Domingo 2 C 2010

Caná: el lugar donde comienza la fe

Tres días después (del llamamiento a los primeros discípulos) se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y como faltase el vino, la Madre de Jesús le dice a él: «No tienen vino».
Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado mi hora.»
Le dice su madre a los sirvientes:
«Hagan todo lo que El les diga.»
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación
La vida del Señor tiene sus lugares privilegiados. La casa de Caná, en Galilea, es uno de ellos.
Nos podemos quedar un rato tratando de imaginar la casa de Caná.
Está vestida de fiesta: se celebran las bodas de dos jóvenes que son amigos de María y de Jesús. Está toda la familia y mucha gente del pueblo. Reina la alegría, hay música y danzas. María ayuda con la comida. Los novios conversan con Jesús…

San Ignacio nos dice que para contemplar hace bien “imaginar el lugar” donde se desarrolla la escena evangélica. Es lo que llama “la composición de (cómo era) el lugar”.

Jesús es la Palabra hecha carne y para “visualizarlo” tenemos que verlo situado en su lugar: en su casa, en su paisaje, con su gente.
Por eso, si queremos “contemplar a Jesús” nuestra contemplación tiene que ir por el lado de su humanidad, como le gustaba decir a Santa Teresa.
Resalto esta tendencia hacia lo concreto y situado (tan propia de la mística popular) porque hoy en día se presenta como muy moderna una tendencia contraria: con el pretexto de “ver” a un Jesús así llamado “histórico”, se siguen métodos que le van quitando pieza a pieza todo lo concreto -poniendo en duda lugares, hechos, palabras…-, hasta dejarnos a un Jesús sin carne ni paisaje, en una especie de milagro de Caná al revés: en vez del vino bueno nos ofrecen a beber un agua destilada, que no es precisamente el Agua Viva de la fe.
Por eso, cuando uno escucha que le hablan de Jesús como si fuera un personaje histórico cualquiera, sujeto a la investigación periodística, hay que calzarse el casco de la fe y poner entre paréntesis “el contenido” que nos proponen, mientras nos informamos un poco más acerca del “lente” (del método) por el cual nos invitan a mirar las cosas. Porque muchos le aplican al evangelio métodos que, como dice el Papa, son “una red con agujeros de cierto tamaño, que pescan cierto tipo de peces y dejan pasar otros”. Son métodos que “ven lo que proyectan” e, iluminando con mucha luz algún aspecto particular del Evangelio, ponen un manto de sombra sobre el Evangelio entero. Nos permiten ser poseedores de una verdad abstracta, que informa pero no da vida, y nos privan de recibir el Don de la Fe (el vino nuevo).

Nuestra Madre la Iglesia, en cambio, nos deposita en la fe un Jesús que viene siempre entero:
en el pesebre con burro y buey,
en la Cruz con los dos ladrones
y en Caná, tomando buen vino.

Este excurso viene al caso para abrir el tema de los “lugares de la fe” que iremos viendo a lo largo de este año en los talleres de ejercicios de los primero miércoles. La idea es de la Hna Marta y nos ayudará a rezar contemplando a un Jesús situado,
que elige lugares y sitios para darse
y para manifestarse en toda su bondad y hermosura:
para nacer, el Pesebre de Belén;
para morir, la cruz del Calvario, en las afueras de la Ciudad Santa;
para entrar en la vida religiosa y civil de su pueblo, el Agua del río Jordán;
… y para la primera manifestación de su gloria: la casa de familia de Caná de Galilea, el día de la fiesta de bodas de sus amigos.
Nunca debemos dar por gustado este misterio de Caná: que la Gloria de Jesús se manifieste primero que todo en el seno de la familia, en un casamiento, con el don del Vino rico que pone el broche de oro en la fiesta.
Caná siempre tiene gusto a lindo.
Caná es luminosa, ilumina con la luz mansa de la gloria de Jesús.

La gloria de Jesús es lo que despierta el sentido de la Fe:
“Este fue el primero de los signos de Jesús,
y lo hizo en Caná de Galilea.
Así manifestó su gloria
y sus discípulos creyeron en Él”.
El primero de los signos no es uno más dentro de una serie: se trata de un signo paradigmático, primordial: un signo que marca con su sello a todos los demás.
Todos los signos de Jesús –sus palabras y milagros, sus gestos de amor y cercanía, sus caminatas, entradas y salidas…- se orientan a suscitar la fe en el corazón de sus discípulos y del pueblo fiel de Dios. De ahí la importancia del signo que elige como primero para manifestar su gloria y del lugar donde lo realiza.
el signo es una “transformación”.
El momento o “la hora”: la celebración de una fiesta de bodas, un momento especialmente comunitario en la vida de una familia.
El lugar: un pueblo pequeño y una casa común.
Y dentro de la casa, el lugar es la cocina y el patio, donde están las tinajas de agua para los ritos de purificación.
Allí los testigos “presencian” y prueban la transformación del agua en vino.
Allí en el patio de Caná siembra el Sembrador la semilla de la fe.

