Domingo 5 B 2009

 

La Palabra que saliendo de sí cura toda angustia e inquietud

Jesús salió de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan.
La suegra de Simón había caído en cama con fiebre, y de inmediato le hablaron a Jesús de ella. Acercándose la levantó tomándola de la mano: la dejó la fiebre y ella se puso a servirlos.
Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados. Estaba la ciudad entera congregada delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.
Al amanecer, muy oscuro todavía, levantándose, salió y fue a un lugar solitario; Y allí rezaba.
Salió a buscarlo Simón con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron:
– «Todos te andan buscando.»
El les respondió:
– «Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí pueda yo predicar (kerygma), porque para eso he salido.»
Y marchó y anduvo predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios” (Mc 1, 29-39).

Contemplación

“Anunciar gratuitamente el evangelio… ─ dice hoy Pablo en la segunda lectura ─: esa es la misión que se me ha confiado”.
“Predicar ─ dice Jesús ─ : para eso he salido” del Padre y he bajado del Cielo.

Mantenemos ante nuestros ojos a Jesús y a Pablo, como modelo de anunciadores del Evangelio, y, antes de seguir contemplando, nos detenemos a despejar nuestra mente de toda imagen estándar de lo que significa “predicar”.

Es bueno purificar nuestra manera de concebir la prédica.
Necesitamos despejar de nuestra imaginación todas las caricaturas que surgen como espontáneamente cuando alguien pronuncia la palabra “prédica”.
Está la caricatura del cura aburrido que da sermones y la del pastor que electriza a su público con aleluyas y aplausos. Pero también es un estereotipo poner el anuncio del evangelio como una actividad más, entre otras.
No es así: el evangelio se anuncia con la vida plena de cada uno.
Con nada menos.
Traigamos a la contemplación de hoy una imagen linda que compartimos hace dos semanas. ¿Se acuerdan del comensal del Hogar que decía:
“Me promociono limpiando en el Hogar en forma gratuita. Lo hago en forma agradecida”?
Bueno: eso es predicar el evangelio.
¿Y qué es “eso”.
Eso es varias cosas, todo un mundo de amor, diría.
Es el testimonio que esa persona nos regaló por escrito, por supuesto. Pero también, antes y después, es el testimonio que sigue dando con sus servicio y su alegría (“estoy siempre limpio y alegre; tengo mucha personalidad…”).
También es anuncio del evangelio el haberle pedido su testimonio y haberlo puesto por escrito en un boletín (que emocionó tanto al jefe de la agencia de publicidad en la que una colaboradora lo editó, que le dio ganas de buscar una imprenta que hiciera gratis los mil boletines en un papel hermosísimo y costoso). Digo que también es anuncio (la mitad del anuncio) abrir el oído a los pequeños en quienes el Padre se complace en revelar su reino y proporcionarles medios para que “hablen” aquellos a quienes el mundo no les pone el micrófono.
Y es también predicar el evangelio traer estas palabras y toda la vida que concentran en sí a esta contemplación (y a la anterior) y compartirla con los que la reciben por mail.

Esta dinámica de Palabra viva que desencadena vida a partir de un pequeñito del reino que ha encontrado su lugar en el Hogar de San José, un lugar donde “hacer las cosas en forma agradecida”, esta dinámica que brota como un manantial de Agua viva y de Espíritu Santo y vivifica al que se bebe estas palabras, comenzó con Jesús. El “salió” del seno del Padre para “predicar” estas palabras vivas.

Cada vez que pongo una de estas contemplaciones en la “bandeja de salida” y aprieto “enviar”, junto con la bendición, lo hago pidiendo la gracia de que esta dinámica que inspiró el envío de estas contemplaciones se continúe.
La gracia de enviar una contemplación nueva cada semana no es la del amontonamiento. Las contemplaciones se multiplican para dar testimonio de su carácter provisorio, al servicio de la única Palabra que es siempre nueva.
Por eso la gracia es que se impriman las Palabras del evangelio mismo en el corazón del que las recibe y le comuniquen su impulso y su vida.
De allí que no sean contemplaciones enteras, bien terminadas, sino “la mitad de una contemplación”. Mitad que cada uno debe completar haciendo la suya, que también será media y para compartir con otro.

