Domingo 1 C Adviento 2009-10

Jesús que viene desde más allá de lo esperado

Jesús dijo a sus discípulos:
– “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas;
en la tierra habrá angustia de la gente,
y desesperación por el sonido del mar y del oleaje,
los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad
de lo que va a sobrevenir al mundo,
porque las fuerzas del cielo se conmoverán.

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande. Comenzando a acontecer estas cosas, pónganse de pie y alcen la cabeza, porque se aproxima su redención.

¡Guarda! que no se les embote el corazón con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida, no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo, porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velen en todo tiempo rogando para que tengan fuerza para escapar de todas estas cosas que van a suceder y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación

“Verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande…”.
“Padre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…”

Las imágenes evangélicas nos hablan de un lugar –el Cielo- y de un tiempo –el futuro, el porvenir-.
Jesús nos manda estar atentos a ese cielo y a ese porvenir.
Jesús nos revela que nuestro modo de vida, lo que tenemos que hacer, reciben su norma no del ahora ni de lo cotidiano y terrenal, sino de ese cielo y de ese porvenir en el que El volverá en una nube a redimirnos.

¡Guarda! que no se nos embote el corazón.
¡Velemos, para tener fortaleza en ese día!

¿Qué nos quiere decir Jesús, el Señor con su lenguaje apocalíptico?
Nos quiere decir que la vida que Él enseña, recibe su criterios y sus normas del Cielo y del porvenir. Por eso quiere que alcemos la cabeza y levantemos la mirada de los pensamientos en los que estamos sumergidos y, mirando al azul del cielo, abramos el corazón a esa Palabra suya que ilumina nuestro corazón viniendo desde su Libertad.

El problema, Señor, es que nos han robado no sólo el mes de Abril, como canta Sabina, sino también el cielo entero y el porvenir.

Más que robar, no los han numerado: ya no podemos contemplar el cielo y el futuro sin hacer estadísticas. Y los números que dicen 100.000 millones de galaxias en expansión, más que admiración producen vértigo.

¿Qué han hecho los números?
Han logrado que la imagen del Padre de los cielos y de su Hijo amado Jesús viniendo en una nube no despierten ya ninguna esperanza real.

Esto hay que afrontarlo, porque si estas dos imágenes ya no deslumbran con su belleza, la moral cristiana se queda sin su gloria y deja de atraer a los hombres.
Al robarnos la imagen bella nos roban el contenido bueno.
Y si nuestro corazón se queda sin cielo y sin porvenir, deja de ser un corazón humano.

¿A dónde alzar la cabeza, cuando vemos tantos desastres apocalípticos, si no hay cielo para que “esté nuestro Padre”, ni porvenir desde el que “venga el Señor Jesús”?

A veces pareciera que ya no hay gente que alce la cabeza, que ya no hay hombres como Ignacio, al que lo reconocían como “el vasco de los ojos alegres que siempre anda mirando al cielo”. Ignacio confesó que su mayor gozo –del que obtenía un grande esfuerzo y deseo de servir a Dios- se lo daba quedarse largo rato mirando al cielo.

Adviento era el tiempo para mirar al cielo y para otear el porvenir. Por eso la Iglesia canta:
«Rociad cielos de lo alto,
nubes lloved al justo…
y que se abra la tierra
y brote el Salvador,
como una flor…».
¿Podemos seguir imaginando y gozando lo que las imágenes del cielo y del porvenir nos regalan? ¿O tenemos que renunciar a ellas, reemplazándolas por imágenes más “tecnológicas”?

Tomemos la imagen de Jesús viniendo en una nube, con gran potestad y gloria. Es imagen de cielo y de porvenir.
El Señor nos promete que lo veremos.
No hay pues que renunciar fácilmente a este imagen.
En las contemplaciones del cuadro de nuestra Señora de Guadalupe, se nos dice que para la cultura náhuatl, “venir sobre las nubes” era una manera metafórica de decir “que alguien venía desde más allá de lo esperado, para hacer algún bien al reino”.
Para los antiguos, el cielo y el futuro, eran un lugar y un tiempo que venía desde más allá de lo visible y de lo esperado.

Nos quedamos sólo con esto.
Dicen que hoy los cristianos no hablamos del cielo ni decimos que esperamos de verdad a Jesús por temor a causar “la risa de los atenienses” (los que se le rieron a Pablo cuando les anunció la resurrección).
Para nuestra cultura, el cielo y el porvenir se han convertido en lugares y tiempos inspeccionables, predecibles, al menos hasta extremos en que ya no deseamos seguir mirando más. No esperamos nada que venga de allí.

¿Qué significa entonces para nosotros “que alguien venga –en una nube- desde más allá de lo esperado”?

¿No es verdad que lo que no se expresa de manera cuantificable nos parece poco realista? ¿No es verdad que cuando nos prometen algo enseguida exigimos precisiones numéricas: cuánto costará, cuándo llegará…?

