Domingo 17 B 2009

Aparecida multiplicación panesMultiplicación de panes, unificación del gozo

 

“Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades,
y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos.
Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos.
Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.
Al levantar Jesús los ojos y contemplar que venía hacia él mucha gente,
dice a Felipe:
– «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?»
Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer.
Felipe le contestó:
-«Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.»
Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:
-«Aquí hay un chico que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?»
Dijo Jesús:
-«Hagan que se recueste la gente.»
Había en el lugar mucha hierba.
Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil.
Tomó entonces Jesús los panes y,
después de dar gracias,
los repartió entre los que estaban recostados
y lo mismo los peces,
todo lo que quisieron.
Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:
-«Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda.»
Los recogieron, pues, y llenaron doce canastas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.
Al ver la gente la señal que había realizado, decía:
-«Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.»
Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 1-15).

Contemplación
Multiplicación de panes, unificación del Gozo.
La escena de la multiplicación de los panes es una escena de magnífica belleza: no solo las canastas rebosan de panes, el rostro de la gente está rebosante de alegría. Se respira en el aire una alegría sencilla y serena.
Son cinco mil familias compartiendo los panes y pescados.
Están tranquilos, sentados en el pasto, al caer de la tarde.
Jesús y sus discípulos se mueven entre ellos repartiendo la comida.
Algunas versiones dicen que Jesús repartió el pan y los pescados personalmente a todos –todo lo que quisieron y hasta que se llenaron -; otras versiones dicen que le dio a los discípulos para que repartieran.
Mucho trabajo y mucha tranquilidad, como decíamos en el evangelio del domingo pasado.
Lo lindo de la escena es que el buen clima que se creó superó con creces al hecho de la multiplicación de los panes.
Valga aquí una profundización filosófica. La escena suele ponerse en clave del Bien. Lo cual está bien, por supuesto, pero sin quitar esto, también puede hacerse una lectura en clave de Belleza.
Ambas son propiedades trascendentales del ser, con el cual coinciden (tanto ser, tanto bien, ni más ni menos; y lo mismo con la verdad y la belleza). Pero cada propiedad tiene su sello distintivo.

Lo propio del bien es multiplicarse. Es que el bien es difusivo de sí; como que tiene necesidad o deseo de incrementarse en cantidad y de mejorar en calidad. Esta propiedad objetiva del bien hace que crezca también el deseo. Cuando uno tiene un bien quiere más y también siente el deber de repartirlo y compartirlo con los demás. El bien personal y el bien común se tensionan mutuamente.
De aquí viene que el pasaje se haya llamado “la multiplicación” de los panes.
Por supuesto que el evangelio da pie a esta lectura “de gestión de recursos”, porque Jesús mismo comienza pidiendo datos y haciendo hacer cálculos a los discípulos. Y la lógica humana, ante estas cosas, se pone inmediatamente a funcionar y comienza a hacer números: cuanta gente, cuanta plata, cuanto tenemos, cuantas canastas sobraron.

Pero hay otro aspecto de la escena –que incluye recursos y gastos- y es el de la fiesta. Lo que Jesús armó fue una fiesta popular, un picnic gigante, una Eucaristía multitudinaria al aire libre.
Y si miramos bien que se arme algo así no es una cosa tan sencilla como decir que la gente tenía hambre y como le repartieron un sangüiche se quedaron todos. Podría haber pasado que cada uno o muchos optaran por irse a comer mejor a su casa y que no se les hiciera tan tarde!
La fiesta se pudo armar porque se había creado un clima especial entre El Señor y la gente.
Lo venían siguiendo, se quedaban con Él largo rato, si se iba lo buscaban: no tenían apuro, parece, por dejarlo…
Y Jesús capta ese sentimiento de la gente, capta sus ganas de comunión más honda, capta el clima fraterno que se ha ido consolidando entre todos.
Jesús se da cuenta de que a la gente le agrada estar con Él y comienza a inventar la Eucaristía.

En este primer intento, hizo que la comida entrara a formar parte de la evangelización. Fue arriesgado, porque inmediatamente la gente lo quiso hacer rey. Es decir: se entusiasmaron con la gestión.
Jesús se escapó de esto, pero después fue aprovechando para profundizar la experiencia: me buscan por que les di pan, busquen el Pan que da Vida eterna.

