Domingo de Cuaresma 2 C 2010

El secreto de sus ojos

Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar. Y mientras estaba orando, aconteció que el aspecto de su rostro parecía otro y sus vestidos se volvieron de una blancura refulgente.
Y he aquí que dos hombre hablaban con Él. Eran Moisés y Elías, que, apareciendo circundados de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros, estaban cargados de sueño, pero habiéndose desvelado vieron la gloria de Jesús y a los dos varones que estaban con él. Y aconteció que al retirarse ellos de Él, Pedro dijo a Jesús:
–Maestro, ¡qué hermoso que es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, una para Moisés y una para Elías.
Pedro no sabía lo que decía. Mientras estaba hablando, se formó una nube y los cubrió; y se llenaron de temor al entrar en la nube.
Y se dejó oír una voz de la nube que decía:
–Este es mi Hijo elegido; escúchenlo.
Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto (Lc 9, 28b-36).

Contemplación

Balthasar dice que “La transfiguración no es un anticipo de la Resurrección, en la que el Cuerpo de Jesús se verá transformado en dirección a Dios, sino, al contrario, la presencia del Dios Trinitario y de la historia de salvación entera en su Cuerpo predestinado a la Cruz”.
¿Qué quiere decir?
Que lo que Jesús desvela por unos instantes a los ojos de sus discípulos amigos es lo que acontece en su interior: cuál es el diálogo que habita su corazón, sus pensamientos y sentimientos mientras comparte con ellos los caminos de la historia. Jesús metido en la vida cotidiana de la humanidad, anónimo en la opacidad de su cuerpo –como uno de tantos-, deja que se trasluzca el secreto del cielo interior en el que vive. En el Cuerpo de Jesús habita la historia de Salvación entera. Puede leerse en su Carne todo lo que aconteció desde Abraham hasta los Profetas, pasando por Moisés y David. En su Cuerpo se reeditan los hechos salvíficos:
su Carne es la Tierra prometida a Abraham;
su Cuerpo es la Escalera que soñó Jacob: “una escalera apoyada en tierra, cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella”;
su Cuerpo es el Maná, el Pan del Cielo y la Medicina de Moisés que cura las mordeduras de serpiente;
el borde de su manto es más poderoso que la mitad del manto que Eliseo consiguió desgarrar de Elías cuando le fue arrebatado al Cielo;
su saliva y el barro que hace con sus manos crean ojos nuevos;
sus dedos abren oídos sordos y sueltan lenguas mudas;
los pies de Jesús pisan nuestra tierra abriendo caminos que llevan al Padre, de ellos se puede decir con gozo: “es hermoso ver bajar de la montaña los pies del mensajero de la paz”. Cuando Jesús se pone en camino no hay mar rojo que detenga su marcha; todo desierto florece y es verdad que “se hace camino al andar”. Los pies del Señor acercan el Reino de los Cielos y lo establecen con su pisada por donde sea que pasa;
los ojos del Señor transfiguran las cosas con su mirada buena. Cuando el Señor mira con amor se derriten los pecados de la Magdalena, se disipan las dudas de Simón Pedro, se imprime el amor a la Madre en el corazón de Juan…

También es verdad que ante su mirada se entristece el ánimo del joven rico y cuaja la traición en el corazón amargado de Judas.
El Cuerpo de Jesús porta en sí y pone en acto toda la historia de la salvación y si no nos adherimos a Él –si no comemos su Carne y no bebemos su Sangre salvadora- otras historias se apoderan de nuestro cuerpo:
historias como las de Adán y Eva, que teniendo a mano todos los frutos sanos que crecen en el paraíso de la espiritualidad comen del árbol de la ciencia del bien y del mal y se despiertan a una historia autorreferencial en la que ya no hablan más con su Padre Creador;
historias como la de Caín que siguen encantando a los Saramagos de moda que parecen querer justificar que termine matando por envidia a su hermano Abel;
historias como la de los hombres en Babel, construyendo desencuentros y malentendidos con una pasión a la que muchos de nuestros políticos no tienen nada que envidiar;
historias de festicholas y corrupción que terminan con Diluvios;
historias de pueblos idólatras que dan vueltas cuarenta años por el desierto de sus errores y necedades repetidos con obstinación…

La historia de la salvación tiene su piedra angular en el Cuerpo de Jesús nuestro Señor. Al topar con él o se edifica o se tropieza. Lo que no se transfigura en Jesús se desfigura.