Jesús mismo hizo las cosas “a medias”. No en el sentido peyorativo sino en el sentido pleno de “hacerlas para completar”. Por eso el Señor está siempre en tránsito, siempre entrando y saliendo, apareciendo y desapareciendo, yendose y prometiendo volver…
El evangelio de hoy es paradigmático: Jesús sale de la Sinagoga y entra en la casa de Pedro. A la mañana sale de la casa de Pedro y se va a contemplar y a rezar a un lugar solitario. Y cuando lo encuentran, en vez de volver a Cafarnaún, sale a predicar a otras ciudades.
Jesús es Palabra que sale, Palabra Salidora. Pero salidora en un doble camino. Porque sale para sanar y enseñar a los hombres y también sale para contemplar y escuchar la voluntad del Padre. Sale de sí, para entrar en la intimidad del corazón del Padre y sale para entrar en la casa y en la vida de los hombres, sus hermanos.

La salida de sí no es, pues, ni evasión, ni verborragia, ni activismo.
La salida de sí es amor: amor que sale del propio interés para entrar en los intereses del otro.
Amor que lleva a un anuncio del evangelio que requiere una doble actividad: la de quedarse callado, rumiando la Palabra, como María en la Anunciación, y la de prorrumpir en gritos de júbilo, cantando las maravillas del Señor, como María en la Visitación.
Esta es la dinámica de la predica, del Kerygma: Anunciación y Visitación. Salida a escuchar la Anunciación y Salida a predicar la Palabra escuchada. Salida a recibir los dones del Espíritu que viene y Salida a compartir esos dones en el servicio y la enseñanza.

Esta es la gran intuición de Aparecida cuando nos define como “discípulos misioneros”, cuando dice que el Encuentro con Jesucristo resucitado nos convierte –a imagen suya- en este tipo de personas: personas que salen de sí al encuentro con los demás, personas que entran en este camino de doble salida que desemboca siempre en Dios: el Dios interior ─ más íntimo que uno mismo ─ al que se sale yendo hacia adentro, y el Dios Otro al que se sale sirviendo a los demás.

Esta doble salida cura de toda angustia y serena toda inquietud. La angustia es encierro: encierro en las cuatro paredes de nuestros miedos, nuestras obsesiones, nuestras culpas y nuestros fantasmas. La inquietud es el deseo de salir que se pospone o que sale mal, de cualquier manera y agarrando para cualquier lado.

En la primera lectura, Job dice que la vida del hombre es pura inquietud. La vida es una milicia. Uno es un asalariado, esclavo de sus trabajos y obligaciones. Las noches se le hacen largas y Job es “presa de la inquietud” y la angustia.
Pablo y Jesús comparten esta visión de la vida, siempre llena de cosas que nos inquietan. Pero en ellos la inquietud existencial se convierte en celo apostólico. Impaciencia por salir a escuchar y a predicar la Palabra.

La angustia y la inquietud, el encierro y la dispersión se curan con la salida discípula misionera.

El miedo a estar a solas no es zonzo . No hay que estar a solas, no hay que quedarse ni un instante escuchando el propio discurso. Nuestro corazón está hecho para estar en diálogo permanente con la Palabra. Necesitamos que nos pastoree la voz del Buen Pastor, así como un niño necesita escuchar la voz de su madre para despejar los miedos del sueño. No hay que dormirse sin que Jesús nos cuente un cuento y nos arrulle María con su voz maternal.

Y el miedo de salir al mundo tampoco es zonzo. No hay que salir si no somos enviados, no hay que salir sin tener clara la misión: a dónde voy y a qué, como decía Ignacio.
Salgo a poner en práctica la Palabra, salgo a vivir el evangelio acogiendo la Palabra y realizando la Palabra. Salgo así al Reino, no al mundo. Salgo “abriendo espacio” al Reino en el mundo. Sin “ser del mundo”.
Pablo expresa hermosísimamente esta dinámica que desató en él el evangelio: la misión de salir a predicar ─ con palabras y con servicio ─ el evangelio de Jesucristo:

“Si anuncio el evangelio
no lo hago para gloriarme:
al contrario, es para mí una necesidad imperiosa.
¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!
Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia
merecería ser recompensado,
pero si lo hago por necesidad,
quiere decir que se me ha confiado una misión.
¿Cuál es entonces mi recompensa?
Predicar gratuitamente el Evangelio (…).
En efecto, siendo libre
me hice esclavo de todos,
para ganar el mayor número posible (…).
Me hice todo a todos … por amor al Evangelio,
a fin de poder participar de sus bienes” (1 Cor 9, 16-23).

Diego Fares sj