Domingo 13 B 2009

Curaciones16Hemorroisa

Los “pianissimo” de la fe

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia:
– «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva.»
Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.
Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba:
– «Con sólo tocar su manto quedaré curada.»
Inmediatamente se secó la fuente de su sangre, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. Jesús se dio cuenta en seguida de que una virtud (dínamis) había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó:
– «¿Quién tocó mi manto?»
Sus discípulos le dijeron:
– «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?»
Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo:
– «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad.»
Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron:
– «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?»
Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga:
– «No temas, basta que creas.»
Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo:
– «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme.»
Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo:
– «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!»
En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer” (Mc 5, 21-43).

Contemplación
Gente que piensa en Jesús

“…Pensaba: con sólo tocar su manto quedaré curada.”
Entramos en la contemplación por la puertita interior del corazón de la mujer que sufría hemorragias.
La escena de hoy es multitudinaria y ajetreada. Jesús va por la calle, en medio de la gente que lo apretuja por todos lados. Va con sus discípulos, urgido por el pedido del Jefe de la Sinagoga, que suplica por la vida de su hijita. Pero por el camino, en medio de tanta gente que va con Jesús o pasa a su lado, del corazón de alguien brota un pensamiento especial. Un pensamiento que se dirige exclusivamente a la fuerza vital que emana del corazón bueno de Jesús Ese pensamiento pensaba así: “con solo tocar su manto quedaré curada”.

Entramos entonces a la contemplación por este “pensaba…” de la hemorroisa (la mujer a la cual la vida se le iba yendo de a poco pero de manera creciente); entramos a Jesús por el pensamiento que brotó de ella lleno de amor y de fe total en el Señor.
Contemplamos su corazón. ¡Qué corazón lindo el suyo! Cuánto amor escondido a Jesús. Cuánta confianza en la Bondad de Jesús se esconde en el pensamiento de que “con solo tocar su manto quedaré curada”. Decimos que el pensamiento le brotó del corazón. Y cuando decimos pensamiento tenemos que recuperar la fuerza de esta palabra. El pensamiento no es algo estándar, no es un medio para contactarse con la realidad. El pensamiento es una potencia del espíritu cuya unidad reside en el corazón del hombre. Un corazón bueno y sabio piensa virtuosamente. Piensa con una fuerza que le permite “remar contra la corriente” (virtud), remontar situaciones difíciles. Un corazón como el de la hemorroisa piensa con fuerza vital, piensa positivamente, con fe. Y por eso Jesús le dice: tu fe te ha salvado. Tu pensamiento virtuoso a leído bien la realidad, ha sido capaz de sentir el latido pianísimo de mi Corazón en la orla de mi manto.
¡Hay tanta gente así! Tanta gente que confía en Jesús en silencio, que lo ama sin que nadie lo note. Hay tanta gente aue va cultivando pensamientos fuertes de fe en la intimidad y cuando llega la ocasión la “toca” y es bendecida. Hay tanta gente que dialoga interiormente de sus cosas con él y que reza por todos: por los que no conoce, por los enfermos, por la patria. Gente que no hace ruido, como la hemorroisa. Que no se hace notar, pero que está pensando en Jesús todo el tiempo. Gente que está haciendo actos de fe, positivos, virtuosos, y que toca las cosas con la música de su buena onda y les saca armonías y melodías en vez de disonancias.

