Domingo 4 C 2010

La fe de José: creer en Jesús en medio de la vida ordinaria

Y Jesús comenzó a decirles:
– Hoy se ha cumplido esta Escritura en los oídos de ustedes.
Todos daban testimonio en su favor y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios y comentaban:
– Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?
Él les dijo:
– Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria».
Sin embargo añadió:
– De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.
Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero El, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

Contemplación
Como en la contemplación del Pan de Vida del año pasado (Domingo 19 B), la mención a San José es para mi una invitación a contemplar la Figura de nuestro Patrono y Protector. Son contadas las veces que San José aparece en el evangelio y, así como no hay que forzarlo a salir del silencio y del ocultamiento amoroso propios de su misión, tampoco hay que dejarlo pasar desapercibido cuando aparece. De contemplarlo en silencio podemos sacar mucho provecho para nuestra relación de fe con Jesús.

Meditando en la frase “Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?”, me llama la atención que las mismas palabras tengan sentidos distintos en Juan y en Lucas. Las respuestas de Jesús nos revelan cómo Él entendió intenciones diversas en cada ocasión.
En el evangelio de San Juan, los Fariseos ‘ningunean’ al Señor cuando les revela que Él es “el Pan bajado del Cielo”. Con ironía se dicen entre sí: “Pero ¿acaso este no es el Hijo de José?. ¿Cómo es eso de que ha bajado del Cielo?”. Notábamos cómo Jesús no dejó pasar la frase. No sólo por un cariño natural a su padre adoptivo sino para que aprovechemos en la fe, uniendo la imagen de San José a la de la Eucaristía, Pan del Cielo.
Contemplamos nuevamente cómo para Jesús la imagen del pan está unida a ese pan cotidiano que San José, como padre de familia hebrea, bendecía y partía con amor en la mesa familiar. Jesús no es Pan “caído de un Cielo extramundano”, es Pan que viene de un Cielo que es la Intimidad Amorosa del Padre con el Hijo. Y esta Intimidad –este Reino de los Cielos – brota desde adentro del corazón humano de Jesús. A ese corazón María le brindó su carne purísima y San José un hogar. Ese hogar, en el que José partía el pan, fue durante muchos años el espacio terreno del Cielo, de la intimidad de Dios. Como dice el Card. Suenens en su hermosa “Carta a San José”: “Que misterio el hogar de Nazaret, esta degustación anticipada del cielo sobre la tierra”.

En el evangelio de hoy la frase es la misma –¿acaso no es éste el hijo de José?-, pero la tentación de los paisanos de Jesús no es la de menospreciarlo por ser hijo de José sino la de exigirle trato especial por ser de los suyos. Lo deducimos de la respuesta del Señor. Les dice: “Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: ‘Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria’”.
Jesús pesca que lo consideran uno del pueblo y que el reproche va por el lado de los celos. ¿Por qué hacés milagros en otro lado? Tanto tiempo con nosotros sin darte a conocer y ahora resulta que volvés lleno de fama…
En el caso de los Fariseos la tentación de murmurar con ironía proviene de corazones totalmente cerrado de antemano. Entre los paisanos de Jesús la tentación tiene otra raíz. Primero quedaron encantados con Jesús, “todos estaban admirados por las palabras de gracia que salían de sus labios”.
Es notable cómo el mal espíritu puede mete su púa venenosa en el corazón mismo de una gracia y hacer que termine mal algo que comenzó bien!
La imagen de José fue utilizada para escandalizar!
Si es el hijo de José, tiene que hacer milagros aquí.

Resulta evidente que el Señor provoca a los que se tentaron con esta frase, porque les adivina lo que están pensando y agudiza la confrontación: “ningún profeta es aceptado en su patria”, les dice. Y para peor pone dos ejemplos de milagros hechos a extranjeros.
Digo provoca, pero no como provocamos nosotros. El Señor provoca amorosamente, con la esperanza de suscitar la fe en el corazón que está bajo la influencia de la tentación, que lo ciega manipulando sus pasiones. Lástima que no tengamos la grabación del diálogo, porque el tono de voz y la mirada de Jesús agregarían muchísimo a las frases escritas.
Podemos imaginar, sin embargo, que el Señor no les habló de manera hiriente. Aunque les haya soltado una serie de verdades duras de tragar. Tenemos muchos ejemplos de respuestas duras del Señor –a su Madre, a la Sirofenicia…- que en corazones buenos producen el efecto maravilloso de un notable aumento de fe y no de un rechazo.
Las mismas palabras a unos los hacen entregarse por entero a Jesús, con un acto de fe radical y a otros, en cambio, les endurecen más el corazón y los llevan a obstinarse en el alejamiento de la bondad de Dios. Qué misterio!
Y es la carne del Señor, su humanidad el ser “el hijo de José”, la piedra angular de la fe, que es también piedra de escándalo.

