Domingo 3 B 2009

 

Palabras dadas “en forma agradecida”

Después que Juan fue arrestado, Jesús vino a Galilea, predicando el evangelio del Reino de Dios. Decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está pleno, se ha vuelto cercano el Reino de Dios.
Conviértanse y crean en la Buena nueva.»
Y pasando por la ribera del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores.
Jesús les dijo:
«Síganme y los haré que se conviertan en pescadores de hombres.»
Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.
Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan,
que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó,
y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron”.
(Mc 1, 14-20)

Contemplación
“Se ha cumplido el tiempo y está pleno…”
La Palabra de Jesús es una Palabra que no solo dice cosas nuevas, hermosas y verdaderas, sino que, al mismo tiempo que dice cosas, crea también un Tiempo especial para esas cosas: un tiempo pleno.

¿Cómo es este tiempo pleno en el que vive Jesús y al que nos llama a entrar con su evangelio?

Escuchemos al Señor.
Antes de llamar a la conversión y a su seguimiento, el Señor anuncia que “se ha cumplido el tiempo y que está pleno” y agrega: “el reino de Dios se ha aproximado, se ha vuelto cercano”.
¿Qué quiere decir?
Lo primero que siento es que es la proximidad del Reino de Dios la que modifica el carácter del tiempo humano. Notemos bien que no se trata de cambiar la naturaleza de nuestro tiempo –con su transcurrir incesante e inexorable-. La cercanía del Reino de Dios no cambia sino que plenifica el tiempo, lo hace ser Tiempo de gracia, Tiempo bueno, Tiempo de un maduro esplendor.
Recordemos que, como dice el Vocabulario de Teología bíblica:
“La Biblia, revelación del Dios trascendente, se abre y se cierra con referencias temporales: ‘En el principio Dios creó el cielo y la tierra’ (Génesis 1, 1); ‘Sí, volveré pronto. Ven Señor Jesús’ (Ap 22, 20)”.

¿Qué importancia tiene este carácter “histórico” de la Palabra de Dios? Tiene una importancia grandísima. Nos hace ver que nuestra fe no se basa en “ideas abstractas”.
Como dice Pedro:
“No les hicimos conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas ingeniosamente inventadas, sino como testigos oculares de su grandeza” (2 Pe 1, 16).
Nosotros creemos en Jesús de Nazareth, Hijo de Dios, que “vino” a Galilea y se metió en la vida de esos cuatro pescadores a los que llamó a seguirlo.
Cuando se aproxima, este Jesús tiene conciencia de que su cercanía y su presencia crean un tiempo de gracia en torno a Sí, un tiempo que hace que todos los acontecimientos adquieran una plenitud nunca vista. Por eso Pedro siente que ha sido testigo ocular de una “Grandeza”.
¿Cómo es, o mejor, cómo se vive este tiempo pleno que se nos comunica en la cercanía de Jesús, mientras escuchamos su Palabra y la vamos poniendo en práctica?
Una característica de este tiempo cumplido es sentir que cuando se me acerca Jesús –cuando me viene a buscar y me llama- se me cumple el más secreto deseo. El llamado de Jesús en medio de las tareas de la vida cotidiana -tanto el llamado grande a mi vocación y estado de vida como los llamados a misiones concretas-, evoca en mi corazón el llamado a la Vida: ese llamado que me sacó de la nada –junto con la luz y las estrellas- y me llamó por mi nombre; ese llamado que me hizo sentir, al ser mirado por los ojos de mi madre y de mi padre, que Dios veía que era buena mi vida. También me evoca el llamado a la Vida eterna, ese “Vengan benditos de mi Padre…” que todos anhelamos escuchar algún día.

En Jesús el tiempo se plenifica porque junta como con una mano estos dos tiempos –el del origen y el de la Vida Eterna- y hace que se puedan vivir en un momento concreto.

Cuando me acerco misericordiosamente al que está caído al costado del camino, el tiempo apurado (ese que corre y se diluye tras el propio interés), se plenifica y se vuelve tiempo original, en el que, al incluir de nuevo en la vida al que está en la nada, hace que se abra para él y para mi, y para la comunidad en la que nos reinsertamos, una esperanza de Vida plena.

Al escribir “el que está en la nada”, me vinieron a la mente los testimonios de muchos hermanos del Hogar que publicamos hace poco en un hermosísimo Boletín. Dicen esto mismo con palabras más fuertes, más sencillas y rebosantes de vida plena. Escuchemos.

“Desde acá, soy”
“Tengo 56 años. Por un divorcio me alejé de mis dos únicos hijos. Mis padres fallecieron los dos. Lo único que tengo es el Hogar de San José, que me contiene y me respalda moralmente. Si no existiera el Hogar, yo no sería persona. Desde acá soy y empiezo. Lo demás es nada” (Un huésped).

Otro testimonio:
“Quería vivir”
“Mi asistente me ayudó porque no tenía trabajo. Me ayudaron con comida, ropa, vivo en mi hotel. Tuve adicciones (alcohol). Hace tres años que no consumo y me hicieron el plan de la tarjeta. Me ofreció si quería vivir. Cuido coches, vendo ropa, vendedor ambulante. Me ayuda la hija mayor. Me ayuda con la comida. Me promociono limpiando en el Hogar en forma gratuita. Lo hago en forma agradecida. Hace cinco años que vengo (…) Estoy limpio y siempre alegre. Tengo mucha personalidad. Escucho y participo en las misas del Hogar. Cuando muere un compañero también participo (Un comensal).

Tiempo pleno –limpio y alegre, vivido “en forma agradecida”- el de nuestro comensal.

Confieso que estos testimonios me habían conmovido al leerlos por primera vez. Y ahora, al releerlos luego de escuchar la manera de hablar de Jesús en este evangelio de Marcos, me conmueven doblemente. Porque se siente el tono de Jesús metido –indivisa et inconfusamente- en las palabras de estos nuestros hermanos más pequeños, que experimentan la “cercanía del Reino” en el Hogar y eso les plenifica su tiempo.
¿No es acaso conmovedor escuchar a alguien que se expresa diciendo: “Me promociono limpiando en el Hogar en forma gratuita”. Y que luego hace una pausa (lo imagino escribiendo en su papelito de cuaderno a rayas, cómo levanta un instante el lápiz y reflexiona…) y corona lo que quiere expresar diciendo: “Lo hago en forma agradecida”.

