Domingo de la Ascensión B 2009

ascension 10 

Evangelizar todas las cosas

 Jesús dijo a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Nueva a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les  hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.» Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes, cooperando (sinergia) el Señor  y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban (Mc 16, 15-20).

 Contemplación

 “Anuncien la buena nueva a toda creatura”, les mandó Jesús; y ellos partiendo de allí “predicaron por todas partes”.

El Señor nos encargó la misión de evangelizar a toda creatura, de predicar por todas partes. Toda creatura debe ser evangelizada. Y debe serlo parte a parte. No solo las personas, también las cosas: la hierba y las estrellas, los gorriones y las ballenas, las nubes y las piedras,  los ríos y las casas, el espacio político y el espacio virtual, con todos los “sitios” de la web.

Todo la creación tiene que ser tocada por la Buena nueva de que ¡Jesús ha muerto y resucitado!: ¡tenés que saber que gracias a ello, tus pecados están perdonados y se te han abierto las puertas del Reino de los Cielos, para cuando quieras entrar a participar!

 Todas las cosas han de ser evangelizadas.

Cada una a su manera: con la bendición, con el cuidado, con el cultivo y la disposición que las vuelve más serviciales y bellas.

Debemos anunciar el “kerygma” de que Jesús ha entrado “en la intimidad sagrada del Amor del Padre”.

Al entrar allí Jesús se nos ha acercado definitivamente.

Ese cielo está al alcance de la mano (como las cosas).

El Padre es la “fuente de la santidad” como decimos en la plegaria Eucarística. Y por eso le pedimos “que santifique estos dones”. El Padre Eucaristiza con el pan y el vino todas los frutos del trabajo del hombre, la realidad entera queda hecha un Cielo, queda convertida en Eucaristía.

Por eso, hacer la Eucaristía es evangelizar todas las cosas,

 La Ascensión no fue hacia las nubes del cielo sino hacia lo más Alto de cada realidad: hacia ese espacio de intimidad en el que cada creatura está abierta amorosamente a todas las demás y desde donde puede ser realzada a un sentido trascendente. Ese es el cielo que configura desde adentro ─ en su amplitud y trascendencia ─ cada creatura, cada realidad.

Se puede, por tanto, ver a Dios “en todas las cosas” como quería Ignacio que viéramos. Cada cosa tiene su cielo, su cielito lindo que alegra los corazones, como dice la canción. Cada realidad tiene una puerta abierta al Reino y puede evangelizar y ser evangelizada, en esa ida y vuelta que tan hermosamente expresa Atahualpa en “Tierra mía”

¡Qué tendrás, tierra mía
para que así llevemos,
en los ojos, tu fiesta
y en el alma, tu pena!
Tus montañas, tus llanos,
tus caminos, tus aguas,
rutas que van al cielo,
cumbres que nos alcanzan
.

Música de tus noches,
canto de tus mañanas,
fuerza de tu silencio
cuando callas.

Una fuerza de vida
que baje de los cielos,
y florezca en nosotros

como una primavera,
que se lleve las sombras,
y que nos dé silencios,
para sembrar en ellos
inspiraciones buenas.

…..

En realidad Jesús ya evangelizó toda la creación. Por eso hay que escuchar primero.

El que hizo cada cosa a imagen suya, con su Palabra, el que se encarnó y se sembró en cada terrenito de esta tierra nuestra, murió también en la cruz de cada cosa, no sólo en la suya, y resucitó también en todas. Por eso es que puede decir con verdad y cercanía que “El está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Jesús ya evangelizó el Pan y las bocas, el Agua y las frentes, el Aceite y los cuerpos, las manos y los anillos, Jesús ya evangelizó todas las Palabras y todos los caminos.

 Santos como Francisco evangelizaron la creación entera con su mirada buena y su manera pacífica de nombrar las cosas: gracias a él podemos hermanarnos con el hermano sol y la hermana luna…

 Ignacio nos enseñó en sus Ejercicios a “evangelizar” las situaciones, a discernir y a elegir con determinación libre y deliberada aquella forma de vida o aquella actitud que “abre Reino y lo establece aquí y ahora” en medio del fluctuar ambiguo de las decisiones humanas.

 Teresita evangelizó las pequeñas cosas del convento de Lisieux: los lapicitos de colores y el pan partido en pedacitos para la hermana con artrosis.