En el Cuerpo del Señor se recapitula la historia y la vida de cada persona y de toda la humanidad:
de ese Cuerpo mana la fuente de la vida y de la santidad;
de ese Cuerpo nos alimentamos, de Él bebemos,
en Él nos injertamos para dar fruto como los sarmientos a la Vid,
en torno a Él nos reunimos para que nos apaciente como el Buen Pastor a sus ovejas,
si su Cabeza se recuesta en el cabezal de nuestra barca para descansar, estamos seguros en medio de cualquier tempestad.

Y no solo recapitula para atrás sino también para adelante:
ese Cuerpo es el que la Madre Teresa experimentó que tocaba con sus manos al tocar la carne doliente de las personas que recogía de la calle;
ese Cuerpo fue el que abrigó Hurtado con su sobretodo cuando lo vió empapado de frío aquella noche de invierno y le hizo abrir los ojos para ver que “el pobre es Cristo”.

El Cuerpo de Jesús obra como transfigurador de toda realidad: en él las cosas y las personas adquieren otra densidad, revelan otra dimensión de la que comunmente vemos y experimentamos. El Cuerpo del Señor permite catalizar todo lo bueno y purificar todo lo malo.
Pensaba ayer, leyendo el evangelio de “ponerse de acuerdo con el adversario” a cuántas personas amaba sin peros. Y creo que no había casi ninguna a la que alguna vez no le hubiera puesto un pero, circunstancial para los más queridos, pero pero al fin. Y me daba cuenta de que sin Jesús es imposible amar sin peros. Los primeros son para mí mismo. Y si no me amo como Dios me ama ¿cómo amar a los demás sin condiciones?
Pero con Jesús, con el plus que pone Jesús a cada acto bueno, con el perdón que regala Jesús a cada arrepentimiento, con la bendición que derrama sobre cada canasta con cinco pancitos ofrecida, es posible amar sin peros. Con Jesús es posible consolidar el amor a cada persona en un gesto, recibiendo lo que nos dan como perfeccionado en Jesús y ofreciendo lo que damos solicitando la bendición del Señor.
Así se transfiguran las acciones buenas: cuando se hacen en el Nombre de Jesús.
Lo que hacemos o padecemos en su Nombre adquiere transparencia de Cielo y fecundidad de Vida eterna y peso de Gloria infinita.

En el Cuerpo de Jesús no resplandece sólo la historia de la salvación –pasada, presente y futura-, sino que resplandecen por encima de todo las Personas del Padre y del Espíritu Santo.
En el Cuerpo de Jesús el Padre se nos vuelve cercano.
Como decíamos hace unos años en esta misma contemplación:
“Desde que vino Jesús, pareciera que Dios Padre se volvió más misericordioso, más realista, más vulnerable…”.
O mejor decir –para no ser irreverentes- que desde que vino Jesús se transfiguró “nuestra manera de percibir la acción de Dios”.
Dejamos de percibirlo como castigador, como hacía el Antiguo Testamento.
Dejamos de percibirlo como Juez que cree que con dar unos mandamientos basta.
Dejamos de experimentar su acción como arranques de Todopoderoso, que destruyen y construyen arbitrariamente, tan frecuentes en la visión del Antiguo Testamento.
En el Cuerpo de Jesús, el Padre se nos muestra frágil y conmovido (misericordioso), como un hombre mayor que corre a abrazar a su hijo pródigo.
En el Cuerpo de Jesús, el Padre se nos muestra humillado pero sin bajar los brazos, (paciente) en esa tarea tan difícil de los padres cuando no se resignan a no encontrar argumentos para convencer al hijo, que está sentido, de que entre a la fiesta familiar.
En el Cuerpo de Jesús, el Padre se nos muestra preocupado por la gestión de su viña (trabajador), saliendo Él en persona a buscar obreros, abajándose a charlar con los que han estado holgazaneando y perdiendo tiempo. Es un Padre metido en la paga de sueldos y que escucha los comentarios que se hacen por lo bajo.
En el Cuerpo de Jesús, el Padre se nos muestra lúcido ante la acción del enemigo que siembra cizaña y contenedor de sus servidores para que no arranquen el trigo en su impaciencia (providente).
En el Cuerpo de Jesús, el Padre se revela como el que lo hace todo por la fiesta de bodas de su Hijo con la humanidad, atento a las invitaciones y los detalles de la fiesta, invitando personalmente y rearmando las cosas a medida que parece que no salen bien (glorioso).
Es un Padre cercano. Como el que nos revela Sor Eugenia Ravasio, con ingenua lucidez evangélica en “El Padre habla a sus hijos”: un Padre que “pone en el suelo su corona y toda su gloria para tomar la actitud de un hombre común”. Ella cuenta que “se le sentó al lado” y comenzó a hablarle de su amor por sus hijos.
Mirando el Cuerpo de Jesús transfigurado la voz del Padre que lo nombra Hijo amado y predilecto hace que toda nuestra carne se sienta irresistiblemente atraída por la Gloria de este Jesús que pronto irá a dar su vida por nosotros en la Cruz.
En la transfiguración el Señor deja que el secreto de sus ojos inunde con su luz por unos instantes todo su cuerpo bendito de modo tal que la historia de su muerte se convierta, a los ojos de la fe, en la historia de su Amor.
Diego Fares sj