Hacer las cosas “en forma agradecida” es sinónimo de “hacer las cosas evangélicamente” y de “hacer las cosas eucarísticamente”.

Es ese “hacer gratuito” propio de Jesús, en medio del cual “nos promocionamos”.

Tiempo pleno el de este hacer porque como es don no tiene apuros ni lamenta pérdidas.

Una persona que vive así en el Hogar es uno que ha “experimentado” el llamamiento de Jesús a vivir una vida distinta (“Me ofreció si quería vivir”) y se ha convertido en “pescador de hombres” (¿o acaso no me ha pescado a mí y a vos con la alegría y la limpieza de sus palabras?).

Es lindo sentir que Jesús sigue pescando.
Ojalá que no nos perdamos de morder el anzuelo de sus humildes pescadores por andar enredados en nuestras redes o ensartados en los discursos de los que no desean dar vida a nuestro tiempo sino robarnos tiempo y vida.

Las palabras de los pescadores de Jesús son como las de estos hermanos nuestros más pequeños: limpias y alegres. Son “palabras-hogar”. Desde ellas podemos ser y empezar. Nos podemos “promocionar” con ellas, gratuitamente. Y por si esto fuera poco, nos las dan “en forma agradecida”.

Diego Fares sj

Domingo 2 B 2009

 

La hora décima

Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios.»
Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?»
Ellos le respondieron: «Rabí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?»
«Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima).
Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro” (Jn 1, 35-42).

Contemplación

“Comienza el tiempo de los llamados”… Recordaba algunos puntos de este evangelio que hace tres años me hicieron mucho bien y los repetí ignacianamente, gustando la gracia de la interpretación de Martini acerca de lo que significa “la hora décima”:
“La hora décima es la hora de las elecciones perfectas, las que uno hace por experiencia propia”.
Vuelvo a entrar en ese ámbito lindo de encuentro con el Jesús del primer amor y continúo con aquella contemplación. Me parece notar hoy que aquel primer llamamiento fue en realidad como una segunda vocación para los discípulos. Estos hombres, Andrés, Juan, Simón…, ya eran discípulos de Juan el Bautista. Habían hecho una elección de vida y seguían a Juan como a su maestro. Además, de Simón, por ejemplo, sabemos que ya tenía formada su familia…
Quiere decir que aunque eran jóvenes en edad, para la sociedad de aquella época ya eran hombres maduros, con la vida hecha: elegida y encaminada.
Sin embargo, o mejor, precisamente gracias a esa madurez, Jesús los fascina de tal manera que despierta en ellos un deseo de más que trastoca toda su vida (y la del mundo entero). Ese más, ese seguimiento que es lo propio del discipulado cristiano, no se formula como un proyecto. Más bien vemos que los hace balbucear a todos. Digo balbucear porque en los diálogos no se habla de ideas sino que el acento está puesto en las personas, en los nombres. Juan les muestra a Jesús, ellos lo siguen, él se da vuelta y los mira, se quedan con él sin que sepamos de qué hablaron, le van a traer a otros, Jesús rebautiza a Simón y lo llama Pedro…

La fuerza de la escena brota de la Persona de Jesús.
Un Jesús que pasa sin llamar y atrae preguntando, que mira a los ojos e invita a “ir y ver”, que acoge y que nombra con nombre nuevo a Simón Pedro.

Jesús pasa y atrae hacia sí (el Padre que obra en lo secreto regala a los discípulos el don de ser atraídos por su Hijo predilecto). Jesús atrae de tal manera que despierta en Juan Bautista una manera de señalarlo que hace que en los otros surja un deseo irresistible de seguirlo: “Al oírlo hablar así, siguieron a Jesús”.

Atrae de tal manea que despierta el deseo de permanecer con él, sin poder formular otra cosa que un “dónde habitas”, cuando él les pregunta “Qué buscan”. No saben expresar más porque les toca hondo. Les hace sentir que uno no busca “cosas”, ni “ideas”, ni “trabajos”, sino que busca la Persona a cuya imagen está hecho: todos buscamos a Jesús, la Palabra que da Vida, en la que hemos sido creados.

Jesús atrae de tal manera que, al mismo tiempo que despierta el deseo de estar con él, hace surgir también el deseo de llamar a otros a que vayan a su encuentro: “Andrés llevó a Simón a donde estaba Jesús”.

Esta segunda vocación, estas ganas de estar con Jesús en persona, es una profundización del deseo, de la sed de Dios:
un paso de los maestros humanos al Maestro,
de las ideas a La Palabra,
de las vivencias a La Vida en Persona.

Este nivel más hondo del llamado es una invitación permanente que siempre late en el corazón de todo cristiano. Nos hace salir de la situación en que estamos para ir tras la Persona de Jesús. Es un Éxodo de sí mismo que puede darse tras un cansancio por estar metido en la “gestión” de las cosas que nos fueron encomendadas, para desear algo más vital como es el encuentro interpersonal con un Jesús vivo. Pero también se da en la plenitud de una misión o de una relación, como les pasó a los discípulos de Juan: en lo mejor de su tarea, cuando todos acudían a él, él los hace ir a Jesús.
Podemos quedarnos saboreando este “salir” de nosotros mismos para ir al Encuentro con Jesús: que nos llama “para estar con Él” y “enviarnos a misionar” para traer a otros a “estar con él”.

…..
Releo también una frase que abre otras: “En el tiempo de los llamados no hay tiempo”. No hay tiempo en el sentido griego (y actual) de Cronos –el tiempo que pasa y ya fue, el tiempo que devora a sus hijos-. El tiempo de los llamados es “Kairós”, “tiempo de gracia”, tiempo siempre abierto, para el que quiere entrar de nuevo en él, al Llamado permanente del que llama.