Decía que a Jesús le gustó esto de que el dar de comer y el compartir en paz el pan fuera parte de su mensaje.
Y a la gente también.
Lo de Jesús no es dar una prédica para que cada uno se lleve algo para aplicar a sus intereses y necesidades. ¿Vieron que hay veces en que la gente viene a una charla en la que después se comparte algo pero algunos no se quedan, se van rápido?
No pasó así en este pasaje. La gente se quedó.
Y fueron comprendiendo que la Palabra que el Señor predica es una Palabra que nos hace entrar en comunión, con el Maestro y con los demás.
Estas ganas de quedarse con Jesús convirtieron esa comida en un anticipo de la Eucaristía. Poco a poco el Señor fue integrando Palabra y Pan: la comunión con el Señor es plena.

Por eso es importante remansarse un poco en la contemplación de la belleza de la escena, en ese “bienestar del pan compartido”, en esa sobremesa en la que, luego de haber saciado el hambre, se comparte la vida, se cuentan cosas en las que cada uno expresa sus sentimientos y abre su corazón.

Con la belleza sucede algo distinto a lo que pasa con el bien. La belleza no necesita multiplicarse: está íntegra y resplandeciente en cada cosa, en cada momento bello, en cada situación linda.
Superficialmente solemos decir que es “fugaz”.
Es “fugaz” si uno quiere atraparla y reproducirla en serie.
En cambio si uno la goza como es, cada belleza está entera y permanece tanto como la realidad que la sustenta.
Hay bellezas de un momento, porque lo que brilla es precisamente un destello fugaz, pero hay bellezas permanentes, si uno sabe descubrirlas con ojos admirados en cámara lenta: la belleza de un trabajo bien hecho, con paciencia y dedicación, la belleza de los movimientos lentos de la naturaleza, la belleza del paso de los años…, la belleza cotidiana de los ritos familiares, la belleza del pueblo cuando está reunido en paz. Cada pueblo, cada persona y cada cosa tienen su belleza propia, con su ritmo y su resplandor.

El mundo de hoy aísla la belleza: la pone en museos o en espectáculos. La reduce a la belleza de los momentos especiales o de las personas y cosas excepcionales.

Pero la belleza no se limita a las Rosas únicas, como decía Teresita, también se regala en la multitud de margaritas blancas, todas sencillas e iguales en su esplendor.

En esta escena de los panes, la belleza es la de la Comunidad, la de la multitud de rostros alegres del Pueblo fiel, reunido en paz y armonía junto a su Pastor Hermoso.

Lo bueno y útil de la multiplicación de los panes no debe hacernos perder la belleza gratuita de la unificación del gozo que experimentó la gente.

Porque la alegría está en la belleza.
En el bien, yo diría que está más la cruz.
El bien hay que multiplicarlo: gestarlo, cuidarlo, trabajarlo, defenderlo, repartirlo…

La belleza simplemente se nos da y lo único que hay que hacer es gozarla, alegrarse de ella y con ella y alabar a Dios.

Ahora, la belleza de Jesús se da, no aislada, sino en medio del trabajo por el bien, en la cruz misma está la Gloria.
Y saber mantener unidas en su distinción estas dos cosas –Bien y Belleza- es propio de Jesús.

El Señor reparte el pan con calma, de la misma manera que enseñaba la Palabra.
Trabaja duramente sin perderse el brillo hermoso de cada agradecimiento, de cada mirada, de cada contacto personal. Da de comer evangelizando, da de comulgar como si hablara. Y habla como quien da de comer: alimentando y sirviendo generosamente.

Dicen del Cura de Ars que era hermoso ver el amor con que contemplaba la Eucaristía. Esa belleza simple del pan blanco y mínimo en el que está presente el Señor –Gloria escondida!-, es lo que pedimos la gracia de recuperar contemplando la belleza de aquella tarde en que el Señor multiplicó los panes y unificó el gozo de los corazones.
Diego Fares sj

Domingo 16 B 2009

Jesús resucitado junto al lago

Compañerismo

Volvieron los apóstoles a reunirse junto a Jesús
Y le contaron todas las cosas que habían hecho
y las cosas que habían enseñado.
El les dice:
‘Vengan ustedes solos aparte a un lugar desierto
y descansen un poquito’ (anapausasthe).
Porque eran tantos los que iban y venían
que ni para comer encontraban un tiempo desocupado.
Y se fueron en la barca a un lugar desierto entre ellos solos.
Pero muchos los vieron que se iban y los reconocieron.
Entonces, a pie y de todas las aldeas,
concurrieron allá y llegaron antes que ellos.
Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre,
y se compadeció entrañablemente de ellos,
porque andaban como ovejas que no tienen pastor
y se puso a enseñarles largamente y con calma (Mc 6, 30-34).