Domingo de Cuaresma 1 C 2010

Las respuestas de Jesús

Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, adonde estuvo cuarenta días, y era tentado por el diablo. En todos esos días no comió nada, y acabados ellos sintió hambre.
Le dijo entonces el diablo:
–Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.
Jesús le respondió:
–Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre.

Y lo elevó a un lugar alto y le mostró en un instante de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo:
– A ti te daré el poder de esta totalidad (de reinos) y la gloria de ellos, porque a mí me lo han dado y se lo doy a quien quiero. Si tú te postras en adoración ante mí, será tuyo todo.
Jesús respondió:
– Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él servirás dándole culto.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en el pináculo del templo y le dijo:
–Si eres Hijo de Dios, tírate abajo desde aquí; porque está escrito:
‘Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden’; y también: ‘te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna’.
Jesús respondiéndole le dijo:
–Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.
Y habiendo llevado hasta lo último todo género de tentación, el diablo se retiró de él hasta otro tiempo oportuno (Lc 4, 1-13).

Contemplación
Pongo primero una caracterización de las tentaciones para luego centrarnos en las respuestas de Jesús.

La tentación de convertir las piedras en panes nos afecta a todos en nuestra relación con los bienes (dimensión económica). Actualmente se expresa en torno al consumo y a la gestión. Todo es cuestión de gestión. Si optimizamos la gestión “las piedras se convertirán en pan”.

La tentación de la agachada para tener cargos nos afecta a todos en nuestra relación con el poder (dimensión política). Actualmente se puede sentir en la exclusión del que no se agacha, del que no habla la misma ideología.

La tentación de tirarse del Templo nos afecta a todos en esa dimensión que llamamos espiritualidad. Actualmente se puede ver en los que animan a otros a realizar experiencias espirituales que los desarman y los vinculan afectivamente a otros de manera tal que luego no saben cómo rearmarse para seguir fieles a su vocación. Son las pseudoespiritualidades de los que no se animan a tirarse ellos de lo alto del Templo pero empujan a otros (y no los acompañan).

“Las respuestas de Jesús” al mal espíritu son lo verdaderamente interesante. Son confesiones de fe.
Pero no proverbios dichos de memoria sino que, como dice Balthasar, son confesiones de fe existenciales, respuestas ganadas duramente, encontradas en el corazón después de sufrir las acechanzas e insidias del enemigo que corroe con sus falacias y suasiones, tratando de devorar nuestra fe, de hacernos decaer la confianza.
El evangelio nos ayuda a hacer actos de fe.
Actos de fe que son escudo y coraza ante los dardos del enemigo que se nos clavan como una duda o una sospecha funesta en el corazón y no nos dejan en paz.
Las respuestas de Jesús son bálsamo para la angustia y remedio para la desconfianza. Nos fortalecen en la fe.

Dice Jesús: está escrito, no solo de pan vivirá el hombre
La frase se completa en Mateo “el hombre vivirá de toda Palabra que sale de la boca de Dios”. Pablo dirá muchas veces: “El justo vivirá de la fe” (Gal 3, 11; Rm1, 17). Jesús lo afirma en Juan: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Jn 11, 25).

