Domingo 22 B 2009

jesús de teresita“Su corazón anda lejos de mí…”: Un reproche sanador

Se reunieron ante Jesús los fariseos y algunos de los escribas que habían venido de Jerusalén y como vieron que algunos de sus discípulos estaban comiendo sus panes con las manos impuras, es decir, sin lavar (Pues los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos hasta la muñeca, no comen, porque se aferran a la tradición de los ancianos. Cuando vuelven del mercado, si no se lavan, no comen. Y hay muchas otras cosas que aceptaron para guardar, como los lavamientos de las copas, de los jarros y de los utensilios de bronce y de los divanes) le preguntaron:
─ ¿Por qué no andan tus discípulos de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen su pan con las manos impuras?
Y Jesús les respondió diciendo:
─ Bien profetizó Isaías acerca de ustedes, hipócritas, como está escrito:
‘Este pueblo me honra de labios, pero su corazón anda lejos de mí.
Y en vano me rinden culto, enseñando como doctrina los mandamientos de hombres. Porque dejando los mandamientos de Dios, se aferran a la tradición de los hombres’.
Y llamando a sí otra vez a toda la multitud, les decía:
─ Oiganme todos y entiendan: no hay nada que siendo externo al hombre, entre en él y sea capaz de contaminarlo; las cosas que contaminan al hombre son las que salen del (interior del) hombre. Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

Cuando entró en casa, aparte de la multitud, sus discípulos le preguntaron acerca de la parábola (enigma). Y les dijo:
─ ¿Así que también ustedes están sin entendimiento? ¿No comprenden que nada de lo que entra en el hombre desde fuera le puede contaminar? Porque no entra en su corazón sino en su estómago, y sale a la letrina.
Así declaró limpias todas las comidas. Y decía:
─ Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque desde adentro, del corazón del hombre, salen los razonamientos retorcidos, la lujuria , los robos, los asesinatos, los adulterios, las avaricias, las maldades, el engaño, la impudicia, el ojo envidioso, la difamación, el orgullo del aparentar demás y la insensatez. Todas estas maldades salen de adentro y contaminan al hombre (Mc 7, 1-23).

Contemplación
El centro del evangelio de hoy está en la frase que Jesús elige de Isaías, su profeta amado: “Este pueblo me honra de labios, pero su corazón anda lejos de mí.”
Es un reproche del Señor. Los fariseos le van con una cuestión legal y el Señor aprovecha para ir directo al corazón. Por eso decimos que se trata de un reproche; pero, para el que quiera dejarse tocar por su amor, es un reproche sanador.

El evangelio de hoy tiene su dificultad. Las prácticas de los fariseos están culturalmente lejos de nuestras vivencias y nos resultan ajenas sus discusiones en torno a la ley (sin embargo cada pueblo y cada institución tiene sus “internas” y sus discusiones interminables en torno a cómo se tienen que hacer las cosas).
Por otro lado, la primera impresión al leer la lista de pecados resulta dura; no nos cae muy simpático que el Señor no deje piedra sin remover y no de lugar para excusas.
El tema del corazón, en cambio, nos resulta atractivo. Es un evangelio duro pero franco. Para Jesús lo que no es de corazón es falso, no es auténtico, aunque se pueda discutir y tratar de defender.
El Señor quiere nuestro corazón. Y nosotros, por nuestra parte, tenemos verdadero deseo de interioridad, estamos sedientos de experiencias auténticas, sinceras, transparentes. Estamos hartos de las falluteadas, de las chicanas y del no compromiso. Necesitamos un ámbito seguro y confiable en el que podamos abrir el corazón y compartir nuestra vida.
Bien. A eso apunta Jesús. A él también le cansan las discusiones formales y legalistas de los fariseos. Le cansan porque gastan energías en justificarse cuando es Dios el que justifica y una vez justificados nos pone a trabajar con él para ayudar a que los demás tengan Vida.
Por eso a Jesús le encanta cuando encuentra gente de buen corazón: ellos son sus amigos y con ellos puede hacer maravillas.

En todos los ámbitos de la vida es lindo encontrar sinceridad y cordialidad. Pero cuando se trata de religión, de religarnos con Dios y con el prójimo en el Amor, nada que no sea de corazón sirve. Es más, si no se hacen las cosas de corazón la religión pasa a ser peor que el ateismo y el trabajo por los pobres, si no se hace con humildad de corazón, si no se rectifica sinceramente la intención cada vez que nos bandeamos para el lado de la vanidad o del individualismo, se convierte en algo retorcido. Como dice el adagio romano: “Corruptio optimi, pessima” ─ la corrupción de los óptimos es pésima (no solo mala ni peor que otras, sino pésima).

De aquí sacamos que la dureza del lenguaje de Jesús no es una dureza exagerada: el Señor está defendiendo lo mejor que tenemos: nuestro corazón. Y su defensa es radical y sin concesiones ni medias tintas. El es el defensor del corazón:
“Dios es mi fuerza, escudo mío,
en Él confió mi corazón y he recibido ayuda” (Sal 28, 7).

En primer lugar, el Señor defiende a sus discípulos, que, si bien habían infringido la norma de lavarse las manos para comer el pan, son atacados por los fariseos de mala fe. El que viene de mala fe, cuanta más razón tiene menos le hace caso Jesús. Jesús busca la vida plena de la gente. Su reino es un reino donde se puede vivir en plenitud. Las leyes del reino son para el hombre, para que crezca en una vida más digna y justa, no para que se hunda. Por eso el Señor, sin entrar a discutir el caso ni mirarle las manos a sus discípulos, contraataca a los fariseos y escribas con las palabras de Isaías, con quien tan bien sintoniza. “Este pueblo me honra de labios para afuera, pero su corazón anda lejos de mí”.
Uno puede leer esto como un reproche sanador, como una declaración de amor. El Dios de Jesús es un Dios que quiere nuestro corazón no nuestras prácticas externas. Y si sólo quiere mi corazón, entonces siempre hay esperanza, porque es algo que siempre puedo dar!

