Domingo 2 B 2009

 

La hora décima

Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios.»
Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?»
Ellos le respondieron: «Rabí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?»
«Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima).
Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro” (Jn 1, 35-42).

Contemplación

“Comienza el tiempo de los llamados”… Recordaba algunos puntos de este evangelio que hace tres años me hicieron mucho bien y los repetí ignacianamente, gustando la gracia de la interpretación de Martini acerca de lo que significa “la hora décima”:
“La hora décima es la hora de las elecciones perfectas, las que uno hace por experiencia propia”.
Vuelvo a entrar en ese ámbito lindo de encuentro con el Jesús del primer amor y continúo con aquella contemplación. Me parece notar hoy que aquel primer llamamiento fue en realidad como una segunda vocación para los discípulos. Estos hombres, Andrés, Juan, Simón…, ya eran discípulos de Juan el Bautista. Habían hecho una elección de vida y seguían a Juan como a su maestro. Además, de Simón, por ejemplo, sabemos que ya tenía formada su familia…
Quiere decir que aunque eran jóvenes en edad, para la sociedad de aquella época ya eran hombres maduros, con la vida hecha: elegida y encaminada.
Sin embargo, o mejor, precisamente gracias a esa madurez, Jesús los fascina de tal manera que despierta en ellos un deseo de más que trastoca toda su vida (y la del mundo entero). Ese más, ese seguimiento que es lo propio del discipulado cristiano, no se formula como un proyecto. Más bien vemos que los hace balbucear a todos. Digo balbucear porque en los diálogos no se habla de ideas sino que el acento está puesto en las personas, en los nombres. Juan les muestra a Jesús, ellos lo siguen, él se da vuelta y los mira, se quedan con él sin que sepamos de qué hablaron, le van a traer a otros, Jesús rebautiza a Simón y lo llama Pedro…

La fuerza de la escena brota de la Persona de Jesús.
Un Jesús que pasa sin llamar y atrae preguntando, que mira a los ojos e invita a “ir y ver”, que acoge y que nombra con nombre nuevo a Simón Pedro.

Jesús pasa y atrae hacia sí (el Padre que obra en lo secreto regala a los discípulos el don de ser atraídos por su Hijo predilecto). Jesús atrae de tal manera que despierta en Juan Bautista una manera de señalarlo que hace que en los otros surja un deseo irresistible de seguirlo: “Al oírlo hablar así, siguieron a Jesús”.

Atrae de tal manea que despierta el deseo de permanecer con él, sin poder formular otra cosa que un “dónde habitas”, cuando él les pregunta “Qué buscan”. No saben expresar más porque les toca hondo. Les hace sentir que uno no busca “cosas”, ni “ideas”, ni “trabajos”, sino que busca la Persona a cuya imagen está hecho: todos buscamos a Jesús, la Palabra que da Vida, en la que hemos sido creados.

Jesús atrae de tal manera que, al mismo tiempo que despierta el deseo de estar con él, hace surgir también el deseo de llamar a otros a que vayan a su encuentro: “Andrés llevó a Simón a donde estaba Jesús”.

Esta segunda vocación, estas ganas de estar con Jesús en persona, es una profundización del deseo, de la sed de Dios:
un paso de los maestros humanos al Maestro,
de las ideas a La Palabra,
de las vivencias a La Vida en Persona.

Este nivel más hondo del llamado es una invitación permanente que siempre late en el corazón de todo cristiano. Nos hace salir de la situación en que estamos para ir tras la Persona de Jesús. Es un Éxodo de sí mismo que puede darse tras un cansancio por estar metido en la “gestión” de las cosas que nos fueron encomendadas, para desear algo más vital como es el encuentro interpersonal con un Jesús vivo. Pero también se da en la plenitud de una misión o de una relación, como les pasó a los discípulos de Juan: en lo mejor de su tarea, cuando todos acudían a él, él los hace ir a Jesús.
Podemos quedarnos saboreando este “salir” de nosotros mismos para ir al Encuentro con Jesús: que nos llama “para estar con Él” y “enviarnos a misionar” para traer a otros a “estar con él”.

…..
Releo también una frase que abre otras: “En el tiempo de los llamados no hay tiempo”. No hay tiempo en el sentido griego (y actual) de Cronos –el tiempo que pasa y ya fue, el tiempo que devora a sus hijos-. El tiempo de los llamados es “Kairós”, “tiempo de gracia”, tiempo siempre abierto, para el que quiere entrar de nuevo en él, al Llamado permanente del que llama.

