es mi Hijo el Amado, escúchenlo”.
Ya en el Antiguo Testamento la primera exhortación era: “Escucha, Israel. El Señor es tu único Dios y amarás al Señor tu Dios de todo corazón…”.
Por eso nuestra actitud es: “Habla Señor, que tu siervo escucha”.
Nuestra actitud es como la de María en la Anunciación: “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra”.

Esto es lo que intuye María y por eso permanece a los pies del Señor escuchando su Palabra.

La escucha sintoniza los corazones, une a las personas desde su interior. Cuando uno se siente escuchado o escucha atentamente al otro, la comunión se establece desde el interior.

Jesús nos revela que esta intimidad de la escucha es la dinámica de su relación con el Padre: El sabe que el Padre “siempre lo escucha”, como dice antes de resucitar a Lázaro, y por eso le “da gracias” (eucharistezo). Y deja siempre bien en claro que todo lo que hace y dice es “lo que ha escuchado del Padre”.
El que escucha este diálogo entre el Padre y el Hijo, es de Dios, se hace suyo, entra en el Reino, pasa a pertenecerle a Jesús como las ovejas que escuchan la voz de su pastor.

Las palabras tienen el poder de “conducirnos”, de llevarnos de aquí para allá obedeciendo a sus mandatos: comprá, hacé, andá, salí, dejá…
Hay palabras que nos meten en su mensaje y nos atrapan, no nos dejan salir: no puedo dejar de pensar en tal preocupación, tal palabra me obsesiona, lo que dijo fulano no deja de resonar en mi mente…

La Palabra de Jesús, en cambio, nos hace libres.
Entra en diálogo con nuestras preguntas y anhelos, nos anima a que le arrimemos nuestras palabras, a veces apenas balbuceadas, y va hilvanando diálogos salvadores, diálogos de amistad y comprensión.

El Señor tiene Palabras de vida eterna, palabras que nos hacen entrar en el tiempo dilatado de su amor.
Tiempo sin apuros, tiempo en el que todos nuestros amores encuentran su lugar. Tiempo en el que cada cosa tiene nombre y todo lo que nos pasó encuentra su explicación y adquiere un sentido nuevo: “Era necesario…” como les dice a los de Emaús.
Las palabras de Jesús son amigables, se hacen amigas de nuestras palabras: él entra en diálogo con cualquiera (con Nicodemo, con la Samaritana, con el Ciego de Nacimiento…) no importa si se sabe expresar bien o le cuesta.
El Señor habla con el que le quiere hablar y sabe escuchar los corazones detrás de las palabras.
Escucharlo a él –sus pocas palabras esenciales- nos hace hablar (“Pero sos vos el único que no sabe lo que pasó en estos días…”).
Su Palabra reúne nuestras palabras, que son como ovejas dispersas y sin pastor, y hace que nuestros discursos se vuelvan coherentes, como un rebañito de ovejas bien cuidado y que actúa al unísono.
Eso es rezar: entrar en el ámbito de la Palabra del Señor que nos introduce en lo hondo del amor, en el tiempo de Dios. El tiempo de la Palabra del Señor nos ajusta a estar y hacer lo que al Señor le agrada y es la actitud contraria a la de vivir en ese tiempo disperso en el que andamos inquietos por muchas cosas.

El Señor defiende a María por haber elegido la mejor parte.
Marta actúa obedeciendo a las palabras que le vienen de las “cosas que hay que hacer”.
María actúa obedeciendo a la Palabra del Señor.
Esta escena se completará con la de la Resurrección de Lázaro. Marta sale primero al encuentro de Jesús que viene apenas oye a la gente que le dice que el Señor ha llegado. María en cambio permanece en la casa hasta que su hermana le anuncia: “El Maestro está aquí y te llama” (Jn 11, 28).
María se ha convertido en la mujer de la escucha: una vez que el Señor le habla, entra en acción.
Esta primacía de la Palabra es lo propio del discípulo misionero, del que escucha la Palabra y luego la pone en práctica: ese es hermano del Señor.