Recuerdo que cuando estaba por entrar en el Noviciado tuve que completar un trámite para la excepción del servicio militar y, en la cola que hacíamos en el Regimiento, me arrepentí y fui a decirle al padre Pangrazzi, que era mi director espiritual, que iba a esperar un poco. Que pensaba que era mejor hacer un año de colimba y luego decidir si entraba en la Compañía. El me escuchó y con bastante ironía me dijo: “Qué le vamos a hacer. Ya veo que nunca te vas a decidir”. Fue como un puñal que me hizo salir lo más hondo del corazón, y ahí nomás volví al Regimiento, completé el trámite (quedé demorado unas horas porque en esa época los que trabajábamos en el Barrio San Martín, en Mendoza, éramos sospechosos) y… aquí estamos. Siempre recuerdo esa palabra fuerte que me ayudó a jugarme.

Los paisanos de Jesús podrían haber tomado bien sus palabras. Le podrían haber dicho:
“Señor, auméntanos la fe”.
“Perdón por no haberte reconocido antes”.
“La verdad es que siempre notamos algo especial en Vos, en María, tu Madre y en José… Es que la humildad de ustedes guardaba muy bien el secreto… Pero ahora reconocemos que Vos sos el Mesías, el Hijo del Dios bendito”.

Jesús arrancaba estas confesiones de fe de los corazones que lo habían estado esperando, de los corazones buenos y humildes, que no le ponían peros ni condiciones a la revelación de Dios. Los ejemplos de la Viuda de Sarepta y de Naamán el Sirio son muy lindos. El general Sirio se deja sacar de su enojo con el profeta por las palabras sensatas de una criada y cumple con la condición “fácil” de bañarse siete veces en el Jordán, aunque sienta que los ríos de su patria son mucho mejores. Es que quería curarse de verdad. Y la pobre viuda no pone reparos en prepararle una tortita de pan a Elías con el poco de harina y de aceite que le quedaba. Dios le hace el milagro de que no se le agote nunca más la tinaja de harina ni la orza de aceite y, además, Elías le resucitará a su hijo, cuando poco después de haberlo hospedado, caiga enfermo y muera.

¿Y cómo entra San José en este pasaje tan lleno de imágenes?

Si vamos a lo esencial, lo que Jesús les dice a sus paisanos es que él no es un hacedor de milagros mágicos sino Alguien que obra allí donde encuentra fe. Les reclama la fe.
Pero ¿Qué tipo de fe?
Una fe como la de su padre. La humildad de la fe de José es más grande que la de Naamán el Sirio y que la de la viuda de Sarepta, porque José hace todo lo que el Angel de Dios le dice sin chistar ni protestar nunca, sin poner objeciones ni mostrar decaimientos de ánimo. Pero quizás lo más provechoso para nosotros de la fe de José sea lo de vivirla en la vida ordinaria.
Santa Teresita, refiriéndose a su devoción a San José, decía:
“Lo que más me edifica cuando medito el secreto de la Sagrada Familia es la idea de su vida del todo ordinaria. La Santísima Virgen y San José sabían ciertamente que Jesús era Dios y, sin embargo, muchos misterios les estaban ocultos y, como nosotros, vivían de fe. ¿No le ha extrañado esta afirmación del texto sagrado: “ellos no comprendieron lo que les decía?”. Y aquella otra, no menos misteriosa: “Sus padres estaban maravillados de lo que se decía de Él” ¿No es de creer que aprenderían algo? Porque esta admiración arguye alguna sorpresa”.
Vemos que la no comprensión y la admiración, a María y a José los llevaron a sumergirse más hondamente en el misterio de la fe. Por eso Jesús replica tan fuerte a sus paisanos. Usan a su padre para rechazar la fe en Él siendo que precisamente en José está la clave para tratar a Jesús, para creer en Él sin que nos haga ningún favor especial por ser de su familia. La fe lleva a más fe y a más amor, no a hechos milagrosos externos. La fe lleva a cuidar a los otros, no a lograr favores especiales para uno mismo.
No se trata de una tentación menor. Lo de “cúrate a ti mismo” se repetirá en la Pasión, cuando le digan: “Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la Cruz”. San José y María son un ejemplo extendido en el tiempo de una fe que va madurando el amor al prójimo, renunciando cotidianamente a los propios intereses. La vida enteramente ordinaria de José y María conviviendo con Jesús es escuela de fe.
Una fe que los lleva a salir de sí constantemente para sumergirse más y más en Jesús. No miran lo que Jesús podría hacer por ellos sino lo que ellos pueden hacer por Jesús. Y en eso encuentran mayor felicidad.
Una fe que los hace adaptarse a los ritmos de Jesús, que de golpe se les escapa y luego vive largos años sujeto a ellos.
Una fe que los hace salir de sus expectativas para esperar los tiempos de Dios.
A veces habrán querido apurar a Jesús y otras les habrá parecido que no pasaba nada… El silencio simple y rotundo de Nazareth es la respuesta de José y María, de la fe de José y María, cuyo fruto es luego su relación con Jesús maduro. ¡Dejaron que Jesús creciera en el interior de su hogar y de sus corazones!