 La madre Teresa y el Padre Hurtado nos enseñaron a “ver a Jesús en los pobres más pobrecitos y desamparados”.

Y así, tanta gente buena que evangeliza las cosas de todos los días con su labor incesante. Cada cosa que tocamos elaborada por la mano del hombre contiene una intimidad sagrada ─ los esfuerzos y las lágrimas, muchas veces ─, de aquel que las trabajó para que nos llegaran.

 ¿Saben cuánto cuesta un hojal?, les preguntaba el jovencísimo Alberto Hurtado a los profesores que escuchaban su tesis de Abogacía sobre las mujeres que cosían camisas en condiciones de extrema pobreza. “Los hojales de sus camisas están bordados con las lágrimas de estas mujeres trabajadoras”. “Y qué podemos hacer ─ decía sin poder contener las lágrimas ─ ¿Nada? A veces pareciera que no podemos hacer nada. Pero podemos indignarnos. Siempre podemos indignarnos y llorar de injusticia por el mal”. Que eso también es evangelizar y hacer que se abra la justicia del Reino en una situación inicua. Siempre podemos condolernos e indignarnos por la injusticia.

El evangelio tiene la potencia de encarnación del Verbo. Con la misma fecundidad con que se encarnó la Palabra en María, con la misma intensidad cotidiana con que se metió Jesús en la vida de Nazareth, se incultura el evangelio en cada cosa, en cada situación actual. El evangelio sigue siendo: la palabra más ardiente que una brasa, la luz de la lámpara más encendida, el agua que surge y salta hasta la vida terna, el pan más vivo que baja en cada Eucaristía del cielo, o mejor, que se convierte desde su intimidad de materia sagrada en el Cuerpo de Cristo.

 La predicación del evangelio tiene muchos caminos. A veces pensamos que debe ir directo a la mente de la gente y no siempre es así. Muchas palabras están “desevangelizadas” y en vez de suscitar amor y confianza mueven a la discusión. Por eso la predicación del evangelio debe ir, quizás, más humildemente, primero a las cosas. Cosas tratadas con cariño, trabajadas con amor y ofrecidas sin interés, cosas que llevan un mensaje en su interior que el otro descubrirá con el tiempo. Cosas como las artesanías de El Hogar de San José, silenciosamente elocuentes, cosas lindas llenitas de amor, trabajadas por manos que recobraron la esperanza y la alegría en un entrepiso abarrotado de materiales de descarte, que es lo más parecido a un reino de los cielos donde todo se recicla gracias a Jesús.

 Quizás el evangelio debe ser primero “casa”, como la Casa de la Bondad. La Casa de la Bondad es una buena nueva que ha demorado cinco años en construir su espacio exterior y recién dentro de unos meses podrá ser ámbito íntimo donde se pronuncien palabras de cariño y de esperanza para los enfermitos. Evangelizamos ladrillos y baldosas antes de evangelizar cuerpos enfermos y mucho antes de decir una sola palabra de fe. Pero cuando esa palabra llegue, en alguna conversación íntima entre un enfermo y uno que acompaña, será “cielo”, intimidad sagrada de Dios, intimidad de amor.

 Por todo esto me llamó hoy la atención esa frase de Jesús: “a toda creatura”. Los discípulos misioneros se dejaron llenar por la fuerza de esa frase y salieron a predicar “por todas partes”. Lo expresan los iconos de la Ascensión en los que se ve al Señor serenamente intercediendo en el interior de un círculo y a los discípulos en una agitación dinámica como listos para salir y ponerse en camino hacia todas partes, cumpliéndole al Señor el  deseo de que su Palabra toque todas las cosas, se mezcle con todas las situaciones, alcance todos los rincones de la vida.

 El evangelio no es una doctrina particular para determinado tipo de cosas ─ las cosas religiosas o espirituales ─; el evangelio es el diálogo apasionante del Señor con cada cosa a la que le insufla su perdón y su vida. La misión de anunciar el evangelio brota en primer lugar de un discipulado. Lo que anunciamos es una Vida que está operante en lo profundo de la realidad. Por eso “anunciar la Palabra es descubrirla”, predicar la Palabra es escuchar cómo nos habla desde lo profundo de cada realidad,  incluso en las más dolorosas. Un lindo ejemplo en el libro de los Hechos de los apóstoles, es el canto de alabanza que entonaban Pablo y Silas en la prisión de Filipos que hizo temblar la casa y abrirse los cepos. Este canto de alabanza llegó al corazón del carcelero que les preguntó “qué debo hacer para salvarme”. Entonces le anunciaron el Kerygma con palabras (Kerygma cuyo deseo ya había recibido antes en su corazón por obra del testimonio de la alabanza de los prisioneros) y lo bautizaron a él y a toda su familia. La alegría de creer en Dios es lo que se destaca en esta conversión del carcelero.