Hablo en términos musicales porque el evangelio dice que, cuando la mujer le tocó el manto, “Jesús se dio cuenta en seguida de que una virtud (dínamis) había salido de él”. En música la “dinámica” se expresa marcando la intensidad con que se puede ejecutar una pieza. Están los pianísimos, los piano, los mezzopianos, los fortes, mezzofortes y fortísimos). Jesús se da cuenta de las intensidades de la fe como un músico es capaz de percibir matices en la misma nota. El pianísimo de la mano de la mujer al tocar su manto, en medio de los tonos subidos de la multitud, hizovibrar el Corazón del Señor y le sacó un tono fortísimo, como una corriente, dice también el griego, que secó instantáneamente la fuente de sangre de la mujer (así expresa el evangelio lo que nosotros traducimos como “cesó la hemorragia”).
Cuando Jesús se da vuelta y dirigiéndose a la gente pregunta “Quién tocó mi manto”, está hablando en términos de dinámica, en términos de intensidad. Los discípulos responden con aparente sentido común, inmersos en la intensidad coyuntural que fluye sin ton ni son en la corriente de la multitud que va por la calle. Pero uno sabe –no solo Jesús- cuando alguien lo toca para pedir algo humildemente. Así como distinguimos los empujones y la brusquedad, también sentimos la amabilidad del que nos toca el brazo para ceder un asiento o dar el paso.
La fe no es estática, es dinámica, tiene infinitos matices: es cuestión de intensidad. En un pianísimo se encierra la belleza de toda una intensidad que se contiene para darse con dulzura, casi en silencio. Así lo tocó la hemorroisa a Jesús e hizo vibrar de admiración su  corazón. Se dio cuenta al instante pero no un segundo antes. Jesús también iba “distraído”, si se puede hablar así, o quizás, totalmente focalizado en Jairo y su hijita, y por eso sintió que “una virtud” había salido de él, y entonces para todo y quiere ponerle nombre. “Quién”, pregunta. Porque la fe tiene la intensidad de cada nombre propio.
Ayer bauticé en terapia a una joven mujer china, embarazada de cinco meses, con neumonía, y entre los barbijos y la pequeña jeringa con agua que una mano me pasaba sin querer entrar en la zona de aislamiento (patéticamente precario, por otro lado) la bauticé al lado de su marido y primero dije las palabras Yo te bautizo en el nombre del Padre… y después el nombre chino, y después me salióbajito “María”. Y mirando al marido lo interrogué con los ojos si le parecía bien que la bautizara así. Él asintió. Cuando trato de hablar con los chinos, como las palabras no salen, salvo dos o tres, cambio el tono. Y ellos, que tienen cuatro (y alguno más) captan los cambios de tono y te miran a los ojos y entienden que estás diciendo algo especial. En la confesión solo se decir “quede en paz” y sin embargo basta.
La fe es cuestión de tonos. Cuando decimos “aumenta mi fe”, no estamos diciendo dame mucha, sino dame cambiar la intensidad. Y más bien no para el lado de los forte sino de los pianissimo. Dame una fe mansa y piana, que en un pequeño toque de con la nota justa con gran amor. Por eso el Señor habla de una fe como un granito de mostaza. Nosotros pensamos en algo chiquito, pero lo importante es la intensidad vital que encierra un granito de mostaza, al acorde de vida que late en su interior. Una fe pequeña es más bien una fe pianissima, que toque las realidades y las piense con intensidad callada y sonora.
Tu fe te ha salvado.
Le pedimos a la hemorroisa la gracia de la fe. El nombre de hemorroisa parece el de una enfermedad y sin embargo tiene un sentido espiritual profundo, porque “ruomai” significa fluir, liberar, y se usa también para “salvar”. Ella liberaba sangre perdiendo vida y nosotros fuimos salvados por la efusión de sangre del Salvador, que es fuente de Vida.
La hemorroisa es tipo del ser humano que se desangra, que pierde energía y vitalidad derramándolas en tantos esfuerzos inútiles (como las terapias que había buscado esta mujer sin obtener resultados). Es tipo también del que se deja secar la fuente por donde pierde vida y energía interior (como dice Grün). Tipo de la persona que deja que fluya la fe de su corazón y que toque suavemente el corazón del Señor, fuente de Vida verdadera.
El Señor es el que hizo cesar nuestras hemorragias con la Suya. El que derramó con su Sangre el Espíritu para el perdón de los pecados. Una hemorragia necesita una transfusión y él es el donante generoso.
Nos quedamos, pues, contemplando y dejando resonar los matices de la escena en nuestro corazón, pidiendo a esta santa mujer, tan tímida en cuanto a respeto humano y tan audaz en la fe, que nos comparta la gracia de esa fe que la llevó a ponerse en contacto armonioso con la Fuente de la Vida.

Una última imagen: la de Jesús dándose vuelta y mirando a la gente hasta dar con los ojos de la mujer que tocó su manto. Jesús conoce a la gente que es como la hemorroisa. Conoce a su pueblo sencillo que lo toca con fe, en el manto de sus imágenes y de las de sus santos. Jesús ama a esta gente y le dedica lo mejor de su amor. Porque él es uno de ellos. El también se acerca a nosotros en medio de la multitud y nos toca apenas el brazo, a veces pidiendo algo, otras con algún gesto amable… Y si uno se da cuenta de que fue Él, si uno aprende a sentirlo se sana de tantas cosas! En primer lugar de las enfermedades que hacen sangrar, que hacen “perder energía”, perder vida: los rencores que sangran por las heridas del corazón, las desilusiones que sangran por la heridas de la mente… Y si algo ya no sangra porque se ha muerto, para el Señor “duerme” y puede venir a resucitarlo con su “talita kum”, pequeña, yo te lo mando ¡levántate!.
Diego Fares sj

Domingo 12 B 2009

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Contra los miedos, el “mucho servir por puro amor”

Al atardecer de ese mismo día, Jesús dijo a sus discípulos:
«Crucemos a la otra orilla.»
Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba.
Había otras barcas junto a la suya.
Se armó una tormenta tan grande de viento que las olas entraban en la barca, de manera que ya se inundaba la barca.
Y Él estaba en la popa, sobre el cabezal, durmiendo.
Lo despiertan y le dicen:
«¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?»
Y despertando, se encaró con el viento y dijo al mar:
«¡Calla! ¡Enmudece!»
Y amainó el viento y sobrevino una gran tranquilidad. Después les dijo:
«¿Por qué son tan timoratos?
¿Aún no tienen fe?»
Y se atemorizaron con un gran temor y se decían unos a otros:
«¿Quién será este, si hasta el viento y el mar le obedecen?»
(Marcos 4, 35-41).