Contemplación
Este evangelio es uno de mis preferidos. Se respira en él compañerismo. Y eso hace a lo más hondo que descubrió Ignacio de Jesús y por eso le puso el nombre de “Compañía de Jesús” a la manera de vivir y de ayudar que el Señor le inspiró compartir con otros compañeros y compañeras.

Marcos nos hace contemplar cómo el Señor acompaña a los suyos y cómo le va enseñando a saberse acompañar por él.
Los envía y los espera. Les enseña y los escucha. Los llama junto a sí, los envía y vuelven a reunirse junto a Él. Se los lleva a descansar un poco, les enseña a hacer esas pausas en las que, en la amistad y la charla cordial, se recobra la paz del alma.

Miramos a los apóstoles, como vuelven a juntarse en torno a Jesús con mil cosas que contar.
Me gusta quedarme mirando a este Jesús que goza con los cuentos de sus amigos, que escucha con emoción las anécdotas de la primera salida apostólica. Me trae recuerdos de la formación, cómo volvíamos de los Barrios los sábados a la noche y nos juntábamos a contar las anécdotas más sabrosas del día, lo divertido y lo doloroso, las cosas lindas vividas con la gente…

Esa “pausa” que el Señor hace con los apóstoles es muestra de compañerismo. Conmueve sentir cómo los cuida, atendiendo Él en persona a la gente que, cuando descubre que están cruzando el lago, hace el camino por tierra (que es más corto) y los espera en la otra orilla.
Sin desatender a la gente Jesús cuida el descanso de los suyos.
Este pasaje de la primera misión, con su ida y su regreso, con Jesús como Buen Pastor que los misiona y los recibe, encierra todos los tesoros de la intuición de Aparecida: lo que significa ser discípulos misioneros de Jesús para que nuestros pueblos en Él tengan vida.
En el centro de todo está Jesús. El es el Discípulo del Padre y su Misionero. Y Jesús comunica siempre lo que Él es: transmite a sus compañeros su manera de “estar con el Padre”. “Yo nunca estoy solo”, les confesará Jesús una día.

La imagen es la de un Jesús a quien así como le encanta estar con el Padre, le encanta de igual manera estar con nosotros: con sus amigos y con la gente.

En el evangelio contemplamos que es un Jesús sin apuros, con ganas de compartir.

La sensación es doble: por un lado parece que el ritmo que llevan es agobiante: no les deja tiempo ni para comer, se tienen que escapar, la gente los persigue.
Pero por otro lado los gestos del Señor son de tranquilidad: se los lleva a descansar; con la gente se queda enseñándoles largo y con calma…

La escena es de mucho trabajo y mucha paz.
Va y viene mucha gente y sin embargo se respira intimidad.

Un detalle para orientar lo que vamos sintiendo: Marcos no nos cuenta qué le enseñaba Jesús a la gente. Mejor dicho: al no poner dichos de Jesús o enseñanzas doctrinales, nos hace mirar al Señor mismo como Maestro de vida.
¿Qué es lo que nos enseña Jesús Maestro y Buen Pastor en este pasaje?
Si lo miramos a Él, si como dice Ignacio, miramos la Persona de Jesús, lo que hace y lo que dice, recibimos enseñanzas muy hondas.

Jesús se nos revela con una Persona con infinita capacidad de acogida.

