Domingo del Bautismo del Señor B 2009

Sumergidos en la triple voz del Amor

Juan predicaba, diciendo:
«Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno
de ponerme a sus pies
para desatar la correa de sus sandalias.
Yo los he bautizado a ustedes con agua,
pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»
En aquellos días,
Jesús llegó desde Nazaret de Galilea
y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían
y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma;
y una voz desde el cielo dijo:
«Tú eres mi Hijo predilecto,
en ti tengo puesto todo mi agrado»
(Mc 1, 7-11).

Contemplación

Si dejamos que el cuadro del Greco atraiga nuestra mirada con sus formas y colores, la vista recibe el impacto de la blancura del Espíritu que baja del Padre -como las gotas de Agua que derrama Juan- a remansarse en la Cabeza del Cristo, levemente inclinada hacia lo alto. Las manos juntas de Jesús, con su recogimiento, hacen que nos detengamos en ellas y subamos un poco hasta su oído. La mano del Angel y el manto rojo que sostiene, frenan la mirada y nos centran en ese Oído del Siervo que, con acatamiento amoroso, escucha la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo predilecto, en ti tengo puesto todo mi agrado».

Aquí nos quedamos, sumergiéndonos con Jesús en la predilección del Padre.

En esa Predilección y en ese Agrado han sido bañadas todas las cosas: todas las creaturas del Universo, todos los hombres, todos los corazones que están latiendo en este instante.

En Jesús, la creación entera se sumerge en la Caridad y en el Agrado del Padre.

Todo lo que vive el Hijo Amado, las situaciones por las que pasa, lo que le sucede entre los hombres y con los hombres, queda bautizado, bañado con esta Agua bendita de la Predilección del Padre.

El Greco lo expresa con ese indefinible tono que armoniza todos los colores del cuadro.
Los especialistas dicen que este “Bautismo” del Greco tiene como característica la difuminación de los límites entre lo celestial y lo terreno. En otros cuadros, el Greco hace resaltar la diferencia entre lo del Cielo y lo de la tierra (cfr. El entierro del Conde de Orgaz). Aquí en cambio todo fluye y los colores crean un ambiente de continuidad que envuelve en un mismo tono la luz -que baja del Padre como un río-, y el agua del Jordán –que corre a los pies de Jesús. El Espíritu y el Agua que derrama Juan –esas gotas-, se posan sobre la Cabeza de Jesús que está escuchando –arrobado- la Voz del Padre. Con él, todos podemos escuchar estas Palabras bautismales como dirigidas personalmente a cada uno de nosotros. En Jesús el Padre nos manifiesta su Agrado.

Esto se traduce en que podemos estar satisfechos con nuestra vida, no por nuestros méritos sino por pura gracia, porque podemos asumir todo lo que somos y lo que nos sucede como Bautizado en Cristo: como redimido y recreado en El.
Pablo lo expresa diciendo que hemos quedado “revestidos de Cristo”:
“Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús,
ya que todos ustedes fueron bautizados en Cristo
y han sido revestidos de Cristo” (Gal 3, 27 ss).
Juan, en la primera lectura, sintetiza el nuevo nacimiento del Bautismo hablando en términos de amor:
“Queridos hermanos: el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios;
y el que ama al Padre ama también al que ha nacido de él.
El Amor de Dios consiste en cumplir sus mandamientos
y sus mandamientos no son una carga” (1 Jn 5, 1 ss.)
Estamos, por tanto, revestidos de la Caridad de Cristo, revestidos de este Amor con que el Señor vive todas las cosas. Y por eso el mandamiento de amar no es una carga pesada. Pesados son nuestros mandamientos, los de nuestro “deber ser”, los que nos impone el mundo narcisista en que vivimos –interior y exteriormente-. El mandamiento del amor, en cambio, es una carga liviana y llevadera. Es llevadero porque el Amor de Jesús despierta y atrae sobre sí, como un imán, el Agrado y la Predilección del Padre.