Ahí nomás aprovecha Jesús para declarar puros todos los alimentos. La razón que da el Señor tiene un alcance amplio: Jesús dice que los alimentos no contaminan porque no “entran” en el corazón sino en el estómago. Así ilumina el corazón como ámbito de libertad interior en el que se juega la relación con Dios.
Es que nada puede “entrar o salir” del corazón si uno no quiere, si uno no abre la puerta, si uno no elige. Por eso cuando a uno hace algo malo sin quererlo plenamente uno dice “perdón, se me escapó” “no quise decir eso”. Aunque uno lo haya dicho, uno reivindica para sí el derecho de adherir o no, en segunda instancia, a lo dicho o a lo hecho. Hay cosas que se nos escapan o que nos asaltan. Vienen de nuestro interior o entran en nosotros y a veces las recibimos o las llevamos a la práctica con mayor o menor grado de conciencia, pero de última no las queremos. Y lo que convierte a algo en bueno o malo no es sólo el consentimiento primero sino la reafirmación deliberada de lo hecho. Es ahí que algo “sale o entra” verdaderamente al corazón.
Esta zona íntima de la última decisión siempre permanece libre e incontaminada, y desde allí uno puede pedir perdón y ser perdonado, convertirse, cambiar, amar y ser amado. Hasta el último instante de la vida todo depende de esa adhesión del corazón.
Y a reivindicar y a proteger ese ámbito de interioridad vino Jesús y por defenderlo dio su vida.
Si algo fuera capaz de contaminarnos definitivamente y sin vuelta atrás dejaría de tener sentido la redención. Pero dado que ese ámbito siempre permanece intacto, vale la pena que el Señor se juegue entero para salvarnos. Para salvar a todos, para salvar al último, al más perdido, al peor de todos… La entrega total de Jesús tiene sentido porque existe este ámbito en el corazón de todo hombre: la capacidad de comprender el Amor sin condiciones y de adherirse a él de todo corazón, sea cual fuere el estado de pecado o de lejanía del Amor en que una persona haya caído.

El diagnóstico de Jesús, la lista de todos los males que salen del corazón del hombre, aunque parece pesimista es todo lo contrario. Uno puede pensar positivamente así: si todo eso salió de mí, tengo la medida de mi maldad y puedo encontrar, con la ayuda de la gracia y con la luz del evangelio, el punto exacto en que, tentado por el mal espíritu, “elegí” hacer o decir algo malo. (La mentalidad actual desplaza la conciencia de esta responsabilidad hacia ámbitos inconcientes o estructurales y nos priva del tesoro de “ser concientes”). Por eso, aunque sea duro, si puedo encontrar ese punto (ese chispazo de claridad que tuve) y hacerlo conciente, puedo también desadherir mi corazón de su afección a eso malo y adherirme con todas mis fuerzas al perdón del Señor y al bien que me propone.
Puedo también, por la clara conciencia que tengo del pecado, vislumbrar el bien al que se opone, la gracia que intenta obnubilar y corromper. Puedo hacer la contralista de los pecados que desagradan al Señor y descubrir, maravillado, qué lindas (y posibles) son las actitudes santas que le agradan.

Esa lista es lo contrario de lo expresado en los pecados que el Señor describe.
Podemos visualizarla así:
Jesús ama la Fe simple y rechaza los razonamientos torcidos.
El Señor leía los pensamientos a los fariseos y se los descubría en público sin respeto humano. En cambio, con mucha delicadeza, hacía que los que lo habían buscado con fe (como la hemorroisa) expresaran sus sentimientos íntimos en una libre confesión de fe y los ponía como ejemplo.

Jesús ama al que pone en Él su Esperanza y rechaza la insensatez de los que hacen proyectos sin Dios (Parábola del rico que había llenado sus graneros y planeaba pasarla bien sin pensar que es noche moriría)

Jesús ama la Humildad del que adora al Padre en secreto y rechaza el orgullo de los que desplazan a Dios del centro del corazón (como en la parábola del Publicano y del Fariseo).

Jesús ama al que se da por entero (como la viuda humilde que da sus dos moneditas) y detesta la avaricia del rico Epulón)

Jesús ama al que se compadece y perdona y detesta la maldad de los que son duros de corazón (como los que condenan a la adúltera)

Jesús ama la sinceridad y detesta el engaño.
Ama la limpieza de corazón y detesta la impudicia.
Ama la gratuidad y detesta el ojo envidioso (parábola de los que cobraron último y se enojaron).

Jesús detesta a los que difaman y acusan a los demás (los que miran la paja en el ojo ajeno) y ama a los que piden perdón y se acusan a sí mismos (los que miran la viga en el ojo propio).
Jesús ama pobreza y rechaza a los que adoran al dinero.
Ama la generosidad de Zaqueo y detesta el robo.
Ama a los que son compasivos (como el Buen Samaritano) y detesta la agresión y el crimen.
Ama la fidelidad y rechaza la traición y el adulterio.

Así, la lista de pecados se convierte en lista de gracias.
Esto es posible gracias a la mirada de Jesús, que va directo al corazón y desea corazones que anden cerca del Suyo.

Diego Fares sj

Domingo 21 B 2009

Pedro y Jesús

Apostar a Jesús

Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron:
– ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?’
Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo:
– ‘¿Esto los escandaliza?
¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero?
El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha.
Las palabras que Yo les he hablado son Espíritu y son Vida.
Pero hay algunos de entre ustedes que no creen.
Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían
y quién era el que le había de entregar.
Y decía:
– ‘Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí a no ser que le sea concedido por mi Padre.
Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás
y no andaban ya en su compañía.
Dijo pues Jesús a los Doce:
– ‘¿Acaso también ustedes quieren marcharse?’
Le respondió Simón Pedro:
– ‘Señor ¿a quién iremos?
Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios’.
Jesús les respondió: ‘¿No los he elegido yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un diablo.’ Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce (Jn 6, 60-69).

Contemplación

Pedro y Jesús se entienden bien: se trata de “andar en compañía”, de ser amigos fieles, de adhesión de corazón a las personas.
Jesús eligió a Pedro y a los discípulos como personas, no por sus cualidades para un trabajo. Después comenzó la tarea de formarlos bien, tarea que nunca acaba: el discípulo no es más que su Maestro.
Y Pedro le responde al Señor eligiéndolo también como Persona: no quiere “ir a otro”.
Y eso supone que le acepta lo más valioso de una persona, que son las palabras que salen de su corazón. Después vendrá el trabajo de interpretación y de llevarlas a la práctica… Pero Pedro salva entera la proposición de Jesús, su Prójimo.