Contemplación

“Contra los miedos”.
Titulé la meditación así para entrar rápido en contacto con lo decisivo.
Sólo Jesús calma la tormenta de mis miedos, de los miedos que todos tenemos.
Sólo Jesús es nuestra paz. Sólo en su Palabra sobreviene esa “gran tranquilidad”.

Fuera de él, en medio de este mundo, mejor tener miedo. Y mucho.

Pero con él en nuestra barca ─aún dormido ─, el miedo no debe pasar de ser lo que es: una ocasión para acrisolar nuestra fe y para confortarnos sólo en el Amor y no en ninguna otra seguridad perecedera.

─ ¿No te importa que perezcamos?
─ No. No me importa─, podría responder Jesús. ─ No me importa que perezcan esas seguridades suyas que se han convertido en ídolos y no les permiten gozar de la única seguridad: la de mi Amor y la del Amor infinito del Padre. Por eso les digo:
No tengan miedo a nada ni a nadie en esta vida. No teman ni siquiera a los que los pueden matar. Teman solamente a aquel que les puede robar mi Amor, que es Vida eterna.
……
Contemplamos a los discípulos, cómo pasan del miedo a perecer a ese “mega-temor” (fobon megan) ante un Jesús que se les revela Todopoderoso. “¿Quién será este, si hasta el viento y el mar le obedecen?”

Su alboroto nos representa.
Somos pobres seres agitados por el miedo.
Miedo a las pandemias. Miedo a los desastres naturales. Miedo a la violencia. Miedo a la miseria. Miedo a la muerte. Miedo al miedo… Los seres humanos nos movemos en gran parte por el miedo.
La carta a los Hebreos discierne con clarividencia que, en el fondo, lo que nos esclaviza y nos lleva a pecar es el miedo. Hacemos el mal por miedo! (Esto es para que cada uno lo meditemos: donde están mis miedos, allí está mi pecado!)
Y hay gente que utiliza el miedo para controlarnos.
Por eso dice la Carta que Jesús “mediante su muerte, vino a reducir a la impotencia a aquel que tenía el dominio de la muerte, al demonio, y liberar de este modo a todos los que vivían completamente esclavizados por el temor a la muerte” (Hb 2, 15).
Fíjense qué definición del demonio: “el que tenía el dominio de la muerte y, por tanto, del miedo”.
En un artículo publicado en L’Osservatore Romano titulado «Para un examen de conciencia», la periodista Lucetta Scaraffia explica que «El miedo al sufrimiento constituye el motor base de todas las decisiones equivocadas de intervenciones sobre el fin de la vida: lo saben bien quienes hacen propaganda de la eutanasia alentando un futuro sin sufrimiento».
Y yo agregaría que el miedo es el motor base de todas las decisiones equivocadas con respecto no solo al fin de la vida sino con respecto a todo lo que es vida.
Por eso, la principal batalla de Jesús es contra el miedo: “No teman. Tengan fe. Confíen. Yo he vencido al mundo”.
La carta a los Romanos nos lo ratifica: “Ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que han recibido el Espíritu de hijos, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!» ( Rm 8, 15).
Fijémonos en la definición del Espíritu Santo: “Aquel que quita el miedo”. Tener espíritu de hijos es tener esa alegre seguridad que nos daban nuestros papás de pequeñitos. En sus brazos no había temor. El temor vino después, cuando nos soltamos…

Leo en internet a uno que expresa lo que muchos creen casi en el fondo de su pensamiento:
«Al único enemigo que has de temer es al miedo», cuantas veces no habré leído y escuchado también esta frase. ¿Acaso el miedo es nuestro enemigo?¿No ha sido gracias a él que hemos evolucionado? ¿No es él, el motor de nuestra vida? ¿No buscamos el progreso, por miedo al futuro? ¿La amistad, por miedo a la soledad? ¿La verdad, por miedo a la ignorancia? Hasta hemos creado a Dios, por miedo a estar solos; y al Diablo, por miedo a cargar a Dios con la maldad. Algunos han negado a Dios, por miedo a equivocarse. Otros, creen en El por miedo a saberse responsables. ¿Acaso muchos seguirían vivos si no temieran morir? El valiente espera, el cobarde actúa. El miedo es nuestro compañero inseparable. Si hemos de vivir con el aprendamos a amarlo y valorarlo, nada hay tan inútil como temer al miedo”.

Contra esto leemos en Juan:
“En el amor no hay temor, sino que el amor pleno y maduro echa fuera el temor, porque el temor mira al castigo. De donde el que teme, no ha sido madurado en el amor” (1 Jn 4, 18).