Recibe a todos.
“Vengan a Mi todos…”; “Atraeré a todos hacia Mí…”

A los apóstoles los recibe comprendiendo sus ganas de contarle lo que hicieron y enseñaron y su necesidad de descansar un poquito.
A la gente la recibe comprendiendo sus ganas de escucharlo hablar, de que les enseñe y les predique. La gente acudía a oírlo hablar. El pueblo sencillo capta mejor que nadie que Jesús es el Logos, la Palabra del Padre Dios. La gente sencilla, que quizás no lee muchos libros, cuando habla Jesús se va tras él y se olvida (también ellos) hasta de comer.
A veces, cuando vemos que la gente va a Lujan o a San Cayetano, muchos piensan que van a buscar un milagro. Y es cierto. La gente pide cosas concretas. Pero más que nada va a hablar con su Buen Pastor, con sus compañeros los santos y con la Virgen. La gente va porque sabe que será escuchada y acogida. Va a hablar no tanto de cosas para resolver sino de esas cosas que uno necesita hablar para compartir el corazón. Cuando uno se encuentra con sus amigos y hay poco tiempo para estar juntos, uno saca lo más hondo ─ lo más lindo y lo que más duele ─. Aunque no sea todo, uno comparte algunas cosas que hacen sentir que se compartió el corazón. Por este lado va la charla de Jesús con la gente y de la gente con Jesús. No importa tanto qué se dijeron ─ serían las cosas de aquel momento y de cada uno ─ importa aprender que es lindo sentir que a Jesús le gusta quedarse enseñándonos largamente y con calma, cuando nos ve que andamos como ovejitas que no tienen pastor.

Y yendo más hondo, esta capacidad del Señor de acompañar y compartir brota de ese sentimiento que se identifica con el Ser mismo de Dios: la compasión entrañable. Desde esta perspectiva del compañerismo, la compasión se ve de otra manera. Solemos poner el acento en la segunda parte de la palabra, el padecimiento. Y sin embargo, el acento está en el con. El dolor hace estar con el otro. En la impotencia que a veces se experimenta para ayudar de manera eficaz a que cese un dolor, uno experimenta cómo se abre otra dimensión, la del sentir el amor de la persona que nos acompaña o a la que acompañamos. La compasión hace a este ser comunitario de Dios, al estar siempre juntos el Padre con su Hijo, en constante comunicación Espiritual.
Esto es lo que enseña Jesús con su Persona, con sus gestos y sus pocas palabras en este pasaje evangélico.
Si al enviarlos les dio muchas instrucciones, al recibirlos sólo les dice “Vengan ustedes solos a descansar un poquito”. Solo una frase y lo demás son gestos: de escucha, de servicialidad, de atención y cariño.
Juan le dará forma definitiva y Eucarística a este Jesús que recibe a los suyos luego del trabajo en la última aparición en el Lago, cuando los espera en la otra orilla con el Pan y el pescado a las brasas.

Nos quedamos descansando en esta imagen acogedora del Señor.
Solo en torno a esta compañía de Jesús que nos recibe y nos espera se reconcilian esas cosas que en el mundo son opuestas y en el Reino se armonizan: trabajo exigente, fatigoso y clima distendido, de cordialidad.

Diego Fares sj

Domingo 15 B 2009

de-dos-en-dos1

El Reino se expande por presencia personal

“Jesús recorría los pueblos de los alrededores enseñando a la gente…
(Es en medio de esas “correrías apostólicas” que…)
… Llama junto a sí a los Doce
y comienza a enviarlos de dos en dos;
y les daba potestad sobre los espíritus impuros.
Les mandó que nada tomaran para el camino sino sólo un bastón;
ni pan, ni mochila, ni monedas en la faja; sino que se calzaran sandalias
y que no vistieran dos túnicas.
Les decía: ‘En cualquier lugar que entren en una casa
permanezcan allí hasta que salgan de ese lugar.
Y si se da que algún lugar no los acoge y la gente no los escucha,
al salir de allí, sacudan hasta el polvo de debajo de sus pies
como testimonio contra ellos’.
Entonces ellos salieron a predicar para que la gente se convirtiera;
expulsaban a muchos demonios y ungían con óleo a muchos enfermos,
y los curaban” (Mc 6, 7-13).