Los llamados de Jesús a su seguimiento son múltiples en la unicidad de su deseo de salvar y dar Vida. Son muchos porque nos pesca de todos los lagos en los que nos instalamos, de todas las redes en las que estamos implicados trabajando, de todas las mesas de dinero en las que andamos gestionando, de todas las cavilaciones en que andamos dando vueltas…

Los llamados del Señor son muchos y uno solo porque él siempre que pasa produce un Éxodo. Un éxodo de un Antiguo Testamento a una Nueva Alianza, un éxodo de un reino propio o apropiado, al suyo –el de los cielos-, en el que somos expropiados, sumergidos, renovados y reenviados.

Hay un llamado para cada situación y un llamado a cada hora de la vida. Siempre a nacer de nuevo, como la invitación a Nicodemo, llamado a altas horas de la noche y que surte efecto recién cuando Jesús debía ser enterrado.

Hay llamados a seguirlo por el camino que se dan en situación de ceguera o de parálisis, de lepra o malos espíritus…

Hay llamados a dejarlo todo, como al joven rico, y llamados a seguirlo volviendo a la propia familia, como el del ex-endemoniado de Gerasa.

El de hoy, el de la hora décima, tiene la característica indeleble de apelar Jesús a la perfección de nuestra elección. El Señor desencadena un proceso en el cual los discípulos
van por sí mismos a él,
se aclaran sus deseos,
se quedan con él sin que los fuerce
y salen a buscar a otros sin que él los mande.
Como que el Señor hace todo por desborde de fascinación y de atracción. Su Señorío hace madurar la libertad y el señorío de sí de los discípulos.

Este llamamiento al Encuentro con la Persona de Jesucristo es lo que maduró en el corazón de la Iglesia Latinoamericana y del Caribe en Aparecida. Maduró el renovado deseo de ser discípulos misioneros con este sello de “hora décima”, con este acento puesto en la Persona de Jesús que tiene que ser el que renueve todo lo que hasta ahora hemos aprendido como discípulos y todo lo que hemos hecho como misioneros.
La categoría de “Encuentro con Jesucristo” es clave en Aparecida. Es como un hilo conductor que va marcando un caminito vivo y alegre para no perderse en la multitud de temas, de acentos y de matices del Documento. Todo lleva a este encuentro con Jesús. Y me parece lindo este acento de “Hora décima” que da al Encuentro un matiz especial. Porque encuentros con Jesús hay muchos, como veíamos, pero este de la “hora décima” tiene el sello de la madurez. Y en Aparecida lo que experimentamos fue una Iglesia madura, una Iglesia que encuentra en este evangelio de Juan “la síntesis única del método cristiano”:
“La naturaleza misma del cristianismo consiste, por lo tanto, en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo. Ésa fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones. El evangelista Juan nos ha dejado plasmado el impacto que produjo la persona de Jesús en los dos primeros discípulos que lo encontraron, Juan y Andrés. Todo comienza con una pregunta: “¿qué buscan?” (Jn 1, 38). A esa pregunta siguió la invitación a vivir una experiencia: “vengan y lo verán” (Jn 1, 39). Esta narración permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano” (244). En el hoy de nuestro continente latinoamerica-no, se levanta la misma pregunta llena de expectativa: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38), ¿dónde te encontramos de manera adecuada para “abrir un auténtico proceso de conversión, comunión y solidaridad?” ¿Cuáles son los lugares, las personas, los dones que nos hablan de ti, nos ponen en comunión contigo y nos permiten ser discípulos y misioneros tuyos?” (245).

Creo que hace bien dar testimonio de que esta madurez deseosa de un Encuentro Personal con Jesucristo fue una gracia que la Iglesia de nuestro continente recibió –confesándose discípula- en el Santuario de Aparecida y quiere ir comunicando a nuestros pueblos como misionera.
Este Encuentro se dio en medio de muchos encuentros personales y grupales de la Asamblea y ha quedado expresado con una belleza especial, con un tono de Alabanza, que se comunica en muchos párrafos mientras uno va recorriendo el Documento.
Lo balbuceante e imperfecto de muchas formulaciones empuja a ir a lo profundo de lo que se quiere comunicar: sólo una Iglesia que se encuentra con JesuCristo vivo y se convierte en discípula misionea puede hacer que nuestros pueblos en El tengan vida.

Diego Fares sj

Domingo del Bautismo del Señor B 2009

Sumergidos en la triple voz del Amor

Juan predicaba, diciendo:
«Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno
de ponerme a sus pies
para desatar la correa de sus sandalias.
Yo los he bautizado a ustedes con agua,
pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»
En aquellos días,
Jesús llegó desde Nazaret de Galilea
y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían
y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma;
y una voz desde el cielo dijo:
«Tú eres mi Hijo predilecto,
en ti tengo puesto todo mi agrado»
(Mc 1, 7-11).

Contemplación

Si dejamos que el cuadro del Greco atraiga nuestra mirada con sus formas y colores, la vista recibe el impacto de la blancura del Espíritu que baja del Padre -como las gotas de Agua que derrama Juan- a remansarse en la Cabeza del Cristo, levemente inclinada hacia lo alto. Las manos juntas de Jesús, con su recogimiento, hacen que nos detengamos en ellas y subamos un poco hasta su oído. La mano del Angel y el manto rojo que sostiene, frenan la mirada y nos centran en ese Oído del Siervo que, con acatamiento amoroso, escucha la voz del Padre: «Tú eres mi Hijo predilecto, en ti tengo puesto todo mi agrado».

Aquí nos quedamos, sumergiéndonos con Jesús en la predilección del Padre.

En esa Predilección y en ese Agrado han sido bañadas todas las cosas: todas las creaturas del Universo, todos los hombres, todos los corazones que están latiendo en este instante.

En Jesús, la creación entera se sumerge en la Caridad y en el Agrado del Padre.

Todo lo que vive el Hijo Amado, las situaciones por las que pasa, lo que le sucede entre los hombres y con los hombres, queda bautizado, bañado con esta Agua bendita de la Predilección del Padre.