Diego Fares sj

Domingo 15 C 2010

La misericordia: el don de acercarnos “al otro”

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»
Jesús le preguntó a su vez:
«¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»
El le respondió:
«Amarás al Señor, Dios tuyo, de todo corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.»
«Has respondido exactamente, le dijo Jesús; actúa así y vivirás.»
Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es prójimo mío?»
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, se sintió movido por la misericordia. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a una hospedería y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño de la hospedería, diciéndole:
«Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.»
¿Quién de estos tres te parece que se volvió cercano al que cayó en manos de los ladrones?»
«El que puso en obras la misericordia que sintió por él», le respondió el doctor.
Y Jesús le dijo:
«Ve, y pon en práctica obras similares» (Lucas 10, 25-37).

Contemplación
Volvernos cercanos es poner en obra la misericordia que el Señor nos da a sentir. San Agustín dice que “la misericordia es la compasión que experimenta nuestro corazón ante la miseria de otro, sentimiento que nos mueve imperiosamente a socorrerlo, si podemos”. Misericordia es tener “el corazón compasivo por la miseria de otro”.
Puede hacernos bien seguir uno poco caseramente el tratadito de Santo Tomás sobre la misericordia. Como para clarificar conceptos ya que en la actualidad el demonio tiende a mezclarlos y oscurecerlos.
Nos compadecemos especialmente del que sufre males sin merecerlo: allí donde se esperaba que sobreviniera un bien, cuando sobreviene un mal se nos llena de tristeza el corazón. ¡Pobre!, decimos, movidos por la misericordia.

Lo más notable de la misericordia es que se experimenta ante el mal que, sin culpa, le sobreviene a otro. No la experimentamos para con nosotros mismos. Cuando uno sufre un mal siente dolor. ¿Por qué nos hace tanto bien que otro se nos acerque y “padezca con nosotros”? No porque nos alegre que al otro le duela sino porque sentimos su amor en su alteridad: se conduele conmigo, le duele que a mi me duela, es capaz de ponerse en mi lugar y de dolerse líbremente conmigo. La misericordia nos pone en la cercanía que mantiene la distancia óptima, esa que nos hace sentir personas junto a otra persona. Unidos y distintos. Distintos que eligen estar unidos.

La misericordia es netamente “social”, es índicativa de la “alteridad”, es un sentimiento que nos permite “amar al prójimo como a nosotros mismos”, sintiendo verdadera compasión por el dolor del otro.
Requiere, podríamos decir, que yo no esté sufriendo lo mismo para poder compadecerme del otro. Así como para poder cargar a un herido yo tengo que estar sano. Si estamos sufriendo exactamente lo mismo más que sentir misericordia nos condolemos. Quizás esto del dolor propio y del ajeno se aclare un poco si uno cae en la cuenta de que cuando el que sufre es muy cercano –un hijo, por ejemplo- uno no siente “misericordia” sino que se “conduele”, le duele igual o más que el dolor propio.
La misericordia se experimenta ante el otro como tal, marca la no-identidad entre las personas y abre espacio a salir de uno mismo, a actuar a favor de otro, gratuitamente, por misericordia.
La misericordia nos hace estar unidos sin confusión (indivise et inconfuse, como se dice que coexisten en la persona de Jesús la naturaleza humana y la divina).
La misericordia toma pie en la identificación con el otro y en el sentir la propia debilidad, pero pone el acento en que es el otro el que sufre y yo el que me compadezco.
Quien ama considera al amigo como a sí mismo y hace suyo el mal que él padece. Por eso se duele del mal del amigo como si fuera propio pero refuerza la conciencia de que el mal es del otro y que a uno le conmueve.
También hay que notar que los que más han sufrido o están más cercanos a padecer algo (los ancianos, por ejemplo) están más inclinados a la misericordia que los que se sienten tan fuertes y felices que les parece que no podrán ser víctimas de mal alguno. La propia debilidad hace sentir más netamente la debilidad ajena. Por todo esto decimos que la misericordia es el sentimiento vital que nos indica que estamos sintiendo bien, que estamos actuando amorosamente por el otro y no con amor egoísta o narcisista.