Por tanto, si Jesús viene de algún cielo y en alguna nube, si Jesús viene desde más allá de lo culturalmente esperado, vendrá en una manera de presencia que no será cuantificable. Es más, puede que ya esté presente, viniendo a cada instante, pero si los números nublan nuestra mirada, no lo veremos. (La expresión “nublar la mirada” es elocuente. Los deseos pueden nublar la mirada o limpiarla si son deseos puros, de los que permiten “ver a Dios”).

Concretemos un poco más qué implica “alzar la cabeza de lo cuantificable”. Algo “no cuantificable” es algo muy subversivo para el mundo en que vivimos. Porque la norma de nuestro mundo viene de los negocios y como a algo que no es cuantificable no se le puede poner precio, resulta que es algo con lo que no se puede negociar. Y eso le molesta a mucha gente.

Decir que nuestro Padre está en el cielo equivale, para nosotros, a decir que está “en un ámbito donde no hay negocio posible”.
El Cielo donde vive el Padre es un ámbito que se abre apenas uno deja de negociar. Así de simple. Tan cerca está el Cielo! Basta dejar de negociar.
Es un ámbito donde el Padre, desde su libertad, hace salir el sol para justos e injustos, manda que se pague a los últimos igual que a los primeros, exige que se perdonen las deudas y sueña con que todos los invitados acudan al banquete de las bodas de su Hijo…

Señalamos que lo que espera nuestra cultura, lo que envuelve todos los deseos y proyecciones de nuestro paradigma es “negociar más”.
¿Es así?
Creo que sí. Que “la posibilidad de negociar todo” es lo que oscurece el cielo. Hasta no hace mucho, los negocios requerían más tiempo. Negociar una cosecha requería un año. Hoy se negocia a futuro! Y cada aparato que compramos viene con el mensaje “acordate que me tenés que recargar”, “estate atento que pronto me tendrás que cambiar”. ¿No nos llama la atención el lenguaje de los aparatos? Es el mismo que utiliza nuestro Señor. Los aparatos hablan como si fueran nuestros dioses. Exigen que estemos a su disposición. Nuestro mundo no tiene descanso, no hay lugar para el ocio. Todo es negocio.
El problema es hondo porque no solo negociamos cosas, sino que hemos invadido también el espacio y el tiempo y uno tiene la sensación de que no hay nada “inesperado”. Como que tenemos “medido” el cielo y la tierra, el pasado y el futuro. La consecuencia de esta “mirada negociadora” es que todo se convierte en gestión.

El mundo natural tenía su límite. Si uno carneaba un ternero cuando no había heladera, como cuenta Menapace, tenía que compartirlo con sus vecinos. Esto tenía como consecuencia una solidaridad como natural. En el mundo tecnológico que hemos inventado, los aparatos no sólo no se pudren sino que el próximo siempre es mejor que el anterior –más veloz y más potente.
Discernido bien este “horizonte” de “infinitos negocios”, imitación tecnológica de lo que sería la eternidad, es bien sencillo descubrir la puerta del cielo y divisar la nube en la que viene Jesús.
Jesús si viene de algún lado debe ser de lo que está fuera de los negocios esperados.
Cielo será entonces un espacio y un tiempo en el que el negocio no existe. No tiene validez.
El que entra en ese reino no tiene moneda para negociar porque todo lo que allí se obtiene e intercambia es gratuito.
El Padre y Jesús habitan en lo gratuito y vendrán de lo gratuito.

¿Podemos alzar la cabeza y poner la mirada en lo gratuito?
Alzar la cabeza significa sacar la mirada de los números, alzar los ojos y dejar de contar –codiciosa o angustiosamente- números: cuánto ganaste, qué tan alto te dio el colesterol, cuántas horas durará el viaje, qué velocidad tiene la memoria ram, cuántos gigabytes…

Pobres números! No seamos injustos con ellos. El cielo está más allá de los números usados para negociar. Pero los números tienen también una dimensión de gratuidad y amor. En el cielo dos son Uno y Uno es Tres. Justamente porque entre ellos hay un espacio que es el espacio abierto del amor y no el espacio cerrado del negocio.

Para decirlo ya de una vez: el cielo es “no negocio”. Está en lo alto, pero no en la altura espacial sino en la altura del que no negocia sino que se da gratuitamente.

Jesús en este Adviento vendrá del no negocio.
Vendrá de allí donde uno se anima a darlo todo y no mira si gana o pierde .
Vendrá en esa nube que está “por sobre nuestros cálculos”, en la altura de lo gratuito, de lo que cae de arriba y se nos brinda como don.

¿Querés ver a Jesús viniendo en una nube lleno de poder y gloria?
Esa imagen de cielo, de altura, de algo que viene desde más allá de toda expectativa interesada, está unida a otra imagen de la que es inseparable. Así como los negocios requieren dos partes interesadas, así también la gratuidad del amor. La imagen del cielo se despeja cuando abrimos bien los ojos para mirar la tierra. El Jesús de la nube –inesperado- tiene de la mano al Jesús del pesebre –siempre a mano, requiriendo de nuestro amor y servicialidad.