Por eso Jesús los provoca a sus paisanos. En la frase que usó alguno que estaba tentado se encuentra la clave para una gracia.
Este es el hijo de José.
Felices nosotros que hemos convivido con él sin saberlo.
Podemos ahora dejar que nos explique todo lo que aprovechó de nuestra vida ordinaria para ir madurando y llegar a revelarse plenamente como Hijo de Dios.
Felices de nosotros que estuvimos cerca suyo.
Cuántos beneficios nos hizo en pequeños detalles, sin que nos diéramos cuenta!
Somos el más privilegiado de los pueblos.
Dios ha querido habitar entre nosotros y compartir nuestra vida.
Nuestra vida sencilla es valiosa a los ojos del Señor…
Jesús les reclama una fe que, si miran bien, es cercana a ellos, ya que han convivido con María y con José.
Que nuestro Patrono y Protector nos conceda la gracia de su fe silenciosa que le ensanchó el corazón con el gozo de vivir con Jesús y María una vida común.
Diego Fares sj

Domingo 3 C 2010

El Espíritu del Señor que nos aquieta y sincroniza con los demás

Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos
que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y luego servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme diligentemente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió en la dinámica del Espíritu a Galilea y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro (“biblíon”) del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
El me envió a evangelizar a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor”.
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles:
“Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír” (Lc 1, 1-4; 4, 14-21).

Contemplación

Contemplamos a Jesús que comienza a obrar en la dinámica del Espíritu Santo.
Lo contemplamos sintiendo una diferencia con lo que nos pasa a nosotros, diferencia que nos muestra la singularidad de Jesús.
En cuanto Dios, podemos decir que Jesús es un Dios de bajo perfil, un Dios humilde.
En cuanto hombre, es Alguien realmente excepcional.

Nosotros, cuando recibimos una gracia del Espíritu Santo notamos enseguida un cambio, algo especial. La consolación del Espíritu se hace sentir de tanto en tanto y nos maravilla qué distintos somos cuando estamos consolados!
Qué diferencia con lo que experimentamos cuando estamos bajo el acoso de las dudas y del mal espíritu y las angustias de la desolación!

En cambio en Jesús no se da nada de esto.
Y nos hace bien contemplar a un Jesús “lleno de la quietud y la movilidad del Espíritu”. “Jesús no experimenta al Espíritu como una fuerza que le viniera de fuera”. El Espíritu reposa sobre Él y lo mueve a obrar desde su interior como connaturalmente. Es su propio Espíritu. Es el Espíritu del Padre.
Tan sincronizados están el Señor y el Espíritu que en general imaginamos a Jesús sólo, siendo que Él está siempre “con el Padre”, siendo que todo lo hace “conducido por el Espíritu”.
Este silencioso posarse sobre la Cabeza del Señor y esta silenciosa expansión del Espíritu en el Corazón del Señor es el Don que nos hace en la Iglesia. Esa Iglesia de la cual dice Pablo, en la segunda lectura, que es un solo cuerpo, porque “todos hemos bebido de un mismo Espíritu”.
En la medida en que hacemos actos de fe en Jesucristo –creo en Jesucristo, nuestro Dios y Señor- nuestro espacio interior queda protegido y libre para que se expanda el Espíritu del Señor como se expande en el espacio interior del Hijo amado. Como un agua que se expande brotando de su misma fuente, como dice Santa Teresa.

En Nazareth, con las palabras de Isaías, Jesús anuncia solemnemente que ha comenzado a insuflar su Espíritu.
Comienza por los pobres, evangelizándonos.
A los que sólo les llegan malas noticias el Señor les trae la buena noticia: buena noticia que libera de la cautividad a que nos somete el mal espíritu con sus continuas “pálidas”, con su discurso negativo, con sus “no se puede”, sus “todo está mal”;
buena noticia que permite ver las cosas de manera distinta, con los ojos de Jesús;
buena noticia que nos da libertad interior.
Donde está el Espíritu está la libertad (2 Cor 3, 17).
Libertad de toda atadura,
libertad de nuestros condicionamientos sicológicos,
libertad de toda preocupación obsesiva y excesiva por el mañana, por lo que dicen los demás, por lo que hemos sido o tendremos que hacer…

El Espíritu que el Señor derrama con su Palabra, que contagia con su cercanía al que “está con Él” y “permanece en su amor”, al que lo confiesa como Señor y Amigo fiel, el Espíritu de Jesús , digo, obra en nosotros principalmente dos efectos: uno interior, que es la libertad que reina en nuestro espacio interior, protegido por los actos de fe de las asechanzas de las palabras del enemigo, que nos conmocionan y nos agitan haciéndonos pasar de un estado de ánimo a otro.
El otro efecto es hacia el exterior: el Espíritu nos hace comprender que nuestras ideas y nuestras acciones son a la vez únicas y parte integral de un todo. El único Espíritu nos hace obrar eclesialmente, sintonizando con el buen espíritu de los demás (no contagiándonos con sus tentaciones).
El Viento del Espíritu despeja el aire interior y exterior y abre un espacio propicio a lo que le agrada al Padre.
El Espíritu de Jesús nos armoniza interiormente y acompasa nuestro ritmo con el de los demás para que las cosas se vayan haciendo en paz.
Para ello nos defiende del Acusador y está a nuestro lado como Abogado, Paráclito, Consolador.

