Domingo 2 Navidad 2009

La Palabra del juez que ilumina lo más bello y lo mejor

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la acogieron.

La Palabra era la luz verdadera
que ilumina a todo hombre
viniendo a este mundo.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él al declarar:
‘Este es Aquel del que yo dije:
El que viene después de mí me ha precedido,
porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, que está en el seno
del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

Contemplación

Con el prólogo de Juan, volvemos a poner la mirada sobre Jesús –sobre Jesús Niño en este tiempo de Navidad- como Palabra.
¿Qué quiere comunicarnos Juan con esta contemplación suya, que es como una Obertura en la que resuenan todos los temas de su Evangelio?
No quisiera entrar en reflexiones teológicas acerca de la Palabra. Vendrán bien luego, cuando contemplemos otros misterios de la vida del Señor, cuando Él mis-mo empiece a hacer uso de la palabra y a revelarnos los sentimientos íntimos de su Padre, las paradojas del Reino de los cielos, qué cosas son las únicas impor-tantes en la vida, y los misterios de la Cruz y de la Vida Eterna…
Ahora, en Navidad,
ante esta Palabra hecha Niño chiquitito,
ante esta Palabra que María acomoda en el Pesebre
o estrecha junto a su corazón,
ante esta Palabra que hace hablar maravillas a los pastorcitos y a los ángeles,
ante esta Palabra que llena de tal manera el corazón de José que lo sumerge en el Silencio más hondo y amoroso que un padre haya podido experimentar con-templando a su hijito amado,
ante esta Palabra que sin alejarse del Corazón del Padre
viene a habitar humildemente en el corazón de cada creatura,
quisiera detenerme en esa frase de Juan que dice que es la Palabra que ilumina a todo hombre. Nos ilumina a todos, viniendo a este mundo, viniendo a nuestra historia, nos ilumina a todos:
La Palabra era la luz verdadera
que ilumina a todo hombre
viniendo a este mundo.
Viene a iluminarnos con su lucecita,
viene a luminarnos como ilumina alguien cuando nos comunica su amor,
viene a iluminarnos como ilumina alguien que nos hace participar de su vida de familia, haciéndonos sentir esto tan lindo como es ser hijos de nuestro Padre Dios.

Que ilumina a todos quiere decir que es una Palabra que se puede entender. Que toda persona puede entender. Que toda cultura puede entender.

Llegados a este punto, hay que comenzar a caminar despacito, hay que bajar el tono.
¿Qué quiere decir que “todos pueden entender”?
De hecho pareciera que no es así. Al menos en lo inmediato.
Nuestro mundo se parece más a Babel que al Reino del Espíritu.

Quisiera tomar un aspecto de lo que significa iluminar.
Iluminar significa juzgar, discernir, separar la luz de las tinieblas, el trigo de la ci-zaña.

Aquí es donde debemos prestar mucha atención a la manera cómo Jesús ilumina, al modo que tiene de juzgar las cosas y de discernir.

Lo diría así: Jesús ilumina lo mejor.
O también, Jesús ilumina siempre el Amor y sólo el Amor.
En otras cosas no se mete, o a veces sí y a veces no.

El pecado, por ejemplo, no lo juzga, lo perdona.
No explica mucho el mal (lo com-padece con nosotros), pero siempre resalta el bien.
Jesús es un Juez que aprovecha todas las oportunidades para dictar sentencia sobre lo que es más hermoso.
Diría que de entre todo lo bueno él viene a juzgar lo que es mejor, lo más valioso, lo perfecto.

Y aquí es donde tenemos que prestar oído al Espíritu para poder escuchar estas Palabras de Jesús que iluminan siempre lo mejor.
Eso sí, tengamos mucho cuidado con esta palabra “lo mejor”. Porque no se trata de lo mejor entre dos opciones nuestras, sino lo mejor a los ojos de Dios.
Por eso a veces nos parece que Dios no habla, o que habla otro lenguaje…
¿Se acuerdan de aquel pasaje en que “Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.» Y El le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?» (Lc 12, 13)”. El pasaje viene justo para aclarar lo que venimos diciendo. La Palabra no viene en primer lugar a “responder a las preguntas que inquietan a nuestra sociedad”. La Palabra viene en primer lugar a anunciarnos el sentido de la Vida tal como brota de su fuente: el Co-razón del Padre.
Responde, sí, a las preguntas más hondas del corazón humano. Pero no a las cu-riosidades y caprichos de los paradigmas de moda.

Jesús –y nosotros los cristianos con Él- tenemos la misión de ser jueces. Jueces que juzgan e iluminan a la sociedad desde la Luz mejor. En este caso (del tiempo litúrgico que vivimos) la Luz mejor del Niño que se acomoda en paz en el pesebri-to.
¡La Paz del Niño recostado en el Pesebre es la Paz mejor!
Podemos gritar esto a los cuatro vientos.
No juzgamos de otros tipos de paz. Sí anunciamos para el que quiera hacerle un huequito en su corazón que esta Paz del Niño es la mejor.
Y así con todo.

Por eso el anuncio “El Señor ha resucitado” no es una noticia que responda a pre-guntas del momento, sino “La Buena Noticia” a cuya luz hay que empezar la labo-riosa tarea de responder (y también de formular de nuevo) todas las demás pre-guntas.
Que “el Verbo se haya hecho carne y esté habitando entre nosotros”, no parece que fuera una Palabra que preocupara a los pastores a nivel superficial y cotidia-no. Sin embargo, por la manera como recibieron el anuncio y por la alegría con que lo transmitieron, se ve que en el fondo de su corazón sencillo y creyente sí te-nían esta pregunta guardada, silenciosamente guardada, guardada como en espe-ranza.
Pablo expresa de manera muy clara esto de que la Palabra dice “lo mejor de Dios” utilizando el término “Espiritual”. La Palabra hecha carne es “Espiritual” –lo cual equivale a decir que es la más hermosa, la más verdadera y la más buena:

“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría huma-na, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juz-gadas. En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie pue-de juzgarle. Porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirle? Pe-ro nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1 Cor 2, 12 ss)

Contemplando al Niño Jesús,
nos animamos a afirmar que “tenemos la mente de Cristo”,
abrazando al Niñito con todo “acatamiento y humildad amorosa”,
como dice Ignacio, nos animamos a decir que “juzgamos todo”,
en el sentido de que damos testimonio de que ese Niño es “lo mejor del mundo”,
el tesoro más valioso,
la hermosura en persona,
lo único que vale la pena.
Contemplando al Niño nos animamos a anunciar al mundo que la fe es bella,
que los valores que proclama el evangelio son de lo mejor,
que las propuestas de Jesús en sus bienaventuranzas hacen felices a los que las practican.
Escuchando el silencio del Niño nos animamos a hablar,
no para condenar a nadie,
sino para dar testimonio de lo que, por pura gracia,
se nos ha revelado como lo mejor.
Y así como los buenos jueces hablan por sus sentencias y no opinando ni respon-diendo a las preguntas de los medios, nosotros como cristianos, hablamos con nuestras obras y con nuestros gestos, sentenciando con la alegría de nuestra ora-ción y de nuestra caridad, que la Palabra de Jesús es lo mejor de lo mejor, y “a to-dos los que la reciben, a los que creen en su Nombre, les da el poder de llegar a ser hijos de Dios”.
Diego Fares sj

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