La verdad es el Amor del Padre
Entró de nuevo Pilato en el Pretorio y llamó a Jesús.
Y le preguntó:
– ¿Tú eres el rey de los judíos?
Jesús le respondió:
– ¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?
Pilato replicó:
– ¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?
Jesús respondió:
– Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo:
– Entonces, ¿tú eres rey?
Jesús respondió:
– Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo:
para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz.
Le dice Pilato
– ¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38).
Contemplación
Para contemplar a Jesucristo Rey del universo, la liturgia de este año nos sitúa en el drama de la Pasión. Entramos en la escena en el preciso instante en que Pilato está interrogando al Señor y le pregunta: “¿Tú eres el rey de los judíos?”.
Jesús atado de manos, de pie ante el Procurador romano, que lo interroga. Esta es la “composición del lugar” para contemplar, como dice Ignacio en los Ejercicios.
Martini muestra que toda la escena del juicio en el Pretorio tiene un ritmo marcado por las 7 entradas y salidas de Pilato. Todo este pasaje de Juan apunta a revelarnos cuál es la verdadera realeza de Jesús.
Las 7 entradas y salidas de Pilato, si se leen circularmente tienen en su centro la escena 4ª: la coronación de espinas. Allí se nos revela que Jesús es Rey coronado de espinas.
No emana de su cabeza una corona de gloria propia sino que su corona es hacer la voluntad del Padre y como el Padre respeta la libertad de los hombres que no reconocen su amor, este amor rechazado y burlado se convierte en espinas. Jesús es Rey haciendo reinar el amor del Padre, perdonando y redimiendo, sin imponerse por la fuerza, es Rey padeciendo.
Si leemos el pasaje en la línea de un dramatismo que crece, la escena culminante nos muestra una paradoja: Pilato, intentando burlarse, en realidad profetiza. Saca afuera a Jesús y lo hace sentar en el trono, justo a la hora sexta (en que el cordero pascual era inmolado) y dice a todos: “Aquí tienen a su Rey”.
Este es el marco del diálogo que escuchamos hoy en la fiesta de Cristo Rey. Nuestro diálogo corresponde a la escena 2ª, paralela con la 6ª y en ambas se trata el tema del poder (en la escena 6ª Pilato le dirá a Jesús “¿A mí no me hablas? ¿No sabés que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?”).
Lo que nos interesa contemplar es, como decíamos, cuál es la verdadera realeza de Jesús. Cuál es su poder. Sobre quiénes reina y cómo reina. Y para esto, Pilato es un interlocutor ideal.
Si alguien ha sabido lo que es el poder en este mundo ese es Pilato.
Jesús de alguna manera se lo reconoce cuando le dice: “no tendrías ningún poder contra mí si no te hubiera sido dado de arriba”.
Pilato era un Procurador, tenía el poder absoluto del Emperador por delegación (de hecho todo poder humano es “delegado”). Y en el caso del juicio de Jesús, el mismo Padre Altísimo le “delegó” de alguna manera, el poder de decidir sobre el destino de su Hijo amado.
Pilato fue aquel día el hombre más poderoso del mundo y en sus idas y vueltas manifiesta cómo se dio cuenta de que la situación lo superaba. Si uno lee bien a Juan notará que no pone la escena en la que Pilato se lava las manos. Tampoco se dice que haya dictado sentencia sino que “les entrega a Jesús para que fuera crucificado”. Además Pilato pone el cartel “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. A los que habían confesado “no tenemos otro rey sino al César”, Pilato les encaja el “Rey de los judíos” en la Cruz. Estos detalles nos llevan a conjeturar que Pilato tuvo por unos instantes el poder más absoluto del mundo y patéticamente lo usó para dejar que las presiones de los intereses demoníacos hiceran su obra: crucificar a Jesús.
Pilato es la contraimagen de Jesús Rey. El poder real lo tiene Jesús, que dejando hacer también, convierte la circunstancia de la cruz en redención de la humanidad.
¿Dónde reside, pues, el poder verdadero del Señor?