Contemplación

Antes que nada una pequeña historia de San Francisco de Asís, que es quien mejor comprendió la alegría y la fuerza de conversión que tiene el evangelio desnudo. La leí hace poco y me encantó. Se cuenta en las Florecillas que cuando Francisco convocó a todos los hermanos en una especie de primer capítulo Franciscano se juntaron en Santa María de los Ángeles más de cinco mil frailes. Francisco les predicaba y al llegar al tema de la pobreza les dijo que les mandaba por santa obediencia a todos que ninguno se preocupara ni anduviera ansioso por la comida o por las necesidades del cuerpo, sino que se ocuparan solamente de orar y alabar a Dios, que Dios cuidaría de ellos. Y todos recibieron este mandato con alegría y se entregaron a la oración. A Santo Domingo, que estaba presente, le pareció muy extraño este mandato y juzgó que era una indiscreción de Francisco juntar a tanta gente y no ocuparse para nada de la comida. Sin embargo, al mediodía, de todos los pueblitos cercanos, vinieron carretas y carretas con gente trayendo alimentos, platos y jarros y todo tipo de cosas útiles para los frailes y la gente misma les servía la comida. Con lo cual, muy conmovido, Santo Domingo, al comprobar en qué manera era verdad que la Providencia divina se ocupaba de ellos, confesó con humildad haber censurado falsamente de indiscreto el mandato de San Francisco, se arrodilló ante él diciendo humildemente su culpa y añadió: — No hay duda de que Dios tiene cuidado especial de estos santos pobrecillos, y yo no lo sabía. De ahora en adelante, prometo observar la santa pobreza evangélica”.

Esta confianza en la fuerza del evangelio, que hace que todo lo demás venga por añadidura, proviene de recomendaciones de Jesús como ésta, cuando envía a los Apóstoles de dos en dos, a predicar.

En la vida de los santos tenemos testimonios hermosísimos de todo tipo. Madre Teresa en nuestro tiempo es la mejor testigo de cómo a Jesús le gusta la gente que se confía totalmente en él a la hora de poner en práctica su evangelio, ya sea predicando o haciendo las obras de misericordia que él nos enseñó.
En la última entrevista que le hicieron dice:
“Personalmente no tenemos nada. Vivimos de la caridad y por la caridad.
La periodista agrega: Y de la Providencia…
Y Madre Teresa asiente: Tenemos que afrontar siempre necesidades imprevistas. Dios es infinitamente bueno. Siempre se preocupa de nosotras.”

El mundo de hoy es complicado y la tendencia del consumo es totalmente contraria a este espíritu evangélico.
El diagnóstico es el mismo que el de Madre Teresa: tenemos que afrontar siempre necesidades imprevistas.
El diagnóstico es el mismo pero la dinámica para afrontarlo es contraria.
La lógica consumista dice: entonces tenemos que tener dos de todo, por previsión.
En lo tecnológico sucede lo mismo: hay que tener siempre dos (o tres) sistemas de remplazo, dos backups, dos sistemas de seguridad, otro grupo electrógeno…
¿Se acuerdan del ejemplo de los megamillonarios? Esa nueva casta social de gente super rica, que, por dar un ejemplo, usan relojes diseñados por el suizo Franck Muller, de un valor de hasta 600.000 dólares. Pues bien, cuando se les preguntó a muchos de ellos cuánto dinero necesitarían para sentirse seguros, todos apuntaron a una cifra que era, casi inevitablemente, el doble de lo que ya tienen. Cien, mil o diez mil millones de dólares. Lo mismo da.

La lógica de Jesús parece que es al revés: en vez de dos túnicas, sólo una. En vez de dos pares de sandalias, sólo una. Y no llevar pan ni plata por las dudas…

Es bueno recordar aquí que este año, que fue de debacle económica a nivel global, fue el año en que más ayuda recibió una obra como la Casa de la Bondad. Sucedió algo semejante a las carretas cargadas de bienes que espontáneamente le llevaban a los frailes los vecinos.

Tampoco viene mal traer aquí a cuento que los que quieren tener dos de todo son los que caen en manos de personas como Bernard Madoff, que les da el doble a los de arriba de la pirámide a medida que les va sacando todo a los de la base.

Pero me parece que me voy del tema del evangelio, en el sentido de que estas “verdades” enfrían, porque pueden llevar a discusiones del tipo: “pero bueno, ¿qué quiere decir? ¿Qué todos tenemos que ser la Madre Teresa o San Francisco?
Me cuestionaba a mí mismo pensando que en el Hogar, si no hubiéramos comprado dos motores para armar el grupo electrógeno, nos hubiéramos quedado sin luz (y sin agua) un día, porque un motor no anduvo.

Si la contemplación se enfría, dejemos los números.
La lógica de Jesús, así como no es cuestión de letra sino de Espíritu, tampoco es cuestión de números.