Cuanto más mires al Jesús del Pesebre –y lo beses y lo abraces y lo sirvas en los jesusitos pobres que encontrás en tu vida cotidiana- más se te abrirán los ojos para ver al Jesús del cielo.
Cuánto más creas con obras que de verdad ya ha venido y está en tus hermanos a los que cuidás y servís, más fe tendrás en que volverá sobre una nube lleno de poder y gloria.

Diego Fares sj

Domingo 34 B 2009 Cristo Rey

La verdad es el Amor del Padre

Entró de nuevo Pilato en el Pretorio y llamó a Jesús.
Y le preguntó:
– ¿Tú eres el rey de los judíos?
Jesús le respondió:
– ¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?
Pilato replicó:
– ¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?
Jesús respondió:
– Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo:
– Entonces, ¿tú eres rey?
Jesús respondió:
– Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo:
para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz.
Le dice Pilato
– ¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38).

Contemplación
Para contemplar a Jesucristo Rey del universo, la liturgia de este año nos sitúa en el drama de la Pasión. Entramos en la escena en el preciso instante en que Pilato está interrogando al Señor y le pregunta: “¿Tú eres el rey de los judíos?”.
Jesús atado de manos, de pie ante el Procurador romano, que lo interroga. Esta es la “composición del lugar” para contemplar, como dice Ignacio en los Ejercicios.

Martini muestra que toda la escena del juicio en el Pretorio tiene un ritmo marcado por las 7 entradas y salidas de Pilato. Todo este pasaje de Juan apunta a revelarnos cuál es la verdadera realeza de Jesús.
Las 7 entradas y salidas de Pilato, si se leen circularmente tienen en su centro la escena 4ª: la coronación de espinas. Allí se nos revela que Jesús es Rey coronado de espinas.
No emana de su cabeza una corona de gloria propia sino que su corona es hacer la voluntad del Padre y como el Padre respeta la libertad de los hombres que no reconocen su amor, este amor rechazado y burlado se convierte en espinas. Jesús es Rey haciendo reinar el amor del Padre, perdonando y redimiendo, sin imponerse por la fuerza, es Rey padeciendo.

Si leemos el pasaje en la línea de un dramatismo que crece, la escena culminante nos muestra una paradoja: Pilato, intentando burlarse, en realidad profetiza. Saca afuera a Jesús y lo hace sentar en el trono, justo a la hora sexta (en que el cordero pascual era inmolado) y dice a todos: “Aquí tienen a su Rey”.

Este es el marco del diálogo que escuchamos hoy en la fiesta de Cristo Rey. Nuestro diálogo corresponde a la escena 2ª, paralela con la 6ª y en ambas se trata el tema del poder (en la escena 6ª Pilato le dirá a Jesús “¿A mí no me hablas? ¿No sabés que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?”).

Lo que nos interesa contemplar es, como decíamos, cuál es la verdadera realeza de Jesús. Cuál es su poder. Sobre quiénes reina y cómo reina. Y para esto, Pilato es un interlocutor ideal.
Si alguien ha sabido lo que es el poder en este mundo ese es Pilato.
Jesús de alguna manera se lo reconoce cuando le dice: “no tendrías ningún poder contra mí si no te hubiera sido dado de arriba”.
Pilato era un Procurador, tenía el poder absoluto del Emperador por delegación (de hecho todo poder humano es “delegado”). Y en el caso del juicio de Jesús, el mismo Padre Altísimo le “delegó” de alguna manera, el poder de decidir sobre el destino de su Hijo amado.
Pilato fue aquel día el hombre más poderoso del mundo y en sus idas y vueltas manifiesta cómo se dio cuenta de que la situación lo superaba. Si uno lee bien a Juan notará que no pone la escena en la que Pilato se lava las manos. Tampoco se dice que haya dictado sentencia sino que “les entrega a Jesús para que fuera crucificado”. Además Pilato pone el cartel “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. A los que habían confesado “no tenemos otro rey sino al César”, Pilato les encaja el “Rey de los judíos” en la Cruz. Estos detalles nos llevan a conjeturar que Pilato tuvo por unos instantes el poder más absoluto del mundo y patéticamente lo usó para dejar que las presiones de los intereses demoníacos hiceran su obra: crucificar a Jesús.

Pilato es la contraimagen de Jesús Rey. El poder real lo tiene Jesús, que dejando hacer también, convierte la circunstancia de la cruz en redención de la humanidad.