El pensamiento anterior tiene cosas interesantes porque es un pensamiento “penúltimo”, diría. Llega más a fondo que otros razonamientos superficiales. Pero no va hasta el fondo.
El miedo no es nuestro enemigo, pero tampoco se debe convertir en nuestro consejero como si fuera nuestro mejor amigo!
Valorarlo en el nivel instintivo y de supervivencia es algo bueno y natural. Extrapolar el valor que el miedo tiene en orden a la supervivencia y proyectarlo sobre las relaciones humanas y sobre nuestra relación con Dios es una falacia de efectos terriblemente perniciosos. Es lo que hace que el discurso de nuestro amigo ─ filósofo del miedo ─ se deslice imperceptiblemente del miedo como motor del progreso (buscando confort y seguridad) al miedo como motor de la búsqueda de amistad! La amistad no se puede conquistar por miedo. Es precisamente al revés: la amistad se nos regala gratuitamente como la experiencia de lo que es puro don, de lo que se da de tal manera entero y gratuitamente que expulsa el miedo. La amistad no es un bien que colme una carencia sino un bien que se sobreañade a una plenitud. Y se incrementa siempre no de carencia a satisfacción sino de más en mejor.

Es verdad que el hombre inventa dioses y demonios por miedo a la soledad y a la responsabilidad. Pero son dioses a medida, ídolos entre los cuales también se encuentra este del “pensamiento falaz”, que pretende solucionar el misterio con tres ironías y unos metros de profundidad por debajo de la superficialidad reinante.
Pero estos dioses no son para nada comparables a Jesús nuestro Señor.
Jesús, el que duerme en paz en la barca, aún en medio de la tormenta.
Jesús, el que calma el viento y la tempestad sin grandes esfuerzos y se preocupa, en cambio, por la poca fe de sus amigos.
Es la falta de fe la verdadera tormenta.
Tormenta a veces silenciosa, pero no con el silencio de la paz sino con ese enmudecimiento que es un grito de angustia al que tratamos de acallar y que surge en nuestros gestos crispados, en nuestras enfermedades, en nuestro ensimismamiento y agresividad…

Jesús le da al miedo su justa medida: lo experimenta muchas veces en su vida, junto con el dolor y la angustia y todos los sentimientos con que luchamos contra el mal, pero una y otra vez, el Señor vence el mal con el bien, el miedo con el amor, la angustia con la confianza en el Padre. Esa es su lucha tan humana, tan cercana a la nuestra de todos los días. Jesús con angustia, Jesús con miedo, Jesús confiándose en las manos del Padre. Permaneciendo en su Amor.

De última, el miedo es “no control” y por eso nos lleva a “rifar” el control a cualquier persona o a cualquier cosa que nos de la sensación de seguridad.

Y el Señor nos viene a revelar que no podemos “controlar” de manera absoluta nada en la vida salvo el amor. Sólo el amor se puede “controlar”. Uno sabe si es amado. Uno sabe cuánto amó y cuánto no amo.

Paradójicamente sólo el amor sin medida es la medida.

Lo expresa esa hermosísima canción de Silvio Rodriguez ─ Sólo el amor ─ en la que la materia del amor es precisamente lo fugaz y lo perecedero, aquello que no se controla y en lo que, por eso mismo, el amor puede volcarse con todo su poder gratuito:

Debes amar la arcilla que va en tus manosDormido en la barca
debes amar su arena hasta la locura
y si no, no la emprendas que será en vano
sólo el amor alumbra lo que perdura
sólo el amor convierte en milagro el barro.

Debes amar el tiempo de los intentos
debes amar la hora que nunca brilla
si no, no pretendas tocar los yertos
sólo el amor engendra la maravilla
sólo el amor consigue encender lo muerto.

Tenemos la medida básica en el mandamiento que nos manda “amar al prójimo como a nosotros mismos”. Uno no puede vislumbrar el futuro o saber muchas cosas que le pasan a los demás por la cabeza, pero sí sabemos que el amor no hace daño al prójimo, y que si uno ama humildemente, haciendo sentir al otro que lo ama con un amor que iguala, eso, más bien a la corta que a la larga, surte efecto.
También tenemos la otra medida, la del amor “por sobre todas las cosas”, ese que nos lleva a arrojarnos en las manos del misterio de Dios nuestro Padre con actitudes de hijo, con agradecimiento y reverencia amorosos.
Estos dos amores, que son uno solo, expulsan todo temor del corazón. Clarifican sentimientos y pensamientos, despejan el alma, nos hacen sentir y actuar bien.

La imagen del Señor “controlando” con serena majestad la tormenta de viento exterior y la tormenta de los miedos interiores de sus amigos, es la imagen de ese amor que enfrenta decididamente todos los temores y los pone al servicio de una maduración en la fe y en la esperanza.
San Ignacio culmina sus Ejercicios Espirituales con una hermosa reflexión sobre el temor y el amor:
“Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su divina majestad; porque no solamente el temor filial es cosa pía y santísima, más aun el temor servil, donde otra cosa mejor o más útil el hombre no alcance, ayuda mucho para salir del pecado mortal; y salido fácilmente viene al temor filial, que es todo acepto y grato a Dios nuestro Señor, por estar en uno con el amor divino” (EE 370).
Ignacio gradúa con sabia pedagogía los sentimientos que hay que cultivar, de manera tal que sirvan en la práctica. Insta a no dejar de lado el temor servil (que es temor del castigo) porque sirve para salir del pecado y establecer con el Señor una relación que él llama de “temor filial”. El temor filial más que al castigo teme lastimar al que ama. Pero lo que más hay que estimar, dice Ignacio es “el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor”. Expresión feliz que se complementa muy bien con aquella de “en todo amar y servir”.

