Sagrada Familia 2008

Corazones que buscan coincidencias para que se den Encuentros

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley:
Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y teme-roso de Dios; era un hombre que vivía esperando la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba sobre él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Y vino al Templo (impulsa-do) por el Espíritu Santo. Y cuando sus padres introducían al niño Jesús para cumplir las prescripciones usuales de la Ley tocantes a él, Simeón lo recibió en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo:
«Ahora dejas, Señor, ir a tu siervo en paz, según tu Palabra,
porque ya vieron mis ojos tu salvación,
la que preparaste ante la faz de todos los pueblos:
luz para iluminación de las naciones paganas
y gloria de tu pueblo Israel.»
Y el padre y la madre del Niño estaban maravillados de las cosas que se de-cían de él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, la madre:
«Este niño está puesto para caída y resurrección de muchos en Israel; será como sig-no a quien se contradice,
y a ti misma una espada te abrirá –traspasándote- el alma- para que salgan a la luz los pensamientos de fondo de muchos corazones.»
Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Y llegando justo a aquella misma hora confesaba a Dios y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciu-dad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación
Lucas narra magistralmente la historia de un Encuentro-coincidencia: el de cin-co corazones en un momento de la vida. Tres escenas se desarrollan simultá-neamente y coinciden en un momento de gracia (kairós).
Una escena transcurre articulada exteriormente: la introducción del Niño Jesús en el Templo en brazos de sus padres, de acuerdo a las prescripciones de la ley.
Otra escena enfoca directamente lo que acontece en el interior del corazón de Simeón. Es un acontecimiento que se viene gestando desde hace mucho tiem-po en el corazón del anciano y que se desencadena -como un dique que se rompe- con el impulso del Espíritu para que vaya al Templo en el preciso ins-tante en que José y María entraban con el Niño Jesús en brazos. Lucas nos hace ver cómo era el corazón de Simeón, nos revela su deseo más íntimo, un deseo de ver -ver al Salvador antes de ver la muerte- que lo venía acompañan-do desde hacía años.
La escena que cierra el círculo de las coincidencias es la llegada de Ana. Esta escena está armada como si Lucas buscara a Ana en medio de los aconteci-mientos de aquel día. No hace sentir algo así como: “pero ¡dónde está Ana, si ella está siempre aquí, desde hace sesenta años!”. Y Ana aparece justo “lle-gando a aquella misma hora” y se pone a hablar del Niño a todos.

Coincidencias del Espíritu que a impulsos del Padre atrae a todos hacia el Ni-ño, que es como un imancito para los corazones buenos.

Jesús ya está con nosotros y su pueblo fiel lo reconoce. En Simeón y Ana está toda esa mística del pueblo fiel –de la piedad popular- que sale al Encuentro de Jesús, que lo toca y lo besa, que lo alaba y se alegra: piedad contemplativa ejercitada con todos los sentidos espirituales. El Espíritu es el que santifica manos y ojos, palabras y cariños, el que abre el corazón en los oídos y hace que los ojos vean en la fe y toquen con la delicada ternura de la caridad.

De San José y María, Lucas enfoca sólo su admiración: estaban maravillados ante semejante despliegue de cariño y de alabanzas. El pequeño revuelo que causó el Niño aquel día en el Templo Santo de Jerusalén se les grabó en la memoria y María lo guardó cuidadosamente en su corazón.

José y María son Sagrada Familia, Iglesia doméstica, primer templo vivo que con su abrazo abre el ámbito espiritual del Encuentro entre Jesús y su Pueblo. José y María, mediadores silenciosos que propician este encuentro: en el Pe-sebre y en el Templo –y después María en la Cruz y en el Cenáculo-. Templo vivo del Dios vivo es su amor de Familia, su calor de Hogar. María y José son Iglesia santa –Sagrada Familia-, en el sentido de que son pura apertura cálida y acogedora, para el Encuentro de todos los pequeñitos con el Verbo hecho carne. Su admiración los aleja de todo protagonismo: ellos dejan que los otros hablen entre sí y guardan las palabras de los sencillos y las Palabras de Jesús en su corazón. En ellos la Iglesia es Casa de todos, Hogar de María, Hogar de san José.