¿Dónde reside, pues, el poder verdadero del Señor?
Reside en el testimonio que da de la verdad.
¿Y qué es la verdad?
Esta pregunta que formuló Pilato en medio de la situación en la que se encontraba, yendo y viniendo, y que no quiso escuchar, es la pregunta clave de la vida. Pilato no escuchó la respuesta de Jesús porque en su mundo político la única verdad es el negocio. No escuchó porque estaba negociando y para poder escuchar tendría que haber estado amando.
Si hubiera escuchado a Jesús en vez de irse, si hubiera escuchado la voz del Rey que musitaba algo perceptible sólo para los que son de la verdad, hubiera escuchado esta respuesta: la verdad es el amor de mi Padre por el mundo. Y Yo doy testimonio de la verdad de ese amor misericordioso, infinitamente tierno y compasivo, dando mi vida por todos.

La verdad del amor del Padre.
Esa es la verdad que reina en el corazón de Jesús
y que va a dejar sembrada en los corazones de los que lo aman.

¿Qué quiere decir Jesús con que “la verdad es el amor del Padre”.
Quiere decir que el amor del Padre es la clave para entender todo y para hacer todo.
Y el amor tiene sus condiciones y sus exigencias, que brotan de su mismo ser.

La primera condición del amor del Padre es la gratuidad. Como es gratuito, puro don libremente donado, hay que recibirlo y darlo también gratuitamente. Como dice el Cantar: “Si uno quisiera comprar el amor solo se ganaría el desprecio”.
El amor del Padre brota de su Libertad inefable. El Padre nos creó y nos ama porque quiere. Jesús da testimonio de esta Realeza y verdadero poder que se muestra en no condicionado por nada. Y el Padre pone todo el poder en manos de Jesús que también se muestra libre de amar hasta el extremo, todo lo que desea, sin que nada ni nadie le ponga límites a su amor. En esto consiste su realeza. Esta característica del amor del Padre y de Jesús, la libertad y gratuidad, contiene una exigencia: que le respondamos también líbremente, no por obligación sino por gusto y libre decisión.

Ya estamos con esto en la segunda condición del amor del Padre: su infinitud, su incondicionalidad…El Padre nos ama cuanto quiere y nadie puede ponerle límites a su amor. De eso vino a dar testimonio Jesús con su vida y con su muerte. Por eso no habrá excusa para el que se haya dejado amar poco y perdonar poco. Podremos pedir perdón por no habernos dejado amar más, pero no podremos decir que nadie nos dijo que teníamos un Padre que nos ama incondicionalmente. La vida entera de Jesús es un testimonio patente de algo así como un Amor infinito e incondicional. No otra cosa grita el silencio de Jesús crucificado, abandonado en las manos del Padre. Esta característica del amor del Padre contiene una exigencia: la de no ponerle límites a su amor. Esto implica dejar que el Padre que es más grande que nuestra conciencia nos perdone siempre y que como él perdona a todos también nosotros perdonemos a los demás.

Con esto estamos en la otra condición del amor del Padre que es la omni-inclusividad, el que no se pierda ninguno de sus pequeñitos. Jesús vino a dar testimonio de que el amor del Padre, gratuito e incondicional, es para todos. Dios no excluye ni discrimina. Y el que es de la verdad, el que no está negociando sino que está abierto al amor, sabe que tiene lugar en la fiesta del Padre. Esta característica del amor del Padre y de Jesús Rey contiene una exigencia: la de trabajar por incluir a todos. Y esto implica creatividad, paciencia y humildad para perdonar y comenzar de nuevo cada día.

Nos quedamos con la imagen de Jesús atado a quien Pilato acaba de dejar solo un momento y dejamos que nos mire a los ojos y nos diga que la verdad es el Amor de nuestro Padre. Jesús es Rey de esta verdad. Está dispuesto a reinar crucificado si nosotros no nos abrimos a este amor y permitimos que lo crucifiquen. Pero le agrada más reinar glorioso si escuchamos sus palabras y lo recibimos líbremente como Rey en nuestro corazón.
Diego Fares sj

Domingo 33 B 2009

Jesús orando

Sólo el Padre

    (Después de salir del templo, fueron al monte de los Olivos y habiendo llegado, Jesús, se sentó mirando a lo lejos, hacia el templo. Pedro especialmente, pero también Santiago, Juan y Andrés, le preguntaban: Dinos ¿cuándo será el fin, y cuál la señal de que todas estas cosas están por cumplirse?)Y Jesús comenzó a decirles….:
    -En aquellos días, después de la tribulación
    (en que los discípulos serán perseguidos
    y aborrecidos por todos a causa del nombre de Jesús)
    el sol se entenebrecerá
    y la luna no dará su esplendor,
    las estrellas irán cayendo del cielo
    y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán.

    Entonces verán al Hijo del Hombre
    viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria.
    El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos
    desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

    Aprendan esta parábola, tomada de la higuera:
    cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas,
    ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
    Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas,
    dense cuenta que está cerca, a la puerta (el reino de Dios).
    Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.