En estos días en que todos rezamos por Haití, por los heridos y desamparados y por los que trabajan incansablemente ayudando, me llegó al corazón el testimonio de un compañero jesuita que está trabajando allí. Lo transcribo como expresión de esta acción del Espíritu que aquieta y coordina los corazones haciendo de ellos un solo Cuerpo:
Una de las señales más esperanzadoras y solidarias dentro de la situación, la describe Mario Serrano sj, quien está en Puerto Príncipe junto con compañeros del Centro Cultural Poveda:
“Llegamos al noviciado jesuita ya casi de noche y no descargamos los camiones por miedo a la reacción de la población. Ya no teníamos seguridad militar, pero diligenciamos para tener dos policías para la vigilancia de esa noche. Al día siguiente, temprano en la mañana descargamos y luego nos reunimos para organizarnos. Mientras nos reuníamos un gran número de personas empezó a golpear la puerta pidiendo que se distribuyera la comida. Detuvimos la reunión y pensamos en lo peor. Hubo que llamar al policía. Llego la policía y la gente no se disperso. El comandante nos pidió que les diéramos una botella de agua y les despidiéramos con la promesa de que también a ellos les daríamos de la ayuda recibida.
La gente aceptó y les prometí que iría a hablar con ellos mas tarde. Esa tarde me acerque a ellos. Nuestro noviciado está en la entrada de su barrio, que es muy pobre y en el que residen muchas víctimas del sismo. Esa tarde tuvimos una excelente asamblea de moradores. Entendieron que necesitábamos tiempo para organizar la distribución, nosotros entendimos que ellos también debían ser beneficiarios de nuestra ayuda. Les compartí nuestro miedo e sentimiento de inseguridad, ellos nos afirmaron que en la zona ellos pondrían la seguridad, se organizaron para recibir la ayuda y se comprometieron a ayudarnos a descargar los camiones de ayuda.
No saben la alegría que me dio todo este proceso. Una alegría ligada a una nueva compresión de la situación, a unas referencias muy concretas de personas, a una nueva forma de gerenciar la ayuda. Hay que integrar a la gente lo más que se pueda en el proceso mismo… Cuando se agolparon la gente a nuestra puerta recuerdo la voz y el rostro de Soucet, una mujer muy valiente que exigía comida, con enojo y valor. Recuerdo mi temor frente a tanta gente. Ahora veo caras amigas, gente con las cuales compartir y trabajar juntos por una misma causa… Ahora tenemos una seguridad y protección mas fuerte que la que nos pueden brindar las fuerzas militares, tenemos el acompañamiento de quienes pretendíamos acompañar y ayudar…”

Diego Fares sj

Domingo 2 C 2010

Caná: el lugar donde comienza la fe

Tres días después (del llamamiento a los primeros discípulos) se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y como faltase el vino, la Madre de Jesús le dice a él: «No tienen vino».
Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado mi hora.»
Le dice su madre a los sirvientes:
«Hagan todo lo que El les diga.»
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación
La vida del Señor tiene sus lugares privilegiados. La casa de Caná, en Galilea, es uno de ellos.
Nos podemos quedar un rato tratando de imaginar la casa de Caná.
Está vestida de fiesta: se celebran las bodas de dos jóvenes que son amigos de María y de Jesús. Está toda la familia y mucha gente del pueblo. Reina la alegría, hay música y danzas. María ayuda con la comida. Los novios conversan con Jesús…

San Ignacio nos dice que para contemplar hace bien “imaginar el lugar” donde se desarrolla la escena evangélica. Es lo que llama “la composición de (cómo era) el lugar”.

Jesús es la Palabra hecha carne y para “visualizarlo” tenemos que verlo situado en su lugar: en su casa, en su paisaje, con su gente.
Por eso, si queremos “contemplar a Jesús” nuestra contemplación tiene que ir por el lado de su humanidad, como le gustaba decir a Santa Teresa.
Resalto esta tendencia hacia lo concreto y situado (tan propia de la mística popular) porque hoy en día se presenta como muy moderna una tendencia contraria: con el pretexto de “ver” a un Jesús así llamado “histórico”, se siguen métodos que le van quitando pieza a pieza todo lo concreto -poniendo en duda lugares, hechos, palabras…-, hasta dejarnos a un Jesús sin carne ni paisaje, en una especie de milagro de Caná al revés: en vez del vino bueno nos ofrecen a beber un agua destilada, que no es precisamente el Agua Viva de la fe.
Por eso, cuando uno escucha que le hablan de Jesús como si fuera un personaje histórico cualquiera, sujeto a la investigación periodística, hay que calzarse el casco de la fe y poner entre paréntesis “el contenido” que nos proponen, mientras nos informamos un poco más acerca del “lente” (del método) por el cual nos invitan a mirar las cosas. Porque muchos le aplican al evangelio métodos que, como dice el Papa, son “una red con agujeros de cierto tamaño, que pescan cierto tipo de peces y dejan pasar otros”. Son métodos que “ven lo que proyectan” e, iluminando con mucha luz algún aspecto particular del Evangelio, ponen un manto de sombra sobre el Evangelio entero. Nos permiten ser poseedores de una verdad abstracta, que informa pero no da vida, y nos privan de recibir el Don de la Fe (el vino nuevo).