¿Y entonces? ¿Qué es lo que el Señor quiere que resalte al enviar a los suyos de dos en dos y con pobreza de medios?

¡De dos en dos! ¡Qué maravilla! Vuelven a salir números, pero con otro espíritu. Porque son números de personas.
Y de dos que hacen uno, porque van con un solo corazón y una única misión.
Y de dos que a la vez son tres, porque donde dos o más se juntan en Nombre de Jesús allí está Él en medio de ellos.

Entonces comenzamos a entrever que lo que quiere resaltar Jesús es que el Reino se expande por presencia personal.
Los manda de dos en dos y con pocas cosas para que se note que Él va con ellos, que Él está presente en medio de ellos.
Los hace quedarse donde los acogen y los escuchan, para que formen familia, comunidad, centrando a cada pueblo en torno a la familia que mejor recibe a los enviados. Porque el que los recibe a ellos lo recibe a Jesús y el que recibe a Jesús recibe al Padre que lo envió.

La lógica de Jesús tiene muy en cuenta los números cuando se trata de personas: “Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron. Y en verdad les digo que cuanto dejaron de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejaron de hacerlo» (Mt 25, 40 ss).

La pobreza de recursos es, pues, para que se incremente la riqueza personal, para que la gente sienta que recibe personas, no ideas; para que la gente sienta que es convocada a formar comunidades de vida, no a realizar servicios puntuales. En las cosas de Jesús cada uno tiene que sentir que lo importante es que se sume como persona: importa su presencia, su corazón y su rostro, junto con sus manos.

Nos detenemos ahora un momento y profundizamos en la dinámica del llamamiento.
Jesús “llama junto a sí” a los Doce.
Llama, en presente (porque sigue llamándote ahora), y llama haciendo hincapié en este “junto a sí”.

Quiere que estés con Él y al enviarte quiere que sientas que vas en su Compañía.
Y que los que te reciben sientan que en vos hay mucho lugar para Él porque si es así, sentirán que también hay lugar para ellos.

Ser evangelizados es que se nos abran los ojos para ver a la Persona de Jesús en el centro de este envío de dos en dos. El es el tercero que va con ellos.
El estilo despojado con que andan sus enviados hace que la atención de la gente se dirija a Jesús que va con ellos.
Evangelizar no es ir a repetir una doctrina que el Señor les enseñó o a multiplicar un trabajo que Jesús no alcanzaría a realizar Él sólo.
Recordemos que Él ya está “recorriendo aldeas y enseñando a la gente” y que los envía “a los lugares donde debía ir Él”. Desde el comienzo Jesús se ha situado en medio de su pueblo, dialogalmente. El envío tiene un doble movimiento: atrayendo junto a sí y luego yendo con ellos a donde los envía. Estando presente en medio de cada pareja de apóstoles entra en cada casa y en cada pueblo y se fija en si los acogen o no. La Persona de Jesús está en el centro del pueblo fiel, de los Doce, de cada grupo de dos y de los lugares a donde entran. Así como Jesús los “hizo Doce” para que estuvieran con Él, aquí los envía para que los reciban, para que ellos estén y permanezcan en la casa donde los acogen y escuchan.

Dejarse evangelizar es aceptar a los enviados en la propia casa y que lo propio pase a sumarse a la Comunidad. Ser evangelizado es dejarse “coaptar”, integrar, sumar…, para lo cual hay que permitirle a Jesús que nos sane de toda enfermedad que aísla y de todo mal espíritu que no nos permite permanecer en su amor.

Al fin y al cabo, a los discípulos se los reconocía por este “estar siempre con Jesús”, por andar en su compañía. Esta es la gracia que pidió Ignacio para él y para sus compañeros y para todos los que hacen los Ejercicios: la de formar una compañía de Jesús. Una compañía en la que la pobreza de medios haga resaltar la calidez, el gozo y el valor de las personas mismas, cuya amistad en el Señor es nuestra mayor riqueza.