En cambio los discípulos que se alejan de la Persona de Jesús y dejan de andar en su compañía, se justifican con la excusa de que el lenguaje es duro. Entienden “comer su carne” de manera literal. Martini califica estos “malentendidos” como “interpretaciones materialistas de las palabras de Jesús; interpretaciones literales, fundamentalistas”.
También hoy se da esta tentación cuando uno, en la vida espiritual, pasa a un nivel de compromiso más hondo y se toma más en serio la religión. Por ahí se exagera la letra. Ahora bien, si la vida espiritual es un camino en el que vamos “de bien en mejor subiendo”, como dice San Ignacio, esta adhesión a la materialidad de las enseñanzas de Jesús es algo bueno si uno mira lo que dejó atrás (uno que no se interesaba por tratar de cumplir nada, ahora cumple y exagera un poco); y si miramos para adelante o para arriba, es necesario dar un paso más: pasar al espíritu de esa ley. Quedarse en la letra terminará haciendo que uno se aleje de Jesús, como les sucedió a muchos de sus discípulos. Es que la ley, si no se vive su espíritu, tiende a la burocracia y a la dureza, y al final uno se cansa: cuando queremos cumplir todo terminamos no cumpliendo nada.

Por eso, escuchemos bien lo que dice el Señor. Jesús habla de cosas concretas: nos invita a comulgar con Él, nos asegura que su Carne es verdadera comida. Pero, agrega, “estas palabras que les digo son Espíritu y vida”. “La carne sola no aprovecha para nada”. Fijémonos en la libertad con que el Señor usa el lenguaje: dice que “el que no come su Carne no tiene Vida” y dice también que “la carne no aprovecha para nada”.
Es que al hablar, la primera “adecuación” es entre corazones, entre personas espirituales que quieren ponerse de acuerdo. Luego viene la adecuación a las cosas y a las palabras.
La Carne que Jesús nos da es Él mismo, toda su Vida. Comulgar con Él es adherirnos a Él de corazón, mediante la fe. Comer es algo más que saborear un instante la sagrada Eucaristía. Comer la Carne de Jesús es recibirlo con toda la fe y con todo el amor del corazón en el sacramento, aceptando el don de su muerte y resurrección que recibimos eclesialmente, junto con todos nuestros hermanos, con las consecuencias prácticas que esto conlleva, de comulgar luego con toda la realidad, creando vínculos de comunión justa y misericordiosa con todos.

Pedro mira a los ojos a Jesús y entiende que está diciendo algo de Corazón, que está tratando de buscar su adhesión de fe (uno se da cuenta cuando un amigo está buscando que nos juguemos por él). Por eso Pedro no dice: “nosotros vamos comer tu carne ahora mismo y acá comenzamos a anotar a los que no vienen a Misa y sepan que están en pecado mortal”. Pedro dice: aunque no entienda bien cómo se concreta lo que estás diciendo (aún no había instituido el Señor la Eucaristía) sólo Vos tenés palabras de vida eterna. Nosotros nos adherimos a Vos, a tu Persona. Nos quedamos con Vos. No vamos a ir tras ningún otro. Y como nos adherimos a Vos, nos adherimos a lo que decís. Después te pedimos explicación –como María, cuando dice “cómo será posible esto”, como tantas veces los discípulos: “Señor, entonces quién podrá salvarse, si no se puede ser rico, si no hay que divorciarse, si…-. Nos tendrás que explicar cómo es eso de “comer tu carne”. Pero tus Palabras son pan, no son duras.

Me conmueve esa frase de Jesús (ese ruego):
─ ¿Acaso también ustedes quieren marcharse?
Pedro saltó espontáneamente y –como en esos casos en que su amor hablaba primero que su mente- el Padre le inspiró esas benditas palabras: “Señor, a quién iremos”. Bendito Simón Pedro, amigo de Jesús, porque no dijiste “a dónde” sino “a quién”.
Algunos se pierden a Jesús por cuestiones de palabras.
Algunos se pierden a Jesús por que no les gustó algo de la Iglesia.
Algunos se pierden a Jesús, la amistad con Jesús, la maravilla de poder profundizar en las riquezas de las Palabras de Jesús, por motivos intrascendentes.
Feliz de vos, Simón, por haber creído.
En ese instante te podrías haber ido (o dejado que Jesús siguiera su camino).
Podrías haber regresado a casa, a “tus cosas”: a la dureza conocida de las redes y de las noches en el lago, al calor de tu hogar… Pero te quedaste con Jesús. Gracias porque no solo te quedaste sino que te jugaste entero por tu Maestro. Allí perdiste, seguramente, algunos compañeros. Y se te juntaron otros que tal vez no eran los que más congeniaban con tus ideas…

La frase de Jesús aludiendo a que también se quedó Judas siendo un demonio endureció más todavía el discurso. No fue que se fueron los malos y el grupo se purificó y quedaron menos pero más contentos y todo resultó más fácil. Los demonios también se juegan y apuestan fuerte.
El Señor lo advierte precisamente en este momento de lealtad para que los suyos no se engañen. Están los que se alejan… Pero cerca de Jesús quedan los que se van volviendo buenos como el Pan ─ aquellos cuyo corazón se va volviendo líquido, como decía el Cura de Ars ─, y los que se van volviendo duros como la piedra ─ aquellos cuyo corazón se va esclerotizando ─. Entre los que perseveran cercanos, la proporción es de once a uno. Pero ese uno, Judas, hace mal.
Jesús no se asusta ni hace aspavientos.
Pero lo saca a la luz con toda claridad:
─ “Yo mismo los he elegido y uno es un demonio”.

¿Por qué es así? No sabría decirlo. Pero lo que Jesús deja claro ante la opción que Pedro y los discípulos hacen generosamente por Él es que el drama de la salvación sigue abierto. Cada opción por Jesús llevará a otras, más comprometidas y exigentes.
Eso sí, Él también se dará más enteramente:
nos defenderá,
nos perdonará,
nos cuidará,
nos dará su Espíritu,
nos preparará una morada,
nos hará fecundos,
nos colmará de una alegría que nadie nos podrá quitar,
estará con nosotros todos los días,
su Padre nos amará y nos concederá todo lo que le pidamos en su Nombre…

Algunos se alejaron…
Y el Señor me hace elegir una vez más:
─ ¿Quizás también vos te querés ir?
─ “Señor, a quién iré. Vos tenés palabras de Vida eterna”.
Son apuestas. Y valen la pena.

Diego Fares sj

Domingo 20 B 2009

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Condiciones para una vida eterna

Jesús dijo a los judíos:
Yo soy el pan viviente que ha bajado del cielo.
Si alguien comiere de este pan vivirá para siempre,
Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos discutían entre sí, diciendo:
¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?