Nuestra Madre la Iglesia, en cambio, nos deposita en la fe un Jesús que viene siempre entero:
en el pesebre con burro y buey,
en la Cruz con los dos ladrones
y en Caná, tomando buen vino.

Este excurso viene al caso para abrir el tema de los “lugares de la fe” que iremos viendo a lo largo de este año en los talleres de ejercicios de los primero miércoles. La idea es de la Hna Marta y nos ayudará a rezar contemplando a un Jesús situado,
que elige lugares y sitios para darse
y para manifestarse en toda su bondad y hermosura:
para nacer, el Pesebre de Belén;
para morir, la cruz del Calvario, en las afueras de la Ciudad Santa;
para entrar en la vida religiosa y civil de su pueblo, el Agua del río Jordán;
… y para la primera manifestación de su gloria: la casa de familia de Caná de Galilea, el día de la fiesta de bodas de sus amigos.
Nunca debemos dar por gustado este misterio de Caná: que la Gloria de Jesús se manifieste primero que todo en el seno de la familia, en un casamiento, con el don del Vino rico que pone el broche de oro en la fiesta.
Caná siempre tiene gusto a lindo.
Caná es luminosa, ilumina con la luz mansa de la gloria de Jesús.

La gloria de Jesús es lo que despierta el sentido de la Fe:
“Este fue el primero de los signos de Jesús,
y lo hizo en Caná de Galilea.
Así manifestó su gloria
y sus discípulos creyeron en Él”.
El primero de los signos no es uno más dentro de una serie: se trata de un signo paradigmático, primordial: un signo que marca con su sello a todos los demás.
Todos los signos de Jesús –sus palabras y milagros, sus gestos de amor y cercanía, sus caminatas, entradas y salidas…- se orientan a suscitar la fe en el corazón de sus discípulos y del pueblo fiel de Dios. De ahí la importancia del signo que elige como primero para manifestar su gloria y del lugar donde lo realiza.
el signo es una “transformación”.
El momento o “la hora”: la celebración de una fiesta de bodas, un momento especialmente comunitario en la vida de una familia.
El lugar: un pueblo pequeño y una casa común.
Y dentro de la casa, el lugar es la cocina y el patio, donde están las tinajas de agua para los ritos de purificación.
Allí los testigos “presencian” y prueban la transformación del agua en vino.
Allí en el patio de Caná siembra el Sembrador la semilla de la fe.

La fe es una transformación: transformación de la manera de pensar y de ver suscitada por el resplandor de un hecho inusitado que despierta la capacidad de maravillarnos y creer.
Transformación de la manera de sentir y de obrar que se suscita al “probar” una transformación como la del agua en vino.

Y Jesús elige a María para que haga de maestra de ceremonias de este Milagro que hizo brotar la fe en el corazón de sus discípulos y los unió para siempre como comunidad de discípulos misioneros.
“Nosotros hemos visto su gloria, dirá ochenta años más tarde san Juan recordando esta hora, que apenas comprenden cuando la están viviendo. María, desde el gran silencio en que acaba de entrar, ha comenzado a rumiar todo esto en su corazón” (Martín Descalzo).

“Hagan todo lo que Él les diga”, es la doctrina de la fe.
Hagan todo lo que Él les diga” es la frase feliz de la que es feliz porque ha creído.
“Cualquier cosa que Él les diga, ustedes háganla”, es la consigna clara de María que firme y sin vacilaciones, precede y encamina la fe.
“Crean en lo que dice Jesús. No duden. No vacilen. Pónganlo en práctica enseguida y verán. Háganle caso. Obedézcanle. Hagan un acto de fe poniendo manos a la obra. Crean en Él”.

La misma voz que viene del Cielo Altísimo de la intimidad del Padre
es la que brota de lo más tierno del Corazón de Madre de María: “escuchen al Hijo amado, hagan todo lo que Él les diga”.

De allí en más esta transformación en la que consiste la Fe será el ingrediente esencial de todos los signos y milagros de Jesús.
Con fe, lo podrá todo. Porque nada es imposible para Dios.
Sin fe no podrá hacer nada.

Por eso el demonio ataca la fe.
Nosotros creemos muchas veces que ataca la moral, que nos tienta con placeres o nos mete miedo con padeceres. Pero esas cosas son sólo el envase de la tentación. Lo que el demonio ataca es nuestra fe. Nos quiere hacer desconfiar de lo que dice Jesús.
“No hagás lo que Él te dice. Para qué, si total no va a cambiar nada”.
Ese es el contenido de toda tentación. Y va contra la transformación que se inició en Caná y que transformó todo.

Por eso contra toda tentación del enemigo, de no hacer lo que Jesús dice, la gracia es “hacer actos de fe”.
Creo en Jesucristo, nuestro Señor.
Creo que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios Bendito.
Creo que Jesús es mi Salvador.
Creo que Jesús es el Cordero de Dios.
Creo que Jesús transforma el agua en vino, la desolación en consuelo y alegría.
Creo que Jesús es nuestra Paz.
Creo. Quiero Creer. Creo y espero.

E lugar donde la fe de María comenzó a ser bebida para los demás fue Caná. Allí los discípulos, los servidores y los novios comenzaron a beber de la fuente de la fe.
María es “lugar de la fe”, ámbito materno, espacio receptivo y de crecimiento de la fe de los hijos de Dios.

