Viernes Santo C 2010

La Pasión, Escudo y Ternura nuestras

“Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar un huerto y allí entró con ellos. Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos llegó allí… Jesús sabiendo todo lo que iba a suceder se adelantó y les preguntó “¿A quien buscan?”. Le respondieron: “A Jesús el Nazareno”. Jesús les dice: “Yo soy” (Estaba también con ellos Judas, que lo entregaba). Cuando les dijo “Yo soy” retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó entonces de nuevo: “¿A quién buscan?”. Ellos dijeron: “A Jesús de Nazareth”. Respondió Jesús: “Ya les dije que Yo soy. Si me buscan a mí, dejen marchar a estos” para que se cumpliera la palabra que había dicho: “No he perdido a ninguno de los que me confiaste”.
………….
(…) Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la Madre y cerca de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”.
Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu Madre”.
Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa (en lo suyo propio, en su intimidad).

Contemplación
Antes que nada, leemos la Pasión desde el consuelo que nos da sentir en nosotros la ayuda y la comprensión del Espíritu Santo. En el texto de Juan, los recuerdos se estructuran en torno a núcleos fuertes en los que el Amor del Señor se irradia de manera esplendorosa y sobreabundante. Por un lado, Jesús se ve como arrastrado por los acontecimientos: la Pasión se lo traga, la muerte lo devora en pocas horas. Por otro, la intensidad del Amor con que el Señor ama “hasta el extremo”, el “deseo ardiente” con que celebra la Pascua con sus amigos, la entrega sin límites con que se pone en las manos del Padre mientras con las suyas abraza la Cruz, ese Amor, digo, hace que lo que acontece en la Pasión tenga una densidad vital infinita. Por eso Juan se detiene y se remansa contemplativamente en algunos detalles y los expande de manera tal que el tiempo se dilata y lo que acontece se convierte en un imán que nos hace adentrarnos en los sentimientos del Corazón de Cristo. Podemos quedarnos a vivir y a rezar en cada escena: en el Lavatorio de los pies, sintiendo el agua que nos purifica y las manos del Señor con la toalla que nos seca, en el Huerto, experimentando su Señorío que hace retroceder y caer en tierra a sus enemigos, con Pedro junto al fuego, avergonzándonos de tantas negaciones, de tantas veces en que zafamos mientras Él padecía, con el Jesús de la Paciencia coronado de espinas y el manto púrpura sobre sus heridas sintiendo las bofetadas de las burlas, en alguna estación del Vía Crucis, en el momento en que nos da a María por Madre…
Juan elige algunos acontecimientos de la vida del Señor (solo unos pocos milagros, por ejemplo) y los elige expresamente en orden a despertar y consolidar nuestra fe. Así lo afirma en el primer epílogo de su evangelio:
“Muchos otros signos obró Jesús en presencia de sus discípulos que no han sido escritos en este libro. Y estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que creyéndolo tengan vida en nombre suyo”(Jn 20, 30-31).
Hoy nos detendremos en dos escenas, una al comienzo de la Pasión, en la que nuestro Buen Pastor se muestra como un Escudo protector al pedir a sus enemigos que dejen ir a sus discípulos ya que es a El a quien buscan, y otra al final, en la que al confiarnos a su Madre Jesús encuentra la manera más conmovedora de hacernos sentir sus hermanos.

Son dos escenas con gestos de abrazo, con gestos de protección y de apartar para salvar y dejar ir. En la Cruz, el Señor no puede abrazar a su Madre y la confía en los brazos de Juan, que pone su mano sobre el hombro de María y la atrae junto a sí. Juan dice que la llevó a su casa, a lo suyo propio. El Papa hace notar que esto propio son sus afectos, lo más íntimo suyo.