Vivimos de la fe.
Creo en Jesucristo, Hijo de Dios, nuestro Señor.

Ya para Israel la fe no es afirmar una verdad abstracta sobre Dios sino la confesión de lo que Dios es para su pueblo. El israelita no se pregunta “quién es Dios” sino “qué ha sido Dios para nosotros”. Israel confiesa al Dios de nuestros padres, al Dios que nos salvó de Egipto y nos regaló la tierra que mana leche y miel…
En Jesús esta confesión se vuelve más concreta. Pablo lo dice hermosísimamente: “Porque si confiesas con tu boca y crees en tu corazón que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos, serás salvado. Todo el que invoque el Nombre del Señor Jesús se salvará” (Rm 10, 11-13).
Vivimos más de la confesión de fe que sale de nuestra boca que del pan que entra en ella.

La tentación de convertir las piedras en pan apunta a volver todo “comestible”. Nuestro mundo nos convierte en “consumidores”. Como si la vida consistiera en comer, en incorporar cosas materiales (comidas y remedios) y virtuales (imágenes, sonidos, experiencias). El Señor nos enseña que lo que da vida es “confesar nuestra fe en él”. Al confesar “Creo en Jesucristo mi Dios y Señor” nos incorporamos a Él. Nuestra vida no consiste en incorporarlo a Él en nosotros, mortales, sino a incorporarnos nosotros a El, que es la Resurrección y la Vida. Con la confesión de fe (que opera por la caridad) salimos de nosotros mismos y nos radicamos en El, Vid verdadera.
Vivir no es, pues, consumir ni incorporar sino salir y ser incorporados. Ese es el fruto de la Eucaristía. Por la fe, al comulgar con Cristo nos incorporamos a El y a los demás ya que Él nos hace Iglesia, Cuerpo suyo. La fe es básica porque un acto de fe total permite una salida de sí total y radical. Decir con la boca y de todo corazón “Creo en Jesucristo mi Dios y Señor” implica un salto como el del trapecista, que por un momento deja de aferrar su trapecio y vuela por el aire, seguro de las manos de su Amigo que lo esperan. Esa “salida de sí” total solo la logra un acto de fe –pequeño o grande, no importa (se pueden hacer muchísimos actos de fe cada día con el beneficio de caer una y otra vez en las manos buenas de Jesús soltando nuestras seguridades inciertas). Por la fe vivimos y revivimos. Morimos al dejar de querer convertir las piedras en pan y revivimos al caer en las manos que parten para nosotros el Pan de vida. La Iglesia vive de la Eucaristía. Vive del Pan de cada día que nos da el Padre, cuando no acaparamos sino que compartimos nuestro pan con el que tiene hambre.
El Justo vivirá por la fe.

Dice Jesús: está escrito, al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él servirás dándole culto
La confesión de fe se hace con la boca y con el corazón… y también con la rodilla que se dobla y con el rostro puesto en tierra. El gesto de adoración es significativo. La confesión de fe no sólo es cuestión interior, ni solo se expresa con la palabra. La confesión de fe se completa con los gestos.
Jesús le responde al Demonio diciendo que sólo hay que arrodillarse ante el Padre.
Él mismo siendo Dios oraba rostro en tierra: “Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mt 26, 39).

Nuestro mundo, esto lo tiene claro. “Ante quién hay que agacharse” es la primera lección del manual de trepadores. Se bromea un poco, a veces de manera vergonzante, pero la agachada servil es el gesto del poder y la sumisión. Detrás está el demonio, que –literalmente- busca este gesto más que ningún otro. Y no es una mera imagen ni una metáfora decir bien claro que “todos los poderosos de este mundo, si no están agachados sirviendo, es porque están agachados “por voluntad propia” ante otro que los somete y los veja”.
Contra esta tentación, tan vergonzosa, sólo un remedio: nos arrodillamos solo ante Dios, nos arrodillamos sólo para servir. Nos arrodillamos sólo ante Aquel que se arrodilló para lavarnos los pies. Arrodillarse en adoración es el gesto de la fe: “Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre” (Fil 2, 10-11).