Los llamados de Jesús a su seguimiento son múltiples en la unicidad de su deseo de salvar y dar Vida. Son muchos porque nos pesca de todos los lagos en los que nos instalamos, de todas las redes en las que estamos implicados trabajando, de todas las mesas de dinero en las que andamos gestionando, de todas las cavilaciones en que andamos dando vueltas…

Los llamados del Señor son muchos y uno solo porque él siempre que pasa produce un Éxodo. Un éxodo de un Antiguo Testamento a una Nueva Alianza, un éxodo de un reino propio o apropiado, al suyo –el de los cielos-, en el que somos expropiados, sumergidos, renovados y reenviados.

Hay un llamado para cada situación y un llamado a cada hora de la vida. Siempre a nacer de nuevo, como la invitación a Nicodemo, llamado a altas horas de la noche y que surte efecto recién cuando Jesús debía ser enterrado.

Hay llamados a seguirlo por el camino que se dan en situación de ceguera o de parálisis, de lepra o malos espíritus…

Hay llamados a dejarlo todo, como al joven rico, y llamados a seguirlo volviendo a la propia familia, como el del ex-endemoniado de Gerasa.

El de hoy, el de la hora décima, tiene la característica indeleble de apelar Jesús a la perfección de nuestra elección. El Señor desencadena un proceso en el cual los discípulos
van por sí mismos a él,
se aclaran sus deseos,
se quedan con él sin que los fuerce
y salen a buscar a otros sin que él los mande.
Como que el Señor hace todo por desborde de fascinación y de atracción. Su Señorío hace madurar la libertad y el señorío de sí de los discípulos.

Este llamamiento al Encuentro con la Persona de Jesucristo es lo que maduró en el corazón de la Iglesia Latinoamericana y del Caribe en Aparecida. Maduró el renovado deseo de ser discípulos misioneros con este sello de “hora décima”, con este acento puesto en la Persona de Jesús que tiene que ser el que renueve todo lo que hasta ahora hemos aprendido como discípulos y todo lo que hemos hecho como misioneros.
La categoría de “Encuentro con Jesucristo” es clave en Aparecida. Es como un hilo conductor que va marcando un caminito vivo y alegre para no perderse en la multitud de temas, de acentos y de matices del Documento. Todo lleva a este encuentro con Jesús. Y me parece lindo este acento de “Hora décima” que da al Encuentro un matiz especial. Porque encuentros con Jesús hay muchos, como veíamos, pero este de la “hora décima” tiene el sello de la madurez. Y en Aparecida lo que experimentamos fue una Iglesia madura, una Iglesia que encuentra en este evangelio de Juan “la síntesis única del método cristiano”:
“La naturaleza misma del cristianismo consiste, por lo tanto, en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo. Ésa fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones. El evangelista Juan nos ha dejado plasmado el impacto que produjo la persona de Jesús en los dos primeros discípulos que lo encontraron, Juan y Andrés. Todo comienza con una pregunta: “¿qué buscan?” (Jn 1, 38). A esa pregunta siguió la invitación a vivir una experiencia: “vengan y lo verán” (Jn 1, 39). Esta narración permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano” (244). En el hoy de nuestro continente latinoamerica-no, se levanta la misma pregunta llena de expectativa: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38), ¿dónde te encontramos de manera adecuada para “abrir un auténtico proceso de conversión, comunión y solidaridad?” ¿Cuáles son los lugares, las personas, los dones que nos hablan de ti, nos ponen en comunión contigo y nos permiten ser discípulos y misioneros tuyos?” (245).

Creo que hace bien dar testimonio de que esta madurez deseosa de un Encuentro Personal con Jesucristo fue una gracia que la Iglesia de nuestro continente recibió –confesándose discípula- en el Santuario de Aparecida y quiere ir comunicando a nuestros pueblos como misionera.
Este Encuentro se dio en medio de muchos encuentros personales y grupales de la Asamblea y ha quedado expresado con una belleza especial, con un tono de Alabanza, que se comunica en muchos párrafos mientras uno va recorriendo el Documento.
Lo balbuceante e imperfecto de muchas formulaciones empuja a ir a lo profundo de lo que se quiere comunicar: sólo una Iglesia que se encuentra con JesuCristo vivo y se convierte en discípula misionea puede hacer que nuestros pueblos en El tengan vida.

Diego Fares sj

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