    El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
    En cuanto a ese día y a la hora,
    nadie las conoce,
    ni los ángeles del cielo
    ni el Hijo, nadie
    sino el Padre.
    (Mc 13, 24-32)

    Contemplación
    El Padre. Sólo el Padre.
    Es la última palabra de este evangelio.
    Esa “Palabra de Jesús que no pasará”.

    Jesús grabó en el corazón de la humanidad la Palabra Padre.

    Y quizás lo más lindo de este evangelio con imágenes apocalípticas es que Jesús nos diga lo más pancho que Él no lo sabe todo, que hay cosas que son sólo del Padre.
    El Señor les revela muchas cosas a sus amigos pero la más hondo que les revela es cómo Él tiene su corazón metido en el del Padre. Jesús vive su vida humana centrado y abandonado en el Padre, pendiente de su voz, dejando que lo inunde su Misericordia, disponible para hacer lo que el Padre le mande…

    Jesús les revela a sus amigos cuatro cosas: que el universo terminará, que él volverá, que podemos leer bien las señales de los tiempos y que el Padre es más grande que todo.
    última verdad es la más profunda y la más cercana.
    Afirmar que la hora, el tiempo, sólo lo conduce el Padre, es como ponerlo al alcance de la mano.
    Porque no sabemos lo que pasará dentro de un minuto. No solo dentro de un día, una semana o un año.
    No sabemos qué será de nosotros en el próximo instante,
    no sabemos qué nos espera en el próximo renglón…

    Mostrando este límite Jesús se revela como Señor de la Historia porque nos enseña a sumergirnos íntegramente con todo el corazón, con toda el alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas, en el Padre nuestro.

    Amar a Dios con todo el corazón y en todas las cosas
    es como dilatar un poco el tiempo.
    en vez de volcar nuestro deseo inmediatamente en lo que proyectamos,
    hacer una pausa y nombrarlo a Él
    –Padre nuestro, santificado sea tu Nombre-,
    hace que pasemos primero por el Corazón del Padre
    antes de ir a las cosas.
    Como Él es el Padre de todos y está en todas las cosas,
    bendecir su Nombre y detenernos en el deseo
    de que venga su Reino y se haga su Voluntad,
    no nos quita tiempo
    sino que lo dilata.
    Al nombrar al Padre y ponerlo antes que nada y por encima de todo
    las demás cosas no se posponen sino que se centran.

    La confidencia de , de que ni siquiera Él controla su tiempo, pone freno a nuestro universo desenfrenado que corre de aquí para allá, de deseo en deseo y de proyecto en proyecto.
    Adorar al Padre en Espíritu y en verdad se convierte entonces en la actividad fundamental de nuestra vida.
    Con cada suspiro podemos invocarlo:
    Padre nuestro, que estás en los cielos,
    Santificado sea tu Nombre…
    Entonces nuestro tiempo se serena:
    no brota ya –preocupado y angustioso- desde nuestros múltiples anhelos,
    sino que brota de la Fuente de la Santidad,
    brota de la Providencia de nuestro Padre
    que ha preparado todas las cosas para el bien de los que lo amamos.

    Nombrar al Padre es la verdadera conversión.
    Es frenar nuestra carrera ciega en pos de deseos vanos (ya que no sabemos si los podremos llevar a cabo) y partir desde el Padre.
    La conversión es el camino de vuelta del hijo pródigo:
    “Volveré junto a mi Padre”.
    El que corrió y se dispersó siguiendo sus deseos vanos regresa al abrazo del Padre que lo espera con el banquete de su misericordia preparado.

    Decir “Padre nuestro” es como decir “Tiempo nuestro” o “Vida Nuestra”.
    Es lo mismo que decir “danos el pan nuestro de cada día” o “hágase ahora mismo tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, o “líbranos del mal” (ahora, de este mal, y no nos dejes caer en esta tentación”).
    Con sólo afirmar que hay algo –el día y la hora” (que es la manera concreta que tiene un judío de decir “el tiempo”)- que sólo el Padre conoce, Jesús detiene el tiempo y lo centra en su quicio: la Voluntad del Padre siempre más grande que todo lo que podamos pensar.
    Es como cuando a una persona le dicen que no tiene más tiempo (como Kazantzaki que se sentía morir y ansiaba terminar su “Carta al Greco” y decía: “«Tengo ganas de bajar a la esquina, extender la mano y mendigar, a los que pasan- ‘Por favor, dadme un cuarto de hora’.»). Cuando no queda tiempo se frenan de golpe todas las ansias y nuestra mirada se alza al cielo y el corazón se centra en el amor: todos nuestros recuerdos y proyectos se ordenan como por arte de magia de lo más amado a lo que se ama menos, y uno sabe lo que tiene que hacer y lo que tiene que dejar.

    Decirnos que sólo el Padre conoce el tiempo es equivalente a decirnos que “se nos acabó el tiempo”, en el sentido de que no lo poseemos y, entonces, debemos … ¿preguntar…?
    Sí, si no somos dueños de un instante de nuestra vida debemos preguntar al Padre “Qué quieres Señor de mi. Muéstrame tu voluntad”.