Dice Jesús: está escrito, no tentarás al Señor tu Dios
Así como le rogamos al Padre Nuestro que “no nos meta en la tentación”, que no nos deje “caer en ella”, así también el Señor nos enseña que a Dios no le gusta que lo “tentemos”. La confesión de fe implica este “no tentar al otro”. Cuando uno ama sabe lo que puede hacer daño al otro y trata de cuidarle su debilidad, no de exponerlo. Dios nuestro Señor se muestra en esto muy humano. Es conmovedor ver el cariño y el cuidado que Jesús tiene para con su Padre. El Señor sabe que el Padre no permitirá que le suceda nada malo que Él no asuma líbremente. Por eso el diálogo en el Huerto será tan conmovedor. Jesús sabe que una palabra suya bastaría para que una legión de ángeles lo defendiera. Su pasión es “voluntariamente aceptada”. Ni el Padre lo tienta ni Él tienta al Padre. Amorosa y dolorosamente se ponen de acuerdo de corazón y en ese acuerdo está nuestra salvación. Nada ni nadie puede apartarnos del Amor del Padre y del Hijo que se han puesto de acuerdo en el modo de salvarnos y atraernos.

Decir: Creo en Dios Padre Todopoderoso, para quien “todas las cosas son posibles”, implica “no tentarlo”. Implica seguir a Jesús lo más ajustadamente posible cada día para aprender de Él que es “manso y humilde de corazón” y descubrir la manera de no caer en la tentación de “tentar a Dios”. La fidelidad del que confiesa su fe se muestra en la práctica previendo lo que puede comprometer al otro, cuidándonos ante toda tentación de “tirarnos de lo alto del Templo” de modo tal que Dios tenga que hacer milagros para salvarnos.

Lo consolador es ver cómo Jesús experimentó el poder de seducción de estas tentaciones para vencerlas desde adentro de nuestra humanidad. El Señor confiesa la fe en el Padre con un corazón y una sensibilidad humanos. Jesús siente la fascinación de la gestión, el poder del cálculo y el gustito de la espectacularidad. Y no reprime estas pasiones básicas, material con que Dios mismo nos creó, sino que las resignifica y las orienta bien.
Sus respuestas nos enseñan a vivir de la fe, que nos transforma en Hijos de Dios y no de la gestión que por querer convertir las piedras en pan nos lleva a convertir el pan en papeles.
Las respuestas de Jesús nos enseñan a vivir de la adoración al Padre que nos lleva al servicio y no del deseo de poder, que con el pretexto de hacer el bien nos lleva a la agachada y a cortar cabezas.
Las respuestas de Jesús nos enseñan a vivir del discernimiento que nos lleva a la sabiduría de la cruz que salva y no a la indiscreción que se deja fascinar por las espiritualidades de moda, que por evitar la cruz nos llevan a tirarnos al abismo.

Diego Fares sj

Domingo 6 C 2010

Sin nada para dar o “Sus almas son bellas y preciosas…”

Y bajando con ellos y con una multitud de sus discípulos y una muchedumbre copiosa del pueblo, que había venido de toda Judea y de Jerusalem, y de la región marina de Tiro y de Sidón, para oírlo a El y para que los sanara de sus enfermedades, Jesús se detuvo en un llano.
Y Jesús, alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo:
Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Dichosos ustedes que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Dichosos ustedes, que ahora lloran, porque reirán.
Dichosos serán ustedes cuando los hombres los odien, y cuando los excluyan, los injurien y proscriban su nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo; porque de esta misma manera trataron a los profetas sus antepasados.
En cambio,
¡Desdichados ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consolación!
¡Desdichados ustedes, los que ahora están hartos, porque padecerán hambre!
¡Desdichados los que ríen ahora, porque tendrán aflicción y llorarán!
Ay, cuando hablen bien de ustedes todos los hombres,
porque así fue como sus padres trataron a los falsos profetas! (Lc 6, 17.20-26).

Contemplación

¿Dichosos los pobres?
¿Bienaventurados los que tienen hambre, los que lloran?
¿Felices nosotros cuando nos odian, nos excluyen, nos injurian, nos persiguen por seguir a Jesús?