El Greco lo expresa con ese indefinible tono que armoniza todos los colores del cuadro.
Los especialistas dicen que este “Bautismo” del Greco tiene como característica la difuminación de los límites entre lo celestial y lo terreno. En otros cuadros, el Greco hace resaltar la diferencia entre lo del Cielo y lo de la tierra (cfr. El entierro del Conde de Orgaz). Aquí en cambio todo fluye y los colores crean un ambiente de continuidad que envuelve en un mismo tono la luz -que baja del Padre como un río-, y el agua del Jordán –que corre a los pies de Jesús. El Espíritu y el Agua que derrama Juan –esas gotas-, se posan sobre la Cabeza de Jesús que está escuchando –arrobado- la Voz del Padre. Con él, todos podemos escuchar estas Palabras bautismales como dirigidas personalmente a cada uno de nosotros. En Jesús el Padre nos manifiesta su Agrado.

Esto se traduce en que podemos estar satisfechos con nuestra vida, no por nuestros méritos sino por pura gracia, porque podemos asumir todo lo que somos y lo que nos sucede como Bautizado en Cristo: como redimido y recreado en El.
Pablo lo expresa diciendo que hemos quedado “revestidos de Cristo”:
“Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús,
ya que todos ustedes fueron bautizados en Cristo
y han sido revestidos de Cristo” (Gal 3, 27 ss).
Juan, en la primera lectura, sintetiza el nuevo nacimiento del Bautismo hablando en términos de amor:
“Queridos hermanos: el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios;
y el que ama al Padre ama también al que ha nacido de él.
El Amor de Dios consiste en cumplir sus mandamientos
y sus mandamientos no son una carga” (1 Jn 5, 1 ss.)
Estamos, por tanto, revestidos de la Caridad de Cristo, revestidos de este Amor con que el Señor vive todas las cosas. Y por eso el mandamiento de amar no es una carga pesada. Pesados son nuestros mandamientos, los de nuestro “deber ser”, los que nos impone el mundo narcisista en que vivimos –interior y exteriormente-. El mandamiento del amor, en cambio, es una carga liviana y llevadera. Es llevadero porque el Amor de Jesús despierta y atrae sobre sí, como un imán, el Agrado y la Predilección del Padre.

Una vez expresada esta predilección en el Bautismo, la misión de Jesús será “bautizar en este Espíritu de Caridad, que tienen en común el Padre y Él”, todo lo humano: lo más personal y lo más social. Las realidades enteramente personales e incomunicables cada uno las tiene que bautizar con sus propias manos en lo secreto de su corazón: “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6). Las realidades familiares y sociales hay que bautizarlas entre todos. Bautizar la vida ciudadana, por ejemplo, no se puede hacer ni individualmente ni desde afuera, sino comunitariamente y desde adentro: siendo buenos ciudadanos, cumpliendo cada uno sus obligaciones y ejerciendo sus derechos en el lugar preciso que la ley y la vida en sociedad le marcan.
….
Volvemos a contemplar el cuadro del Bautismo y a centrarnos en el oído de Jesús.
Dónde está puesto este Oído santo del Señor.

Está puesto –sumergido- en el Corazón del Padre, en primer lugar.
Así como el Oído del Padre está siempre vuelto hacia su Hijo –“Tú siempre me escuchas” (Jn 11, 42).
Esta Voz del Padre tiene que estar siempre resonando como fondo musical en nuestro corazón. Como un bajo continuo que armoniza todos los demás sonidos de la vida, nunca tiene que perder nuestro oído interior esta voz que nos dice: Vos sos mi hijo amado.
Para conectarnos con esta “frecuencia” basta decir de corazón “Abba” Padre.

En el ámbito del mandamiento del Amor esta referencia a la Voz del Padre es la primera. Escucharlo cómo nos dice “Vos sos mi hijo amado” e invocarlo como Padre en actitud de adoración, eso es cumplir el primer mandamiento de Amar a Dios sobre todas las cosas (o de “Escuchar la Voz del Padre por sobre todas las voces).

Al mismo tiempo, el Oído del Señor está vuelto hacia su Pueblo. El Señor tiene fino el oído y sabe escuchar los gemidos de la fe de los más pequeñitos de su Pueblo fiel, esos que claman al Padre día y noche, aún sin saberlo. Es un oído de Servidor, “presto y diligente” para acudir al servicio de sus hermanos.

En el ámbito del mandamiento del Amor esta referencia a la voz del pueblo, a la voz de cada prójimo, se vuelve una con la referencia a la Voz de Dios: la Voz del Padre no se escucha sino “en la voz de los pequeñitos, esos por medio de los cuales Él se complace en revelarse”. Esta voz de los pequeños que nos invita a la compasión, al servicio de la caridad, al trabajo por la justicia y por la paz, es bien audible para el que desea escuchar. Sin embargo, no debe ir separada de la escucha atenta a la Voz del Padre que exige (suave y persistentemente) adoración. Esta adoración exclusiva y excluyente –Amar a Dios sobre todas las cosas-, no impide que uno esté metido en medio de las cosas. Al mismo tiempo que se está sirviendo al prójimo –atentos a sus reclamos-, se puede estar adorando al Padre con todo el corazón. No se trata de desprenderme del trabajo sino de desprenderme de la adoración a mi propia imagen en ese trabajo!

La tercera voz a la que está atento el Oído del Señor, es a la voz del Espíritu.
El Espíritu es el que lo conduce interiormente y lo lleva a cumplir con la misión del Padre en la situación concreta y con las personas concretas con las que le toca estar en cada momento.

En el ámbito del mandamiento del amor esta referencia a la Voz del Espíritu es importantísima porque nos da el ritmo interior con que se debe alternar la obediencia (ob-audire =escuchar a) a las otras dos voces. El Espíritu, con su paz, nos va guiando y haciendo ver cuándo debemos escuchar exclusivamente la Voz del Padre y cuándo la del prójimo. El Espíritu unifica con su paz esta alternancia y nos permite cumplir el doble mandamiento del amor en paz –sin que sea una carga-, quitando toda angustia y todo temor.

Sumergidos en esta triple voz del Amor –de adoración y de servicio en paz- nos quedamos contemplando al Señor Jesús, en quien todos hemos sido bautizados.