Si uno se anima a decirse a sí mismo muchas veces interiormente esta frase, y responder a la pregunta “¿Qué debo hacer ahora?” con un decidido “Puedo “mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor”, sentirá la paz y la alegría del amor que quita todo temor.

Diego Fares sj

Domingo de Corpus B 2009

Emaus 2

El Corpus

“El primer día de la fiesta de los Panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús:
─ ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?
El envió a dos de sus discípulos diciéndoles:
─ Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo y díganle al dueño de la casa donde entre: ‘El Maestro dice: ¿dónde está mi habitación de huésped, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos? El les mostrará una gran sala en el piso alto, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Mientras estaban comiendo, Jesús tomó el pan habiendo bendecido lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:
─Tomen y coman, esto es mi Cuerpo.
Y habiendo tomado un cáliz y dado gracias se lo dio y bebieron de él todos. Y les dijo:
─ Esta es mi Sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. En verdad les digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 12-26).

Contemplación

El Corpus esconde muchas paradojas y hay que avivarse, como siempre decía Jesús con sus “el que pueda entender que entienda”, avivarse, digo para ser co-protagonistas de un banquete de convivialidad y no espectadores de un objeto de culto desactualizado. Una paradoja es que contemplamos un Pan, ponemos en la vidriera de la Custodia un pan rico y tierno, que si no despierta el apetito y lleva pronto a conseguirlo, a partirlo y compartirlo, se vuelve una contradicción. El Corpus es para comer y saborear.
Otra paradoja es que hacemos una procesión para exaltar un banquete. El banquete puesto en marcha nos recuerda que la alegría de la convivialidad que celebramos no es aún el banquete definitivo.
Damos pues algunos puntos para el camino, para ayudar a sentir ganas del Corpus.

La compañía del Corpus

El primer punto va por el lado de sentir en el Corpus a Jesús compañero, de sentir en el Corpus la alegría de la Compañía de Jesús.
La imagen más linda que tengo de una Procesión del Corpus es la de la Primavera del 93 en Roma. Desemboqué por una calle lateral en medio de la procesión que iba a Santa María Mayor y de golpe entre la gente distinguí ─ con súbita emoción ─ al Papa Juan Pablo que llevaba la custodia en las manos. Iba como uno más en medio de todos. En una marcha tranquila, dorada y blanca: la Eucaristía en manos del Papa, Jesús en medio de su gente…, el Pan de los ángeles acompañándonos:Corpus Juan Pablo

Jesús, buen Pastor, Pan verdadero,
ten piedad de nosotros:
apaciéntanos y cuídanos;
permítenos contemplar los bienes eternos
en la tierra de los vivientes.

Tú, que lo sabes y lo puedes todo,
Tú que nos alimentas en este mundo,
conviértenos en tus comensales del cielo,
en tus coheredores y amigos,
junto con todos los santos.

Les propongo ahora una contramarcha y volver a recorrer los versos de estas dos estrofas del Panis Angelicus, de manera de ir entrando en la contemplación del Corpus con ritmo de procesión.

En medio de la Procesión experimentamos al Buen Pastor que nos da la Vida verdadera, el Pan que nos cohesiona como ovejas de su Rebaño.

Contemplamos escuchando y gustando, como dice San Juan de la Cruz:
“la música callada, la soledad sonora,
(de) la Cena que recrea y enamora”.

El Apetito del Corpus

El fruto de la contemplación del Corpus es sentir y gustar internamente el deseo la Comunión. Al Corpus se lo sigue y se lo adora para incrementar el deseo de comulgar con él y de salir a crear comunión con todos, no para quedarse en la contemplación del Pan, ni siquiera para quedarse haciendo carpa en la tranquilidad del banquete.
Al Corpus se lo alaba y se lo adora para despertar deseo de la Eucaristía,
el hambre del Pan Vivo,
la sed de la Bebida Espiritual que es la Sangre de Jesús, que perdona los pecados del mundo,
la irresistible necesidad de entablar vínculos de comunión con todos los hombres y las mujeres del mundo, en el único que nos hace un solo Cuerpo.

La fuente de alegría del Corpus

Nos podemos detener unos instantes y hacer como una primera estación en esta contemplación en marcha. Hacemos un alto para tomar conciencia de cuál es la fuente de donde brota la Alegría del Corpus. Como dice San Juan de la Cruz:
Aquesta eterna fonte está escondida
en este Vivo Pan por darnos vida,
aunque es de noche.
Aquesta viva fuente que deseo,
en este Pan de Vida yo la veo,
aunque es de noche.
La alegría de la Fiesta del Corpus, según Guardini, expresa lo que el Jueves Santo no llega a desarrollar en plenitud Es que la última Cena quedó inmersa en el Drama de la Pasión. Jesús instituyó la Eucaristía haciendo una pausa entre dos momentos de altísima tensión: hacía apenas un momento que había desenmascarado la traición de Judas y unos minutos después los sacaría a todos afuera, hacia el Huerto de los Olivos y a la Cruz.