En estos meses de calor, cuando muchos comedores cierran, la gente que acude al segundo turno de almuerzo en El Hogar de San José excede el número de raciones que podemos brindar (168). Y cuando vemos que la cola supera los 84 queentran en las mesas, salimos a la puerta a hablar con las personas.
Salimos a atender a las personas sin un recurso material para dar,
salimos a explicar nuestros límites,
a pedir disculpas por no poder atender a todos,
a expresarles que necesitamos que nos ayuden con su comprensión,
salimos a agradecer su paciencia…
Y conmueve y emociona sentir en las miradas lo que se produce cuando hablamos desde la propia pobreza.
Cuando nos miramos a los ojos, compartiendo la pobreza de tener hambre de un plato de comida y la pobreza de no tener un plato de comida más para dar, brota una especie de llanto común, mezcla de bronca y de cariño, de impotencia y de comprensión. Brota esa compasión que sale de las entrañas y se ve en los ojos, brota eso que Jesús llama Misericordia –juntar miseria y corazón- y que Él nos ha revelado que es el Nombre propio de su Padre.

A veces no son muchos los que exceden el número y pueden entrar. Siempre aclaramos que es una excepción, porque si no al otro día se dobla el número y ya nos pasó un año que la cola tenía más de una cuadra… Por eso el mensaje tiene que ser claro: hasta acá podemos dar bien y de manera constante. Así, cuando se puede hacer un lugar más, se expande por el Hogar un airecito de alegría evangélica y se siente el aroma de la multiplicación de los panes. Pero cuando no se puede –y esto me lo terminó de iluminar una frase de Madre Teresa-, cuando no hay “cosas” para dar, brota algo también muy profundo: se establece una comunicación entre las almas, se da un contacto personal hondo que sale de la pobreza y el llanto compartido.
La Madre Teresa dice en una de sus cartas: “La india es tan abrasadora como el infierno –pero sus almas son bellas y preciosas porque la Sangre de Cristo las ha rociado”. Eso de “las almas son bellas y preciosas” me iluminó. Ese era el paisaje que ella veía: el cariño de la gente, su agradecimiento infinito al sentirse reconocidos y queridos por ellas. El otro paisaje, abrasador y de desoladora miseria, es real, pero este otro, de ojos vivos y hermosos en su dolor, es más real todavía. A veces en medio de la riqueza y de la “normalidad” de la vida cotidiana, este paisaje está velado y nos lo perdemos. Ella lo veía a raudales.

De esto habla Jesús cuando dice: “dichosos los pobres…”. Esto es lo que él ve en la gente. Jesús ve lo que Él despierta en la gente humilde, en la gente que sufre. Y eso que la fe en Él despierta es tan hermoso que le lleva a bendecir la pobreza y el llanto que lo hace posible.
El nos ve así. Y verlo a Él pobre y doliente, sin nada para dar, necesitado de sus amigos, como en el Huerto, sediento como en la Cruz, con verdadera necesidad de la compañía de su Madre…, verlo perseguido e injuriado, nos pone en contacto con Él a partir de lo más propio nuestro. Tenerlo a Él pobre y excluido entre nosotros es fuente de la dicha de lo propiamente humano, eso que no se sacia con ninguna abundancia de cosas, eso que es pobreza agradecida, dignidad de no ser nada y de saber reconocer el don y obrar en consecuencia.

¿Qué es, entonces, la bienaventuranza? La bienaventuranza es Jesús pobre entre nosotros pobres. La bienaventuranza es Jesús de igual a igual con nosotros en pobreza y llanto, en hambre y exclusión. Desde estas situaciones de despojo de lo exterior nos comunicamos en lo más interior, en lo propiamente humano.

La felicidad que todos deseamos es sinónimo de vida, de paz, de alegría y de consolación; bienaventuranza es descanso, bendición, salud, amor…
Y sólo en Jesús, en torno a Jesús pobre, con Él y en Él, gracias al Don de su Espíritu y a su amistad que nos hace entrar en relación de Familiaridad con el Padre y con todos sus amigos los santos, sólo en Jesús sin nada que dar sino a sí mismo, encontramos la fuente y la plenitud de estas dichas.

Jesús pobre es nuestra Vida, Vida eterna metida en una vida cortita, amada y vivida en plenitud en sus circunstancias más comunes y corrientes. Su amor por nuestra vida común y corriente es la dicha porque metiéndose en nuestra vida común y corriente Él hace que tenga sabor de eternidad cada instante y cada encuentro.

En Jesús sin nada para dar lo encontramos como el que todo lo puede compartir.