    Pero antes de preguntar debemos abrir el corazón al don del tiempo y agradecerlo.

    Porque aún para preguntar necesitamos tiempo y por eso la actitud primera es de receptividad humilde y confiada: “Hágase en mí según tu Palabra”.

    Como dice hermosamente Isaías:
    “Señor, tú eres nuestro Padre,
    nosotros somos la arcilla y tú el alfarero,
    somos todos obra de tus manos (Is 64, 7).

    Antes de preguntar, entonces, agradecemos el don del tiempo que nos modela como arcilla en las manos del alfarero. Y luego de agradecer, ponemos en las manos del Padre nuestro futuro, con esa oración tan profundamente filial de Carlos de Foucauld:
    Padre, me pongo en tus manos.
    Haz de mí lo que quieras.
    Sea lo que fuere,
    por ello te doy las gracias.
    Estoy dispuesto a todo.
    Lo acepto todo,
    con tal de que se cumpla Tu voluntad en mí
    y en todas tus criaturas.
    No deseo nada más, Padre.
    Te encomiendo mi alma,
    te la entrego con todo el amor de que soy capaz,
    porque te amo y necesito darme,
    ponerme en tus manos sin medida,
    con infinita confianza,
    porque tu eres mi Padre.

    Ignacio resume la adoración al Padre y la entrega del propio tiempo con su:
    “Tomad Señor y recibid toda mi libertad…”. Con su libertad Ignacio entrega su deseo, con su deseo su tiempo y con su tiempo todo lo demás: –“mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo diste, a Vos Señor lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esta me basta”.

    Diego Fares sj

Domingo 32 B 2009

dos moneditasOlvidada de sí, notada por Jesús

Jesús enseñaba a la multitud:
«Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.»
Jesús habiéndose sentado frente a la sala del tesoro del Templo, contemplaba atentamente el modo como la gente iba echando monedas de cobre en la alcancía. Muchos ricos echaban mucho. Y llegando una viuda pobre echó dos moneditas de cobre.
Ahí llamó Jesús a sus discípulos y les dijo:
─ «En verdad les digo esta viuda pobre echó más que todos los que echan en la alcancía, porque todos los demás echaron de sus sobrantes, pero ella, de su indigencia echó cuanto tenía, todo el sustento de su vida» (Mc 12, 38-44).

Contemplación
Jesús se sienta a contemplar a la gente “cómo da limosna”.
No mira simplemente, contempla con atención. Se fija en el modo como la gente echa las monedas de cobre en los tambores que hacen de alcancía. Las monedas pesan y hacen ruido. Los que echan mucho, vacían sus bolsitas de golpe y hacen que se note un poco. Cuando llega la viuda pobre echa sus dos moneditas de una manera especial. ¿Habrá tenido algún gesto distinto? ¿Las habrá echado sin hacerse notar? Creo que echó primero una y luego la otra, porque Jesús las distinguió perfectamente.

Cuando uno contempla a la gente que pasa por San Cayetano o en San Expedito se ven muchas cosas. Gestos intensos, íntimos, personales… Cada persona se comporta de manera especial cuando hace sus visitas a los santos y les expresa su devoción, pone sus peticiones, agradece, deja una ofrenda. Uno ve de afuera y aún así es mucho el cariño y la fe que se perciben.
Imaginemos lo que vería Jesús, si leía los corazones aún de lejos, si pescaba en un gesto de la cara los pensamientos íntimos de los corazones, lo que habrá visto en la viuda pobre cuando con cariño echó sus dos moneditas en la alcancía. Jesús vio todo su corazón, escuchó el tintineo nítido de cada una de las dos moneditas. Se ve que la viuda las echó de a una. No vació una bolsita ni echó un puñado. Primero una y luego la otra. Y tintineó cada una en el corazón de Jesús.

Siempre llama la atención que Jesús no hable de premio.
No hay ningún “tu fe te ha salvado”,
no hay ningún “qué quieres que haga por ti, mujer”.
No hay ninguna exposición pública que ayude a sanar un pecado (Mujer, ¿nadie te ha condenado?) o a terminar de perfeccionar la fe (¿Quién me ha tocado?) como con la hemorroisa, que le sacó una fuerza sanadora y Jesús la hizo confesar en público la fe de su gesto de tocarle el manto.
Nada de eso. La viuda pobre ni se entera de que el Señor la pone como ejemplo.
Jesús la deja perderse entre la multitud, con su dignidad inmensa y anónima a los ojos de la gente y resplandeciente de gloria a los ojos del Padre que ve en lo secreto, y de Jesús su Hijo encarnado, perdido también igual que ella, como uno más, entre la gente que entraba y salía del Templo.