Diego Fares sj

Domingo 2 Navidad 2009

La Palabra del juez que ilumina lo más bello y lo mejor

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la acogieron.

La Palabra era la luz verdadera
que ilumina a todo hombre
viniendo a este mundo.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él al declarar:
‘Este es Aquel del que yo dije:
El que viene después de mí me ha precedido,
porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, que está en el seno
del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

Contemplación

Con el prólogo de Juan, volvemos a poner la mirada sobre Jesús –sobre Jesús Niño en este tiempo de Navidad- como Palabra.
¿Qué quiere comunicarnos Juan con esta contemplación suya, que es como una Obertura en la que resuenan todos los temas de su Evangelio?
No quisiera entrar en reflexiones teológicas acerca de la Palabra. Vendrán bien luego, cuando contemplemos otros misterios de la vida del Señor, cuando Él mis-mo empiece a hacer uso de la palabra y a revelarnos los sentimientos íntimos de su Padre, las paradojas del Reino de los cielos, qué cosas son las únicas impor-tantes en la vida, y los misterios de la Cruz y de la Vida Eterna…
Ahora, en Navidad,
ante esta Palabra hecha Niño chiquitito,
ante esta Palabra que María acomoda en el Pesebre
o estrecha junto a su corazón,
ante esta Palabra que hace hablar maravillas a los pastorcitos y a los ángeles,
ante esta Palabra que llena de tal manera el corazón de José que lo sumerge en el Silencio más hondo y amoroso que un padre haya podido experimentar con-templando a su hijito amado,
ante esta Palabra que sin alejarse del Corazón del Padre
viene a habitar humildemente en el corazón de cada creatura,
quisiera detenerme en esa frase de Juan que dice que es la Palabra que ilumina a todo hombre. Nos ilumina a todos, viniendo a este mundo, viniendo a nuestra historia, nos ilumina a todos:
La Palabra era la luz verdadera
que ilumina a todo hombre
viniendo a este mundo.
Viene a iluminarnos con su lucecita,
viene a luminarnos como ilumina alguien cuando nos comunica su amor,
viene a iluminarnos como ilumina alguien que nos hace participar de su vida de familia, haciéndonos sentir esto tan lindo como es ser hijos de nuestro Padre Dios.

Que ilumina a todos quiere decir que es una Palabra que se puede entender. Que toda persona puede entender. Que toda cultura puede entender.

Llegados a este punto, hay que comenzar a caminar despacito, hay que bajar el tono.
¿Qué quiere decir que “todos pueden entender”?
De hecho pareciera que no es así. Al menos en lo inmediato.
Nuestro mundo se parece más a Babel que al Reino del Espíritu.

Quisiera tomar un aspecto de lo que significa iluminar.
Iluminar significa juzgar, discernir, separar la luz de las tinieblas, el trigo de la ci-zaña.

Aquí es donde debemos prestar mucha atención a la manera cómo Jesús ilumina, al modo que tiene de juzgar las cosas y de discernir.

Lo diría así: Jesús ilumina lo mejor.
O también, Jesús ilumina siempre el Amor y sólo el Amor.
En otras cosas no se mete, o a veces sí y a veces no.

El pecado, por ejemplo, no lo juzga, lo perdona.
No explica mucho el mal (lo com-padece con nosotros), pero siempre resalta el bien.
Jesús es un Juez que aprovecha todas las oportunidades para dictar sentencia sobre lo que es más hermoso.
Diría que de entre todo lo bueno él viene a juzgar lo que es mejor, lo más valioso, lo perfecto.

Y aquí es donde tenemos que prestar oído al Espíritu para poder escuchar estas Palabras de Jesús que iluminan siempre lo mejor.
Eso sí, tengamos mucho cuidado con esta palabra “lo mejor”. Porque no se trata de lo mejor entre dos opciones nuestras, sino lo mejor a los ojos de Dios.
Por eso a veces nos parece que Dios no habla, o que habla otro lenguaje…
¿Se acuerdan de aquel pasaje en que “Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.» Y El le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?» (Lc 12, 13)”. El pasaje viene justo para aclarar lo que venimos diciendo. La Palabra no viene en primer lugar a “responder a las preguntas que inquietan a nuestra sociedad”. La Palabra viene en primer lugar a anunciarnos el sentido de la Vida tal como brota de su fuente: el Co-razón del Padre.
Responde, sí, a las preguntas más hondas del corazón humano. Pero no a las cu-riosidades y caprichos de los paradigmas de moda.

Jesús –y nosotros los cristianos con Él- tenemos la misión de ser jueces. Jueces que juzgan e iluminan a la sociedad desde la Luz mejor. En este caso (del tiempo litúrgico que vivimos) la Luz mejor del Niño que se acomoda en paz en el pesebri-to.
¡La Paz del Niño recostado en el Pesebre es la Paz mejor!
Podemos gritar esto a los cuatro vientos.
No juzgamos de otros tipos de paz. Sí anunciamos para el que quiera hacerle un huequito en su corazón que esta Paz del Niño es la mejor.
Y así con todo.

Por eso el anuncio “El Señor ha resucitado” no es una noticia que responda a pre-guntas del momento, sino “La Buena Noticia” a cuya luz hay que empezar la labo-riosa tarea de responder (y también de formular de nuevo) todas las demás pre-guntas.
Que “el Verbo se haya hecho carne y esté habitando entre nosotros”, no parece que fuera una Palabra que preocupara a los pastores a nivel superficial y cotidia-no. Sin embargo, por la manera como recibieron el anuncio y por la alegría con que lo transmitieron, se ve que en el fondo de su corazón sencillo y creyente sí te-nían esta pregunta guardada, silenciosamente guardada, guardada como en espe-ranza.
Pablo expresa de manera muy clara esto de que la Palabra dice “lo mejor de Dios” utilizando el término “Espiritual”. La Palabra hecha carne es “Espiritual” –lo cual equivale a decir que es la más hermosa, la más verdadera y la más buena:

“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría huma-na, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juz-gadas. En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie pue-de juzgarle. Porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirle? Pe-ro nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1 Cor 2, 12 ss)