Jesús les respondió:
Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre
Y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes mismos.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,
Y Yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.
Así como Yo que he sido enviado por el Padre Viviente,
vivo por el Padre, de la misma manera el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo,
No como el que comieron sus padres y murieron.
El que coma de este pan vivirá eternamente.
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
(Jn 6, 51-59)

Contemplación
La contemplación de hoy se centra en lo que dice Jesús acerca de darnos vida eterna.
Tenemos que saber que, para esta vida, hay algunas condiciones.
Condiciones para tener el tipo de Vida que Jesús comunica y condiciones para escuchar contemplativamente las palabras con que Jesús nos explica en qué consiste esa vida eterna.
En realidad hay un montón de condiciones:
para comenzar a escuchar,
para realmente interesarse,
para comprender de lo que se trata,
para recibir de verdad lo que Jesús quiere dar,
para mantener esta vida viva, viviente, vivificando cada instante de la vida común…
Por eso, ante tantas condiciones, se me ocurre que la primera condición es si a uno le interesa escuchar algo nuevo sobre la vida eterna. Porque si estamos como los contemporáneos de Jesús, que ya sabían muy bien qué cosas querían escuchar y cuáles no, mejor no leer este pasaje del evangelio. Nos enojaremos con Jesús; con su pretensión de dar Vida.
– “¿Cómo es que se está dando algo tan esencial como la vida y nosotros no estábamos enterados?” “No puede ser que la fuente de la Vida esté ahí nomás, a nuestro alcance, y que la condición sea humillarnos ante Jesús y mendigar un sorbo de vida eterna. Supondría hacernos sus discípulos… Dejar de lado tantas posiciones adquiridas, pedir tanto perdón por tanta soberbia…”
Muchos de los contemporáneos de Jesús simplemente no pudieron aceptar este lenguaje y las palabras del Maestro, en vez de ser pan para su vida, les endurecieron el corazón, hasta el punto de desear matar a la fuente de Vida! Por eso digo que hay que tener ojo y preguntarse con sinceridad si uno desea escuchar hablar de una vida así, porque para tenerla debe hacerse discípulo incondicional de Jesús. Preguntarse, digo, si uno desea que el Padre lo instruya en su interior. Si uno está dispuesto a hacerle caso, con la actitud de obediencia en la fe que contemplamos en san José la semana pasada.

Esta condición, de estar ante la vida como quien no sabe y quiere aprender y practicar, tiene otra que, aunque aparece después, es anterior.
Te tenés que preguntar si de verdad te interesa vivir una vida eterna. Si te interesa existencialmente, digo, porque ya vimos que a nivel de comprensión Jesús nos va a tener que explicar lo que significa “vida eterna”. Pero lo que es la vida uno “ya lo vive”. Así que si estás satisfecho con tu vida, si sólo te interesa que te solucionen algunos problemas, como los de trabajo, te quiten algunos miedos, como los de la salud, te permitan conseguir algunas cosas que te gustan y puedas ir tirando… entonces mejor no entrar en conversación con Jesús. Porque la vida que Él da se paga perdiendo la vida que uno tiene. Asi que si uno está muy contento, o si dice, “es lo que hay”, o si ya midió la vida y piensa que hay cosas que se pueden tener realmente y otras que nadie te va a dar (“una vida eterna no te la va a dar nadie; es un concepto lindo para creer, pero no algo que uno pueda obtener ahora mismo. Queda en todo caso para la otra vida…”), mejor no ahondar.
Quiero decir: si tu interés por la Vida eterna no es grande,
si no nace de tus entrañas ─ ahí donde la vida se gesta ─,
si no late en tu corazón ─ ahí donde la vida se ama por elección ─,
si el interés no te hace escudriñar en el misterio con toda la potencia de los ojos de tu mente,
entonces mejor no te pongas a charlar con Jesús de este tema.
Dejalo para el final. Como esa gente que espera a estarse muriendo para comenzar a hablar con Jesús de la vida eterna.
Lo que sí hay que saber es que el problema de que la vida se acabe no es el único problema. Para eso el Señor tiene la resurrección: “Yo lo resucitaré en el último día”. Digo que no es el problema mayor y lo baso en la fe natural: porque uno puede recionalmente pensar que “así como misteriosamente se me regaló la vida, confío instintivamente en que el que me la dio me la puede resucitar”. Todo ser humano tiene esta semilla de esperanza que hace a la esencia de la vida misma: todo gesto vital tiene una altura y una profundidad en la que resuena algo definitivo, algo eterno.

El problema entonces no es la vida eterna “después” sino la vida eterna “ahora”.

Para esto hay otra condición. Entrar en diálogo con Jesús como Pan de Vida eterna “ahora”, requiere tener despierto el sentido de la admiración. Así como se dice que hay un “sexto sentido” que percibe el peligro y da la alarma, así como se habla del séptimo sentido, por el cual, cuando un ser humano hace o aprende algo nuevo los demás, por ser de la misma especie, lo pescamos enseguida, hay un sentido que nos pone en contacto con lo admirable de la vida que brilla en cada cosa y a cada instante.
Si uno piensa en la vida en términos cuantitativos (cuanto dura, qué cantidad de experiencias puedo tener…, etc.) Jesús no tiene mucho que decir. Él más bien hace ver los límites de preocuparse por una vida así ─ “no se inquieten por el mañana, qué comerán o con qué se vestirán”, “para quién será lo que has acumulado”, “a cada día le basta su sufrimiento y afán”─.
La vida de la que habla Jesús requiere que uno sea capaz de alzar los ojos y bendecir la vida en este instante, sea cual sea la circunstancia que está viviendo ─ linda o dolorosa, tranquila o angustiante, alegre o triste ─ .
Este sentido es personal: yo bendigo mi vida y celebro toda vida y doy testimonio personalmente de que mientras estoy involucrado en lo que me toca vivir, entablo este diálogo positivo con los demás y con Dios.
Digo: agradezco la Vida gracias a la cual vivo esto particular.
Aprendo de la Vida lo que esta circunstancia me enseña y atesoro la experiencia para transmitirla a los niños y a los más jóvenes.
Amo la Vida entera sirviendo humildemente a quien la vida me pone como prójimo en este momento.

Cuando uno se interesa por dialogar así con su Vida en medio de la vida cotidiana, entonces Alguien como Jesús comienza a destacarse como interlocutor válido.