La alegría brota como un agua de fuente inagotable en esa pausa de paz y de convivialidad en la que el Señor, en medio de la cena:
“tomó el pan habiendo bendecido
lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:
─Tomen y coman, esto es mi Cuerpo.
Y habiendo tomado un cáliz y dado gracias
se lo dio y bebieron todos de él.
Y les dijo: ─ Esta es mi Sangre de la Alianza,
que es derramada por muchos”,
ese momento lleno de íntima belleza, ese instante de comunión con el Señor que les daba a comer su Cuerpo, quedó grabado en la memoria de los Apóstoles de tal manera que se convirtió en el centro de la vida cristiana, en la fuente de la vida de la Iglesia.

El tiempo de gracia del Corpus

Todos los gestos de Jesús quedaron grabados en el corazón de los suyos y luego en la memoria del pueblo fiel de Dios. Sin embargo la Eucaristía quedó impresa de una manera única, especial. Jesús marcó expresamente ese gesto de comunión en el momento justo de la historia, recapitulando todo el pasado y anticipando todo el futuro, concentrándolos allí, en lo que sintetizamos diciendo “el Corpus”. Por eso toda Eucaristía contiene y despliega una temporalidad especial: en la Misa el tiempo es tiempo pleno, tiempo de gracia, unificación de todos los tiempos en la corporalidad resucitada de Jesucristo, Señor de la historia.

La bondad del Corpus se difunde

En la fiesta del Corpus, lo que sacamos a peregrinar por las calles no es un “objeto sagrado”, sacamos en procesión una Cena, un Banquete, un Pan Vivo ─ el Corpus ─ que concentra en sí todo el memorial de la muerte y resurrección de Jesús.
Lo que contemplamos en la Custodia no es una “foto”, no es una parte de la historia, es el Todo: el Corpus atrae toda nuestra sed de comunión y al suscitar esa convivialidad con Jesús nos abre los ojos a su Vida entera.
La paradoja del Corpus debe ser bien entendida. Ponemos como objeto de contemplación a quien es el protagonista de la comunión. Miramos fuera al Pan que llevamos dentro. Contemplamos unos instantes lo que comemos, lo que nos da vida, lo que nos hace hermanos. Exaltamos lo que es más íntimo. Ponemos a caminar lo que es más descanso: la comida familiar.
El Corpus no es un “objeto de culto especialísimo” aislado. Muchos se confunden en la Iglesia y agotan toda la fuerza de su amor en una sola dirección, la del culto, que termina siendo autorreferencial: todo es mirarme a mí, si me arrodillo al recibir la comunión y si soy más puro y totalmente atento a ese objeto que está delante y que luego meto adentro.
La dinámica del Corpus es como la de la Bondad: difusiva (no exclusiva). Adorar la Eucaristía es adorar el Amor que se nos regala gratuitamente para que compartamos con los demás.
Por eso, para concretar nos podemos preguntar:
¿Qué hay que “ver” o imaginar al contemplar la Eucaristía?
No hay que ver a un Jesús que se “define” a si mismo sino a un Jesús que se parte y se reparte.
Si Jesús hubiera querido que lo recordáramos como imagen a Él sólo, nos hubiera dejado un cuadro o una foto o la descripción de su rostro.
Pero Jesús no quiere ser recordado así. Por eso nos deja su memorial haciéndose pan para que, al abrir los ojos, no lo veamos a Él (por eso desaparece apenas lo reconocen los de Emaús) sino que, comulgando con él, veamos al Padre y veamos con ojos nuevos a los hermanos, volviendo a la Comunidad.
No hay que “ver” a Jesús. Hay que recordarlo.
Hay que comulgar con Jesús, hay que entrar en intimidad con El.
Y con El en nosotros, cumplir su mandamiento: Amar al Padre ─ rezando, alabando y adorando con reverencia amorosa ─, y amar al prójimo –sirviendo a nuestros hermanos en quienes el Señor quiere ser visto.
Jesús no quiere ser visto como objeto aislado. Y menos que hagamos objeto de visión y de culto la Eucaristía como objeto aislado. Así como los ángeles despiertan a los discípulos que se han quedado mirando al cielo, así tendrían que despertar a los que se quedan embobados mirando la hostia santa y haciendo esfuerzos para ver algo divino.