Contemplando al Niño Jesús,
nos animamos a afirmar que “tenemos la mente de Cristo”,
abrazando al Niñito con todo “acatamiento y humildad amorosa”,
como dice Ignacio, nos animamos a decir que “juzgamos todo”,
en el sentido de que damos testimonio de que ese Niño es “lo mejor del mundo”,
el tesoro más valioso,
la hermosura en persona,
lo único que vale la pena.
Contemplando al Niño nos animamos a anunciar al mundo que la fe es bella,
que los valores que proclama el evangelio son de lo mejor,
que las propuestas de Jesús en sus bienaventuranzas hacen felices a los que las practican.
Escuchando el silencio del Niño nos animamos a hablar,
no para condenar a nadie,
sino para dar testimonio de lo que, por pura gracia,
se nos ha revelado como lo mejor.
Y así como los buenos jueces hablan por sus sentencias y no opinando ni respon-diendo a las preguntas de los medios, nosotros como cristianos, hablamos con nuestras obras y con nuestros gestos, sentenciando con la alegría de nuestra ora-ción y de nuestra caridad, que la Palabra de Jesús es lo mejor de lo mejor, y “a to-dos los que la reciben, a los que creen en su Nombre, les da el poder de llegar a ser hijos de Dios”.
Diego Fares sj

Santa María Madre de Dios B 2009

 Los lugares y los trabajos por la paz

EVANGELIO

Los pastores fueron rápidamente
y encontraron a María, a José,
y al recién nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño,
y todos los que los escuchaban quedaron admirados
de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas
y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios
por todo lo que habían visto y oído,
conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño
y se le puso el nombre de Jesús,
nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción
(Lucas 2, 16-21).

Contemplación
La Iglesia comienza el año con la misa de la Madre de Dios, pidiendo la paz.

“Felices los que pacifican
porque serán llamados ‘hijos de Dios’” (Mt 5, 9).

Hijo de Dios es el nombre de Jesús. Esta bienaventuranza es, pues, la que más nos asemeja al Hijo amado, la que tiene por premio compartir su Nombre. El Hijo es nuestra paz, el que nos da la paz, el que nos deja su paz, el que trae la paz para su pueblo y para todas las naciones.

La liturgia de hoy nos regala tres imágenes para recibir bien la bienaventuranza de la paz y renovar el deseo de trabajar por ella:
el pesebre,
el corazón de la Madre que guarda, saborea y contempla
y el nombre de Jesús.
Todo lo cual equivale a decir que la paz tiene nombre
–Jesús es nuestra paz-,
que la paz se establece en lugares
–como el pesebre y el corazón- y los ensancha y los vuelve alegres,
y que la paz requiere trabajos,
trabajo que consiste en acciones muy sencillas:
recostar al Niño en el pesebre,
contemplarlo como hace su Madre,
guardar en la memoria las cosas que acontecen en torno a él,
saborearlas en el corazón.

Los lugares de la paz
Si sólo fuera el pesebre el lugar del Niño
–en esa pobreza, en ese despojo de cartones y de noche fría-,
no sabríamos cómo es que pudo convertirse en imagen de la paz.
Si sólo fuera el corazón de María el lugar del Niño
–en esa ternura sin sombra de egoísmo, en esa calidez amorosa-
sabríamos el por qué de la paz, pero nos quedaríamos afuera.
Tan única es la relación de un hijo con su madre y más de esta Madre y de este Hijo.
Por exceso de miseria o por exceso de amor, nos quedamos fuera de la paz.
Es que el lugar de la paz es un lugar intermedio –entre el pesebre y el corazón- y se llama Misericordia. La paz irradia desde ese punto justo que es la Misericordia, donde el Espíritu une pesebre y corazón de Madre y pone en medio a Jesús. El corazón de María contemplando a su Niño Dios en la miseria del pesebre es la imagen misma de una misericordia alcanzable, abierta a todos. Misericordia y piedad que se repetirán en la Cruz. De nuevo Jesús situado en la miseria de la cruz y de la muerte, de nuevo los ojos de María y su corazón guardando de otra manera lo que expone con crueldad la Cruz.
El Espíritu, así como está en medio de las miradas entre el Padre y el Hijo, media también aquí, en el pesebre de Belén, entre las miradas del Hijo y de la Madre. Y también de José. Crea así ese ámbito alegre y pacificante de familia abierta que es la Iglesia.
La paz de la familia consiste en la certeza linda de que el Niño está creciendo en medio de nosotros.
Por afuera, para María y José todo fue angustia, ir y venir, incertidumbre y ajetreo. Sin embargo el Niño más allá de lo que ellos pudieran prever o esperar, estaba creciendo. Así nosotros, no sabemos lo que se está gestando en medio de nuestra acción, sí debemos cuidar que sea Jesús lo que está puesto en nuestro pesebre, que sea Jesús lo que ponemos en la vida y en el corazón de los demás.
La imagen de la paz, entonces, es el Niño recostado en el Pesebre, María que contempla y guarda todas las cosas en su corazón y el Nombre de Jesús.

Profundizando un poco más, el lugar de la paz es el Niño mismo en ese huequito que él mismo crea con su peso entre las pajitas del pesebre. El Niño mismo se acomoda en el pesebre, basta que le pongamos el pañalito, que no lo pinche ninguna espina, que no hagamos ruido a su alrededor. El establece la paz ordenándolo todo en torno a sí al situarse, en el lugar más pobre y humilde, en medio de nuestra realidad.
Por eso la paz de Cristo no es como la que da el mundo: no es paz-huida del mundo, tampoco es paz-ausencia de conflictos, ni esa paz de volverse insensible a los problemas… Todo lo contrario: la paz es una manera de “pesar” en los conflictos, una manera de situarse en la realidad, un modo de hacerse espacio y de habitar en medio. Lo que sucede en Belén es que en medio de la realidad tal como es Jesús bajó a habitar entre nosotros y en torno a él surgió la paz y comenzó a expandirse mansamente.

Los trabajos por la paz
María nos da la clave para cuidar la paz y que se expanda.
Uno es, como ella, mantenernos en la contemplación del niño y de lo que pasa a su alrededor guardando su peso dulce en el centro de nuestro corazón.
Balancear lo que nos sacude por afuera con este peso pacificante que nos habita por dentro.
Contrapesar las angustias inevitables con la certeza de la paz del Niño.