Como puede compartir nuestras limitaciones su presencia se vuelve cercanísima, ya que limitaciones las tenemos todas. Si Él solo estuviera más allá, lo sentiríamos cerca sólo en situaciones especiales. Al ser pobre y limitado, está siempre al alcance de la mano. Por eso nos reveló el secreto de que al dar de comer al hambriento le estamos dando de comer a Él. Para que nos avivemos. Para que no nos perdamos el paisaje de las almas bellas y preciosas.

Vuelvo a releer el evangelio y caigo en la cuenta de que lo que conté al comienzo, lo de salir a hablar con los que están en la cola, es la experiencia de Jesús con esa multitud “copiosa” que hacía fila para pasar ante él y que les sanara las enfermedades.
Aunque el Señor se quedaba largamente con la gente y bendecía a muchos y multiplicaba panes, tampoco Él alcanzaba a curar y alimentar a todos.
Es en esta situación de pobreza cuando el Señor “alza la mirada a sus discípulos” y saca de su corazón las bienaventuranzas.
Jesús saca las bienaventuranzas de su pobreza e impotencia.
Allí se para y se sitúa poniéndose de igual a igual, como par en humanidad con todos, y desde allí se comunica como Dios plenamente humano –pobre y limitado- y nos da lo mejor de sí: su corazón, su mirada, su trato de hermano, su amigable compañía.
Bienaventurados nosotros si tenemos la grandeza que tienen los pobres de saber recibir el Don de su Persona que el Señor nos hace al no poder darnos nada más.
Diego Fares sj

Domingo 5 C 2010

Peces deseosos de los anzuelos de Dios

Estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la palabra de Dios.
Vio entonces dos barcas a la orilla del lago;
los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca.
Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
– Navega mar adentro y echen sus redes para pescar.
Simón respondió:
– Maestro, hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada,
pero como tú lo dices, echaré las redes.
Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces.
Como las redes se rompían, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.
Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo:
– Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Entonces Jesús dijo a Simón:
– No temas, a partir de ahora serás pescador de hombres.
Y después de llevar las barcas a tierra, dejado todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11).

Contemplación
La escena de la pesca milagrosa nos resulta bien conocida, pero la solemos tener incorporada como si estuviera en todos los evangelios y la verdad es que sólo está en Lucas y en Juan. Y Lucas es el único que junta el llamamiento con la pesca milagrosa. Tratemos de “ver” con qué intención lo hace, qué es lo que desea destacar del llamamiento.
En los otros dos sinópticos Jesús llama directamente a los pescadores amigos: “¡Síganme!”. En Lucas no los llama: ellos lo siguen libremente, atraídos se ve, de manera irresistible por el Señor que les ha regalado una pesca milagrosa. Tal es la atracción que dejan la pesca, no sólo las barcas y las redes.
La clave está en la frase con que el Maestro le quita los miedos a Simón Pedro. Notamos que Lucas adelanta aquí el doble nombre, siendo que Jesús se lo dará recién en el capítulo 6 cuando “elija a los doce”. Y lo adelanta porque adelanta también la confesión de Fe de Pedro: ese “Aléjate de mí que soy un hombre pecador”.
Jesús le responde a Simón Pedro con un “No temas. De ahora en adelante serán hombres lo que pescarás”.
Meditando en esta frase le preguntaba al Señor por qué “pescar hombres” quita el temor y “cómo se pesca a los hombres”. Con mucho consuelo sentí que a un hombre se lo pesca atrayéndolo de manera tal que él mismo se ofrezca.
Jesús nos pesca aceptando que lo abandonemos todo y lo sigamos, incorporándonos en su misión de Pescador.
Desde esta perspectiva, vemos que Lucas ha construido toda la escena como una pesca de hombres: la pesca de los primeros discípulos, que serán los primeros de esa larga cadena de anzuelos, con los cuales los últimos que hemos sido pescados somos  nosotros.
¿Cuáles son los pasos de esta “autopesca”, de esta pesca en que el Pescador no atrapa sino que atrae y el hombre mismo muerde líbremente el anzuelo y se va tras el Pescador?
La iniciativa la tiene el Señor, por supuesto. El evangelio nos dice que, estando en acción, en medio de la gente que se agolpa y escucha la Palabra, Jesús ve dos barcas y a los pescadores que estaban limpiando las redes. Decide subirse a una, la de Simón, pero ya ha visto también la otra, que luego se incorporará a la pesca para dar una mano.
Y el morder el anzuelo se va dando por pequeños sí por parte de los hombres pescados.