No hay premio porque, como nos damos cuenta todos, el premio es el gusto de poder darlo todo, el sabor hermoso de poder donarse a sí misma dando todo lo que tenía ese día para vivir.

El premio de la viuda pobre es “estético” en el sentido de “agrado por el brillo de algo que se hace gratuitamente para Gloria de Dios”; el premio es cómo se le unifica íntegro el corazón bajo la mirada de Jesús en el momento en que suelta –una después de la otra- sus dos moneditas, y queda su vida toda –ese su día- en las manos del Padre. Ella sale del Templo sin nada, cantando quizás como cantaría un día Teresita:
“Vivir de amor
es darse sin medida,
sin reclamar salario aquí en la tierra.
Yo me doy sin cuento
segura de que en el amor el cálculo no entra.

Lo he dado todo,
al corazón divino que rebosa ternura.
Nada me queda ya, corro ligera.
Ya mi única riqueza es y por siempre será,
vivir de amor.

Vivir de amor “oh que locura extraña” me dice el mundo;
cese ya tu canto: no pierdas tus perfumes, no derroches tu vida,
aprende a utilizarlos con ganancia.

Jesús, amarte es pérdida fecunda.
Tuyos son mis perfumes para siempre”.

También Teresita pasa del amor a la belleza, del darse entera, a los perfumes. El premio del amor es un aroma, que al expandirse expande el alma, llena la casa como el perfume de Nardo de María cuando rompe el frasco para ungir a Jesús.
El premio del amor es sólo amor. El amor como don es desprendimiento, trabajo, cruz muchas veces.
El amor como premio es gusto, perfume, alegría y belleza.
Y ambas cosas se dan al mismo tiempo –cruz y gloria-, no sucesivamente.
Por eso el Señor contrapone el ejemplo del don de la viuda pobre al vedettismo de los fariseos, porque el problema es cuando a uno le comienza a gustar más hacerse ver que amar. Señal de que se ha desplazado el eje esencial de la vida: al pasar de ser actores a ser espectadores nos perdemos lo mejor de la vida.
La viuda pobre es protagonista absoluta de esta escena contemplada sólo por el ojo atentísimo de Jesús gracias al cual quedó filmada y estampada en el evangelio de Marcos. Lo ha dado todo y no mira si la miran. Ya había entrado olvidada de sí al Templo, concentrada en lo que quería dar y en darlo bien –una monedita y luego la otra-, en darlo con intención de dar y con buen deseo. Y sigue luego su camino, invisible a todos porque invisible para sí. Sigue adelante –corre ligera- con la mirada puesta en que tiene que seguir trabajando para ganar su sustento del día, alegre de tener que comenzar de cero.

Me la imagino como tantas mujeres de nuestro pueblo que limpian por hora… Estuvo limpiando, ganó unos pesitos, fue a la Iglesia, los dio todos y sale corriendo a la otra casa para tener su platita para el día.
Teresita tenía estas cosas desde pequeña. Cuenta que “como premio ( a una buena nota), papá me regaló una preciosa monedita de veinte céntimos
que eché en un bote destinado a recibir casi todos los jueves una nueva
moneda, siempre del mismo valor… (De este bote sacaba yo dinero en
determinadas fiestas solemnes, cuando quería dar de mi bolsillo una
limosna para la colecta de la Propagación de la Fe u otras obras
parecidas)”.

Me queda retintineando lo de que dio las dos moneditas una a una, no las soltó las dos juntas. Se ve que venía dándolas vuelta en la mano, como cuando uno repasa las monedas con los dedos y las separa subiendo una con el pulgar contra el índice y dejando la otra entre los otros tres dedos y la palma… Las repasaba porque eran las únicas que tenía. Cuando uno tiene muchas monedas no se fija tanto. Y al llegar su turno echó primero una y luego la otra. Y ya está.
Quizás habrá pensado en quedarse una…
Pero cuando se tiene tan poco es mejor darlo todo
¿Qué iba a hacer con una sola? De todos modos tenía que volver a trabajar para poder comprarse algo para comer. La cuestión es que echó las dos, lo dio todo.
Se me ocurre esto de que volvía a trabajar para desdramatizar. No es que lo dio todo y se murió de hambre.
Trabajó una hora, cobró, fue al Templo, dio de limosna lo que tenía y se volvió a trabajar. Sacrificó el almuerzo, diríamos.
Después de imaginar esto me fijo bien en las monedas del tiempo de Jesús y veo que el salario por el día de trabajo era un denario (parábola de los contratados último que reciben cada uno un denario igual que los primeros). Los dos leptones de la viuda son la 128ª parte de un denario. Para uno que cobra quince pesos la hora (como los que hacen changas con el flete al lado del Hogar), las dos moneditas de la viuda serían como dos pesos: el decir, el cafecito y la factura de la media mañana… En vez de tomarse el café, los dio de limosna y se volvió a trabajar.
Este fue el gesto. Bien preciso. Sin romanticismos. Sacrificó la media mañana. El cafecito entre un trabajo y el otro.
Y Jesús lo pone como cierre y punto conclusivo supremo de todos sus discursos y acciones (como ejemplo del mandamiento del amor que acaba de promulgar) antes de entrar en la Pasión.