Al que está despierto a este “aprender a Vivir” con lo que vive,
al que no está sumergido,
ni de aquí para allá, absorbido por “las cosas que le pasan”
(con ese criterio consumista de que “hay cosas que pasan que son mejores que otras”),
al que le importa más cómo Vive él desde su interior “las cosas”,
al que se siente gestado por la Vida,
amaestrado por la Vida,
pastoreado y conducido por la Vida,
amado y agraciado por la Vida,
a esa persona,
Alguien como Jesús, que se le propone como Pan de esta Vida,
le resulta fascinante.
No porque le “de” cosas (el Pan de vida no es un objeto), sino porque entrando en comunión con Jesús uno aprende a Vivir la cara personal de la vida dialogando con la cara externa, que son las cosas que pasan.

¿Qué es Pan de Vida eterna en Jesús?
Su modo de vivir mismo,
su prontitud para vivir el instante,
su disponibilidad para acompañar a cualquiera,
su jovialidad y buen humor para conversar con la gente,
su interioridad que le lleva a entrar en contacto con la interioridad de los otros,
su mirada atenta a todo lo que es vida en las personas más simples,
su amor,
su capacidad de ver al Padre en todas las cosas,
sus ganas de alabar al Padre en todo momento
y de dar testimonio de que Dios es Alguien con quien se puede establecer contacto en cualquier instante.
El Pan de vida de Jesús es su carne y su sangre,
carne y sangre hechas de vida cotidiana,
encarnadas en su cultura y su tiempo
y a la vez, animadas por su Espíritu.
Carne y sangre iguales que las nuestras pero vivificadas desde adentro por el sentido interior y personal que Jesús les comunica.
Si pudo vivir siendo Dios en la carne que recibió de María, puede vivir también en mi carne, vivificando mi vida común.

Así como Jesús, siendo Dios, tuvo que ingeniárselas para aprender a vivir como hombre y entre los hombres, así nosotros, siendo hombres, podemos aprender a vivir como Jesús, en ese diálogo de Amor suyo con el Padre, plenitud en la que consiste la Vida eterna.

Me gustaría terminar poniendo las condiciones que el catecismo antiguo ponía para recibir el Pan de Vida eterna. Preguntaba:
─¿Cuántas cosas son necesarias para hacer una buena Comunión?
Respondíamos:
─ Para hacer una buena Comunión son necesarias tres cosas:
• 1ª estar en gracia de Dios
• 2ª guardar el ayuno debido
• 3ª saber lo que se va a recibir y acercarse a comulgar con devoción.

Me gusta traducir más amplio lo que significa cada una de estas condiciones. Estar en gracia de Dios no es sólo “no tener pecados gordos” como decía una nena de catecismo.
Estar en gracia de Dios significa “desear agradarlo”,
sentir que le agradamos y que se complace en nosotros,
que nos ama porque amamos a Jesús,
que le conmueve las entrañas cuando nos ve que venimos como hijos pródigos necesitados de perdón y de alimento,
cuando ve que deseamos hacer todo lo que a Él le agrada…

El ayuno debido no es sólo de una hora ni de si se puede tomar mate (excepción jesuítica extensible a los materos basada en que el mate es fundamentalmente agua). El ayuno debido hace a todo lo que es “alimento perecedero”. Ayuno de preocupaciones por las cosas, ayuno de autorreferencias culposas o meritorias, ayuno de ambiciones egoístas y de deseos dobles, ayuno de todo lo que no sea hambre del Pan gratuito que es Jesús y se nos sirve a los hijos en la mesa del Padre.

Y “saber lo que se va a recibir” es clave. Porque hace a la esencia de la Vida que este Pan del Cielo comunica.
Saber que vamos a recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, en su materialidad vivificada por el Espíritu.
Cuerpo y Sangre entregados y derramados en cada instante de vida que vivió Jesús, que “pasó haciendo el bien”, entregándose y derramándose en cada situación.
Cuerpo y Sangre compartidos con los hombres, con María y José en Nazareth, con sus amigos los apóstoles, con la gente sencilla de su pueblo.
Cuerpo y Sangre evangelizados, signo material de la Buena Nueva que le “habla al corazón” a quien los come.
Diego Fares sj

Domingo 19 B 2009

Jesús el hijo de José, Pan del Cielo

Niño bendiciendo el pan

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho:
‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’.
Y decían: ‘¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?
Nosotros conocemos a su padre y a su madre.
¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?’

Jesús tomó la palabra y les dijo:
‘No murmuren entre ustedes.
Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre que me envió lo atraiga a mí;
Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito: Todos serán instruidos por Dios.
Todo el que oye al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí.
No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien:
Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre.
Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la Vida.
Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.
Pero éste es el pan que desciende del cielo,
para que aquél que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo que descendió del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente,
Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo’ (Jn 6, 41-51).

Contemplación

La mención de San José en medio del evangelio del Pan de vida me encanta.
Es verdad que se trata sólo de una mención indirecta, que no está dicha con cariño sino con menosprecio y que más que alabar a José quiere rebajar a Jesús. Pero en el evangelio las cosas no son lo que parecen y las maledicencias pueden terminar siendo bienaventuranzas.
Los judíos murmuran, critican las palabras de Jesús sobre el Pan del Cielo argumentando entre ellos para confirmarse que tienen razón:
“¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?
Nosotros conocemos a su padre y a su madre.
¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?”.

La respuesta de Jesús parece no tener en cuenta que utilizaron el nombre y el oficio de su padre para quitarle veracidad a sus palabras.
Sin embargo, podemos releer las palabras del hijo de José poniendo a San José en el centro de la escena.
¿Por qué?
Antes que nada, por gusto; por cariño a San José.
Son tan pocas sus apariciones que cuando sale a la luz, (que siempre suele ser como al costadito, en un rol secundario), cuando se lo menciona, digo, hay que aprovechar para sacarle el jugo. Teológicamente seguimos la lógica de la Encarnación de Juan que revela cómo “a los que creen en la Palabra hecha Carne –hecha Pan-, Dios les da la gracia de ser sus hijos. Y en esto de ser discípulos del Reino, si la primera es María, el segundo, sin dudas, es San José. Juan XXIII que sentía así puso por eso a San José en el Canon, después de la Virgen y antes que todos los demás santos.

La grandeza de José a los ojos de Jesús es indudable. Baste solo una referencia, que tiene que ver con el Pan de vida del que trata el evangelio de hoy: el origen del gesto de partir el pan en nuestra Eucaristía lo conocemos todos. La cena judía, sobre todo la pascual, comenzaba con un pequeño rito: el padre de familia partía el pan para repartirlo a todos, mientras pronunciaba una oración de bendición a Dios. Este gesto expresaba la gratitud hacia Dios y a la vez el sentido familiar de solidaridad en el mismo pan. Así que la imagen que tenía Jesús de cómo se partía el pan le venía de José. Cada día, desde pequeño, le vio partir el pan bendiciendo al Padre. Cada día recibió Jesús en sus manitos de niño el pan partido por José. Horneado por María, bendecido, partido y repartido por José. Al elegir el gesto de partir el pan como modo de estar presente entre nosotros, el Señor nos incluye en sus sentimientos de familia.