Los sentimientos contrarios a la misericordia son sentimientos o pasiones que nos encierran en nosotros mismos y nos hacen perder la riqueza de la alteridad.
Por ejemplo, contrario a la misericordia es el miedo excesivo por el propio mal futuro, la ansiedad que absorbe hasta el extremo de no prestar atención a la miseria ajena.
También es contraria la ira: cuando uno se enoja de más contra el mal o contra los que lo causaron, ese sentimiento lo absorbe y lo aleja del que está lastimado y de lo que puede hacer por él.
La soberbia es contraria a la misericordia y hace perder el índice de la importancia que tiene el otro en cuanto persona. El soberbio desvaloriza y desprecia a los demás y por eso no puede sentir misericordia: no siente al otro! Se pierde la riqueza del otro.
Pero lo más contrario a la misericordia es la envidia, que es tristeza no por el mal sino por el bien del otro!
Todos estos sentimientos nos alejan del prójimo en la medida en que nos encierran en nosotros mismos. La misericordia, en cambio, nos vuelve cercanos, nos hace salir de nuestro camino y acercarnos al herido para emprender una nueva marcha “junto con el otro”. Gastando nuestro tiempo, nuestras fuerzas y nuestros bienes por ayudar al otro lo ganamos a él, y juntos ganamos la comunidad.
La misericordia nos vuelve cercanos. Nos permite “amar al prójimo como a nosotros mismos”. Al decir esto hay que aclarar que es “como a nosotros mismos” en cuanto personas creadas por Dios, en cuanto a seres a los que se nos ha regalado el ser nosotros mismos como puro don. Amar al otro gratuitamente, en su no poder valerse por sí mismo, nos permite sentirnos amados también en nuestro no poder valernos por nosotros mismos. La misericordia nos da el índice de lo que somos: amados por nosotros mismos, sin merecerlo por cosas que hagamos sino por lo que una persona vale desde el momento en que comienza a existir.

La misericordia nos acerca a la distancia óptima. Por eso debemos cultivarla poniendo obras en las que ese sentimiento pueda ejercitarse a lo largo del tiempo, de manera orgánica.
Estas obras son imprescindibles ya que la misericordia requiere tiempo y muchos gestos y muchas manos, como vemos en la parábola del buen samaritano. La misericordia, así como requiere al menos dos personas para comenzar (alteridad), al poco tiempo de ejercitarse requiere a otros (comunidad), al hospedero. La misericordia requiere tiempo y eso hace que se impliquen otros.
El que ayuda de manera individualista no siente verdadera misericordia por el otro. Lo atiende más atento a sacárselo de encima que a incorporarlo. Si uno se conmueve entrañablemente de la situación del otro buscará la ayuda de más gente para que el circulo cariñoso y sanador de la misericordia no se corte sino que se establezca firmemente y mantenga la inclusión que brinda cercanía.

Estar cerca es una decisión: la decisión de volverse cercano.
¿Quién de estos tres te parece que se volvió cercano al que cayó en manos de los ladrones? La pregunta de Jesús al doctor de la ley le abre los ojos a todas las obras de misericordia que requiere la cercanía. Volverse cercano, dice Jesús: “ginomai” significa “nacer, llegar a ser, devenir, convertirse”…
¿Quién es mi prójimo? es una pregunta dinámica. Hay cercanías que cambian a cada instante y otras que son para toda la vida. Ser cercanos es una decisión del corazón que las manos y los pies ponen en obra.
Para ser cercanos necesitamos tiempo, gestos, casas, estructuras de misericordia… que nos vuelvan cercanos, que mantengan la cercanía, la cultiven y la profundicen. Para que, como decía San Alberto Hurtado, “en nuestras obras nuestro pueblo sepa que comprendemos (compadecemos) su dolor” (Ap 386).
Diego Fares sj