 En el Hogar le dedicamos un espacio a “las buenas noticias”. Las tratamos de compartir en las carteleras y en los boletines. Es una tarea kerygmática. Nos hace estar atentos a esas “buenas nuevas” y tratar de que tengan un ámbito adecuado para expresarse de modo que las podamos compartir. Es un servicio más, dentro de los muchos del Hogar y, al mismo tiempo, es “El servicio”. Servicio de la Palabra, Servicio del Testimonio, como dice el Papa:

“La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (liturgia) y servicio de la caridad (diakonia)(Deus Caritas est 25 a).

Hoy, por ejemplo “decodificaba” uno de estos evangelios que acontecen en la vida diaria. Anteayer tuvimos una persona que alteró la paz del Hogar. Estaba drogado, se ve, y no permitía que entrara la gente de la tarde al Hogar. Salí volando para allá y de camino me dijeron por celular que no se podía abrir la puerta: ¡El hombre le había metido palitos a la cerradura! Cuando llegué, metí la llave y pude abrir. Me llamó la atención, pero pasamos un buen rato en que fue todo idas y venidas, llamados al 911 de la policía, contener al loco que tocaba timbre y quería pelear con todos, hacer entrar a la gente cuando se alejaba un poco…  En cierto momento, uno me contó cómo había sido la cosa: uno de los huéspedes había sacado las maderitas con su pinza de artesano y se había ligado varios palazos del loco que no quería que nadie entrara. Me emocionó ver que alguien había defendido al Hogar y recibido palos por ello y se lo agradecí de corazón. Ahora, el hecho tenía una hondura más, que vine a descubrir haciendo mis reflexiones etimológicas sobre el Kerygma que se nos anuncia desde la realidad misma. ¿Saben cómo se llama nuestro huésped abridor de puertas? “Anunciato”.

 Es que es verdad que el Evangelio está operante en lo cotidiano de la realidad. Hay que parar la oreja, afinar el oído, poner la lupa en algún pequeño gesto y contemplar. El Señor resucitado nos acompaña y está con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”. Es su promesa. Está cooperando. Sinergia es la palabra (“ergountos” = obrando/ syn = con).

El Señor obra al mismo tiempo que nosotros cuando “anunciamos el evangelio” o damos testimonio. Y como es un obrar simultáneo muchas veces no nos damos cuenta, aunque queda siempre un gustito a más, un sabor especial. Esto es lo que luego el Señor confirma con alguna señal, como dice el evangelio. Y es lo que tenemos que recordar al repasar el día contemplativamente, al hacer esas pausas al pasar de una actividad a otra. Pequeñas pausas en las que uno no termina abruptamente lo que está haciendo sino que lo comenta un momento con el Señor. Estoy terminando esto y te lo ofrezco. Te agradezco haber podido hacerlo y lo bendigo en tu Nombre para que sea para bien y para Gloria del Padre. Al poner palabras como estas el Señor que estaba obrando sinérgicamente suele mostrarse un instante, como cuando los de Emaús lo hicieron pasar y luego se detuvieron con él pidiéndole que bendijera la mesa.

El Señor está “en toda la creación”.

El Señor habla en todas las cosas.

“Ver a Dios en todas las cosas”, decía San Ignacio. En eso hay que ejercitar los ojos y los oídos del corazón. Los sentidos espirituales se nos sensibilizan y se vuelven capaces de “tocar” el evangelio con las manos en todas las cosas, de sentirle el gusto en medio de todas las situaciones cotidianas, de percibir su aroma, como si recién acabara de pasar, de distinguir su tono de voz de Buen Pastor en una conversación cualquiera, de reconocer, como Juan, su presencia en la orilla, al comenzar el día, de darnos cuenta que nos ha acompañado, al caer la tarde.

 Diego Fares sj

Ascensión 3