Diego Fares sj

Domingo 14 B 2009

Jesus de Nazareth

Los milagros nuestros que Jesús admira

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban.
Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga
y los más de los que lo escuchaban estaban asombrados y decían:
-¿De dónde (saca) este estas cosas? y ¿qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿y estos milagros (dynamis) que por sus manos se realizan?
¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros?
Y se escandalizaban de él.
Jesús les dijo:
– No hay profeta desprestigiado si no es en su patria
y entre sus parientes y en su casa.
Y no podía obrar milagro alguno (dynamis),
salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó.
Y él se admiraba de su incredulidad.
Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

Contemplación

Los milagros que Jesús no pudo hacer…
San Ignacio consideraba que era “todo impedimento” con respecto a las maravillas que el Señor quería hacer por él y con él. Y sin embargo se sentía muy amado, es más, experimentaba con estupor que cuánto más él le ponía impedimentos a la acción del Espíritu, más lo bendecía el Señor; como si Dios redoblara su confianza en su creatura a fin de ganarle el corazón. Esto le causaba a Ignacio admiración, agradecimiento, humildes pedidos de perdón y le daba mucha confianza para mejorar cada día.
Ignacio no le ponía distancias a la misericordia de su Señor ni se escandalizaba de él, como le pasó a los vecinos de Nazareth.

¡Cuántos milagros desea hacer el Señor en mi vida!
Esta es una linda manera de pensar.
Requiere, eso sí, que profundicemos en nuestra concepción de lo que es un milagro.
“Dynamis” (virtud, fuerza), así llama el evangelio de Marcos a los milagros.
Se trata de esa “dynamis” que brotó del interior de Jesús cuando la fe de la hemorroisa le tocó suavecito el manto

Esas “dynamis” que brotan de los labios y de las manos de Jesús hacen “retroceder” a las fuerzas negativas, las de la enfermedad y la muerte, las del pecado y las insidias del demonio.

El milagro es la fuerza del Amor que difunde el bien y hace retroceder al mal.

Nuestra mentalidad ha quedado atrapada en una concepción superficial del milagro: la de algo que sucede “desafiando las leyes naturales”. La gente se divide entre los que ven por todos lados cosas “sobrenaturales” y los que no creen para nada en lo sobrenatural sino que a todo le encuentran una explicación científica.

Pero en la Biblia el milagro es otra cosa. Es ver en algo, no importa mucho si es algo natural o extraordinario, la fuerza (dynamis) del Amor personal de nuestro Padre Dios, o de Jesús, o de los Santos.

Por eso hay milagros cotidianos e inmediatos, como los que le pedimos a los ojos de la Virgen: que nos den la “dynamis” para “encontrar” algo que se nos perdió o para “recordar” dónde lo habíamos dejado.

Están también los milagros a largo plazo, cuya dynamis es una fuerza mansa y constante que crece y se sostiene a lo largo del tiempo, como hemos visto en estos años que ha ocurrido con la Casa de la Bondad, cuya construcción hoy nos maravilla, siendo que comenzó de la nada, a fuerza de pura fe.

Hay que recordar también que el lugar de los milagros es el corazón, no la realidad exterior en bruto. Los milagros acontecen en el corazón. Es allí donde se “a-cuerda” la relación maravillosa entre un hecho –extraordinario o trivial- y la intención amorosa de Dios, entre algo que deseamos y pedimos y el ver en su cumplimiento la mano de Jesús, el asentimiento de la Virgen, la intercesión eficaz de algún santo amigo…
En el significado religioso de los hechos está la esencia del milagro. Uno siente “aquí estuvo la mano de mi Señor”; “esto es obra suya”; “el Señor escuchó mis ruegos”.

El asunto es que, una vez que Jesús vino al mundo, hay algo de su manto en todas las cosas: hay partículas de la Eucaristía en toda la materia, hay palabras suyas en todos los mensajes…

Esto es lo que nos regaló la ingeniosa fe de la Hemorroisa: la gracia de poner al descubierto que lo que cubre la gracia interior está empapado de ella y la manifiesta. El manto de Jesús participa de la fuerza vital de su interior divino: vibra con el latido de su Corazón. El amor del Señor bendice todo lo que toca y como todas las cosas están bendecidas, se puede acceder a ese Amor con solo tocar la puntita de sus mantos. La imagen linda es la del pueblo fiel de Dios tocando con delicadeza infinita el manto de la virgen, los pies de los santos…

Es tan simple “sentir” a Jesús en la fe de los otros y desear “tocarlo” con nuestra fe, que Jesús se maravilló mucho de que en sus pagos nadie le tocara el manto ni le sacara ninguna virtud sanadora. Se mantuvieron a distancia aún dándose cuenta de que la sabiduría (sofia) que salía de sus labios y las virtudes (dynamis) que salían de sus manos eran algo extraordinario. Se asombraron, sí, pero en vez de pasar a la admiración confiada de la fe, consintieron a la tentación de escandalizarse y pusieron distancia a las maravillas de Dios para no entregarle corazón a Jesús.