Imaginemos entonces los sentimientos de Jesús cuando, mientras está hablando de sí mismo como Pan del cielo, le hacen un desprecio a su padre cuya imagen tiene tan unida al gesto del partir el pan.

¿Qué siente el Señor, que está dando su enseñanza mayor, la del Pan de Vida, cuando le meten a su padre José en la conversación con el fin de desautorizar su Palabra? En otro pasaje sus adversarios acentuarán la ironía al utilizar la expresión: “el hijo del carpintero”. ¿Qué siente Jesús cuando ve que utilizan la condición de artesano de su padre para desautorizar su “pretensión” de dar vida?
Se trata de esos argumentos que se usan para ningunear al otro, a los que estamos tan acostumbrados en nuestro tiempo. Lo primero que uno siente es que el Señor no tendría que haberlo dejado pasar. Jesús no está reivindicando para sí un título que podría ser mérito exclusivo suyo, más allá de la condición de su familia. Al presentarse como Pan de vida la imagen de su madre que le amasó el pan de cada día y de su padre que lo partió dando gracias al Padre del Cielo, están integradas al contenido de lo que quiere revelar. San José y la Virgen María son parte integral de Jesús como Pan de Vida. El es el Pan del Cielo que el Padre nos da, pero no “caído del cielo” como el maná, Jesús no es el pan en serie de la panadería sino el pan que fue “creciendo (levando) en sabiduría y gracia, durante largos años en el hogar de San José.

Si es así, la respuesta que da Jesús a continuación, puede leerse desde la perspectiva de un hijo que honra a su padre. Lo quieren sacar del juego despreciando a su familia y él mete en el juego a su familia y realza su participación en su misión.

Escuchemos con intención las palabras del hijo de José:

“No murmuren entre ustedes”, les reprocha.
El Señor recoge el guante. Juzga que están criticando mal. Es decir: que están utilizando argumentos para herir, no para mejorar la comprensión de las cosas. Esto es lo que nos dio pie a sentir que a Jesús le afectó que mencionaran a sus padres.
Luego agrega un largo párrafo que pareciera que no tiene mucho que ver, pero que podemos leer en el mismo espíritu con que leemos las respuestas de Jesús cuando le mencionan a su Madre. Cuando le dicen que su Madre y sus hermanos lo buscan, el Señor responde que “su Madre y sus hermanos son sus discípulos, los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica”. La Iglesia siempre ha interpretado este pasaje, no como un menosprecio a María sino como una manera de honrar a su Madre, que fue la primera discípula, la que mejor escuchó la Palabra y aceptó activamente que se hiciera realidad en ella.
En esta misma línea podemos leer lo que Jesús dice a continuación como una manera de resaltar la fe de buen discípulo de su padre San José.
Leemos el pasaje teniendo en el corazón –paralelamente- la Anunciación a José, cuando el evangelio nos narra cómo:
“el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo:
no temas recibir en tu casa a María, tu mujer”; y luego continúa mostrando la docilidad de José a la Palabra:
“Despertado José del sueño
hizo como le mandó el angel del Señor” (Mt 1, 20 ss.).

Escuchemos lo que dice Jesús contra los que murmuran menospreciando su condición de hijo de José:
“Nadie puede venir a mí
a no ser que mi Padre que me envió
lo atraiga a mí; y Yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito: Todos serán instruidos por Dios
(Isaías 54, 13: “Todos tus hijos serán discípulos de Yahvéh
y será grande la dicha de tus hijos”).
Todo el que oye al Padre
y aprende su enseñanza,
viene a Mí.
No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien:
Solo el que viene de parte de Dios:
ese es el que ha visto al Padre. Se los digo de verdad:
el que cree, tiene vida eterna”.
Si aplicamos a San José las palabras de Jesús entonces está diciendo:
José es mi padre terrenal no originándome,
sino dejando libre paso a la Paternidad de mi único Padre,
él, mi padre adoptivo.

José es mi padre terrenal siendo “no protagonista”,
aceptándome en la fe luego de haberme ya encarnado,
él, la sombra del Padre.

José es mi padre terrenal viniendo a mí,
siendo atraído a mí, que ya había sido concebido en el seno de mi Madre,
él, el hombre nacido del Espíritu, que sin saber de dónde viene ni a donde va se deja guiar por él (Jn 3, 8).
José es mi padre terrenal tomándome bajo su custodia,
él, el Custodio del Redentor.

José es mi padre terrenal porque es
“el que oye al Padre y aprende su enseñanza”,
él, el “discípulo de Yahvéh”.

José, mi padre terrenal, al igual que mi Madre,
son esos “discípulos” que profetizó Isaías en el libro de la Consolación,
en los cuatro cantos del Siervo de Yavéh.
Y por eso los reivindico reconociéndome como hijo de estos dos discípulos
a quienes mi Padre “ha abierto el oído” y los ha instruido
para que me reciban y, creyendo en Mí, tengan vida eterna.

Así, en esta línea, cada uno puede ir sintiendo y gustando la paternidad de San José, tal como la realza Jesús. Lo que Dios hace en María no lo hace en ella sola, sino integrando a José. Suele deslumbrarnos el polo luminoso de la llena de gracia, su respuesta hecha canto en el Magnificat, su participación en Caná, el estar junto a su Hijo al pie de la Cruz, su tomar a Juan ( a nosotros) por hijo y ser adoptada por él  (por nosotros) como Madre. Todas y cada una de estas dimensiones de las maravillas que el Todopoderoso hace en la vida de María pueden ser contempladas en unión con su Esposo San José.
La anunciación a María en la conciencia despierta de la fe tiene su otro polo en la anunciación a José en la lucidez del sueño. El fruto en ambos es el mismo: la encarnación de Jesús aceptada y adoptada en la fe. María deja que la Palabra se haga carne en ella, José hace lo que el Padre le dice y toma consigo al Niño y a su Madre.
La visitación tiene a María por protagonista, llevando la alegría del Niño que hace saltar de gozo a los que lo reciben con fe. La huida a Egipto tiene como protagonista defensivo a José, que custodia al Niño defendiéndolo de los que odian la fe.
El Magnificat es explosión de júbilo cantado por María a viva voz. El silencio de José es un silencio de Magnificat cantado interiormente. La misma alabanza, con dos maneras de expresarlo. ¿No le sienta acaso el Magnificat a San José?
No imaginamos su oración interior desbordada de gozo por que el Señor ha mirado con bondad su pequeñez y ha hecho grandes cosas con él?
En Caná, María sintetiza su espiritualidad en esas dos frases: a su Hijo: “No tienen vino” y a los servidores: “Hagan todo lo que él les diga”. José fue envuelto por esta Autoridad de la palabra y vivió toda su vida en la Obediencia de la fe: hizo como el ángel del Señor le dijo.