Juan habla sólo dos veces de María.
Y la sitúa en la hora primera, en Caná – “estaba allí la Madre de Jesús”-
y en la hora definitiva, al pie de la Cruz – “estaban junto a la Cruz de Jesús, su Madre…”.
En ambas ocasiones María está y hace de mediadora entre los signos de Jesús y la fe de los discípulos, esa fe la que nos transforma en hijos de Dios: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”.
María, la carne de María –y por extensión todo lo que tocan sus manos, todo lo que ven sus ojos y escuchan sus oídos, todos los caminos que recorren sus pies- es lugar de venida y de morada del Dios hecho carne. De ahí la importancia de los lugares donde la fe brota y se consolida, que son siempre lugares marianos. Lugares de gozo y de fiesta, como Caná. Lugares de dolor y compasión, como el Calvario.
El que confiesa a Cristo venido en carne, es de Dios.
El que desencarna la Palabra, el que la saca de contexto, el que la vuelve abstracta, sin rostro ni paisaje ni tono de voz, ese está contra Jesús.
Diego Fares sj

Domingo del Bautismo del Señor C 2010

El Bautismo de Jesús o “La uva está hecha de vino”

Estando el pueblo expectante
todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan,
si no sería el Mesías -el Cristo-,
respondió Juan diciendo a todos:
«Yo los bautizo a ustedes en agua;
pero viene el que es más fuerte que yo,
al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;
Él los bautizará en Espíritu Santo y en fuego.»
Y aconteció que,
cuando el pueblo se hacía bautizar,
habiendo sido bautizado también Jesús,
y estando en oración,
se abrió el cielo
y el Espíritu Santo descendió
en figura corporal, a manera de paloma,
sobre Él.
Y una voz vino del cielo:
«Tú eres el Hijo mío, el predilecto,
en Ti me he complacido» (Lc 3, 15-16. 21-22).

Contemplación

En estas contemplaciones, con la ayuda del Señor, seguimos a Ignacio, que en las “Adiciones para mejor hacer los ejercicios y para mejor hallar lo que se desea” recomienda lo siguiente:
“En el punto en el cual hallare lo que quiero, allí me reposaré, sin tener ansia de pasar adelante, hasta que me satisfaga” (EE 76).
Por eso el trabajo contemplativo consiste en ir regulando y manteniendo una tensión: la que se da entre el buscar y hallar esa Palabra que es para mí (vs no concretar) y el contener el ansia de pasar adelante (vs dispersión).
En cada contemplación que hacemos hay alguna Palabra en la que todo se reposa. Una vez encontrada, lo demás es andamiaje “desmontable”, que puede servir o no para otra vez.
Y la invitación al que lee estas contemplaciones es a que haga él mismo este doble trabajo. Tenés que buscar “tu Palabra” y reposarte en ella hasta que te satisfaga, conteniendo el ansia de pasar adelante. Esto se puede hacer leyendo todo y luego releyendo para quedarse donde el Espíritu le hace sentir un poco más de gusto o bien deteniéndose simplemente en una frase y dejando lo demás.

Una intuición de von Balthasar en la contemplación del Bautismo del Señor ayuda a profundizar esto del trabajo contemplativo. Juan dice al Señor: “Soy yo el que tengo que ser bautizado por vos”; Jesús le responde: “Dejá que se hagan así las cosas ahora”. “El Antiguo Testamento busca hacer la justicia, el Nuevo “deja que acontezca” (esta es su acción primaria).
Como dice María: “fiat, hágase”.
Como nos enseña Jesús en el Padrenuestro:
“Padre, venga tu reino;
hágase tu voluntad,
danos, perdonanos, no nos dejes, libranos…”.

La contemplación cristiana es pues don y tarea de dejar que “se haga el don”: “hágase en mí según tu Palabra”.

Si uno mira bien, en el Bautismo Jesús no solo obedece a Juan (la ley, lo humano, lo histórico que viene de la cultura de su pueblo) sino también al Espíritu. Es una paradoja que Jesús “obedezca al Espíritu”.
¿Cómo es que “obedece” al Espíritu si el Espíritu “procede del Padre y de Él”?

Es que Jesús comienza a manifestar que un mismo Espíritu de Amor reina entre los deseos del Padre y los suyos, y este mismo Espíritu no solo viene de lo Alto “sobre” Él sino que brota desde lo más íntimo de su corazón humano, de su carne.
Se da en Jesús esa doble tensión que guarda el secreto de la ética cristiana: la tensión entre el Espíritu que está “sobre” Él y “en” Él.
En el Bautismo se une el cielo y la tierra, lo más alto de la voluntad del Padre y lo más íntimo del corazón humano.
Y en ambas realidades Jesús deja que actúe un mismo Espíritu, el Espíritu del Amor.
El Espíritu está “sobre” Él, porque así lo requiere la misión, que viene siempre de lo Alto (el hombre no puede automisionarse).
El Espíritu está “en” Él, porque Jesús hace lo que le agrada al Padre desde lo más íntimo de su corazón y no como obligado por una ley impuesta desde afuera; Jesús conoce y ama los secretos deseos del corazón del Padre.