El puro don de sí por agradar sólo a Dios sin esperar premio ni fijarse siquiera en ello, es el punto más alto de la enseñanza de Jesús, la bienaventuranza de la viuda pobre: “feliz el que, olvidado de sí, lo da todo cada día por puro amor”.

En la vida de Teresita este punto es central. Cuenta ella:
“Como era la más pequeña, no estaba acostumbrada a arreglármelas yo sola. Celina arreglaba la habitación donde dormíamos las dos juntas, y yo no hacía ni la menor labor de la casa. Después de la entrada de María en el Carmelo, a veces, por agradar a Dios, intentaba hacer la cama, o bien, cuando Celina no estaba, le metía por la noche sus macetas de flores. Como he dicho, hacía esas cosas únicamente por Dios, y por tanto no tenía por qué esperar el agradecimiento de las criaturas. Pero sucedía todo lo contrario: si Celina tenía la desgracia de no parecer feliz y sorprendida por mis pequeños servicios, yo no estaba contenta y se lo hacía saber con mis lágrimas…
Debido a mi extremada sensibilidad, era verdaderamente insoportable. Si, por ejemplo, sucedía que hacía sufrir involuntariamente un poquito a un ser querido, en vez de sobreponerme y no llorar, lloraba como una Magdalena, lo cual aumentaba mi falta en lugar de atenuarla, y cuando comenzaba a consolarme de lo sucedido, lloraba por haber llorado. Todos los razonamientos eran inútiles, y no lograba corregirme de tan feo defecto. No sé cómo podía ilusionarme con la idea de entrar en el Carmelo estando todavía, como estaba, en los pañales de la infancia…
Era necesario que Dios hiciera un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento, y ese milagro lo hizo el día inolvidable de Navidad. En esa noche luminosa que esclarece las delicias de la Santísima Trinidad, Jesús, el dulce niñito recién nacido, cambió la noche de mi alma en torrentes de luz… En esta noche, en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas, y desde aquella noche bendita ya no conocí la derrota en ningún combate, sino que, al contrario, fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, «una carrera de gigante ». Se secó la fuente de mis lágrimas…
Fue el 25 de diciembre de 1886 cuando recibí la gracia de salir de la niñez; en una palabra, la gracia de mi total conversión. Volvíamos de la Misa de Gallo, en la que yo había tenido la dicha de recibir al Dios fuerte y poderoso. Cuando llegábamos a los Buissonnets, me encantaba ir a la chimenea a buscar mis zapatos. Esta antigua costumbre nos había proporcionado tantas alegrías durante la infancia, que Celina quería seguir tratándome como a una niña, por ser yo la pequeña de la familia… Papá gozaba al ver mi alborozo y al escuchar mis gritos de júbilo a medida que iba sacando las sorpresas de mis zapatos encantados, y la alegría de mi querido rey aumentaba mucho más mi propia felicidad. Pero Jesús, que quería hacerme ver que ya era hora de que me liberase de los defectos de la niñez, me quitó también sus inocentes alegrías: permitió que papá, que venía cansado de la Misa del Gallo, sintiese fastidio a la vista de mis zapatos en la chimenea y dijese estas palabras que me traspasaron el corazón: «¡Bueno, menos mal que éste es el último año…!» Yo estaba subiendo las escaleras, para ir a quitarme el sombrero. Celina, que conocía mi sensibilidad y veía brillar las lágrimas en mis ojos, sintió también ganas de llorar, pues me quería mucho y se hacía cargo de mi pena. «¡No bajes, Teresa! -me dijo-, sufrirías demasiado al mirar así de golpe dentro de los zapatos». Pero Teresa ya no era la misma, ¡Jesús había cambiado su corazón! Reprimiendo las lágrimas, bajé rápidamente la escalera, y conteniendo los latidos del corazón, cogí los zapatos y, poniéndolos delante de papá, fui sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz de una reina. Papá reía, recobrado ya su buen humor, y Celina creía estar soñando … Felizmente, era un hermosa realidad: ¡Teresita había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la conservaría ya para siempre…! Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo… La obra que yo no había podido realizar en diez años Jesús la consumó en un instante, conformándose con mi buena voluntad, que nunca me había faltado. Yo podía decirle, igual que los apóstoles: «Señor, me he pasado la noche bregando, y no he cogido nada». Y más misericordioso todavía conmigo que con los apóstoles, Jesús mismo cogió la red, la echó y la sacó repleta de peces… Hizo de mí un pescador de almas, y sentí un gran deseo de trabajar por la conversión de los pecadores, deseo que no había sentido antes con tanta intensidad… Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…!

Diego Fares sj