¿Qué milagros se perdieron? Todos, salvo esos pocos que recibieron los que fueron curados de alguna enfermedad al imponerles Jesús las manos. Imagino entre estos a alguna gente querida del barrio. Seguro que Jesús curó a alguna abuelita de esas que lo habían malcriado de niño; y a algún discapacitado mendigo al que la Virgen muchas veces le habría encargado de llevarle algo de comida o abrigo… ¿Qué por qué no les hizo el milagro antes? Es que Jesús les había estado haciendo milagros todo el tiempo. Estos de las curaciones físicas son milagros de la Vida Pública, para dar testimonio del Amor de Dios que se revela en la Palabra del Evangelio. Pero los otros milagros consistían en dar testimonio del Amor de Dios que se manifiesta en los pequeños gestos de la vida cotidiana. Y los milagros “apocalípticos”, del terremoto y el oscurecimiento del cielo, se dieron no en la vida sino en la muerte del Señor, para dar testimonio de su Amor que lo entrega todo para redimirnos.

Cada milagro responde a una dimensión del Amor y el Amor requiere todo tipo de milagros.
Como digo, hay infinidad de milagros y la gracia es el milagro de la fe para tener la “dynamis” de saber pedirlos y poder verlos.
Hemos visto que cuando el Señor calma la tempestad no los cura del todo del miedo, sino que se llenan de un gran temor ante la majestad de Jesús. Y el Señor los vuelve a acercar haciéndoles reflexionar sobre su fe, no sobre el milagro exterior. El miedo viene de la poca fe. Lo que vence el miedo a la enfermedad y a la muerte es la fe. Una fe que tiene la dynamis de una intensísima suavidad como la de la Hemorroisa, que cree que con solo tocar el manto de Jesús dejará de desangrarse. El miedo se cura con la “dynamis” del “mucho servir por puro amor”. Es una especie de “auto-milagro”, porque uno mismo cuando es curado de su fiebre, como la suegra de Pedro, se puede levantar y ponerse a “servir”. El milagro de la curación se concierta con el milagro del servicio.

Milagro de Jesús, milagro nuestro.

Conversión de la imagen de un Dios que viene en mi ayuda cuando yo quedo impotente ante alguna realidad a la imagen de un Dios que gesta junto conmigo sus milagros –la dynamis de su Amor junto con el milagro de mi fe y de mi ponerme a servir en su Nombre.

El Señor se admira de nuestra fe porque brindarle nuestra fe es un milagro que hacemos nosotros. Brindarle nuestro servicio por amor, es un milagro que brota de nuestro corazón. Y entonces: hay sintonía de milagros.

Martín Descalzo cuenta aquel relato tan lindo de Gerard Bessiere:
“Los miércoles, milagro”. ¿Se acuerdan? Dice así:

“Aquella tarde a Gabriela le preguntó su amigo Jacinto.
─ ¿Qué has hecho hoy en la escuela?
─ He hecho un milagro ─ respondió la niña.
─-¿Un milagro? ¿Cómo?
─ Fue en el catecismo.
─ ¿Y cómo hiciste el milagro?
─ Tenemos como profesora a una señorita que está muy enferma. No puede hacer nada ella sola, sólo hablar y reír.
─ Y ¿qué pasó?
─ La señorita hablaba de los milagros de Jesús. Y los niños dijeron: No es verdad que haya milagros. Porque si los hubiera, Dios te hubiera curado a ti.
─ Y ella ¿qué dijo?
─ Dijo: Sí, Dios hace también milagros para mí. Y los niños dijeron: ¿Qué milagro ha hecho?
─ ¿Y entonces?
─ Entonces ella dijo: Mi milagro son ustedes. ¿Porqué? , le preguntamos. Y ella dijo: Porque me llevan los miércoles a pasear empujando mi silla de ruedas. ¿Lo ves? Hacemos milagros todos los miércoles por la tarde. La señorita dijo también que habría muchos más milagros si la gente quisiera hacerlos…”.

Diego Fares sj