Domingo 14 C 2010

Encantados por el Reino o “el magnificat de Jesús”

El Señor designó a otros setenta y dos,
y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo:
«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
¡Vayan! Yo los envío
como a ovejas en medio de lobos.
No lleven dinero, ni alforja, ni calzado,
y no se detengan a saludar a nadie por el camino.
Al entrar en una casa, digan primero:
«¡Que descienda la paz sobre esta casa!»
Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.
Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.
En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente:
«Se ha vuelto cercano a ustedes el Reino de Dios.»
Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan:
«¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies,
lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que se ha vuelto cercano el Reino de Dios.»
Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»
Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo (jarás):
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»
El les dijo:
«Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»
Y en aquel momento, exultó de gozo (egalliasato) Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación
El Magnificat de Jesús es misionero. Igual que su Madre, el Señor exulta de gozo lleno del Espíritu Santo al contemplar cómo el Padre se revela a los pequeñitos. Los ojos del Señor y todo su corazón están centrados en la misión. En el ir y venir de Jesús a los hombres y de la gente al Señor.

El maestro les comunica a los Setenta y dos el espíritu con que deben salir a misionar. Y no sólo les dice cómo deben ir sino cómo deben actuar en medio de la misión y cómo deben regresar.
Nos hace bien detenernos a escuchar atentamente qué es lo que nos encomienda el Señor a todos, ya que la misión de los setenta y dos abarca a todos los discípulos misioneros, cualquiera sea su estado de vida.

Comencemos por lo que nos encomienda que hagamos. Teóricamente es mejor comenzar por el llamado y el don, pero todo discípulo siente cierta urgencia práctica. “No le des mucha vuelta Señor, decime qué querés que haga y yo lo haré”.
Bueno, aquí tenemos los verbos bien concretitos para nosotros:
Rueguen-vayan, coman-curen, entren-permanezcan-digan, salgan-digan, alégrense (de… estar incluidos).

“Rueguen” al Padre es la primera acción que el Señor encomienda a los discípulos misioneros. Este ruego brota espontáneo al mirar el mundo tal como lo ve Jesús; con una mirada de discípulos misioneros, como dice Aparecida.

Jesús mira el mundo como una gran cosecha, lo ve lleno de cosas buenas, de frutos que el Padre ha sembrado y que Él junto con nosotros, tenemos que cosechar. Experimentamos con Él la abundancia de bienes y los pocos que somos los cosechadores. Esta mirada hace elevar nuestro corazón al Dueño de los frutos y rogarle que envíe más cosechadores.

Se trata de una mirada positivísima, de una manera de ver al mundo que no es la que estamos acostumbrados. Cuando nos dicen misión y envío lo primero que resuena en nuestra mentalidad es “nos mandan a trabajar porque el mundo anda mal”. Nada de eso. Es como si Jesús mirara la Argentina y viera los campos sembrados de soja, de trigo y maíz espirituales y sintiera que hay que convocar más gente para esa cosecha sobreabundante.

El comienzo de la misión parte de contemplar un derroche de bienes y de belleza que hay que cosechar. ¡Qué no se pierda tanto bien! Ese es el ruego. Que muchos sintamos todo lo bueno y hermoso que podemos hacer juntos con Jesús. El bien está a la mano, hace falta “pescar hombres”, convocar cosecheros, manos que quieran cosechar los frutos.