Así, el trabajo contemplativo es un trabajo de “Bautismo y Confirmación”, de sumergirse en la Palabra y de salir confirmado y misionado por ella.

Contemplar es dejar que Jesús nos sumerja en al Agua viva de su Palabra y que nos encienda en el Fervor apostólico que es Fuego que enciende otros fuegos, como decía Hurtado.

Contemplar es leer el Evangelio en el mismo Espíritu con que fue escrito, que es el mismo Espíritu con que Jesús lo vivió.

Para unificar estas cosas es que Jesús se bautizó, siendo que “no tenía necesidad” en cuanto que no tenía pecado de qué purificarse. Lo que el Señor quiso hacer fue “manifestar” que el mismo Espíritu que descendía del cielo sobre él era el Espíritu que lo impulsaba desde dentro a sumergirse en el agua de los seres humanos comunes y pecadores.
El Padre confirma su predilección sobre “este” Jesús: Hijo suyo único e hijo del hombre.
Y el Espíritu unifica el Amor entre el Padre y el Hijo bajo la forma de la igualdad (el Padre y yo somos uno, dirá Jesús) y bajo la forma de la obediencia (el Padre es más grande que yo, dirá también Jesús).

A partir de allí, todos los que somos bautizados en Cristo,
sumergidos en este Amor de un único Espíritu Santo que viene de lo Alto y brota de lo profundo,
que procede del Padre y que aletea en la historia de Israel y de los hombres,
que nos atrae irresistiblemente a Jesús y nos envía, con fuerza también irresistible, a bautizar a todos los pueblos,
todos los que somos bautizados
en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
experimentamos esta salvación:
se unifica en nosotros lo más espiritual y lo más carnal.
Los deseos del Espíritu y los deseos de la Carne encuentran su paz en Jesús.
Sólo Él es capaz de unificar estos deseos, siempre en lucha.
Los otros intentos de unificar espíritu y carne terminan en pecado: en espiritualismos desencarnados o en carnaduras endiosadas.

Ahora bien, esta unificación no es automática.
Es una plenitud que se nos regala el día del Bautismo y en la Confirmación y que luego, como hizo también Jesús, tenemos que desarrollar y cuidar para que crezca y se haga fuerte en un proceso que nos lleva la vida entera.
Pero no se trata de “inventar algo que quizás se de” sino de desplegar en toda su amplitud una realidad que está latente y plena.
Quizás la mejor imagen sea esa que Galeano escribe en su Libro de los Abrazos:

“Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela. Antes de morir le reveló su secreto: —La uva —le susurró— está hecha de vino”.

La uva está hecha de vino y nosotros de las palabras que nos habitan, reflexiona el poeta.
Estamos hechos de La Palabra. Llenos de Jesús. Y contemplando la Palabra que se nos anuncia desde afuera, se desencadena el proceso que va transformando en vino nuevo la palabra que llevamos dentro.

La Palabra se hizo carne quiere decir que tomó un ritmo distinto al de las puras palabras.
Me imagino que la Palabra Pura en la vida Trinitaria es una sola: Amor.
Amor del Padre que “engendra” al Hijo,
Amor del Hijo que recibe y entrega todo al Padre,
Amor de ambos, que es Espíritu Santo.

También imagino que las palabra humanas se multiplican en multitud de lenguajes, muchas veces contrapuestos, que nos llevan de la mudez al palabrerío.

Entre estos dos extremos la Palabra única de Dios toma nuestra carne (antes de comenzar a hablar con nuestras palabras se toma su tiempo) y va aprendiendo a hablar como aprenden los niños, gracias al lenguaje amoroso, sereno y paciente de María y de José. Lenguaje de largo aliento, en el que todas las palabras humanas van siendo pronunciadas por Jesús, una a una, de manera tal que se van centrando en su contenido verdadero y tejiendo entre sí todo un lenguaje lleno de sentido: el evangelio.
Jesús va viviendo auténticamente su vida humana y pronunciando las palabras justas en cada situación, de manera tal que las palabras se purifican en sus labios, se sanan y se plenifican al pasar por su corazón y se llenan de vida y de sentido al ser puestas en obras de misericordia por sus manos.

Así, el proceso de Bautizar que desencadena el Señor es un proceso complementario con el suyo:
Él, Palabra pura, al tomar carne, entra en el ritmo lento de ir aprendiendo y pronunciando las palabras una a una, haciéndose entender por cada uno en cada situación concreta y única.
Nosotros, que estamos llenos de palabras a medias, que no logran expresar todo lo que siente nuestra carne espiritual, al sumergirnos en Cristo vamos aprendiendo a hablar un lenguaje desconocido, a cantar un cántico nuevo, como dice el Salmo. Así se purifican nuestras palabras mal dichas y se vuelven plenas las mejores. En Cristo, Palabra encarnada, podemos expresarnos a nosotros mismos, podemos expresar los anhelos más íntimos de nuestro corazón, que tanto sufre al no encontrar las palabras adecuadas.
Nuestra carne se hace Palabra en Jesús, porque así como la uva está hecha de vino, nuestra carne, al ser bautizada, está rehecha de Jesús.