María da pie a esta integración de José a todo lo que ella vive en el pasaje de Jesús perdido y hallado en el Templo, cuando habla en nombre de ambos y le reprocha cariñosamente al Niño Jesús: “Hijo, por qué nos has hecho esto. Tu padre y yo con angustia te buscábamos” (Lc 2, 48).
Podemos sacar de aquí el criterio exegético (la búsqueda interpretativa) de María para con lo que Jesús hace y dice: ella expresa que buscan a Jesús de a dos: es un criterio esponsal, familiar, eclesial.
María puede revelarnos: recibí a Jesús pensando en José (cómo puede ser esto si no conozco varón);
di a luz a Jesús ayudada por José,
lo presentamos en el Templo juntos (“…cuando sus padres entraban en el Templo, Simeón…”);
lo custodiamos juntos con José
y creció en sabiduría y gracia sujeto a nosotros…
Y así, como en la mesa familiar, que los incluía a los tres, cada cosa de Jesús puede situarse teológicamente en esta espacio de amor generado entre José y María. Especialmente la Eucaristía: Pan bajado del cielo y compartido cotidianamente en el hogar de José y de María.
Profundizar en esta espiritualidad que integra a Jesús en esa polaridad vital de amor y fe que se alimenta mutuamente en el corazón de José y María, ayuda a acercar más la encarnación a nuestra vida. José representa todo el trabajo humano, vivido con la dignidad del silencio y del trabajo que un simple servidor realiza con alegría, para que Jesús sea protagonista de la Redención y María resplandezca a su lado, en el primer lugar para bien de todos.

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Diego Fares sj

Domingo 18 B 2009

Pan del cielo 3La dinámica del Pan del Cielo

Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos,
subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.
Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron:
«Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»
Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado.
Obren, no por el alimento perecedero,
sino por el alimento que permanece para vida eterna,
el que les dará el Hijo del hombre,
porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello »
Ellos le dijeron:
«¿Qué tenemos que hacer para obrar las obras de Dios? »
Jesús les respondió: «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»
Ellos entonces le dijeron:
«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo.»
Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»
Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de ese pan.»
Les dijo Jesús:
«Yo soy el pan de la vida.
El que venga a mí, no tendrá hambre,
y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 24-35).

Contemplación

Pan del Cielo.
Sabe linda la frase de Jesús.
Digo que “sabe” porque no es una mera imagen que Jesús imaginó.
Nosotros saboreamos ese Pan del Cielo, en la Eucaristía, cotidianamente.

Aquellas primeras reflexiones del Señor con la gente en torno al pan, que San Juan convirtió en su contemplación del Pan de Vida, han pasado no solo por la mente de todos los que leen la Palabra sino también por la boca de todos los que hemos recibido la comunión en cada misa.

El Pan del Cielo es el que comieron nuestros padres:
nuestra Señora, los Apóstoles, los primeros cristianos y todos “los que vivieron en tu amistad a través de los tiempos, Señor”, como rezamos en la plegaria eucarística: los mártires, los santos, las santas…

Centramos la mirada en Jesús y escuchamos con atención el diálgo que tiene con la gente. Creo que Jesús aclaró de entrada un posible malentendido. Un malentendido o un “pocoentendido” que se repite a lo largo de las generaciones de cristianos.
La gente probó su pan y le gustó.
Se dieron cuenta de que era un pan distinto.
Pero, como nos pasa a todos cuando encontramos algo valioso,
querían manipularlo rápidamente, aún sin entender del todo de qué se trataba.

Y por eso Jesús tiene que ir explicando poco a poco y con muchas imágenes qué tipo de alimento es su Pan. A qué hambre y cuál sed va dirigido.

Se ve que no es algo fácil de digerir y de procesar, porque mucha gente no siente hambre de este Pan del Cielo. Y aún los que comulgamos diariamente, muchas veces no conectamos bien el alimento que se nos entrega y los hambres que tenemos. Sabemos que es algo bueno, sí. Pero puede ser que muchas veces nos quede grande: como un regalo demasiado hermoso que no sabemos dónde poner o cuando usar.

Sin embargo, la grandeza de la Eucaristía es en sencillez, no en complicación.

El Pan del Cielo es de una gran sencillez.
Es como si nos regalaran agua, aire, luz y pan, en el preciso momento en que comienzan a escasear y sentimos la necesidad.

Al decir necesidad se vuelve más claro dónde puede ser que esté el malentendido.
El Pan del Cielo no es un alimento perecedero, dice Jesús.
No es un alimento que viene a llenar una carencia, a cubrir una necesidad.
Los alimentos primarios, como el pan y el agua, sólo los valoramos mucho cuando tenemos gran necesidad. No es lo mismo decir pan en la Argentina que en África. Quizás recuerde alguno la película “Ser digno de ser” (“Vete, vive y hazte digno de ser”, le dice la madre a su hijo al desprenderse de él en el campo de refugiados de Sudán, para que vaya a Jerusalen con los judíos etíopes que Israel aceptó como ciudadanos en los años 60). Hay una escena en que están bañando a los refugiados y de pronto el niño, que tiene los ojos cerrados por el jabón, los abre y ve cómo se escurre el agua por la rejilla. Ahí se desespera y comienza a manotear tratando de tapar la rejilla, de retener el agua. Lo tienen que calmar entre varios y sacudirlo para que reaccione: “En Israel abunda el agua” le repiten; “hay agua, sobra el agua!”.