La fe es una transformación: transformación de la manera de pensar y de ver suscitada por el resplandor de un hecho inusitado que despierta la capacidad de maravillarnos y creer.
Transformación de la manera de sentir y de obrar que se suscita al “probar” una transformación como la del agua en vino.

Y Jesús elige a María para que haga de maestra de ceremonias de este Milagro que hizo brotar la fe en el corazón de sus discípulos y los unió para siempre como comunidad de discípulos misioneros.
“Nosotros hemos visto su gloria, dirá ochenta años más tarde san Juan recordando esta hora, que apenas comprenden cuando la están viviendo. María, desde el gran silencio en que acaba de entrar, ha comenzado a rumiar todo esto en su corazón” (Martín Descalzo).

“Hagan todo lo que Él les diga”, es la doctrina de la fe.
Hagan todo lo que Él les diga” es la frase feliz de la que es feliz porque ha creído.
“Cualquier cosa que Él les diga, ustedes háganla”, es la consigna clara de María que firme y sin vacilaciones, precede y encamina la fe.
“Crean en lo que dice Jesús. No duden. No vacilen. Pónganlo en práctica enseguida y verán. Háganle caso. Obedézcanle. Hagan un acto de fe poniendo manos a la obra. Crean en Él”.

La misma voz que viene del Cielo Altísimo de la intimidad del Padre
es la que brota de lo más tierno del Corazón de Madre de María: “escuchen al Hijo amado, hagan todo lo que Él les diga”.

De allí en más esta transformación en la que consiste la Fe será el ingrediente esencial de todos los signos y milagros de Jesús.
Con fe, lo podrá todo. Porque nada es imposible para Dios.
Sin fe no podrá hacer nada.

Por eso el demonio ataca la fe.
Nosotros creemos muchas veces que ataca la moral, que nos tienta con placeres o nos mete miedo con padeceres. Pero esas cosas son sólo el envase de la tentación. Lo que el demonio ataca es nuestra fe. Nos quiere hacer desconfiar de lo que dice Jesús.
“No hagás lo que Él te dice. Para qué, si total no va a cambiar nada”.
Ese es el contenido de toda tentación. Y va contra la transformación que se inició en Caná y que transformó todo.

Por eso contra toda tentación del enemigo, de no hacer lo que Jesús dice, la gracia es “hacer actos de fe”.
Creo en Jesucristo, nuestro Señor.
Creo que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios Bendito.
Creo que Jesús es mi Salvador.
Creo que Jesús es el Cordero de Dios.
Creo que Jesús transforma el agua en vino, la desolación en consuelo y alegría.
Creo que Jesús es nuestra Paz.
Creo. Quiero Creer. Creo y espero.

E lugar donde la fe de María comenzó a ser bebida para los demás fue Caná. Allí los discípulos, los servidores y los novios comenzaron a beber de la fuente de la fe.
María es “lugar de la fe”, ámbito materno, espacio receptivo y de crecimiento de la fe de los hijos de Dios.

Juan habla sólo dos veces de María.
Y la sitúa en la hora primera, en Caná – “estaba allí la Madre de Jesús”-
y en la hora definitiva, al pie de la Cruz – “estaban junto a la Cruz de Jesús, su Madre…”.
En ambas ocasiones María está y hace de mediadora entre los signos de Jesús y la fe de los discípulos, esa fe la que nos transforma en hijos de Dios: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”.
María, la carne de María –y por extensión todo lo que tocan sus manos, todo lo que ven sus ojos y escuchan sus oídos, todos los caminos que recorren sus pies- es lugar de venida y de morada del Dios hecho carne. De ahí la importancia de los lugares donde la fe brota y se consolida, que son siempre lugares marianos. Lugares de gozo y de fiesta, como Caná. Lugares de dolor y compasión, como el Calvario.
El que confiesa a Cristo venido en carne, es de Dios.
El que desencarna la Palabra, el que la saca de contexto, el que la vuelve abstracta, sin rostro ni paisaje ni tono de voz, ese está contra Jesús.
Diego Fares sj