Miremos unos instantes más a los dos ancianos. En Ana y en Simeón vemos cómo nuestra carne comienza a hacerse Palabra. Al ver el rostro del Niñito Je-sús, los anhelos más íntimos e inexpresados de estos corazones de carne buena –justa y llena del temor del Señor-, se manifiestan a viva voz.
El Niño comienza a hacer hablar a la gente: saca a la luz los pensamientos que están en el fondo de los corazones. Hace hablar a nuestra carne y suscita mo-vimiento de espíritus. Como bien profetiza Simeón: Jesús ya comienza a ser señal de contradicción (en poquitos días hará hablar a Herodes y a todos sus burócratas de la religión). Pero lo importante son los pequeñitos, a los que el Padre se complace en revelarles a su Hijo amado, en quien tiene puesta sus complacencias.

El Espíritu es el que conduce las historias de estos pequeñitos y crea los En-cuentros. De Simeón y de Ana bien podemos decir lo que dice Aparecida. ¿Acaso no les caen como anillo al dedo a Simeón y Ana estas palabras?:
“Aquí está el reto fundamental que afrontamos: (que los) discípulos y misioneros res-pondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo (…) para que Jesucristo sea encon-trado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias” (Aparecida 14).
Es que todos debemos “partir de nuevo del Niño, de la Palabra hecha Carne, partir de Jesús:
“A todos nos toca recomenzar desde Cristo (desde) el Encuentro con un aconteci-miento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orienta-ción decisiva” (Aparecida 12).

El Espíritu es el que obra estos “Encuentros-coincidencias” entre los que andan alegres y en paz, entre los que se dejan conducir por sus impulsos buenos. En-cuentros-coincidencias que llevan a descubrimientos tan emocionantes como este de Jesús Niño en brazos de María en medio de la multitud de peregrinos que entran y salen del Templo. El Espíritu obra esto en aquellos que están atentos a esas mociones interiores, a esos gemidos inefables Suyos, que al confrontarse con Jesús adquieren expresión, se vuelven canto de alabanza, bendición y profecía.
Es el Niño, la Palabra hecha carne, el que suscita que nuestra carne cobre Pa-labra.

¿Qué Palabra anda inexpresada en nuestra carne y desea encontrarse con Je-sús para poder articularse y darnos vida?

El hecho más significativo de esta semana en “nuestro Templo” –el de Luján y el de Nuestra Señora del Carmen- fueron las Misa de agradecimiento por el 30º aniversario de la Paz entre Argentina y Chile. Celebración de una mediación exitosa –pedida, trabajada y elegida por nuestros dirigentes de entonces y por todo nuestro pueblo-. Celebración que los medios locales ningunearon rastre-ramente al destacar sólo el vergonzoso desencuentro –lamentabilísimo en ese marco- entre nuestros dirigentes actuales. Mientras en la homilía Monseñor Casaretto invitaba a “dejar de lado todo lo que nos distancia y enfrenta» para tratar de «encontrarnos en aquello que nos acerca», un diario narraba así el desencuentro entre nuestros mandatarios: “No cruzaron una palabra, una mira-da, aunque compartieron toda la misa en la Basílica de Lujan por el 30 aniver-sario de la mediación del Vaticano en el conflicto del Beagle con Chile. Cristina Kirchner y Julio Cobos estuvieron separados por apenas unos seis metros de distancia, pero en ningún momento se cruzaron”.
Sin embargo hubo en el mismo Templo otra actitud, de la que fui por gracia confidente y que tendría que haber sido la noticia.
Un amigo que participó de la misa me decía: “Celebramos haber elegido no en-trar en una guerra y estos no son capaces de darse la mano en Luján”. Pero la vileza de la coyuntura –en la que tratan de hacernos vivir sumergidos- no le im-pidió a este amigo contarme su alegría: “Hace treinta años yo estaba en uno de los buques que ya habían zarpado, ya habían recibido la orden de iniciar las operaciones de guerra. La mediación paró la guerra verdaderamente. Se evitó algo que hubiera sido dolorosísimo para nuestros pueblos”. Y con lágrimas en los ojos me contaba su emoción y acción de gracias por haber podido ser testi-go silencioso de la angustia de aquel momento y de la alegría de esta misa. En su corazón los gestos humildes y las palabras amorosas de nuestros obispos fueron un bálsamo y un anuncio de la presencia de Dios con nosotros.

Pedimos para nuestras familias y para nuestros pueblos el corazón de Simeón y de Ana: corazones que andan buscando coincidencias para que se den Encuentros, con Jesús y, en torno a él, con todos nuestros hermanos.
Diego Fares sj

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