En la fiesta del Corpus, el padre Rossi contaba aquella experiencia tan fuerte del Padre Arrupe en Hiroshima, que le reveló: “el valor que tiene el Santísimo Sacramento cuando se ha estado en contacto familiar y prolongado con él durante la vida y sentimos la falta de él cuando no podemos recibirlo…
Recuerdo a una muchacha japonesa de unos 18 años. La había bautizado yo tres o cuatro años antes y era cristiana fervorosa: comulgaba diariamente en la Misa de 6,30 de la mañana, a la que venía puntualmente todos los días. Después de la explosión de la bomba atómica, recorría yo un día las calles destrozadas, entre montones de ruinas de toda clase. Donde estaba antes su casa, descubrí como una especie de choza, sostenida por unos palos y cubierta con hojas de lata: me acerqué y quise entrar, pero un hedor insoportable me echó hacia atrás. La joven cristiana -se llamaba Nakamura- estaba tendida sobre una tabla un poco levantada del suelo, con los brazos y piernas extendidos, cubierta con unos harapos chamuscados. Las cuatro extremidades estaban convertidas en una llaga, de la que emanaba pus. La carne requemada apenas dejaba ver más que el hueso y las llagas. Así llevaba 15 días sin que la pudieran atender y limpiar, comiendo sólo un poco de arroz que le traía su padre también mal herido (…) Anonadado ante tan terrible visión no sabía qué decir. Al poco tiempo Nakamura abrió los ojos y, al ver que era yo quien estaba allí sonriéndole, mirándome con dos lágrimas en sus ojos y en un tono que nunca olvidaré, me dijo, tratando de darme la mano: ‘Padre, ¿me ha traído la comunión?’. Que comunión fue aquella, tan diversa de la que por tantos años le había dado cada día! Olvidando toda pena, todo deseo de alivio corporal, Nakamura me pidió lo que había estado deseando durante dos semanas, desde el día en que explotó la bomba atómica: la Eucaristía, Jesucristo, su gran consolador, al que ya hacía meses se había ofrecido en cuerpo y alma para trabajar por los pobres como religiosa. ¿Qué no hubiera yo dado por obtener una explicación de aquella experiencia de la falta de la Eucaristía y de la alegría de recibirla después de tantos dolores? Nunca había tenido la experiencia directa de una petición semejante ni de una comunión recibida con tanto deseo. Nakamura murió poco después».

Deseo es la palabra que lo ilumina todo. Deseo, no necesidad.

La Eucaristía es alimento para esa dimensión del ser humano que no se sacia con nada que no sea espiritual.
Todos los hombres y mujeres del mundo somos seres sedientos de este Agua, más que el niño africano de la película, pero no nos damos cuenta.

O más bien, no sabemos ponerle nombre a esa sed y a ese hambre. Erramos al vivir hambreados y probar todo tipo de sustitutos para calmar ese hambre que solo sacia el Pan del Cielo. La muchacha japonesa, Nakamura, sabía bien el nombre del alimento que podía calmar su hambre: “Padre, ¿me trajo la comunión?”.

Esa es la gracia que nos tiene que “explicar” Jesús.
Mientras se nos da en la Eucaristía, una y otra vez, tiene que enseñarnos a conectar nuestros hambres con su Pan.

Y para eso no hay otra pedagogía que la de despertar e incrementar el deseo.

Lo cual no es fácil en un mundo que pendula entre los extremos de la saciedad y el hambre, el hiperconsumo y la miseria total.

El deseo no puede sobrevivir cuando es tironeado por estos extremos.

A nuestros oídos la palabra “deseo” suena muy unida a necesidad, a satisfacción inmediata, a exacerbación…
Allí es donde Jesús nos tiene que educar mostrándonos que hay en nosotros un deseo que no es de objetos.
Es deseo de que unos Ojos nos miren,
deseo de que la Persona que nos dio la vida
y nos sostiene en ella nos hable con amor.
Es deseo de ser alimentados con una Palabra buena y sabrosa como un Pan.
Pero un Pan del Cielo: un Pan que se queda, un Pan que permanece, un Pan Compañero.

El Pan del Cielo es una Persona, la Persona de Jesús,
y despierta en nosotros “hambre de más Jesús”.

Es un hambre no sólo de recibir “algo”, sin de entrar en comunión con Alguien.

No es un Pan para estar fuertes para hacer cosas.
Má bien es un Pan que se come para estar juntos,
para celebrar una cena,
para compartir vida de familia.

No se trata de “para qué me sirve comulgar” o de “cuantas veces hay que comulgar”. Se trata de pensar al revés: para que sirve todo lo demás si no es para entrar en comunión.
Lo que no puedo convertir en Eucaristía es desecho.
Lo que se puede convertir en ofrenda agradable para que el Señor la convierta en Eucaristía, eso sí vale.
¿Para qué sirve comulgar?
Para que crezca mi deseo de comulgar con Jesucristo, Pan de Vida,
por quien tenemos acceso al Padre, en quien somos todos hermanos.

Comenzamos diciendo que la imagen “Pan del Cielo” tiene un sabor lindo.
Jesús junta allí dos realidades que parecen opuestas: el pan parece cosa de la tierra, del trabajo del hombre, necesario para ser consumido y transformado en energía vital… El Cielo, en cambio, parece cosa espiritual, ausencia de necesidad, paz eterna…
Sin embargo Jesús nos hace ver estas dos realidades juntas, unidas.
Él es un Pan Espiritual, que da vida eterna. Y esa Vida del Cielo requiere un alimento cotidiano como el Pan, no es vida automática ni estática. Es vida compartida, es alimento y comunión no de cosas sino entre personas.

La dinámica del Pan del Cielo es la que, con su enérgica sencillez, pone en movimiento todo el universo y lo centra en Jesucristo.
Pero esta dinámica nos la tiene que explicar Él, Jesús.
Sólo Él, puede hacernos arder de deseo el corazón mientras nos acompaña por el camino.
Sólo Él es capaz de despertar, con su ademán de irse, de pasar de largo, el deseo de que se quede.
Sólo Él es capaz de hacer surgir de nuestros labios esa frase feliz, apenas susurrada: “quedate con nosotros, Señor, que ya es tarde y anochece”.
Sólo Él es capaz de partir el pan de tal manera que el gesto simple haga que se nos abran los ojos, como a los de Emaús.
Sólo Él es capaz de desaparecer de nuestra vista y de ponernos en movimiento hacia la Comunidad: la Comunidad del Pan del Cielo.
Esa Comunidad en la que las personas se alimentan de lo más personal como si fuera un Pan.
Esa Comunidad en la que lo cotidiano se vuelve mágico, como dice la canción.
Esa Comunidad en la que lo fragmentario es absoluto y lo fugaz puede ser amado como eterno.
Esa comunidad en la que los servicios más terrenos son reflejo de lo más celestial.
La Comunidad del Pan del Cielo, que cuanto más saciado tiene su hambre con más amor suplica diciendo: “Señor, danos siempre de ese pan”.
Diego Fares sj