Otro trabajito es ponerle nombre a la paz. La paz tiene nombre: uno tiene que pronunciar el nombre de Jesús, el único que ordena la grandeza y la pequeñez humanas, todos los conflictos y los pacifica por la sangre de su Cruz, el único que centra en sí toda la historia y el Universo entero, en su grandeza y pequeñez, en sus momentos y a lo largo de los siglos.

También está el trabajo de guardar las cosas en el corazón. Este guardar implica aceptar que la paz tiene dos tiempos. No se restablece por decreto. No se puede interpretar o solucionar todo lo que pasa inmediatamente: hay que cuidar que el Niño siga en paz en nosotros y guardar para después todo lo que amenace la paz.
Todas estos son pequeños trabajitos para mantener abierto el corazón. El corazón abierto de María es el lugar de la paz, porque es el lugar donde se instala Jesús. Corazón abierto, traspasado, al que no le está permitido cerrarse ni decir ningún “nosotros” que excluya.
Es que trabajar por la paz que incluye a todos implica este corazón abierto, sin banderías.
La imagen de Regina es la imagen de la paz. Uno se engaña un poco al ver las reliquias del dolor, pero esas espinas y clavos están en manos de María porque su corazón no le hace mal a nadie: no hay en ella ningún resentimiento, ninguna agresividad, ningún movimiento hacia el mal. Ese corazón abierto se muestra como tal en la prueba de la cruz, pero ya estuvo abierto para recibir la Palabra y dejarla crecer en paz. En un corazón cerrado, no entra la palabra para hacer grandes cosas, sino que las cosas suceden a la medida de ese pequeño corazón. María lo abrió en la Anunciación y lo mantuvo abierto toda la vida –siguiendo al Señor como discípula.-. En la Cruz se terminó de concretar esa apertura, que nos incluyó a todos como hijos.

Las persecuciones por la paz
La paz es perseguida. El enemigo, lo primero que busca atacar, es la paz de su adversario. Cuando nos confunde, nos angustia y nos pone nerviosos, entonces puede dominarnos y hacernos daño. Por eso es bueno ser lúcidos en esto y discernir con la lógica de la paz, que es la lógica del don. Cuando me enojo, puedo pensar así: no es que “yo me enojo”, sino que “en mí la paz está sufriendo persecución”. Entonces, no se trata tanto de “ponerme yo en paz”, sino de cuidar, como San José y María, la paz del Niño que habita en mí.

Es que no nos es dado controlar la paz, sino cuidarla. La paz no proviene de nosotros. La paz es un don que nos ha sido dado y un don que se renueva. Un don que es como el perdón y que el Señor da (y quiere que demos) “setenta veces siete”. El mensaje de Jesús es que es El quien nos da la paz. “La paz les dejo, mi paz les doy”. No tenemos que establecerla nosotros. Nosotros tenemos que recibirla y cuidarla en medio de las situaciones contradictorias de la vida, así como la Virgen y José cuidaron al Niño en lo que les tocó.
¿Y el precio?
El precio es todo. José y María hicieron todo para que el Niño creciera en paz.
No les robó la paz el apuro ni los puso mal la pobreza, hicieron de estas dos realidades un pesebrito lleno de paz.
No les quitó la paz la persecución ni el destierro, su huida heroica fue en silencio cuidando de no inquietar al Niño.
En todo se humillaron y se abajaron, sin enojos, sin malos modos, sin resentimiento… ¿hasta qué punto? Siempre hasta el punto justo para que el Niño estuviera en ellos en paz.
Santa María Madre de Dios B 2005

Los lugares y los trabajos por la paz

EVANGELIO

Los pastores fueron rápidamente
y encontraron a María, a José,
y al recién nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño,
y todos los que los escuchaban quedaron admirados
de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas
y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios
por todo lo que habían visto y oído,
conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño
y se le puso el nombre de Jesús,
nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción
(Lucas 2, 16-21).

Contemplación
La Iglesia comienza el año con la misa de la Madre de Dios, pidiendo la paz.

“Felices los que pacifican
porque serán llamados ‘hijos de Dios’” (Mt 5, 9).

Hijo de Dios es el nombre de Jesús. Esta bienaventuranza es, pues, la que más nos asemeja al Hijo amado, la que tiene por premio compartir su Nombre. El Hijo es nuestra paz, el que nos da la paz, el que nos deja su paz, el que trae la paz para su pueblo y para todas las naciones.

La liturgia de hoy nos regala tres imágenes para recibir bien la bienaventuranza de la paz y renovar el deseo de trabajar por ella:
el pesebre,
el corazón de la Madre que guarda, saborea y contempla
y el nombre de Jesús.
Todo lo cual equivale a decir que la paz tiene nombre
–Jesús es nuestra paz-,
que la paz se establece en lugares
–como el pesebre y el corazón- y los ensancha y los vuelve alegres,
y que la paz requiere trabajos,
trabajo que consiste en acciones muy sencillas:
recostar al Niño en el pesebre,
contemplarlo como hace su Madre,
guardar en la memoria las cosas que acontecen en torno a él,
saborearlas en el corazón.