Reside en el testimonio que da de la verdad.
¿Y qué es la verdad?
Esta pregunta que formuló Pilato en medio de la situación en la que se encontraba, yendo y viniendo, y que no quiso escuchar, es la pregunta clave de la vida. Pilato no escuchó la respuesta de Jesús porque en su mundo político la única verdad es el negocio. No escuchó porque estaba negociando y para poder escuchar tendría que haber estado amando.
Si hubiera escuchado a Jesús en vez de irse, si hubiera escuchado la voz del Rey que musitaba algo perceptible sólo para los que son de la verdad, hubiera escuchado esta respuesta: la verdad es el amor de mi Padre por el mundo. Y Yo doy testimonio de la verdad de ese amor misericordioso, infinitamente tierno y compasivo, dando mi vida por todos.
La verdad del amor del Padre.
Esa es la verdad que reina en el corazón de Jesús
y que va a dejar sembrada en los corazones de los que lo aman.
¿Qué quiere decir Jesús con que “la verdad es el amor del Padre”.
Quiere decir que el amor del Padre es la clave para entender todo y para hacer todo.
Y el amor tiene sus condiciones y sus exigencias, que brotan de su mismo ser.
La primera condición del amor del Padre es la gratuidad. Como es gratuito, puro don libremente donado, hay que recibirlo y darlo también gratuitamente. Como dice el Cantar: “Si uno quisiera comprar el amor solo se ganaría el desprecio”.
El amor del Padre brota de su Libertad inefable. El Padre nos creó y nos ama porque quiere. Jesús da testimonio de esta Realeza y verdadero poder que se muestra en no condicionado por nada. Y el Padre pone todo el poder en manos de Jesús que también se muestra libre de amar hasta el extremo, todo lo que desea, sin que nada ni nadie le ponga límites a su amor. En esto consiste su realeza. Esta característica del amor del Padre y de Jesús, la libertad y gratuidad, contiene una exigencia: que le respondamos también líbremente, no por obligación sino por gusto y libre decisión.
Ya estamos con esto en la segunda condición del amor del Padre: su infinitud, su incondicionalidad…El Padre nos ama cuanto quiere y nadie puede ponerle límites a su amor. De eso vino a dar testimonio Jesús con su vida y con su muerte. Por eso no habrá excusa para el que se haya dejado amar poco y perdonar poco. Podremos pedir perdón por no habernos dejado amar más, pero no podremos decir que nadie nos dijo que teníamos un Padre que nos ama incondicionalmente. La vida entera de Jesús es un testimonio patente de algo así como un Amor infinito e incondicional. No otra cosa grita el silencio de Jesús crucificado, abandonado en las manos del Padre. Esta característica del amor del Padre contiene una exigencia: la de no ponerle límites a su amor. Esto implica dejar que el Padre que es más grande que nuestra conciencia nos perdone siempre y que como él perdona a todos también nosotros perdonemos a los demás.
Con esto estamos en la otra condición del amor del Padre que es la omni-inclusividad, el que no se pierda ninguno de sus pequeñitos. Jesús vino a dar testimonio de que el amor del Padre, gratuito e incondicional, es para todos. Dios no excluye ni discrimina. Y el que es de la verdad, el que no está negociando sino que está abierto al amor, sabe que tiene lugar en la fiesta del Padre. Esta característica del amor del Padre y de Jesús Rey contiene una exigencia: la de trabajar por incluir a todos. Y esto implica creatividad, paciencia y humildad para perdonar y comenzar de nuevo cada día.
Nos quedamos con la imagen de Jesús atado a quien Pilato acaba de dejar solo un momento y dejamos que nos mire a los ojos y nos diga que la verdad es el Amor de nuestro Padre. Jesús es Rey de esta verdad. Está dispuesto a reinar crucificado si nosotros no nos abrimos a este amor y permitimos que lo crucifiquen. Pero le agrada más reinar glorioso si escuchamos sus palabras y lo recibimos líbremente como Rey en nuestro corazón.
Diego Fares sj