Una vez expresada esta predilección en el Bautismo, la misión de Jesús será “bautizar en este Espíritu de Caridad, que tienen en común el Padre y Él”, todo lo humano: lo más personal y lo más social. Las realidades enteramente personales e incomunicables cada uno las tiene que bautizar con sus propias manos en lo secreto de su corazón: “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6). Las realidades familiares y sociales hay que bautizarlas entre todos. Bautizar la vida ciudadana, por ejemplo, no se puede hacer ni individualmente ni desde afuera, sino comunitariamente y desde adentro: siendo buenos ciudadanos, cumpliendo cada uno sus obligaciones y ejerciendo sus derechos en el lugar preciso que la ley y la vida en sociedad le marcan.
….
Volvemos a contemplar el cuadro del Bautismo y a centrarnos en el oído de Jesús.
Dónde está puesto este Oído santo del Señor.

Está puesto –sumergido- en el Corazón del Padre, en primer lugar.
Así como el Oído del Padre está siempre vuelto hacia su Hijo –“Tú siempre me escuchas” (Jn 11, 42).
Esta Voz del Padre tiene que estar siempre resonando como fondo musical en nuestro corazón. Como un bajo continuo que armoniza todos los demás sonidos de la vida, nunca tiene que perder nuestro oído interior esta voz que nos dice: Vos sos mi hijo amado.
Para conectarnos con esta “frecuencia” basta decir de corazón “Abba” Padre.

En el ámbito del mandamiento del Amor esta referencia a la Voz del Padre es la primera. Escucharlo cómo nos dice “Vos sos mi hijo amado” e invocarlo como Padre en actitud de adoración, eso es cumplir el primer mandamiento de Amar a Dios sobre todas las cosas (o de “Escuchar la Voz del Padre por sobre todas las voces).

Al mismo tiempo, el Oído del Señor está vuelto hacia su Pueblo. El Señor tiene fino el oído y sabe escuchar los gemidos de la fe de los más pequeñitos de su Pueblo fiel, esos que claman al Padre día y noche, aún sin saberlo. Es un oído de Servidor, “presto y diligente” para acudir al servicio de sus hermanos.

En el ámbito del mandamiento del Amor esta referencia a la voz del pueblo, a la voz de cada prójimo, se vuelve una con la referencia a la Voz de Dios: la Voz del Padre no se escucha sino “en la voz de los pequeñitos, esos por medio de los cuales Él se complace en revelarse”. Esta voz de los pequeños que nos invita a la compasión, al servicio de la caridad, al trabajo por la justicia y por la paz, es bien audible para el que desea escuchar. Sin embargo, no debe ir separada de la escucha atenta a la Voz del Padre que exige (suave y persistentemente) adoración. Esta adoración exclusiva y excluyente –Amar a Dios sobre todas las cosas-, no impide que uno esté metido en medio de las cosas. Al mismo tiempo que se está sirviendo al prójimo –atentos a sus reclamos-, se puede estar adorando al Padre con todo el corazón. No se trata de desprenderme del trabajo sino de desprenderme de la adoración a mi propia imagen en ese trabajo!

La tercera voz a la que está atento el Oído del Señor, es a la voz del Espíritu.
El Espíritu es el que lo conduce interiormente y lo lleva a cumplir con la misión del Padre en la situación concreta y con las personas concretas con las que le toca estar en cada momento.

En el ámbito del mandamiento del amor esta referencia a la Voz del Espíritu es importantísima porque nos da el ritmo interior con que se debe alternar la obediencia (ob-audire =escuchar a) a las otras dos voces. El Espíritu, con su paz, nos va guiando y haciendo ver cuándo debemos escuchar exclusivamente la Voz del Padre y cuándo la del prójimo. El Espíritu unifica con su paz esta alternancia y nos permite cumplir el doble mandamiento del amor en paz –sin que sea una carga-, quitando toda angustia y todo temor.

Sumergidos en esta triple voz del Amor –de adoración y de servicio en paz- nos quedamos contemplando al Señor Jesús, en quien todos hemos sido bautizados.

Diego Fares sj

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