Los lugares de la paz
Si sólo fuera el pesebre el lugar del Niño
–en esa pobreza, en ese despojo de cartones y de noche fría-,
no sabríamos cómo es que pudo convertirse en imagen de la paz.
Si sólo fuera el corazón de María el lugar del Niño
–en esa ternura sin sombra de egoísmo, en esa calidez amorosa-
sabríamos el por qué de la paz, pero nos quedaríamos afuera.
Tan única es la relación de un hijo con su madre y más de esta Madre y de este Hijo.
Por exceso de miseria o por exceso de amor, nos quedamos fuera de la paz.
Es que el lugar de la paz es un lugar intermedio –entre el pesebre y el corazón- y se llama Misericordia. La paz irradia desde ese punto justo que es la Misericordia, donde el Espíritu une pesebre y corazón de Madre y pone en medio a Jesús. El corazón de María contemplando a su Niño Dios en la miseria del pesebre es la imagen misma de una misericordia alcanzable, abierta a todos. Misericordia y piedad que se repetirán en la Cruz. De nuevo Jesús situado en la miseria de la cruz y de la muerte, de nuevo los ojos de María y su corazón guardando de otra manera lo que expone con crueldad la Cruz.
El Espíritu, así como está en medio de las miradas entre el Padre y el Hijo, media también aquí, en el pesebre de Belén, entre las miradas del Hijo y de la Madre. Y también de José. Crea así ese ámbito alegre y pacificante de familia abierta que es la Iglesia.
La paz de la familia consiste en la certeza linda de que el Niño está creciendo en medio de nosotros.
Por afuera, para María y José todo fue angustia, ir y venir, incertidumbre y ajetreo. Sin embargo el Niño más allá de lo que ellos pudieran prever o esperar, estaba creciendo. Así nosotros, no sabemos lo que se está gestando en medio de nuestra acción, sí debemos cuidar que sea Jesús lo que está puesto en nuestro pesebre, que sea Jesús lo que ponemos en la vida y en el corazón de los demás.
La imagen de la paz, entonces, es el Niño recostado en el Pesebre, María que contempla y guarda todas las cosas en su corazón y el Nombre de Jesús.

Profundizando un poco más, el lugar de la paz es el Niño mismo en ese huequito que él mismo crea con su peso entre las pajitas del pesebre. El Niño mismo se acomoda en el pesebre, basta que le pongamos el pañalito, que no lo pinche ninguna espina, que no hagamos ruido a su alrededor. El establece la paz ordenándolo todo en torno a sí al situarse, en el lugar más pobre y humilde, en medio de nuestra realidad.
Por eso la paz de Cristo no es como la que da el mundo: no es paz-huida del mundo, tampoco es paz-ausencia de conflictos, ni esa paz de volverse insensible a los problemas… Todo lo contrario: la paz es una manera de “pesar” en los conflictos, una manera de situarse en la realidad, un modo de hacerse espacio y de habitar en medio. Lo que sucede en Belén es que en medio de la realidad tal como es Jesús bajó a habitar entre nosotros y en torno a él surgió la paz y comenzó a expandirse mansamente.

Los trabajos por la paz
María nos da la clave para cuidar la paz y que se expanda.
Uno es, como ella, mantenernos en la contemplación del niño y de lo que pasa a su alrededor guardando su peso dulce en el centro de nuestro corazón.
Balancear lo que nos sacude por afuera con este peso pacificante que nos habita por dentro.
Contrapesar las angustias inevitables con la certeza de la paz del Niño.

Otro trabajito es ponerle nombre a la paz. La paz tiene nombre: uno tiene que pronunciar el nombre de Jesús, el único que ordena la grandeza y la pequeñez humanas, todos los conflictos y los pacifica por la sangre de su Cruz, el único que centra en sí toda la historia y el Universo entero, en su grandeza y pequeñez, en sus momentos y a lo largo de los siglos.

También está el trabajo de guardar las cosas en el corazón. Este guardar implica aceptar que la paz tiene dos tiempos. No se restablece por decreto. No se puede interpretar o solucionar todo lo que pasa inmediatamente: hay que cuidar que el Niño siga en paz en nosotros y guardar para después todo lo que amenace la paz.
Todas estos son pequeños trabajitos para mantener abierto el corazón. El corazón abierto de María es el lugar de la paz, porque es el lugar donde se instala Jesús. Corazón abierto, traspasado, al que no le está permitido cerrarse ni decir ningún “nosotros” que excluya.
Es que trabajar por la paz que incluye a todos implica este corazón abierto, sin banderías.
La imagen de Regina es la imagen de la paz. Uno se engaña un poco al ver las reliquias del dolor, pero esas espinas y clavos están en manos de María porque su corazón no le hace mal a nadie: no hay en ella ningún resentimiento, ninguna agresividad, ningún movimiento hacia el mal. Ese corazón abierto se muestra como tal en la prueba de la cruz, pero ya estuvo abierto para recibir la Palabra y dejarla crecer en paz. En un corazón cerrado, no entra la palabra para hacer grandes cosas, sino que las cosas suceden a la medida de ese pequeño corazón. María lo abrió en la Anunciación y lo mantuvo abierto toda la vida –siguiendo al Señor como discípula.-. En la Cruz se terminó de concretar esa apertura, que nos incluyó a todos como hijos.

Las persecuciones por la paz
La paz es perseguida. El enemigo, lo primero que busca atacar, es la paz de su adversario. Cuando nos confunde, nos angustia y nos pone nerviosos, entonces puede dominarnos y hacernos daño. Por eso es bueno ser lúcidos en esto y discernir con la lógica de la paz, que es la lógica del don. Cuando me enojo, puedo pensar así: no es que “yo me enojo”, sino que “en mí la paz está sufriendo persecución”. Entonces, no se trata tanto de “ponerme yo en paz”, sino de cuidar, como San José y María, la paz del Niño que habita en mí.

Es que no nos es dado controlar la paz, sino cuidarla. La paz no proviene de nosotros. La paz es un don que nos ha sido dado y un don que se renueva. Un don que es como el perdón y que el Señor da (y quiere que demos) “setenta veces siete”. El mensaje de Jesús es que es El quien nos da la paz. “La paz les dejo, mi paz les doy”. No tenemos que establecerla nosotros. Nosotros tenemos que recibirla y cuidarla en medio de las situaciones contradictorias de la vida, así como la Virgen y José cuidaron al Niño en lo que les tocó.
¿Y el precio?
El precio es todo. José y María hicieron todo para que el Niño creciera en paz.
No les robó la paz el apuro ni los puso mal la pobreza, hicieron de estas dos realidades un pesebrito lleno de paz.
No les quitó la paz la persecución ni el destierro, su huida heroica fue en silencio cuidando de no inquietar al Niño.
En todo se humillaron y se abajaron, sin enojos, sin malos modos, sin resentimiento… ¿hasta qué punto? Siempre hasta el punto justo para que el Niño estuviera en ellos en paz.