Fortalecer la cáscara
En el Huerto, el Señor se adelanta a los suyos y hace de escudo protector. Con un gesto los aparta y pide a sus enemigos que los dejen marchar. Al hacerlos retroceder y caer en tierra el Señor se muestra por única vez todopoderoso en la Pasión. Todopoderoso y agresivo, si se quiere, ya que hacer retroceder a la cohorte romana y a los levitas que servían como policía del Templo, es un gesto de gran poder. Luego detiene a Simón Pedro que, contagiado quizás por el ímpetu que había manifestado el Señor, pasó al ataque. Pero Jesús lo detiene. Se trata de su omnipotencia defensiva, esa que fortalece íntegramente el ánimo de los mártires al hacerles sentir que no padecerán nada que el Señor no permita. Así entra el Señor en la Pasión, haciéndonos sentir que es a Él a quien el demonio busca, no a nosotros. Y yendo decididamente a padecer nos protege a nosotros, hasta que al sentir su protección y fortaleza, nos animemos, cada uno en la medida de gracia que se le concede y ayudándonos unos a otros, a ir a nuestra pasión con la fe íntegra y sin vacilar. Este escudo que el Señor pone, adelantándose y haciendo retroceder a los enemigos es el escudo de la Fe que fortalece nuestra “cáscara”, por así decirlo, y nos proporciona una armadura y un escudo inexpugnable, el cual, cuanto más es atacado por los dardos del enemigo, más se endurece y se fortalece. Este gesto del Señor acrecienta nuestra fe en que ningún enemigo prevalecerá contra nosotros: nada ni nadie podrá apartarnos del amor del Padre manifestado en Cristo Jesús. Esta gracia hace que en vez de perder ánimo cuando somos perseguidos, calumniados y heridos, sintamos al alegría de poder sufrir algo por el Señor. Con este gesto el Señor confirma sus bienaventuranzas: Felices nosotros cuando somos perseguidos… porque el Señor es quien toma a su cargo, personalmente, nuestra defensa.
Escudo es el abrazo del Señor,
que más se fortalece
cuanto más es atacado.
Ternura es María,
que más nos enternece,
cuanto más tiernamente la tratamos.

Enternecer el corazón
En la Cruz, al confiarle a su Madre al discípulo amado, el Señor tiene el gesto de amor más delicado que se puede imaginar. ¿Existe mejor manera de llamar a alguien amigo y hermano que confiarle a su Madre? Partimos de la frase final, en la que Juan dice que tomó consigo a María (como San José) y la llevó a su casa, a su intimidad. Sin embargo, aunque María no diga nada y se deje llevar, es a Ella a quien primero se dirige Jesús y la misiona para que tome como Madre al discípulo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Podemos escuchar interiormente el “Amén” de María. Amén que pronuncia sin palabras, dirigiendo la mirada (que tiene fija en Jesús) hacia los ojos de Juan, que la mira, mira al Señor y al escuchar “Aquí tienes a tu Madre”, la abraza y la lleva consigo para siempre. Si le damos un lugar en lo más propio nuestro, allí donde están nuestros afectos, nuestras pasiones, nuestro carácter (como decía el Cardenal Bergoglio a los sacerdotes en el Chaco), María nos va enseñando a pronunciar con ella el Amén, el Hágase: Hágase en mí según tu Palabra. María hace que la fe se encarne, que entre desde abajo, por los afectos y no desde las ideas abstractas. La Palabra se hace carne gracias a Ella y entra en nosotros hecha carne, sentimiento, afecto, cariño, delicadeza, gracias a su compañía. Tomar a María con nosotros es aceptar a un Jesús encarnada, cuya espiritualidad brota desde abajo, desde el amor familiar primero, y se va haciendo luego Palabra explícita y acción caritativa después. Gracias a la presencia de María Jesús es primero una Persona a quién amar y recibir para luego irse convirtiendo en alguien a quien escuchamos y de quien aprendemos.
Gracias a María, Jesús es en su Pueblo primero Hijo –el Niño Jesús besado y adorado en el Pesebre- antes que Maestro, primero Hermano antes que Señor, primero Amigo antes que Juez. María cuida la afectividad de la Fe si –obedientes al mandato más dulce del Señor- nos animamos a tomarla con nosotros y a ponerle un trono (una sillita basta, en realidad) allí donde nuestro corazón siente, padece y desea.
Con María asentada en lo más tierno de nuestro Corazón y Jesús defendiéndonos del enemigo, podemos sacar provecho de la Pasión, contemplando cada escena y comulgando con la carne y la sangre del Señor en cada estación del Via Crucis, sintiendo y gustando las dos gracias, de ternura y fortaleza. Cuando bebemos su Sangre, derramada por nosotros, quedamos protegidos por su Fortaleza, cuando comemos su Carne entregada en María a nosotros, quedamos enternecidos.
Diego Fares sj

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