Domingo 14 B 2009

Jesus de Nazareth

Los milagros nuestros que Jesús admira

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban.
Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga
y los más de los que lo escuchaban estaban asombrados y decían:
-¿De dónde (saca) este estas cosas? y ¿qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿y estos milagros (dynamis) que por sus manos se realizan?
¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros?
Y se escandalizaban de él.
Jesús les dijo:
– No hay profeta desprestigiado si no es en su patria
y entre sus parientes y en su casa.
Y no podía obrar milagro alguno (dynamis),
salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó.
Y él se admiraba de su incredulidad.
Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

Contemplación

Los milagros que Jesús no pudo hacer…
San Ignacio consideraba que era “todo impedimento” con respecto a las maravillas que el Señor quería hacer por él y con él. Y sin embargo se sentía muy amado, es más, experimentaba con estupor que cuánto más él le ponía impedimentos a la acción del Espíritu, más lo bendecía el Señor; como si Dios redoblara su confianza en su creatura a fin de ganarle el corazón. Esto le causaba a Ignacio admiración, agradecimiento, humildes pedidos de perdón y le daba mucha confianza para mejorar cada día.
Ignacio no le ponía distancias a la misericordia de su Señor ni se escandalizaba de él, como le pasó a los vecinos de Nazareth.

¡Cuántos milagros desea hacer el Señor en mi vida!
Esta es una linda manera de pensar.
Requiere, eso sí, que profundicemos en nuestra concepción de lo que es un milagro.
“Dynamis” (virtud, fuerza), así llama el evangelio de Marcos a los milagros.
Se trata de esa “dynamis” que brotó del interior de Jesús cuando la fe de la hemorroisa le tocó suavecito el manto

Esas “dynamis” que brotan de los labios y de las manos de Jesús hacen “retroceder” a las fuerzas negativas, las de la enfermedad y la muerte, las del pecado y las insidias del demonio.

El milagro es la fuerza del Amor que difunde el bien y hace retroceder al mal.

Nuestra mentalidad ha quedado atrapada en una concepción superficial del milagro: la de algo que sucede “desafiando las leyes naturales”. La gente se divide entre los que ven por todos lados cosas “sobrenaturales” y los que no creen para nada en lo sobrenatural sino que a todo le encuentran una explicación científica.

Pero en la Biblia el milagro es otra cosa. Es ver en algo, no importa mucho si es algo natural o extraordinario, la fuerza (dynamis) del Amor personal de nuestro Padre Dios, o de Jesús, o de los Santos.

Por eso hay milagros cotidianos e inmediatos, como los que le pedimos a los ojos de la Virgen: que nos den la “dynamis” para “encontrar” algo que se nos perdió o para “recordar” dónde lo habíamos dejado.

Están también los milagros a largo plazo, cuya dynamis es una fuerza mansa y constante que crece y se sostiene a lo largo del tiempo, como hemos visto en estos años que ha ocurrido con la Casa de la Bondad, cuya construcción hoy nos maravilla, siendo que comenzó de la nada, a fuerza de pura fe.

Hay que recordar también que el lugar de los milagros es el corazón, no la realidad exterior en bruto. Los milagros acontecen en el corazón. Es allí donde se “a-cuerda” la relación maravillosa entre un hecho –extraordinario o trivial- y la intención amorosa de Dios, entre algo que deseamos y pedimos y el ver en su cumplimiento la mano de Jesús, el asentimiento de la Virgen, la intercesión eficaz de algún santo amigo…
En el significado religioso de los hechos está la esencia del milagro. Uno siente “aquí estuvo la mano de mi Señor”; “esto es obra suya”; “el Señor escuchó mis ruegos”.

El asunto es que, una vez que Jesús vino al mundo, hay algo de su manto en todas las cosas: hay partículas de la Eucaristía en toda la materia, hay palabras suyas en todos los mensajes…

Esto es lo que nos regaló la ingeniosa fe de la Hemorroisa: la gracia de poner al descubierto que lo que cubre la gracia interior está empapado de ella y la manifiesta. El manto de Jesús participa de la fuerza vital de su interior divino: vibra con el latido de su Corazón. El amor del Señor bendice todo lo que toca y como todas las cosas están bendecidas, se puede acceder a ese Amor con solo tocar la puntita de sus mantos. La imagen linda es la del pueblo fiel de Dios tocando con delicadeza infinita el manto de la virgen, los pies de los santos…

Es tan simple “sentir” a Jesús en la fe de los otros y desear “tocarlo” con nuestra fe, que Jesús se maravilló mucho de que en sus pagos nadie le tocara el manto ni le sacara ninguna virtud sanadora. Se mantuvieron a distancia aún dándose cuenta de que la sabiduría (sofia) que salía de sus labios y las virtudes (dynamis) que salían de sus manos eran algo extraordinario. Se asombraron, sí, pero en vez de pasar a la admiración confiada de la fe, consintieron a la tentación de escandalizarse y pusieron distancia a las maravillas de Dios para no entregarle corazón a Jesús.