Diego Fares sj

Domingo 2 C de Navidad 2010

Dios quiso prodigarnos su Amor con un Corazón humano

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
(Hijos que) no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él al declarar:
‘Este es Aquel del que yo dije:
El que viene después de mí me ha precedido,
porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos recibido
y gracia sobre gracia:
porque la ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

Contemplación
Para comenzar bien el Año Nuevo –el 2010- la Iglesia nos invita a profundizar en el misterio de la Encarnación. Proclama la fiesta de María Madre de Dios y en el Prólogo de Juan nos dice que “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Lo grande se hace pequeño, Aquel que hizo todas las cosas, el Hijo de Dios se hace Hijo de María.
Como dice Guardini: Dios quiso prodigarnos su Amor con un corazón humano. Esto excede nuestros esquema mentales. Pero no excede a nuestro corazón. Nuestro corazón sabe que “el amor hace cosas así”: se deja contener por lo pequeño y, lo que parece un límite, con el tiempo se convierte en un proceso, en un camino. Así sucede en la familia: el largo tiempo que se dedica a los niños va dando frutos y es un gozo verlos crecer y madurar. Así sucede con nuestras obras de caridad: los pequeños gestos se consolidan y crean familia, comunidades de inclusión, de cuidado y promoción.
En Jesús, Dios quiso prodigarnos su Amor infinito con un Corazón de carne: lo más universal se volvió concreto.

Este es un principio puramente cristiano, que choca quizás con otras mentalidades. En Economía, por ejemplo, los grandes números se distancian de lo concreto. Se nos dice que la macroeconomía anda bien aunque eso no se refleje en el bolsillo de un ama de casa cuando va a hacer las compras. En la economía de la salvación, en cambio, sucede al revés: el Padre se alegra, por ejemplo, por un solo pecador que se convierte y se alegra más que por 99 justos que no necesitan conversión. Lo cualitativo –el amor- sobrepasa y da consistencia a lo cuantitativo. Los 20 centavos de la viuda tienen otro peso, cualitativamente mejor, que las grandes limosnas de los ricos…

Otra expresión es la del amor tal como lo presenta Juan: el amor de Dios, el más sublime, se verifica con el grado de amor al prójimo más común y más ‘casualmente’ cercano. El que dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien sí ve, miente o se engaña.

Que Dios haya querido prodigarnos su Amor con un Corazón humano es una buena noticia que nos ilumina la vida y nos llena de esperanza. También nosotros, con nuestro corazón humano, podemos prodigar el Amor de Dios.

Por supuesto que esta “encarnación”, este “concretarse y dejarse contener por lo pequeño” tiene sus consecuencias para el Amor. Una consecuencia es que requiere tiempo. De allí los largos años de vida familiar del Señor.
Este Amor encarnado requiere tiempo pero cuando madura se desborda. El Corazón de Jesús metido en medio de su Pueblo comienza a desbordarse sin medida, todos lo buscan, todos le piden, todos lo reclaman… y algunos comienzan a sentirse amenazados por la fuerza incontenible de un Amor así.
Cuando el Amor se concreta –en matrimonio, en votos religiosos, en compromisos apostólicos…- durante un tiempo parece que no pasa nada. Pero el crecimiento de ese amor comprometido, cuando se desborda no inunda sino que crea camino. De tanto ir de lo universal a lo concreto el amor hace historia, abre un camino, permite que otros lo transiten. Y la historia vivida juntos nos da pertenencia. Una pertenencia linda que, cuando recordamos lo vivido y planeamos vida nueva, nos plenifica y nos da identidad.

Contra este Amor que se concreta en obras, que llevan tiempo y dan pertenencia, el mundo propone un amor que se diluye en experiencias. La plenitud forzada de querer vivirlo todo en un instante tiene la inconsistencia de las pompas de jabón, que fascinan al inflarse y luego se desvanecen.
Por otro lado, nuestro mundo nos ofrece obras y estructuras globales pero sin la semilla del amor. Entonces uno tiene el celular pero pocos amigos con quienes charlar. O cientos de amigos virtuales pero con los que puede compartir pocas cosas profundas.
Experiencias puntuales, sin historia y universalidades abstractas, sin contenido.
A salvarnos de esta tristeza viene el Señor Jesús.
Viene a encarnarse en María, que lo acepta y lo recibe con todo su amor: hágase en mí tu Palabra. Y ese “hágase” incluye todas las generaciones.

En Jesús, Dios quiere prodigarnos su amor con un Corazón humano.
Sin palabras, el sólo hecho de pedirle permiso a María para venir a habitar en Ella, ya es una invitación. Al ver este gesto, nuestro corazón de carne dice “yo también quiero ser parte de esta historia de salvación”. Escuchamos entonces lo que dice Juan, el discípulo amado:
“A todos los que reciben la Palabra, a los que creen en su Nombre,
les da el poder de llegar a ser hijos de Dios”.
Que el Señor y la Virgen nos concedan la gracia de vivir este año nuevo en su Compañía, dejando que la Palabra se haga carne en nuestros corazones, comunitariamente comprometidos en obras de amor por la familia y por los más necesitados.
Diego Fares sj