¿Qué hay que recordar y con qué sentimientos al adorar el Corpus?
Hay que recordar en el Corpus ─ con sentimientos de acción de gracias ─ todas las convivialidades que se nos han regalado: el pan del desayuno en la intimidad de la cocina, que regala unos instantes de cariño para tener fuerza para el día (como la misa de la mañana); el asadito en familia del fin de semana, en el que se recapitula y se comparte todo lo vivido (como la misa del Domingo); el banquete de las fiestas más grandes, con todos los amigos y con todo el pueblo de Dios… Jesús ha estado con nosotros, todos los días, cada vez que hemos participado convivialmente de estas comuniones cotidianas.

¿Qué hay que planificar y con qué sentimientos al adorar el Corpus?
Como Ignacio, que tenía en la mesa de la Eucaristía su mesa de trabajo, al adorar el Corpus hay que sentir lo que el Señor desea para todas las convivialidades que hemos construido juntos en su Nombre. Hay que contemplar nuestras obras –los Hogares de San José, las Casas de la Bondad- tanteando con espíritu de intercesión y disponibilidad para el servicio, qué es lo que el Señor desea que hagamos y con qué paz y con cuánta alegría.

El Corpus es la convivialidad de Jesús con el Padre que se nos regala.
El Corpus es nuestra convivialidad con Jesús que Él le ofrece al Padre.
Por eso la alegría del Corpus es tan especial: es la alegría de los que intuyen que están siendo incluidos en un Amor definitivo.

Y dejo aquí para ir con los chicos de Regina a la Procesión del Corpus de nuestra Arquidiócesis de Buenos Aires.

Diego Fares sj

Domingo de la Santísima Trinidad B 2009

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Bautizados en la Trinidad

“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea,
al monte que Jesús les había indicado.
Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.
Jesús se acercó a ellos y les habló así:
‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado.
Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos’” (Mt 28, 16-20).

Contemplación

Bautizar, dice el diccionario bíblico, es sumergir, empapar, mojar…
Lo sabemos. Pero me sorprendió ver citado también a Platón que usa el término en el Eutidemo para expresar que uno “está abrumado con interrogantes” (Eutidemo 277 d); sumergido en sus pensamientos, decimos nosotros.

Este uso me hizo caer en la cuenta de que nacer y vivir y pensar… siempre es “ser bautizados”: como seres humanos siempre andamos “sumergidos” en algún medio.
Y entonces, el Bautismo cristiano se me reveló con una lucecita nueva.
Al bautizarnos, la Iglesia nos sumerge en el Amor de Dios
y ese bautismo nos “desahoga” de todos los otros bautismos,
nos despeja de todas las otras “inmersiones” en las que andamos sumidos:
nos absuelve las culpas,
nos despierta del encantamiento del mundo de las imágenes y de las noticias,
nos saca de la miopía de los criterios mundanos.

La contemplación de hoy va, entonces, para ese lado:
a ver si puedo ayudar a quitar algunos prejuicios que nos tapan lo más lindo del Bautismo.
Un prejuicio es que el Bautismo se nos impone.
Actualmente hay todo un movimiento de “apóstatas” ─ así se llaman ellos mismos ─ que piden que se los borre de los libros de la Iglesia. No quieren ser parte. Están enojados con que se los haya bautizado. No les gusta que se los haya “metido en una institución como la Iglesia”.

Tienen derecho a que se los borre de los libros, pero hay que decir que ningún bautizado ha sido “metido en una institución”.
El Bautismo es en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
El Bautismo es haber sido “sumergidos en una triple mirada”; en la mirada de Tres que nos miran como a hijos.
Uno no puede borrarse de que los que lo quieren lo miren con amor.
El Bautismo es haber sido sumergidos en una conversación de Tres que charlan sobre nuestra salvación.
Uno no puede evitar que los que lo quieren hablen de uno con amor.

Hemos sido bautizados, amorosa y conscientemente, por los que nos dieron la vida en la misma Fuente en la que vinimos inconscientemente a la vida.

El prejuicio de la supuesta imposición no tiene en cuenta el hecho de que no somos “autónomos”, no podemos excluirnos de nuestras relaciones: siempre estamos en relación con un medio. Dios está por dentro y también por fuera: “En el vivimos, nos movemos y existimos” como dice Pablo a los cultos atenienses (Hc 17, 28).

¿Por qué ser bautizados en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo no es una imposición sino una liberación?
Porque si no somos bautizados en ese “ambito de Amor que perdona y da vida” quedamos “sumergidos” en nuestros propios pecados y límites que llevan a la muerte.
Los seres humanos somos “sumergibles”.
Nuestra vida se gesta en el seno materno y generando líquido amniótico.
Nos despertamos a la conciencia luego de años sumergidos en el cálido ambiente familiar.
Desarrollamos nuestra vida inmersos en la sociedad…
Para ver, necesitamos estar en el ámbito de la luz.

Todo esto lo tenemos claro. Y sin embargo, para pensar y elegir, muchos creen que no necesitan “estar en un medio”.
Creen que son totalmente autónomos, que sus pensamientos y elecciones surgen de una fuente propia y exclusiva.
Y de no ver esta simple realidad viene el estar “sumergidos” en el propio yo como si este fuera algo cerrado, culpable de todas las culpas y merecedor de todos los méritos, de manera exclusiva.