¿Qué milagros se perdieron? Todos, salvo esos pocos que recibieron los que fueron curados de alguna enfermedad al imponerles Jesús las manos. Imagino entre estos a alguna gente querida del barrio. Seguro que Jesús curó a alguna abuelita de esas que lo habían malcriado de niño; y a algún discapacitado mendigo al que la Virgen muchas veces le habría encargado de llevarle algo de comida o abrigo… ¿Qué por qué no les hizo el milagro antes? Es que Jesús les había estado haciendo milagros todo el tiempo. Estos de las curaciones físicas son milagros de la Vida Pública, para dar testimonio del Amor de Dios que se revela en la Palabra del Evangelio. Pero los otros milagros consistían en dar testimonio del Amor de Dios que se manifiesta en los pequeños gestos de la vida cotidiana. Y los milagros “apocalípticos”, del terremoto y el oscurecimiento del cielo, se dieron no en la vida sino en la muerte del Señor, para dar testimonio de su Amor que lo entrega todo para redimirnos.

Cada milagro responde a una dimensión del Amor y el Amor requiere todo tipo de milagros.
Como digo, hay infinidad de milagros y la gracia es el milagro de la fe para tener la “dynamis” de saber pedirlos y poder verlos.
Hemos visto que cuando el Señor calma la tempestad no los cura del todo del miedo, sino que se llenan de un gran temor ante la majestad de Jesús. Y el Señor los vuelve a acercar haciéndoles reflexionar sobre su fe, no sobre el milagro exterior. El miedo viene de la poca fe. Lo que vence el miedo a la enfermedad y a la muerte es la fe. Una fe que tiene la dynamis de una intensísima suavidad como la de la Hemorroisa, que cree que con solo tocar el manto de Jesús dejará de desangrarse. El miedo se cura con la “dynamis” del “mucho servir por puro amor”. Es una especie de “auto-milagro”, porque uno mismo cuando es curado de su fiebre, como la suegra de Pedro, se puede levantar y ponerse a “servir”. El milagro de la curación se concierta con el milagro del servicio.

Milagro de Jesús, milagro nuestro.

Conversión de la imagen de un Dios que viene en mi ayuda cuando yo quedo impotente ante alguna realidad a la imagen de un Dios que gesta junto conmigo sus milagros –la dynamis de su Amor junto con el milagro de mi fe y de mi ponerme a servir en su Nombre.

El Señor se admira de nuestra fe porque brindarle nuestra fe es un milagro que hacemos nosotros. Brindarle nuestro servicio por amor, es un milagro que brota de nuestro corazón. Y entonces: hay sintonía de milagros.

Martín Descalzo cuenta aquel relato tan lindo de Gerard Bessiere:
“Los miércoles, milagro”. ¿Se acuerdan? Dice así:

“Aquella tarde a Gabriela le preguntó su amigo Jacinto.
─ ¿Qué has hecho hoy en la escuela?
─ He hecho un milagro ─ respondió la niña.
─-¿Un milagro? ¿Cómo?
─ Fue en el catecismo.
─ ¿Y cómo hiciste el milagro?
─ Tenemos como profesora a una señorita que está muy enferma. No puede hacer nada ella sola, sólo hablar y reír.
─ Y ¿qué pasó?
─ La señorita hablaba de los milagros de Jesús. Y los niños dijeron: No es verdad que haya milagros. Porque si los hubiera, Dios te hubiera curado a ti.
─ Y ella ¿qué dijo?
─ Dijo: Sí, Dios hace también milagros para mí. Y los niños dijeron: ¿Qué milagro ha hecho?
─ ¿Y entonces?
─ Entonces ella dijo: Mi milagro son ustedes. ¿Porqué? , le preguntamos. Y ella dijo: Porque me llevan los miércoles a pasear empujando mi silla de ruedas. ¿Lo ves? Hacemos milagros todos los miércoles por la tarde. La señorita dijo también que habría muchos más milagros si la gente quisiera hacerlos…”.

Diego Fares sj