Sí al Señor que se va “metiendo”
El primer sí de Simón Pedro se da cuando acepta que el Señor suba a su barca.

Sí al Señor que pide por favor
El segundo sí es de obediencia al ruego de Jesús cuando le pide que tire un poco para atrás la barca para poder predicar a la gente sin que se amontone a su alrededor.
Estos primeros sí se dan sin palabras. Son un aceptar que Jesús entre en nuestra barca, que se vaya metiendo en nuestra vida, en nuestras cosas de trabajo.
Jesús siempre tiene la iniciativa: unas veces activamente, como cuando entra en los pueblos, mira y se acerca (Zaqueo), da pie a una conversación (la Samaritana), sube a la barca (Pedro); otras veces por atracción, como cuando “pasa” (Bartimeo), o es señalado por otro (Juan a los primeros discípulos)…
Recibir al Señor que viene y llamar al Señor que pasa son las primeras actitudes de la fe que es un querer confiar, un querer que nos pesquen.
El primer anzuelo, el primer gancho, siempre lo pone Jesús.
Y el Padre hace que sintamos el impulso a recibir al Señor en nuestra barca, en nuestra casa.
Pero hay gente que ya viene cultivando las ganas de dejarse pescar, hay peces atentos al anzuelo –deseosos de los anzuelos de Dios- no solo pescadores atentos a los peces.

Sí al Señor que manda
El tercer sí, Simón lo dará pero haciendo notar que lo hace por el Señor: “en tu palabra”, “por que Vos lo decís”. Es un sí más personal, un acto de fe, de confianza plena en la persona del Maestro, aunque a Pedro en el fondo le parezca que el Señor no conoce su profesión de pescador.

Lo que le pidió primero le implicó a Pedro dejar lo que estaba haciendo, que era limpiar las redes, y poner su barca a disposición del Señor.
El segundo pedido ya fue una orden: “Conduce la barca mar adentro y echen las redes para la pesca”. Este sí implica hacer lo que el Señor manda. Y lo que manda (como en Caná) no siempre es muy lógico ni fácil.

El cuarto sí de Simón Pedro es un sí de adoración, bajo la forma de una confesión de la propia indignidad. “Alejate de mi que soy un hombre pecador”. Simón Pedro confiesa la distancia infinita que hay entre él y el Señor. Al mirar maravillado lo que ha ocurrido, alza los ojos de la pesca y del trajín en que están todos metidos y se tira de rodillas a los pies de Jesús.
¡Le dice “aléjate” pero acercándose! Eso es la “autopesca”. La pesca por atracción. Jesús ya no necesitará mandarle, Simón le toma el gusto a ofrecerse y el Señor irá confirmando y corrigiendo sus “acercamientos en la fe y en la entrega total”.
Eso será “pescar hombres”. Un proceso en el que, enganchándonos nosotros líbremente en su anzuelo más y más, sin esperar a que nos pida, ofreciéndole qué más quiere de nosotros…, atraeremos a otros al ser atraídos nosotros por Él.
El Señor confirma este modo de proceder, yéndose sin decir nada y aceptando que abandonen todo por él, que se suban a su barca, que lo sigan y le vayan preguntando y pidiendo…

Teresita expresaba esto pidiéndole al Señor: “Atráeme a ti y atraeré conmigo a los que amo”.
Sólo puede pescar hombres el que es pescado –el que busca el anzuelo libremente- cada vez de nuevo por el Pescador.

Pescamos en la medida en que buscamos ser pescados.
Pescamos en la medida en que recibimos a Jesús en nuestra barca, en cada Eucaristía; pescamos en la medida en que “hacemos todo lo que él nos dice” y “cuándo nos lo dice”, aunque hayamos trabajado la noche o la vida entera sin sacar nada.
Pescamos en la medida en que confesamos nuestra indignidad y distancia infinita acercándonos confiados a Jesús y nos dejamos llamar y misionar de nuevo por Él.
Pescamos en la medida en que “abandonamos” toda pesca ya realizada y lo seguimos más allá, adonde sea que vaya.
Que el Señor nos de la gracia de tomarle el gusto a morder sus anzuelos y que, pescados por él, le atraigamos a muchos otros a su amor.

Diego Fares sj