Aquí viene, entonces, la gracia genial del Bautismo.
Para hacernos hijos, para hacernos nacer y crecer a la vida de la Gracia, Jesús ve que necesitamos ser sumergidos en ese “líquido amniótico” del Agua del Bautismo, que nos permite movernos cómodamente en el seno Interpersonal de la Trinidad.
El Espíritu es el que crea este ámbito favorable para la Vida plena en el que somos sumergidos y bautizados.
La Iglesia es ese ámbito materno sin cuya mediación el Dios vivo nos quemaría o se nos volvería inasible.

Por eso los otros sacramentos son como un “zambullirse” de nuevo, líbremente, en las Aguas del Bautismo.
Al confesarnos, nos sumergimos en el Agua del perdón que nos lava las culpas.
Al comulgar, nos sumergimos en la Carne y la Sangre del Señor que nos unifican con los demás, y nos permiten sumergirnos luego en toda realidad.

El mandato del Señor “hagan discípulos a todos los hombres, bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” es un encargo de ida y vuelta. Tiene la otra parte, la de “guardar sus mandamientos”.
Somos bautizados y tenemos que mantenernos bautizados: sumergiéndonos cada día, a cada instante, en su Amor.

Puede ayudar hacernos algunas preguntas a este respecto:
¿En qué me sumerjo, yo, cristiano que he sido sumergido en “la fuente de la Santidad, en el Amor de nuestro Padre, en el Amor de Jesús, nuestro Hermano, en el Amor del Espíritu de ambos?

¿En qué pensamientos me sumerjo?
¿Qué sentimientos dejo que me inunden?

¿Cómo es que no me zambullo de cabeza a cada rato en el Amor de nuestro Dios, yo que he recibido su Espíritu, que lo tengo a mi disposición como una Fuente interior de Agua Viva en la que me puedo meter para lavarme y empaparme de evangelio y de gracia?

Como dice el Salmo 43:
“¿Por qué tendré que andar triste,
hostigado por mi enemigo?
¿Por qué desfalleces, alma mía?
¿Por qué te inquietas?”
Y el Salmo 42:
“Como la cierva sedienta
busca las fuentes de agua,
así suspira mi alma
por ti mi Dios.
Mi alma tiene sed de Dios,
del Dios viviente”.

El Bautismo no es una imposición.
El Bautismo responde a la sed del hombre y a la necesidad de tener un ambiente adecuado para moverse.

Somos seres bautizables.
Bautizables porque bautizados: vivimos sumergiéndonos en el trabajo, dejándonos inundar por sentimientos, absortos en nuestros pensamientos, metidos en discusiones y conversaciones…

Siempre estamos sumergidos obedeciendo a algún mandamiento humano.
Por eso Jesús, al mandar que nos sumerjamos sólo en su Amor, nos libera. ¡Permanezcan ─ bautizados ─ en mi Amor!
En todas las situaciones y en todo momento: un solo Bautismo, un único mandamiento.

Bendito sea el Bautismo que nos sumerge en las Personas del único Dios y nos “desahoga” del estar sumergidos en nosotros mismos.

Benditas sean las enseñanzas de Jesús: bautizarnos en ellas nos libera de estar “abrumados por interrogantes” que no tienen respuesta.

Ojalá que nos llenemos de alegría de haber sido bautizados en el Amor de la Trinidad.
Qué triste si no. Qué tristeza darse cuenta de todos los bautismos que uno tiene encima si no hay uno Definitivo.
¡Qué triste si todo fueran piletas y no existiera el mar!

Ser bautizados es ser invitados a entrar en el Diálogo Familiar en que consiste la Vida trinitaria. Jesús nos lo abrió en el evangelio de la Transfiguración, cuando le permitió a Pedro escuchar y sumarse en la conversación celestial.

Ser bautizados es lo mismo que comulgar.
El Señor se bautizó en nuestra vida, entró en nuestra carne, en nuestra historia, en nuestros moldes culturales, y desde adentro nos invita a ser bautizados en Él, que revitaliza lo humano desde adentro.
En él todas las cosas están bautizadas, bendecidas, evangelizadas.

Ser bautizados es lo mismo que contemplar el evangelio: fuente de agua viva que invita a sumergirse en él. Todos los diálogos del evangelio son capaces de recibir al que se sumerge en ellos y provocar el efecto benéfico de su agua viva y purificadora. El evangelio es abierto, no es palabra hermética, cerrada, que aleja. Toda persona y toda cultura puede bautizarse y salir renovada de este empapamiento.

Ser bautizados es, como dice Grün: “dejar que Jesús impregne nuestra vida diaria”. “Dejarnos impregnar por la misericordia y la dulzura de Jesús nos libra de dejarnos absorber por la amargura”.
Que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo nos reaviven esta gracia bautismal para vivir en ellos, en su Reino, que no está aquí o allá sino en “medio de nosotros”.

Diego Fares sj