El final de la misión es el gozo exultante de Jesús en el Espíritu Santo, bendiciendo al Padre que hace cosechar tantos bienes a gente pequeñita. La alegría al regresar de la misión es también sobreabundante, igual que la cosecha.
Como vemos, la belleza, el gozo, la alegría, el derroche de bienes, son lo primordial en el Reino de Dios.
Las fronteras del Reino son –objetivamente- terreno cultivado y con frutos abundantes, y –subjetivamente- sentimientos de plenitud y de gozo ante la potencia del Padre que hace dar frutos de Vida a los hombres.

Cuando Jesús manda a anunciar que el Reino de Dios se ha vuelto cercano, lo que está queriendo comunicar es que “una cosecha abundante de bienes y de gozos” está a la mano, en medio de la sociedad. Hace falta ver con los ojos de la fe para que todo este bien se vuelva visible y experimentable. Al mandarlos a ellos antes de ir Él en persona, lo que está queriendo el Señor es despertar la atención de la gente para que, cuando lo vean a Él en medio de ellos, caigan en la cuenta de que Él es el Reino de Dios actuando entre nosotros. Jesús es el fruto que hay que “cosechar” en el corazón del mundo, fruto que se come y da Vida, fruto sembrado que ha ido creciendo en lo secreto, fruto que se comparte y alimenta, que se vuelve a sembrar y da el ciento por uno.

¿A qué se opone esta mirada espiritual, positiva, esperanzada, gozosa?
Se opone a toda riqueza menor, a todo bien que no sea el Reino mismo. Por eso el Señor hace ir en pobreza, sin muchas cosas en las manos: porque es más grande y hermoso lo que hay que cosechar que lo que uno puede llevar. Hay que rogar con las manos juntas y salir con las manos abiertas. Más que lo que tenemos que dar es lo que tenemos que juntar y cosechar.

Esta mirada encantada y deslumbrada ante tanto bien por cosechar es lúcida de los peligros. El que está cosechando en cierta manera está indefenso. No puede usar sus manos para tener armas porque las tiene llenas de frutos.
El Señor sabe que esto implica estar en la vida “como corderos en medio de lobos”. El que está atento al bien que hay que cosechar sufre los zarpazos y las mordidas de los lobos. Sin embargo el Señor redobla la apuesta: nada de previsiones. Ni para el propio confort ni para la defensa.

Las culturas y las personas que están deseando el Reino recibirán a los enviados y reposará sobre ellos la paz. Tendrán así la buena disposición para que pueda ser cosechado en ellos el Fruto del Reino de Dios, que es Jesús, el Hijo de Dios venido en carne.
Es tan sólido y verdadero este Bien y está tan maduro ya para la cosecha, que urge que los hombres se den cuenta, para que puedan elegir y jugarse por acogerlo y comenzar a vivirlo. Está tan extendido el fruto que no se puede perder tiempo en convencer al que no quiere participar en la cosecha. Se anuncia de todas maneras que El Reino está cerca, que lo tienen a la mano, pero se parte para otra ciudad si en una no quieren recibirlo.
Ni los enemigos (lobos) ni los que no tienen interés o rechazan a los enviados tienen peso al lado del peso glorioso de la cosecha de bienes que tenemos para cosechar. Jesús envía discípulos misioneros a convocar gente que quiera trabajar en torno a lo positivo, cosecharlo, desarrollarlo, compartirlo, extenderlo… No somos un ejercito a la defensiva sino cosechadores de bienes y sembradores de esperanza.
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Tenemos en el Hogar una colaboradora que ha venido de España. Habla con todo el salero y a todos nos encanta. Y contaba cómo le preguntaba un comensal del desayuno “que cuánto ganaba ella. Porque para venirse de España ha hacer este trabajo, debe ser mucho”. Y que “cuando yo les digo sonriente que no gano nada ¡hombre!, que lo hago por gusto, y es que me encanta poder servir en un lugar así, pues que no se lo creen!”. Y lo dice de tal manera que uno se da cuenta de que sí se lo creen. Y que si uno no se lo cree, cuando pasa con el plato o con la panera, ella ya está sirviendo a otro, igual de encantada.